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Regimenes de movilidad y domesticacion del espacio.

SUMARIO

1.Introduccion. 2.Habitando la movilidad. 3.La modernidad y la domesticacion del espacio. 4.Regimenes de movilidad en la modernidad tardia. 5.Conclusion.

Mobility regimes and domestication of space

I. INTRODUCCION

Imbuido de un imaginario moderno que ensalzaba las multiples posibilidades que la tecnologia ofrecia a la vida y al conocimiento, Julio Verne se atrevia ya a afirmar en su Viaje de la tierra a la luna que "la palabra distancia envuelve una idea relativa que acabara por reducirse a cero". Siglo y medio despues, a menudo se nos dice que la actual movilidad, convertida en uno de los conceptos centrales desde los que se piensa el mundo que habitamos, viene a corroborar la primacia del tiempo sobre el espacio, de la velocidad sobre las limitaciones que antes imponia el tener que recorrer esos espacios que ahora pueden ser comprimidos por las potencialidades que nos ofrecen los dispositivos tecnocientificos (la comunicacion instantanea por Internet o la antes inimaginable disminucion en los tiempos del viaje). La velocidad vendria asi a consumar la utopia de Verne, permitiendonos decir que vivimos en una suerte de "universo software" en donde "el espacio ya no limita la accion ni sus efectos, y cuenta muy poco o nada en absoluto" (Bauman, 2006: 126). La movilidad se abrira, desde ahi, tanto al despliegue acelerado que impregna las formas de vida como a la incertidumbre ontologica que depara la vivencia misma de la movilidad.

Este es el escenario: la creciente importancia de la movilidad en una parte considerable de las ciencias sociales tiene lugar en el marco de todo un entramado metaforico que, gravitando en torno a la fluidificacion de lo social, confiere mas importancia al cambio y a la velocidad que a los espacios en los que acontece la movilidad. La aneja dicotomizacion de lo social en terminos de espacio-tiempo parece reproducirse una vez mas a costa de un espacio que queda como trasfondo difuminado de lo que realmente importa, que no es otra cosa que una urdimbre de transformaciones sociales insertas en una voragine en la que a duras penas se atisba a comprender su funcionamiento, sumiendo asi a los sujetos que la padecen en una incertidumbre insoslayable que amenaza con quebrar las cotidianas formas de hacer y pensar en torno a las cuales se tejian los modos de estar en el mundo. Habitar la movilidad es habitar la incertidumbre; la otrora certidumbre asociada a un espacio reconocible, con sus modos de vivir mas o menos establecidos y consolidados, parece quedar atras cuando el espacio se ve atravesado por todo un entramado de sujetos y objetos encaramados a la movilidad, cuando al espacio reconocible le sobrevuela la amenaza de quedar convertido en un nolugar, en un espacio de transito, de ir y venir, espacio (re)creado para movernos pero no para estar.

La metaforologia articulada en torno a lo liquido y lo fluido, de la cual Bauman es su gran valedor, parece quedar en ultima instancia atrapada por el binomio movilidad-incertidumbre de un modo tan exacerbado que incluso puede llegar a afirmarse que la fluidificacion de la modernidad, al socavar lo que antes se presentaba como solido, ha acabado por cambiar "la condicion humana de modo radical" (Bauman, 2006: 14). El presente incierto fagocita al pasado y al futuro dejandonos un campo experiencial carente de marcos de referencia. La metafora del viaje sin rumbo viene aqui de nuevo como signo de nuestros tiempos, como el rostro limpido en el que ver la movilidad que habitamos. Los viajeros, todos nosotros, descubrimos "con horror que la cabina del piloto esta vacia y que no hay manera de extraer de la misteriosa caja negra rotulada "piloto automatico" ninguna informacion acerca del destino del avion, del lugar donde aterrizara, de la persona que elegira el aeropuerto y de si existen reglas que los pasajeros pueden cumplir para contribuir a la seguridad del aterrizaje" (Bauman, 2006: 65).

Pero cabe preguntarse si verdaderamente esta imagen, a pesar del exito sociologico que ha tenido, no resulta en ultima instancia mas impactante que efectiva puesto que al elaborarse desde un trasfondo epistemologico que prioriza lo fluido sobre lo solido, el tiempo sobre el espacio, la incertidumbre sobre la certidumbre, parece olvidar que el movimiento no se puede dar sino en el espacio, a traves del espacio, recomponiendo sus formas: la movilidad, en la especifica topologia del espacio que rearticula, pone en transito personas, cosas, tecnologias, imagenes, ideas etc. recreando asi una alteracion, de mayor o menor calado, en las relaciones que ya existen y en los posicionamientos de lo que es puesto en relacion. E, igualmente, parece olvidar que la movilidad-incertidumbre esta permeada por un ordenamiento politico-economico-juridico, por todo un entramado de relaciones de poder a traves de las cuales se recomponen esas relaciones y posicionamientos asi como las subjetividades ahi presentes. Asi las cosas, la geografia de la movilidad y el ordenamiento (biopolitico) de los espacios parecen quedar ubicados en un segundo plano. Y sera precisamente ese doble pilar el que guia y da forma a esta reflexion: por una parte, un intento por despojar a la movilidad de esa ideacion utopica propia del viejo imaginario moderno (que en su ensalzamiento del progreso no dejaba de elogiar ideas concomitantes como la velocidad y el cambio) para atender a las practicas concretas de movilidad en lo que tienen de formas de habitar y dar forma a los espacios; por otra, un acercamiento al modo en que se estructura la movilidad bajo la premisa de que esta responde en sus formas a modos de ordenar el espacio y las relaciones entre los espacios, con lo que cabria hablar, en clave biopolitica, de un ordenamiento gubernamental de la movilidad (Foucault, 2006), de la composicion de regimenes de movilidad desde los que se rearticulan formas de vida. La movilidad muestra asi una doble faz que se abre desde su gubernamentalidad (ordenamiento de los espacios) hasta sus plasmaciones especificas (formas de habitar).

En este momento preliminar conviene recordar lo que ya sugeria Foucault en su seminal articulo sobre las heterotopias: "La epoca actual seria mas bien quiza la epoca del espacio. Estamos en la epoca de lo simultaneo, en la epoca de la yuxtaposicion, en la epoca de lo proximo y lo lejano, de lo contiguo, de lo disperso. Estamos en un momento en que el mundo se experimenta, creo, menos como una gran via que se despliega a traves de los tiempos que como una red que enlaza puntos y que entrecruza su madeja" (Foucault, 1999: 431). No se trata, en modo alguno, de intentar rivalizar sobre como hay que articular jerarquicamente la dicotomia espacio-tiempo cuanto de tener presente que los polos de esa falsa dicotomia atraviesan, segun el modo en que quedan concebidos y estructurados, la practica de la movilidad y que la movilidad es, antes que nada, un desplazamiento por el espacio, un asunto geografico, en la que cobra una importancia crucial el modo en que quedan entrelazados los espacios, las conexiones y fronteras que se trazan. Y es, por ello, que suscribimos, como punto de partida, como anclaje epistemologico de lo que despues habra de venir, la apreciacion de Deleuze y Guattari: "Los viajes no se distinguen ni por la cualidad objetiva de los lugares ni por la cantidad mensurable del movimiento--ni por algo que estaria unicamente en el espiritu--sino por el modo de espacializacion, por la manera de estar en el espacio, de relacionarse con el espacio" (1998: 490).

Pensar la movilidad es pensar el hacerse y deshacerse del espacio, el modo en que se practica, las formas en las que se ordena, las conexiones que se trazan, teniendo presente que todo espacio, como mas adelante volvera a enfatizarse, lleva la huella de otros espacios, y que la adjudicacion de lugares, el modo en que las cosas y las personas se posicionan responde a procesos sociohistoricos que torna falaz la presuncion de que hay un supuesto espacio propio que en rigor nos corresponderia habitar: "La formacion de lugares--historicos, geograficos, culturales--es siempre derivado y no originario, el resultado de una negociacion, de un acuerdo, de una relacion de fuerzas o de un enfrentamiento violento, nunca un producto espontaneo de la naturaleza o el espiritu" (Pardo, 1998: 178); habitamos, en su concrecion especifica, lugares y la relacion entre lugares, las conexiones y las fronteras, la movilidad y la inmovilidad. Consideracion esta que exige asumir una doble premisa que, aun cuando no sea objeto de un desarrollo especifico, hay que explicitar al menos sucintamente en esta introduccion con el objeto de clarificar los lindes del territorio analitico que sugerimos. Evitar, en un plano epistemologico, la cosificacion del movimiento al margen de su anclaje espacial porque lo social no solo se da en el espacio sino que acontece, como ya sugirio Simmel, de forma espacializada; y evitar igualmente, en un plano simbolico, un ensalzamiento del movimiento en detrimento de otras formas de estar en el mundo que se asocian a lo inmovil, como si estas fueran rescoldos de formas de vivir que no han sabido adaptarse a los tiempos (rapidos) de la modernidad y que acaso solo merecen elogio cuando se proyectan sobre culturas exoticas: el indigena que esta ahi porque vive ahi, porque ese es su espacio (pero de nuestro vivir se exige disponibilidad para el cambio, una maleabilidad que implica tambien la aceptacion acritica de la movilidad).

No cabe duda de que el escenario que abre la movilidad es de una amplitud dificilmente abarcable en toda su extension ya que lo pueblan una miriada de sujetos, objetos, imagenes o flujos informacionales portando cada uno de ellos sus propias caracteristicas, con lo que no cabria hablar de una unica racionalidad propia de nuestras "sociedades moviles" cuanto de racionalidades y plasmaciones especificas que evacuan la posibilidad misma de un discurso con cualquier atisbo de sesgo teleologico y homogeneizante. Desde esta premisa, la reflexion que aqui se expone pretende articular un escenario desde el que pensar la relacion entre espacio, movilidad y biopolitica, estableciendo como eje central de analisis la practica del viaje-desplazamiento entre espacios: el viaje-desplazamiento funciona asi como nexo entre el espacio y la biopolitica, como vinculo que conexiona la relacion entre espacios, como campo de analisis en donde desbrozar las relaciones de poder que permean los transitos. Un escenario este que no pretende ahondar en un desplazamiento concreto cuanto sugerir un entramado conceptual para pensar esa relacion espacio-movilidad-biopolitica apuntando, asimismo, que esa relacion esta mediada por la presencia de un ethos multiforme que acompana a la (tardo)modernidad y que se cifra en un proceso de domesticacion de los espacios y de la movilidad misma. Si bien la idea del viaje guiara la argumentacion, lo que se intentara poner de manifiesto como hilo conductor de la reflexion es que el viaje esta sumido en unos regimenes de movilidad gubernamentalizados que tienden a la domesticacion y codificacion del movimiento.

Para ello, el articulo se construye en tres momentos diferenciados que atienden, en primer lugar, a trazar los lindes de una red conceptual basica en donde el desplazamiento irrumpe como un ejercicio de rearticulacion del modo en que se habitan los espacios operado en una "zona de contacto" que oscila entre la hospitalidad y la hostilidad; en segundo lugar, se sugerira una lectura de la modernidad como dispositivo de movilizacion que promueve la domesticacion de los espacios y de la movilidad; por ultimo, y partiendo de la centralidad que tienen las figuras del migrante y del turista en los regimenes de movilidad desplegados en esta modernidad tardia, se analizara el modo en que dichos regimenes reproducen de formas diversas la mencionada domesticacion del espacio y la movilidad.

2. HABITANDO LA MOVILIDAD

La superacion de una vision cosificada del espacio que lo circunscribe a una materialidad desprovista de la huella que deja el modo en que se ejercita el vivir y de una vision psicologizada que lo encierra en una ideacion que omite la propia especificidad del espacio en su materialidad constituyente, nos permite acercarnos a una lectura topologica del espacio en la que subrayar su performatividad y relacionalidad. El espacio, mas que estar dado, se da, adquiere formas cambiantes en el modo en que se (re)construye, retomando a Lefebvre (1998), mediante un entramado de representaciones (a cerca de lo que debe ser el espacio), construcciones (ordenamientos del espacio) y practicas (el ejercicio mismo del espacio en tanto que formas de habitarlo); triada analitica desde la que acercarnos al modo en que se producen y vivencian los espacios. Decir que el espacio se da, es sugerir ya que el espacio esta dandose, que no deja de darse, de acontecer y que ello no es sino la huella de un cierto inacabamiento estructural que pone de manifiesto la dinamicidad del espacio para (en el modo en que es representado-construido-practicado) recomponer relaciones de diverso signo, reconfigurar sus ordenamientos, resituar a los habitantes de los espacios. Hablar del espacio es asi alejarse de cualquier atisbo de suspension temporal para adentrase en los modos de espaciar, de crear espaciamientos, reordenamientos del habitat que habitamos y aqui, sobra decirlo, nada es neutral, las relaciones de poder atraviesan estos procesos dejando su huella tanto en la produccion semiotico-material del habitat como en la subjetividad del habitante (Massey, 2005).

Cabe sugerir entonces--desde este planteamiento que esta en la base de lo que hemos dado en llamar ontologia biopolitica de la habitabilidad (Mendiola, 2009, 2012) y que ahora exponemos sucintamente--, que las formas de vida pueden ser leidas como formas de ocupar y practicar los espacios y, asimismo, como corolario de esta afirmacion, que el estudio de la biopolitica comienza a revelarse como un ejercicio de geopolitica que indaga en la espacializacion de las formas de vida. El ejercicio de espacializar la biopolitica o de biopolitizar el espacio deviene asi un ejercicio bifronte que mira, por una parte, al ordenamiento del habitat mediante todo un entramado de racionalidades y tecnologias en los que se condensa el modo en que ha de ser concebido y construido el espacio y, por otra, a los procesos de subjetivacion encarnados, a las formas de vida que irrumpen en esos espacios. Hay ciertamente algo de este caracter bifronte cuando Foucault resalta la importancia en el ambito de las relaciones de poder de una logica gubernamental que no se inscribe (solo) sobre el cuerpo de los sujetos cuanto sobre el espacio que estos habitan y su campo de actuacion. El ejercicio de poder, dira Foucault, "es un conjunto de acciones sobre posibles acciones que opera en el campo de lo potencial, donde se inscribe en el comportamiento de los sujetos que actuan: incita, induce, facilita o dificulta; amplia o restringe, hace mas o menos probable; en el limite, constrine o prohibe de manera absoluta; de cualquier modo siempre es una manera de actuar sobre un sujeto que actua o sobre sujetos actuantes en virtud de su capacidad de accion" (2001: 431). La gubernamentalidad (Foucault, 2006) designara todo un entramado de formas de hacer y pensar que tiene por objeto, sobre la base de la economia politica y de una serie de dispositivos de seguridad, el ordenamiento de la poblacion, su gobierno, de un modo tal que lo que la distingue de anteriores dispositivos de poder (soberanos y disciplinarios) es que es un actuar mayormente concernido con gestionar las posibilidades de actuacion de las personas, con lo que adquiere una gran relevancia el ejercicio de ordenar el espacio que se habita, el modo en que ha de ser habitado, en un ejercicio que alude tanto a la conduccion (flujos, conexiones, transitos, fronteras) como a la conducta (habitos, formas de pensar, de hacer, de estar). Desde este prisma, la historia de la movilidad podria ser leida como una historia de las distintas formas de gubernamentalidad que la subyacen porque el sujeto irrumpe siempre en un espacio gubernamentalizado que produce formas de vida, habita una movilidad que le precede, incorpora unos habitos que producen subjetividad.

Sin embargo, la reactualizacion del predominio del tiempo sobre el espacio que ha traido consigo la fluidificacion de lo social tambien venia acompanada de una invidualizacion de los sujetos que se manifiesta en una reflexividad acentuada para poder hacer frente a la precariedad e incertidumbre que se desprende de unos contextos sociales que no reproducen ya pautas estables de comportamiento: la difuminacion del espacio encumbra la reflexividad del sujeto como las dos caras de un mismo proceso indisoluble. Y es, por ello, que la necesidad que aqui se reivindica de espacializar lo social, y en paralelo la biopolitica y la movilidad, actua a contracorriente de ese sujeto reflexivo que encara la incertidumbre sin saber con certeza a donde ir o que hacer. Si con algo nos confrontan las formas de vida espacializadas, mas alla de las multiples formas que pudieran ser adoptadas, es que el sujeto es siempre un habitante de habitats que le preceden, un habitante que encarna, en su piel y en su discurso, habitos que se abren a formas de hacer, pensar y sentir. Habitamos lo que nos precede, los habitos, los habitats, y eso deja una huella imborrable en el habitante que solo puede hacer, decir y pensar desde lo que le hace, le piensa y le dice. Habitamos un "murmullo anonimo" (Foucault), un rumor impersonal que se posa en los habitos que habitamos, un entramado semiotico-material que hace habitantes. Habitamos, en consecuencia, una heterogeneidad que impide el cierre del sujeto sobre si mismo, un cruce de caminos que se amalgama en el discurso que enuncia el sujeto empirico que habla, un enjambre de espacios que se agolpa en el espacio concreto que se habita en lo local.

Que el habitante siempre porte una trama de habitos y habitats que no ha hecho pero que le permiten hacer (un hacer sobre y desde lo que le hace) en modo alguno nos aboca a una lectura determinista de la subjetividad, a considerar al sujeto como una huella pasiva de lo que le precede (Butler, 2006); tan solo lo resitua y lo ubica en la potencia fundante de la cotidianidad, alli donde tiene lugar la repeticion del habito, alli donde el sujeto puede problematizar (no solo para activar lineas de fuga, sino tambien para ejercer codificaciones de otro signo) aquello que le constituye como sujeto, que le sujeta a su subjetividad. Las formas de vida devienen asi formas de habitar que reproducen una cotidianidad susceptible de ser problematizada en el momento mismo en el que se constituye, de nuevo, lo cotidiano, esto es, en el momento de la repeticion que inaugura cada vez, otra vez, el habito que se dice, se hace y se piensa. Nos alejamos del sujeto reflexivo, encaramado a los imaginarios de la construccion mas o menos racional de lo social, para acercarnos a un sujeto que habita habitats y habitos mediante una repeticion que no es sinonimo de pasividad (Ingold, 2000); un sujeto que conoce, piensa y actua desde los espacios en los que esta situado (Haraway), un sujeto que se abre al sentido desde el modo en que siente el mundo en su corporalidad (Le Breton, 1995; Nancy, 2010). Y tambien hoy y aqui, en este contexto que se lee desde una incertidumbre exacerbada (como si otras epocas, tal y como nos recuerda Benjamin, no hubiesen tenido ya esa misma sensacion de quiebra radical del mundo), seguimos estando situados y seguimos sintiendo el mundo: tan solo nos situamos de otras formas y sentimos de otros modos.

Sera asi en torno a este sujeto que se reconfigura sociohistoricamente desde los espacios que habita desde donde se articula una ontologia biopolitica de la habitabilidad que enhebra espacio y subjetividad atendiendo a las relaciones de poder existentes y a las temporalidades que permean los habitats y los habitos: espacios, subjetividades, relaciones de poder y temporalidades conforman los ejes en torno a los cuales se inicia una reflexion de referencias mutuas que tiene por objeto indagar en las formas de habitar y en los desplazamientos que se desencadenan desde los habitats. Ejes que, como se observa, estan enunciados en plural porque todos ellos estan atravesados por lo heterogeneo, por relaciones de diverso signo que se solapan, porque no cabe hablar en rigor de tiempo o espacio sino de tiempos y espacios (Adam, 1998; Serres, 1995), porque el poder es siempre una urdimbre de relaciones de poder que codifican y descodifican (Foucault, 1995; Deleuze y Guattari, 1998), porque el sujeto ha perdido ya el rostro univoco que nunca tuvo y se recompone con otros discursos y sujetos en un existir que es siempre un coexistir plural y tensionado.

En este contexto cabe ya acercarse a la movilidad como una practica siempre situada, espacializada, que a modo de un pliegue multiforme traza conexiones entre espacios; la movilidad nos introduce en una topologia del espacio que abre una "zona de contacto" (Pratt, 1992) entre el que esta y el que llega, un ambito de relacion que puede operarse de muy diversos modos pero lo que queremos resaltar en este momento es el entrelazamiento espacial que lleva consigo la movilidad y, en un sentido mas profundo, conectando con lo que anteriormente se ha dicho, la idea de que todo espacio encierra una intrahistoria de movilidades y conexiones que han incidido en el ordenamiento semiotico-material en torno al cual traza su diferencialidad. Las apreciaciones de Clifford cobran en este sentido una importancia seminal: "Si nos replanteamos la cultura y su ciencia, la antropologia, en terminos de viaje, queda puesta en tela de juicio la inclinacion organica, naturalizadora de la cultura vista como un cuerpo dotado de raices que se desarrolla, vive, muere, etc. Y al tiempo se hacen mas claramente visibles construcciones historicas muy discutidas, lugares para el desplazamiento, la interferencia y la interaccion" (...) ?Por que no considerar el modo en que una cultura es el espacio de viaje para otros, el modo en que los espacios son atravesados desde fuera, el modo en que el centro de un grupo es la periferia de otro? (1995: 55). No solo que se establezcan practicas de movilidad entre espacios sino que el espacio mismo es ya la huella de las movilidades que lo han atravesado, de los flujos de personas, informacion o materias, que lo han ido conformando. La cultura como viaje, como espacio hendido por otros espacios, horadado por la movilidad. En las acertadas palabras de Pardo: "En el principio no era el lugar, en el principio era el traslado, con lo que el traslado tiene de perdida de la propia esencia, de la propia identidad, del propio espiritu y de la propia cultura, con lo que tiene de desnaturalizacion y de falsificacion" (1998: 184; subrayado en el original).

Asi las cosas, la practica efectiva de la movilidad emerge como una realidad multidimensional que en su propia especificidad seria susceptible de ser analizada atendiendo a las geografias que compone (los espacios elegidos para desplazarse, las rutas que se toman para conectar dos o mas espacios distantes), a los tiempos de la movilidad (la velocidad con la que se desplazan los sujetos u objetos, la duracion de la movilidad, los ritmos que se emplean), a los relatos que acompanan el desplazamiento (narrativas en torno a lo que se espera del propio viaje, narrativas que simbolizan y confieren un sentido al espacio al que se va, pero tambien narrativas acerca de como se definen a los habitantes de otros espacios y como esos mismos habitantes conciben a las personas que llegan), a las relaciones de poder que afectan al modo en que se practica la movilidad (el modo en que los espacios se ven transformados en sus ordenamientos internos por las practicas de movilidad que les atraviesan, las alteraciones que todo ello pudiera desatar en los habitantes de esos espacios, la imposicion misma del desplazamiento para determinados sujetos o las violencias que se pueden desatar en el propio trayecto) y a los sujetos-objetos que pueblan la movilidad (sujetos categorizados como turistas, desplazados, migrantes, aventureros, exploradores, misioneros, comerciantes etc. pero tambien objetos de diverso signo como dispositivos sociotecnicos, materias primas, productos manufacturados, cosechas, flujos de informacion). Geografias, temporalidades y relaciones de poder conforman, en sus mutuas remisiones a la subjetividad que viaja y a la subjetividad que recibe al viajero, las vias de entrada para desbrozar el modo en que acontece cada movilidad y las consecuencias que esta depara.

La movilidad muestra aqui sus multiples caras, las distintas facetas que estan presentes cuando tiene lugar; pero quizas cabria, en esta aproximacion que confiere un papel central a la practica del viaje-desplazamiento, destacar dos dimensiones que, en cierto sentido, vienen a condensar los distintos elementos enumerados en el parrafo anterior, al tiempo que nos permite conectar de un modo mas preciso la movilidad con ya mencionada ontologia biopolitica de la habitabilidad. La primera designa la tension, mas o menos explicita, que se desata cuando el desplazamiento mismo acontece, cuando la partida (ese irse que lleva consigo un partir, una escision) se inicia. Podemos aqui hacer referencia a dos ejemplos literarios en donde queda recogido de un modo nitido la idea a transmitir. Por una parte, la apreciacion de Claudio Magris en su magnifico libro de viajes El Danubio: "El viaje es la fidelidad del sedentario, que afirma en todas partes sus habitos y sus raices e intenta enganar, con la movilidad en el espacio, la erosion del tiempo, para repetir siempre las cosas y los gestos familiares: sentarse a la mesa, charlar, amar, dormir" (2007: 44). Por otra parte, la reflexion que recoge el protagonista de la novela de Juan Jose Saer, El entenado, cuando se refiere a las idas y venidas que realizaban los indios que le tenian prisionero: "Era como si volviesen no al propio hogar, sino al del acontecer. Ese lugar era, para ellos, la casa del mundo. Si algo podia existir, no podia hacerlo fuera de el. En realidad, afirmar que ese lugar era la casa del mundo es, de mi parte, un error, porque ese lugar y el mundo eran, para ellos, una y la misma cosa. Dondequiera que fuesen, lo llevaban dentro. Ellos mismos eran ese lugar. En el nacian y morian, sembraban y trabajaban, y, cuando salian de pesca o de caza, era ahi a donde traian lo que recogian. Sus expediciones, eran como una prolongacion elastica del lugar en que vivian; o, como lo llevaban dentro, era como si ese lugar se desplazase con ellos a cada desplazamiento".

En estas reflexiones, el viaje denota la "fidelidad del sedentario", la "prolongacion elastica del lugar", esto es, el intento de que en la partida, todo aquello que se revela crucial para quien se pone en movimiento, su coraza de habitos--eso que lucidamente Juan Jose Saer habia definido como la "contingencia salvadora"--, quede protegida en el transcurso del viaje de tal forma que cuando uno se desplaza lleve consigo lo que le constituye como sujeto, como habitante de unos habitats que ahora quedan atras; pero anida aqui una tension insoslayable que no siempre adquiere una facil resolucion y que no es otra que la que se cierne sobre el hecho de que los habitos que hay que mantener tenian su sentido en el espacio en el que se estaba pero ese espacio es precisamente lo que se abandona al inicio del viaje: el habitante viaja con sus habitos pero sin su habitat. La casuistica que encierra esta tension y los modos en que puede ser encarada son ciertamente numerosos (como en el caso extremo de querer desprenderse de todo habito que recuerde una vida pasada) pero lo importante, en este momento, es apuntar a la existencia de esta tension que esta en el nucleo mismo de la movilidad y que si a veces no se vive como tension--logicamente los turistas que esperan a coger un vuelo que les lleve a un destino lejano no estan tensionados sino que se les supone ilusionados en el inicio de su periodo estival--es porque ese desplazamiento opera sobre la base de un proceso sociohistorico que permite diluir dicha tension al haber modificado los espacios a los que se va para que alli se pueda seguir, de un modo u otro, con los habitos que se tenian. La movilidad encierra asi un momento de posible reconfiguracion, mas o menos consentida, mas o menos violenta, de la trama de habitos que subyace a la ontologia biopolitica de la habitabilidad. Volveremos sobre este punto, crucial en nuestra argumentacion, al hablar de la domesticacion de los espacios.

Intimamente ligada a la anterior, la segunda dimension de la movilidad en la que queremos incidir es la que alude al modo en que se resuelve el encuentro, en la zona de contacto que propicia el viaje, entre el que esta y el que llega. Esta cuestion nos introduce en toda una tematica que orbita en torno al modo en que se gestiona la hospitalidad y a la posibilidad de que esta se transmute en hostilidad. Las viejas figuras hospes y hostis (Benveniste, 1983), actuan como extremos de las diversas formas en las que se resuelve el hecho, portador el mismo tambien de una tension mas o menos explicita, de que quien llega, ya sea porque esta de paso, ya sea porque quiere quedarse, precisa de un lugar en el que poder estar por un tiempo variable; la hospitalidad, entendida en un sentido incondicionado, no seria sino la capacidad para ofrecer al que viene un lugar en mi lugar sin preguntar quien es y por que viene: la hospitalidad da lugar, habilita un espacio a quien llega (Derrida, 2006). Pero esto no seria sino una abstracta ley de la hospitalidad que al adquirir diferentes concreciones comienzan a horadar esa incondicionalidad que se le presupone a una hospitalidad entendida en su sentido mas radical: habilitar un lugar sin preguntar para quien sera ese lugar: "No existe hospitalidad, en el sentido clasico, sin soberania del si mismo sobre el propio-hogar, pero como tampoco hay hospitalidad sin finitud, la soberania solo puede ejercerse filtrando, escogiendo, por lo tanto excluyendo y ejerciendo violencia. La injusticia, cierta injusticia, incluso cierto perjurio, comienza inmediatamente, desde el umbral del derecho a la hospitalidad" (Derrida, 2006: 59). En cualquier caso, se apunta aqui, de nuevo y como en la dimension antes apuntada, a una tension que da lugar a formas heterogeneas: el modo en que se resuelven las multiples concreciones de la hospitalidad nos lleva a una tematica de muy largo recorrido que incorpora toda una serie de narrativas desde las cuales se nomina simbolicamente a quien pretende habitar mi habitat y que se extiende, en lo que a la hostilidad se refiere, desde la clasica figura del barbaro hasta la actual criminalizacion de los inmigrantes y, en lo relativo a la hospitalidad, desde el relato de la Odisea --que es en si mismo un tratado de hospitalidad referido a como tratar al extranjero--hasta el diseno de una hospitalidad planificada para acoger al turista con todas las comodidades que precise.

Las dos dimensiones apuntadas de la movilidad, la reconfiguracion de los habitos y la acogida hospitalaria-hostil al viajero, acontecen asi como dos caras de un mismo proceso que rige el modo en que se concibe, practica y vivencia el hecho de quedar sumido en el desplazamiento. La primera remite al modo en que se mantienen los habitos, la segunda al modo en que se accede a un habitat; diferenciacion esta mas analitica que empirica ya que la movilidad las entrevera y las torna, en la practica, indisociables. Ambas componen el rostro bifronte en torno al cual se estructura la ontologia biopolitica de la habitabilidad cuando la ponemos en conexion con la movilidad, ambas confieren, en su entrelazamiento, la distintividad que aflora en la conformacion de cada regimen de movilidad. La anteriormente mentada deconstruccion de la subjetividad sobre la base de una geografia critica que torna al sujeto en habitante de los habitos-habitats que le preceden, no podria llevarnos a retomar la idea del viajero decimononico en donde se ensalza su individualidad (masculina) y se condensan los imaginarios de la modernidad articulando asi un topos narrativo que desdibuja la realidad material del viaje para recrear un mito (Clifford, 1995). Antes que el viajero estan las formas del viaje, los regimenes de movilidad que sobre la base de sus tiempos, espacios, relaciones de poder y subjetividades, habilitan el desplazamiento y el modo en que este acontece.

Seria conveniente, por ello, no tanto referirnos en un primer momento al sujeto concreto que se mueve cuanto perfilar los contornos de los distintos regimenes de movilidad existentes (con sus peculiaridades politico-economico-juridicas) para ubicar ahi, ahora si, con toda su particularidad, al sujeto movil en su especificidad; o dicho de otra manera, la biopolitica de la movilidad (formas de vida reconfiguradas) sobre su fondo de gubernamentalidad (ordenamiento de los espacios y los transitos). Y, junto a ello, tener siempre presente que los regimenes de movilidad tambien pueden producir regimenes de inmovilidad al establecer todo un entramado de fronteras de diverso signo (fisicas, juridicas, policiales) que impiden o dificultan la movilidad misma fijando las personas al espacio que habitan. Estariamos, en cualquier caso, ante una distribucion desigual de la capacidad para convertirse en sujeto-en-movimiento, lo que comporta, que duda cabe, no solo distintas competencias de movilidad sino tambien distintos riesgos en funcion de las rutas que se transitan. La movilidad, en definitiva, no es ajena a las inmovilidades desencadenadas y, a menudo, ambas funcionan como las dos caras de un mismo proceso.

En definitiva, la ontologia biopolitica de la habitabilidad nos ubica en un escenario que, articulado en torno a las multiples remisiones que se establecen entre habitat-habito-habitante, subraya la importancia de la espacialidad en tanto que requisito previo para acercarnos a pensar una movilidad que habra de ser leida en funcion de la gubernamentalidad que la impregna y en el modo en que en su seno se resuelve tanto la reconfiguracion de los habitos como la acogida hospitalaria u hostil hacia los que llegan a otro espacio. Este es el sustrato teorico, sucintamente expuesto, desde el que encaramos la movilidad; y en esta necesidad de acogernos a una "translocalidad" (Clifford), a "un sentido global del lugar" (Massey), por medio del cual todo espacio lleva la huella de otros espacios como consecuencia de los distintos regimenes de movilidad articulados a lo largo de la historia, quizas podemos sugerir ya que el homo viator es otra de las posibles y necesarias caracterizaciones de lo humano, no tanto porque el mismo sea un viajero sino porque sus espacios, en un sentido radical, no se entienden al margen de los viajes que han conectado los espacios. La movilidad no puede ser, en este sentido, el signo distintivo de nuestros tiempos porque lo humano se ha pensado y practicado desde siempre en torno a la metafora y la practica del viaje; acaso tan solo podriamos apostillar que hay formas de movilidad propias de cada tiempo, regimenes de movilidad desde los que trazar diferencias. Desde ese sustrato podemos acercarnos ya a una reflexion acerca de la relacion entre modernidad, movilidad y espacio leida en clave de domesticacion multiforme que deja su huella en los regimenes de movilidad.

3. LA MODERNIDAD Y LA DOMESTICACION DEL ESPACIOD

La historia del viaje es la historia de una relacion, por una parte, con lo predestinado y, por otra, con lo incierto. El viaje clasico, si tomamos como ejemplos paradigmaticos la Odisea o La epopeya de Galgamesh, es un viaje marcado por toda una serie de designios divinos que no suponen tanto la difuminacion del protagonista en el marco narrativo regido por lo divino (dificilmente podriamos suscribir algo parecido de un personaje como Ulises que encarna de forma paradigmatica la metis y el kairos) pero si es cierto que el decurso mismo del viaje queda mediado por el hacer y decir de los dioses. Igualmente, lo incierto queda como el espacio que se abre cuando se traspasan los limites de la ecumene, cuando las columnas de Hercules quedan atras y los habitos que pautaban la cotidianidad del habitat reconocible apenas designan una referencia estable y fiable ante lo que se puede encontrar: la ingente produccion de monstruos y mirabilia no es sino la consecuencia logica de un adentrarse en un espacio desconocido: "En su recorrido espacial, dificilmente el navegante encontrara lo maravilloso dentro de los limites de lo conocido. La maravilla por su condicion, se manifiesta a partir de las zonas fronterizas y siempre en direccion a los extremos, puesto que la periferia y el confin invariablemente han sido espacios fecundos para la germinacion de maravillas" (Soler, 2003: 209). La geografia del viaje que limita con lo desconocido se torna en una geografia simbolica que, en su propia especificidad, lleva la impronta de cada habitat porque si bien este queda atras, los habitos antes practicados son la unica herramienta que se tiene para interpretar lo que se encuentra y lo que se imagina, articulando asi un magma indiscernible entre lo real y lo simbolico: la terra incognita siempre ha estado mediada simbolicamente por los imaginarios de quienes la acechaban. A esto se referia Kappler en su seminal estudio sobre la Edad Media: "No se trata aqui de una distincion entre lo real y lo fabuloso, menos aun entre lo real y lo irreal: hasta el siglo XV no aparece una brecha semejante, todo es real. Mas que a una discriminacion vertical entre niveles de realidad, se asiste a una confrontacion horizontal (espacial, cabria decir) entre el aqui y el alla, lo familiar y lo extrano, lo ordinario y lo unheimlich" (1986: 91).

La historia del viaje en la modernidad, los regimenes de movilidad que comienzan a articularse, responden, en gran parte, a esa "confrontacion espacial" que liga el aqui y el alla de un modo tal que elimina progresivamente toda huella de una predestinacion de signo divino al tiempo que se intenta sacar al espacio desconocido de la opacidad en la que antes permanecia. El estatuto del viajero ya no es tanto el de un mediador que conecta y narra el vinculo entre conocido y lo desconocido cuanto un desvelador de lo oculto y, asi, la propia narrativa del viaje ira cambiando para asumir los valores de objetividad y exactitud que se autoconfiere la modernidad (Pimentel, 2003). Eliminar lo predestinado y el asombro; sobre esta doble faz se despliegan las movilidades modernas: el agres griego; el eremos judeocristiano, la floresta medieval, toda esa red de espacios dificilmente habitables que adquieren sus manifestaciones mas evidentes en el desierto, el mar o el bosque iran siendo paulatinamente despojados de la incertidumbre que traia el transitar por ellos: "El hombre del viaje, en su busqueda, iniciara una vez mas el proceso de humanizacion de la nueva distancia, el tiempo, el espacio, para poder volver a dominar el sentimiento de inseguridad" (Soler, 2003: 205).

En este proceso, aqui tan solo resenado en sus manifestaciones mas sobresalientes, podriamos concluir que la modernidad se abalanza sobre el espacio para poseerlo e introducirlo en una cartografia geometrica y sobre el tiempo para administrarlo y encerrarlo en un dispositivo cronometrico. El abandono de una cartografia medieval mas concernida con lo cualitativo, con la experiencia simbolica de los lugares, con los recorridos (que, en su mayor parte, quedaban circunscritos a los peregrinajes), y su sustitucion por una geometria concernida con la correcta ubicacion de los lugares en el mapa muestra el profundo cambio en la relacion con el espacio. La historia de la cartografia ejemplifica un nuevo ethos concernido con ese eje rector de la modernidad que es la apropiacion y el dominio del espacio (Harvey, 1997). El reloj, en este sentido, no sera sino la proyeccion en lo temporal de lo que el mapa renacentista realiza con el espacio: las distintas formas de medir y experimentar lo temporal iran siendo progresivamente suplantadas por el dispositivo del reloj que geometriza el tiempo y lo matematiza sustrayendolo de su dimension cualitativa y vivencial. No es extrano, en ese sentido, que, mas adelante, cuando se comience ya a emplear el reloj de un modo mas extendido, este quede concebido como el dispositivo mas relevante de la revolucion industrial (Munford, 1994) a traves del cual se reglamenta y disciplina la produccion laboral o que la coordinacion horaria se convierta en un requisito ineludible en la organizacion de los flujos comerciales.

Sobre la base de las reflexiones previas se puede ya enunciar las dos ideas que queremos enfatizar en este epigrafe al analizar la relacion entre modernidad y movilidad. La primera de ellas es que el descubrimiento queda convertido en "la palabra rectora de la epoca", el "superacontecimiento de la toma y registro de la tierra" en torno al cual se articulan un "conjunto de practicas mediante las cuales lo desconocido se transforma en conocido, lo no-representado en representado o registrado" (Sloterdijk, 2004: 781). La nocion de descubrimiento no solo quedara ubicada en el nucleo central de una epistemologia positivista (Woolgar, 1991), sino que tambien condensa un imaginario que no esta unicamente concernido con saber que es lo que hay mas alla de lo conocido sino que el acto de conocer, la practica del des-cubrir, activa o, mejor, va ella misma acompanada de toda una serie de procedimientos mediante los cuales los espacios descubiertos son apropiados, mostrando asi que el paso determinante no es el de lo desconocido a lo conocido cuanto a lo poseido. El indudable componente de aventura que acompano el asalto a lo desconocido quedara paulatinamente envuelto en una logica de disciplina, control y seguridad en torno a la cual habran de gestionarse los espacios descubiertos: "La aventura se convierte en guerras, planes de dominio e ideales evangelizadores" (Soler, 2003: 81-2). La modernidad, como acertadamente ha sugerido Sloterdijk, acaba negando aquello que la posibilito: "Pertenece a las ironias de la modernidad el que tuviera que prohibir, retroactivamente, todo lo que emprendio y arriesgo para hacerla realidad" (2004: 778).

La segunda idea, que tomamos igualmente del filosofo Sloterdijk, y que en cierto modo no es sino la consecuencia de la estrecha conexion desatada entre el descubrimiento y la posesion y dominio de lo descubierto, es la quiebra de lo local cuando se instaura una movilidad globalizante pasada por el tamiz de la mercancia: "La historia de la edad moderna no es, en principio, otra cosa que la historia de una revolucion espacial en el exterior. Consuma la catastrofe de las ontologias locales. En su transcurso, todas las naciones antiguo-europeas se convierten en emplazamientos sobre una superficie esferica, y todas las ciudades, pueblos, paisajes se transforman en puntos de transito en la circulacion ilimitada de los capitales bajo su quintuple metamorfosis de mercancia, dinero, texto, imagen, prominencia" (Sloterdijk, 2004: 717; el subrayado es anadido). La movilidad globalizante compone una compleja y cambiante topologia del espacio que, en virtud del tipo de relaciones de traza, socava en muchos lugares la cotidianidad sobre la que se estructura el espacio, los habitos que recreaban el habitat, recordandonos que la zona de contacto que ahi se abre no depara tanto un contacto entre iguales cuanto entre sujetos ubicados diferencialmente en una jerarquia de lo humano y es en virtud de esa diferencialidad que a esa zona de contacto se le exige disponibilidad para que quede constituida en un nodo de conectividad por el que transitaran personas, cosas e ideas: disponibilidad del habitat (para producir lo necesario, para extraer sus riquezas, para comercializar las mercancias), disponibilidad de los habitantes (para reconvertirlos en mano de obra, para llevarles como esclavos a otros habitats). La exigencia de disponibilidad --de clara raigambre colonial, tal y como mas adelante volvera a enfatizarse--es el eje en torno al cual se consuma con mas virulencia la catastrofe de las ontologias locales, la des-re-estructuracion de los habitats.

Esta doble idea que transita entre la practica del descubrimiento (para tomar acta de posesion y dominio) y el desencadenamiento de la catastrofe de las ontologias locales (mediada por la exigencia de disponibilidad) viene a subrayar, en oposicion a esa idea autocentrada de la modernidad en tanto que despliegue de unos modos de hacer y pensar propios, la importancia del viaje en la conformacion de la modernidad. Importancia espacial y simbolica; espacial porque es en torno al viaje, a los regimenes de movilidad desplegados, que se compone (con sus desigualdades internas) la geografia especifica de la modernidad; y simbolica (Kaplan, 1996; Van den Abbeele, 1992) porque en el viaje tiene lugar toda una produccion de conocimiento que remite al modo de relacionarse con otras culturas, razon por la cual el viaje no puede ser ya algo que quede sujeto a las apetencias del aventurero sino que, por el contrario, se debe seguir todo un procedimiento estructurado desde el que se establece el modo en que ha de realizarse la practica misma del viaje.

Brevemente, y en lo referido a la dimension simbolica, cabe apuntar que el reflejo mas evidente de ello es el llamado arte apodemica renacentista (Stagl, 2005) en torno al cual se elabora todo un corpus normativo que rige el proceder del viaje, de marcado caracter educacional, para que ya no sea una mera exposicion de las impresiones subjetivas del viajero cuanto un tratado que establece el modo en que ha de recogerse la informacion (metodologia de la observacion) y el modo en que ha de ser contada (retorica objetivizada). El breve escrito de Bacon sobre los viajes vendra a condensar toda esta forma de entender y practicar el viaje tanto por el procedimiento que establece (conocimiento del idioma del lugar que se visita, llevar diario, no estar mucho tiempo en el mismo sitio, cambiar de alojamiento en una misma ciudad, separarse de sus compatriotas, conocer a la gente relevante del lugar visitado, discrecion ...) como por el hecho de que el viajero no debe quedar afectado por lo que visita: "Cuando el viajero regrese a su patria, que no olvide completamente los paises por los que viajo sino que mantenga correspondencia epistolar con aquellas de las personas conocidas que mas lo merezcan; que sus viajes aparezcan mas en su conversacion que en su atuendo y maneras; que en su conversacion sea cauto en las respuestas y no propenso a contar anecdotas; y que se vea que no cambia sus costumbres patrias por las extranjeras sino que solo ponga flores de las que ha conocido fuera entre las costumbres de su patria" (Bacon, [1625] 1980: 84; el subrayado es anadido). No podria expresarse de un modo mas nitido: la experiencia del viaje mantiene incolume la subjetividad del viajero que tan solo podra permitirse veleidades ornamentales.

Lo determinante, en todo caso, para la argumentacion que aqui se sugiere, es que esa centralidad geografica y simbolica del viaje ha estado atravesada por la necesidad de domesticar la movilidad y los espacios afectados por esa movilidad. La idea de domesticacion de los espacios y los transitos no ha de entenderse en el sentido de un intento por homogeneizar el ambito sobre el que se proyecta con el fin de conseguir un orden que funcione a modo de maquinaria perfectamente regulada que reproduce unas normas previamente fijadas. La domesticacion es, por el contrario, un dispositivo de captura que altera los ordenamientos a traves de los cuales se rigen esos espacios, una regulacion de los mecanismos de reproduccion de la existencia no tanto bajo la forma de un panoptico centralizado que rige el devenir del espacio sino a modo de un entramado politico-economico-juridico que incide en modo en que han de reconfigurarse las relaciones entre el habitat-habito-habitante con lo que se ubica en el andamiaje mismo de las formas de vida, en sus engranajes constitutivos para amoldar las conductas y conducciones de los sujetos, para adaptarlas a un ordenamiento mutable que regula lo permisible. Domesticar en el sentido de proyectar lo propio de un lugar (el domus), de una forma de concebir el lugar, hacia otros espacios, recreando asi una geografia de dominio por medio de una accion a distancia regida por normativas, tratados o acuerdos de diverso signo que rigen el modo en que ha de producirse la vida, la imbricacion habitat-habito-habitante.

Domesticar los espacios pero tambien los transitos; dos caras de un mismo proceso que se asienta en el rechazo incondicional del movimiento que carece de un orden: el errante, el vagabundo, el nomada, el hobo, el que esta en el camino porque no tiene un espacio propio desde el que moverse, el que ha hecho del movimiento un modo de vida, vendra a ejemplificar el rostro multiforme de quien ha de ser vilipendiado y castigado por lo que es. Rousseau lo expresa de forma nitida: "Viajar por viajar es errar, es vagabundear; viajar para instruirse es todavia un objeto vago; la instruccion que no tiene una meta determinada no es nada" (1990: 619-20). Hay que saber viajar porque lo que aqui esta en juego no es el moverse en si mismo sino una(s) forma(s) de concebir la movilidad dotada(s) de sus propias normas que domestica(n) no solo los espacios a los que se va sino a la propia movilidad para despojarla de lo imprevisible. La modernidad que encumbra la movilidad aborrece el movimiento no reglado y ello, tal y como ha mostrado de Gaudemar en su estudio clasico, tendra un reflejo evidente en la conformacion de la sociedad industrial: "No impedir la movilidad, sino controlarla. Y, desde luego, fijar incluso a veces la mano de obra: cuando esto constituye la forma optima de control. Pero tambien dejarla vagar, con tal de que esta errancia tenga un final y colme, en alguna parte, un hueco de capital. Controlar siempre la movilidad, volverla util, conferirle un poder economico fecundante" (1981: 39).

Deleuze y Guattari lo habian expresado con suma claridad: "Una de las tareas del Estado es la de estriar el espacio sobre el que reina, o utilizar espacios como medio de comunicacion al servicio de un espacio estriado. Para cualquier Estado no solo es vital vencer el nomadismo, sino tambien controlar las migraciones, y, mas generalmente, reivindicar una zona de derechos sobre todo un "exterior", sobre el conjunto de flujos que atraviesan el ecumene. En efecto, el estado es inseparable, alli donde puede, de un proceso de captura de flujos de todo tipo, de poblaciones, de mercancias o de comercio, de dinero o de capitales, etc. Pero se necesitan trayectos fijos, de direcciones bien determinadas, que limiten la velocidad, que regulen las circulaciones, que relativicen el movimiento, que midan detalladamente los movimientos relativos de los sujetos y los objetos. De ahi la importancia de la tesis de Paul Virilio, cuando muestra que "el poder politico de Estado es polis, policia, es decir, red de comunicacion" " (Deleuze y Guattari, 1998: 389). La gubernamentalidad irrumpe aqui como la policia del espacio, como el teatro de fondo de la biopolitica, como la arquitectura mas o menos oculta de la movilidad que transita entre espacios: "El Estado no cesa de descomponer, recomponer y transformar el movimiento o regular la velocidad. El Estado como inspector de caminos, transformador o echangeur routier: papel de ingeniero a este respecto" (Deleuze y Guattari, 1998: 390). De esto se trata, en definitiva, de domesticar la circulacion, las rutas, las velocidades, los sujetos y los objetos que las recorren; una regulacion del entrelazamiento de los habitats que tiene consecuencias para sus habitantes, para sus habitos: capturar los espacios para reestructurar sus ordenamientos, para regular sus conexiones, pero tambien abandonarlos cuando carecen ya de interes (la empresa multinacional que cambia de lugar de produccion buscando espacios mas rentables).

Este escenario de creciente domesticacion de la movilidad, leido en clave foucaultiana, y proyectandolo hacia el desarrollo mismo de la modernidad, supone reconocer que ya no estamos en un escenario marcado por el omnipotente decir y hacer del soberano que disponia de la vida de los subditos de un territorio determinado y cuyo poder refulgia en su capacidad para dar muerte, en un hacer morir y dejar vivir (Foucault, 1995, 2003) que articulaba su propia ley para imponer el modo en que habia que vivir una vida que colindaba inquietantemente con la posibilidad de la muerte dictada por el soberano; y reconocer, asimismo, que tampoco estamos en un escenario marcado por el encierro disciplinario que proyecta el poder sobre los sujetos mediante una "anatomia politica del detalle" que rearticula los cuerpos, su trama de habitos, para aumentar su utilidad economica y disminuir su potencia problematizadora con miras a la consecucion de cuerpos dociles, disponibles y moldeables. No, ya no nos define ni la potencia del soberano sobre los subditos de su territorio (su poder discrecional para prohibir-permitir), ni el poder disciplinario del encierro (su poder para aplicar la norma y sancionar su incumplimiento) y, sin embargo, estos no acaban de desaparecer, se mantienen pero operan ya en un contexto marcado por una gubernamentalidad concernida, en el enfoque de Foucault, mayormente con dispositivos de seguridad que en su heterogeneidad incorporan, modulandolos, rasgos de epocas preteritas. Y aqui de lo que se trata es del poder para regular la conformacion cambiante de los espacios y los transitos que los atraviesan: "Ya no fijar y marcar el territorio, sino dejar fluir las comunicaciones, controlarlas, seleccionar las buenas y las malas, permitir que la cosa se mueva siempre, se desplace sin cesar, vaya perpetuamente de un punto a otro, pero de tal manera tal que los peligros inherentes a esa circulacion queden anulados. Ya no la seguridad del principe y su territorio, sino la seguridad de la poblacion y, por consiguiente, de quienes la gobiernan" (Foucault, 2006: 86). La domesticacion es la captura y regulacion de los espacios y los flujos en un entorno mutable que va definiendo contingentemente lo permisible y aceptable y es, por ello, que no homogeneiza sino que administra la heterogeneidad en su puesta en relacion.

Gestion descentralizada de la movilidad, de lo que se puede mover y de como se debe mover sobre la base de normativas que establecen las reglas del juego, la produccion jerarquica, desigualmente repartida, de la movilidad. No pretendo subsumir la heterogeneidad de las formas de viaje en un unico regimen de movilidad pero si al menos sugerir que la movilidad moderna ha estado mayormente marcada por un ethos que busca la domesticacion de los espacios y de la movilidad misma. El conocido dictamen de Baudelaire: "Pero son los viajeros de verdad los que parten por partir" nos recuerda esa heterogeneidad de las practicas de viaje, los modos harto disimiles en los que se acomete el viaje pero tambien ilumina, a contraluz, que el viaje profundamente asociado con la modernidad--con esa modernidad ajardinada que diria Bauman--no es nunca un partir por partir, es un partir con un sentido determinado: viaje de conocimiento reglado, viaje de apropiacion.

Si en el epigrafe anterior concluiamos que la estructura de la movilidad se asentaba en un doble pilar que alude tanto al modo en que se reconfigura la relacion habito-habitat-habitante como a las formas en que se practica la hospitalidad-hostilidad en la zona de contacto, la movilidad moderna bien podria quedar caracterizada, en sus rasgos mas sobresalientes, por una domesticacion del espacio (que al exigir y demandar la disponibilidad de esos espacios da lugar a profundas reestructuraciones de la triada habito-habitat-habitante) llevada a cabo de un modo hostil (fundamentada en una jerarquia de lo humano que deshumaniza al otro). Apropiarse del espacio y reglamentar la movilidad para gubernamentalizar las conductas y los conductos y aqui, en este proceso multidimensional que adquiere manifestaciones muy diversas, todo un entramado de violencias simbolicas y materiales acompanan esa domesticacion hostil que incorpora la arbitrariedad-impunidad del soberano y la logica punitiva de lo disciplinar en el campo de actuacion securitario. Este es el trasfondo que tambien hoy, en la modernidad tardia, vemos reproducirse y es, por ello, que una vez visto en el segundo epigrafe el modo en que conceptualizabamos el regimen de movilidad y, en el tercero, el ethos dominante que permea los regimenes de movilidad modernos, podemos acercarnos ya a escenarios mas cercanos a nuestro presente para entrever las formas en las que sigue aconteciendo esa domesticacion hostil.

4. REGIMENES DE MOVILIDAD EN LA MODERNIDAD TARDIA

Es necesario realizar una matizacion sobre el propio concepto de viaje antes de reflexionar sobre la movilidad en la modernidad tardia. El concepto de viaje esta muy lejos de ser un concepto que tan solo mienta un mero desplazamiento por el espacio; el viaje, como la idea de movilidad, esta impregnado de un imaginario que traza los lindes de su aplicabilidad y le confiere unos determinados sentidos que le llenan de contenido y reconocimiento. Al viaje se le presupone un cierto alejamiento de lo reconocible, una inmersion en un espacio que no esta enteramente programada de antemano, de modo que el asombro deviene parte constitutiva de todo viaje, un asombro que emerge cuando se contempla lo inesperado, cuando el azar nos golpea con sus caprichos, cuando sobreviene una experiencia que resquebraja la habitualidad que antes habitabamos: no hay viaje --algo que merezca ser llamado viaje--sin asombro. Sera, por ello, el aventurero, aquel que busca lo incierto, quien se adentra en lo desconocido para asombrarse de lo que (todavia) se puede ver, el que se avenga a encarnar de un modo paradigmatico la idea de viaje. Decir que no hay viaje sin asombro es decir que no hay viaje sin ruptura con la habitualidad que habitamos, que el viaje nos aleja no solo de donde estabamos sino tambien, en un sentido mas profundo, de lo que eramos y, por eso, en el empleo metaforico que se hace del viaje se podra aludir a viaje inmoviles (a la manera de Xabier de Maistre o Fernando Pessoa) que no son sino un descenso a lo mas hondo de la cotidianidad que habitamos para ver ahi los materiales con los que estamos hechos, acaso para vernos de otro modo. Adentrarse en el asombro, romper con lo cotidiano, partirnos tras la partida; esto es lo que hace el verdadero viajero pero esto, habria que anadir inmediatamente, tan solo es el imaginario del viaje, su mito constituyente (Clifford, 1995) que lo ubica en el sujeto ensalzado por la modernidad: varon blanco occidental. Las mujeres apenas fueron participes de este imaginario que encumbro al aventurero decimononico y que decir de los indigenas que acompanaban a los aventureros; la idea de viaje viene asi simbolicamente marcada tanto en su contenido como en el sujeto que la encarna. Y si acaso el paso del tiempo ha podido horadar esa subjetividad para ensancharla mas alla de los margenes en los que estaba confinada, el propio sentido que designa el viaje, su asombro constitutivo, permanece como su sena de distincion y sera, por ello, en estas sociedades espectacularizadas que han ensalzado el turismo masivo, donde ya se conoce de antemano lo que sera el espacio y el tiempo del viaje, donde lo visitado ya ha sido visto anteriormente en multitud de imagenes, donde la aventura se prefabrica y el asombro se confecciona para satisfacer al turista, donde el retraso quiza sea el ultimo rescoldo de la aventura (Sloterdijk), que se nos dira, a modo de topos repetido rutinariamente, que el viaje ha desaparecido, que el viaje nos es ajeno, que el turismo ha matado el viaje (Auge).

No es momento de analizar en profundidad esta escision que pone frente a frente al viajero y al turista pero si al menos de sugerir que dicha escision, que ha devenido lugar comun, a menudo se realiza sin deconstruir el imaginario que impregna la nocion de viaje, con lo que el propio viaje corre el riesgo de quedar convertido en imagen mitificada desde la que establecer la critica de ese turista convertido ya en el despreciable sujeto de masas por excelencia, aquel, por utilizar un expresion de Nietzsche, que no viaja sino que se le viaja, aquel que viaja por viajar, por cambiar de sitio, el sujeto que transita pasivamente por rutas marcadas para consumir lugares despreciando su hondura sociohistorica; los reproches que atesora el turista se extienden desde su confrontacion con las elites que protagonizaban el grand tour hasta las actuales criticas que, no sin caer en cierto elitismo, evidencian en el auge del turismo la muerte del viaje (Urbain, 1993). Pero si el viaje mitificado nos aleja de las especificidades propias de cada viaje, la critica sin matices del turismo nos aleja de la vivencia de este tipo de viaje. Y lo que aqui nos interesa son las practicas de viaje, la practica de la movilidad tal y como tiene lugar en el espacio, el modo en que los espacios se ven transformados por ella, razon esta que nos lleva, igualmente, a no suscribir el uso expansivo de la figura del nomada en tanto que sujeto glorificado de las sociedades posmodernas dado que ahi se vuelve a ensalzar simbolicamente el movimiento sin atender a las concreciones sociomateriales del movimiento, a las subjetividades que lo protagonizan (y que a menudo lo padecen) (Creswell, 2006).

Quizas, todo ello, no sea sino consecuencia del potencial simbolico que el propio acto del viaje evoca (presente desde las primeras narraciones que lo humano se cuenta a si mismo) y que, de un modo u otro, tambien se refleja en la escision que se abre entre el viaje (impregnado de connotaciones positivas y de intencionalidad) y el desplazamiento (impregnado de todo un halo de necesidad que socava su positividad). Si bien la contraposicion entre viajero-turista operaba en un plano marcado por la autenticidad del asombro, la escision viaje-desplazamiento funciona en el plano definido por el margen de intencionalidad. El analisis de Bauman (2001) es deudor de esta lectura al sugerir que los turistas y los vagabundos-migrantes constituyen no solo las manifestaciones mas clarividentes de la movilidad sino tambien las grandes metaforas de nuestras sociedades, una suerte de condensacion simbolica en donde ver nitidamente la doble faz de la movilidad imperante que se abre a la libertad y a la necesidad: "Los turistas viajan porque quieren; los vagabundos porque no tienen otra opcion" (ibidem: 118); al deseo y a la hostilidad: "Los turistas van de un sitio a otro porque el mundo les parece irresistiblemente atractivo, los vagabundos van de un sitio a otro porque el mundo les parece insoportablemente inhospito" (ibidem: 118). Obviamente, podriamos aludir a un amplio repertorio de movilidades que no son participes de la contraposicion turista-vagabundo pero si es cierto que esta doble faz alude a todo un elenco de viajes-desplazamientos que poseen una indudable centralidad en la conformacion de nuestras sociedades, como si el turista-vagabundo estuviese de tal modo incrustado en nuestros espacios que, si nos desprendiesemos de ese par, el mundo que habitamos se tornaria irreconocible. La intuicion de Bauman tiene sin duda su interes pero carece de anclaje teorico con la propuesta teorica que aqui se suscribe toda vez que su planteamiento contiene un cierto sesgo teleologico en torno a esa incertidumbre cada vez mas omnipresente que quiebra todo proyecto duradero dejandonos un mundo que, metaforicamente, se lee a modo de "un juego en el que las reglas se hacen y rehacen mientras se juega" (ibidem: 112), lo que, en ultima instancia, vendra a desencadenar que la identidad, al no poder fijarse, se adopta y se desecha "como quien cambia de vestido" (ibidem: 113). Aproximacion esta diametralmente opuesta tanto a la ontologia biopolitica de la habitabilidad como a un analisis en clave de gubernamentalidad que profundiza en el entramado de racionalidades y tecnologias por medio de las cuales se producen los espacios que habitamos y las (in)certidumbres que en ellos sentimos.

Y es asi, en consecuencia, que el analisis de las movilidades desplegadas en torno a la contraposicion turista-vagabundo exige, a nuestro juicio, desligarla de la dicotomia viaje-desplazamiento (es por ello que en las paginas precedentes se ha utilizado de forma indistinta viaje y desplazamiento), liberarla de los sentidos que se desprenden de un imaginario moderno del viaje que marca cual es el verdadero viaje y quien es el verdadero depositario del asombro, para aludir a la produccion concreta de la(s) movilidad(es) de los turistas-vagabundos atendiendo a sus espacios y tiempos, a sus relaciones de poder, a las subjetividades que se (re)producen. Hay que gubernamentalizar la movilidad para desbrozar las formas en las que se articula y se vivencia. Ello, digamoslo una vez mas para evitar equivocos, no conlleva diluir al sujeto concreto que se desplazaviaja sino tan solo reubicarlo como habitante de un regimen de movilidades que le precede, un regimen que es mutable y que no es ajeno, asimismo, a las dinamicas de otros regimenes de movilidad con los que puede coexistir: no cabe hablar en rigor de una movilidad--a la manera de una racionalidad que lo englobase todo--en tanto que definitoria de nuestro tiempo: hay movilidades (del mismo modo en que no hay gubernamentalidad sino gubernamentalidades).

Desde estos presupuestos previos, sucintamente expuestos, cabe ya explicitar el argumento central de este epigrafe: los regimenes de movilidad configurados en torno al turista-vagabundo pese a las evidentes disparidades que contienen (tanto entre ellos como las que de hecho hay dentro de cada ambito) actuan en el marco de unas racionalidades y tecnologias que tienden a reproducir la anteriormente aludida logica de domesticacion de los espacios, sin que ello suponga afirmar que esta sea la unica logica existente y que, asimismo, se manifieste de forma univoca: la domesticacion es un fondo que acontece adquiriendo formas diversas, un hacer y decir que busca ensanchar su dominio en la gestion de la movilidad haciendo frente a las practicas que la problematizan, a las lineas de fuga que escapan de la codificacion. Y es en esta gestion descentrada, multidimensional, de los flujos migratorios y turisticos inmersa en los limites de lo permisible-deseable, que podemos acercarnos a un triple eje que actua, en su entrelazamiento, como arquitectura de la gestion de las movilidades, un triple eje que se manifiesta de modos cambiantes dando lugar a distintas formas de habitar. Ejes que remiten a un hacer sobre el modo en que se ordenan los espacios, un actuar sobre las posibilidades de accion de los sujetos, el andamiaje de la biopolitica.

En una sucinta mencion de ese triple eje, cuyo desarrollo exigiria sin duda un mayor espacio del que aqui disponemos, habria que hacer alusion a lo neoliberal entendido como un violento proceso de financiarizacion, mercantilizacion y privatizacion de los espacios operado mediante una "apropiacion por desposesion" (Harvey, 2003) que refuerza la ya aludida crisis de las ontologias locales sumiendolas en una logica de la disponibilidad que se rearticula en paralelo a las indisponibilidades que problematizan este proceso. Lo neoliberal desencadena una quiebra de lo comun para cimentar la apertura de los espacios a una mercantilizacion tejida en torno a lo politico-economico-juridico; y ello ocasiona un desarrollo geografico desigual que, alli donde se instalan en mayor medida las desigualdades-exclusiones, propicia que el habitat que se habitaba, pasado por el tamiz de la mercantilizacion-disponibilidad, a menudo ya no es el espacio en el que se pueda o se quiera vivir. Irrumpira asi la necesidad de migrar (como consecuencia, por ejemplo, del agotamiento de caladeros en el Africa subsahariana dejando a las poblaciones pesqueras locales sin su medio de vida basico o de la reconversion de tierras para la agricultura intensiva en paises de Sudamerica que quiebran usos y entornos locales) o la imposicion de tener que irse (lo que a menudo ocurre, por ejemplo en Colombia, cuando se habitan tierras ricas en recursos naturales que se van a explotar o cuando el espacio habitado se compra--tal y como esta sucediendo en varios paises de Africa--por inversores extranjeros como forma de especulacion o para introducir una agricultura intensiva que exporta lo que produce o que especula en los mercados financieros con la adquisicion de tierras). El turismo, por su parte, en modo alguno es ajeno a una logica neoliberal que busca apropiarse de los lugares para que las grandes empresas del sector gestionen la conduccion de los turistas en un proceso que deja a menudo una profunda huella ecologica y social en habitats locales (podriamos pensar en zonas de turismo masivo del Caribe o de la propia costa del Mediterraneo pero tambien en ciudades muy turistizadas como Barcelona o Venecia que ven alterado de un modo notorio las formas locales de ocupar y vivenciar los espacios); la neoliberalizacion de los espacios se abre asi, tanto a una logica de la expulsion (desencadenante de la migracion) como de la atraccion (desencadenante del turismo) y, sin embargo, pese a su evidente disparidad, ambas logicas comparten bajo prismas diferentes una gubernamentalizacion que domestica los espacios y los transitos.

En estrecha conjuncion con lo neoliberal, encontramos el eje neocolonial que reproduce un dispositivo epistemologico-politico-economico asentado en una jerarquia de lo humano (convirtiendo a los otros en desechos prescindibles) y una exteriorizacion de la naturaleza (perpetuando una logica cimentada en el desarrollo y el crecimiento--que apenas se disimula en el oximoron desarrollo sostenible--que ha dado lugar a toda una serie de desastres socioecologicos). La colonialidad del poder (Quijano, 2005) sienta asi las bases tanto de la inferioridad del otro como de la capacidad para aprehender el espacio del otro, ubicandose en la arquitectura misma del despliegue de la modernidad, de esa modernidad que, en virtud del entramado simbolico de corte emancipativo con el que se rodea e impregna, acaba por negar aquello que la posibilita en su despliegue efectivo, ubicando, en consecuencia, a la colonialidad en el lado oculto de la modernidad (Mignolo, 2003), en aquello que ha quedado adherido indefectiblemente a la modernidad y que muta con ella acompanandola hasta el presente, hasta los regimenes de movilidad que hoy se (re)producen y cuyas visualizaciones son evidentes tanto en la criminalizacion de los sujetos migrantes como en ese boyante turismo etnico que encierra nuevas formas de racismo (MacCannell, 2007).

La estrecha relacion entre lo neoliberal y lo neocolonial acontece como un dispositivo multidimensional desde el que se reestructuran los espacios de un modo tal que se acomete una produccion continuada de habitantes sin habitat, habitats mercantilizados que socavan las formas de vida existentes, habitats en los que ya no cabe reconocerse ni encontrar un proyecto de vida, lo que desencadenara la migracion, el abandono-expulsion de esos lugares. La produccion de habitantes sin habitat se convierte asi en uno de los grandes signos de esta epoca: habitantes que migran en la busqueda de otros espacios en los que poder vivir y que pasan a habitar campos de refugiados (Agier, 2008), a engrosar los arrabales de megaciudades en condiciones muy precarias de habitabilidad (Davis, 2007) o que se lanzan a unas rutas migratorias cada vez mas precarias y vigiladas (VV.AA, 2008). Es asi que este habitante sin habitat sera quien encarne, paradojicamente, el poso de incertidumbre asociado al imaginario del viajero moderno, el que sufre en mayor medida la tension que subyace al viaje en la recomposicion de los habitos y en la busqueda de un espacio, alejado de la hostilidad, en el que poder volver a habitar. No en vano, a los actuales migrantes subsaharianos se les llama, en su lugar de origen, aventureros.

A ello se le suma, como tercer eje, una vertiente securitaria que regula los flujos y los sujetos-objetos que los transitan. La seguridad, concepto fuertemente ligado a la razon de Estado, acaba por convertirse en el nucleo del discurso politico actual, la finalidad ultima de toda politica que apuntala su legitimidad en la proteccion frente a unas amenazas, mas o menos difuminadas, que corren el riesgo de socavar nuestro vivir; de la antigua consideracion del miedo como origen antropologico del vinculo politico se pasa a una expansion ilimitada del miedo (carente ya de fronteras delimitadas, de tiempos prefijados) que exige una respuesta continuada para no caer en una incierta vulnerabilidad frente a lo que nos amenaza y es asi que el miedo queda como referente inaprehensible, la sombra que nos acompana y que enmascara en su continua invocacion la propia contingencia del discurso securitario (Foessel, 2011). Desde ahi, bajo el influjo de un miedo que a fuerza de enunciarlo ha quedado naturalizado y, paralelamente, despolitizado, desgajado de su sociogenesis, la razon securitaria se presta a regular los flujos que activan lo neoliberal y lo neocolonial de un modo tal que mas que cuestionar la movilidad, la expande pero quedando restringida a una serie de parametros que pueden ser cambiantes: el miedo apuntala lo securitario administrando posicionamientos diversos y distribuyendo desigualmente la capacidad para moverse; movilidad sujeta a vigilancia, asegurar, de nuevo, que la movilidad no evoque el nomadismo, capturar lo movil, arrancarlo del vacio de lo imprevisto. De ello se colige, en ultima instancia, que la produccion gubernamental de movilidad actua en conjuncion con una biopolitica de la inmovilidad que, segun las circunstancias, pretende fijar a unas determinadas personas a sus espacios (alzamiento de muros, control de fronteras, politicas de visados ...) o, una vez que la movilidad ha traspasado lo permitido, fijarlas en espacios punitivos (centros de internamiento, carceles).

Digamoslo una vez mas: aqui ya no cabe referencia alguna a un panoptico que actuaria como centro de mando desde el que vigilar y gestionar los distintos tipos de movilidad. Asistimos, por el contrario, a un proceso multidimensional entrelazado, a un regimen de gubernamentalidad que regula los espacios y la conexion entre los espacios; el panoptico queda sustituido--tal y como propone Bigo (2008) retomando la nocion de bando al analizar flujos migrantes--, por un ban-optico en el que se solapan la dimension discursiva (que recrea la sensacion de inseguridad y el tipo de subjetividad que la encarna), la institucional (de caracter estatal e internacional), la espacial (control militarizado-tecnologizado del movimiento entre espacios que ha comportado, en el ambito europeo, una exteriorizacion de las fronteras hasta las costas africanas y, en otro orden, el establecimiento de una geografia de centros de detencion e internamiento para los sujetos en transito que se desplazan, desde la optica legal, de un modo ilegal), la juridica (normativa para la gestion de los movimientos y la expulsion de los migrantes) y las medidas administrativas (implementadas por las instituciones estatales y supraestatales para hacer frente a las infracciones de los que se desplazan sin acogerse a la normativa vigente). Multiplicidad de actores y procedimientos que, entrelazandose, operan en la orbita del discurso de la seguridad componiendo una movilidad gubernamentalizada en la que se observa una confusion cada vez mas creciente entre lo publico y lo privado, lo policial y lo militar, el interior y el exterior, lo que, por su parte, acontece como reflejo de una, asimismo, creciente indistincion entre seguridad e inseguridad, guerra y paz, orden y desorden, estado de excepcion y estado de derecho.

Merece resaltarse este ultimo elemento porque lo securitario, en el regimen gubernamental en el que se haya inmerso, se despliega de la mano de una logica de la excepcionalidad que le permite suspender la norma cuando sea preciso con el fin de asegurar dicho regimen gubernamental. La excepcionalidad nombra una situacion liminal por medio de la cual el poder se ubica al margen de la ley pero al mismo tiempo mantiene su pertenencia a la ley y, desde ahi, desde la amplificacion del margen de maniobra (e impunidad) que permite ese estar fuera pero dentro de la ley, justificado por una necesidad inexorable, la excepcionalidad puede ser leida como un dispositivo de captura: "La excepcion es el dispositivo original en virtud del cual el derecho se refiere a la vida y la incluye en el por medio de la propia suspension, la teoria del estado de excepcion se convierte entonces en una condicion preliminar para definir la relacion que liga al viviente con el derecho y, al mismo tiempo, le abandona a el" (Agamben, 2004: 10). La excepcionalidad designa asi un dispositivo de inclusion que opera mediante la exclusion, un captura que crea formas de vida mediante el socavamiento de una biopolitica afirmativa que habria de determinar como se quiere ordenar ese vivir: la excepcionalidad, convertida segun Agamben, en "el paradigma de gobierno dominante en la politica contemporanea" crea formas de vida sumidas en la intemperie, en la arbitrariedad de quien hace y dice la excepcionalidad, en la paulatina erradicacion de la bios en una topologia de campos que producen zoe, nuda vida. No vamos a entrar ahora en una critica de la nocion de campo y en el uso descontextualizado y excesivamente expansivo que Agamben hace de este termino (vease el articulo de Agier en este monografico), pero si queremos mantener la ligazon entre excepcionalidad y el hacer securitario ya que este, en las exigencias que demanda para hacer frente a las supuestas amenazas, ha acabado por incorporar la excepcionalidad en tanto que forma de hacer y pensar a cuyo traves se despliega lo securitario.

La alusion a la excepcionalidad nos permite, siquiera sucintamente, retomar la idea de que las relaciones de poder que impregnan las formas de vida que se producen, el hacer-vivir que signa cada biopolitica concreta, incorpora de modos diversos el poder discrecional del soberano y el dispositivo disciplinar. No hay, como ya habiamos sugerido, una sucesion de dispositivos de poder cuanto un cierto entrelazamiento que da lugar a formas heterogeneas. No encontraremos ya el hacer-morir del soberano sustentado en una dramaturgia de violencia publica pero si una huella de su discrecionalidad (Butler, 2006) en la amplificacion de la logica punitiva que el uso de la excepcionalidad confiere a lo securitario (patente en las normativas europeas que rigen la expulsion de los inmigrantes) e, igualmente, un regimen de produccion de muerte que no opera tanto por la violencia directa llevada al cuerpo del subdito cuanto por un hacer-dejar-morir (como consecuencia de esa desestructuracion de los espacios y del modo en que se regula el transito entre espacios) que socava la vida misma, la posibilidad de seguir viviendo (Mendiola, 2009), con lo que cualquier analisis de las biopoliticas producidas debe serlo tambien de las tanatopoliticas que aquellas desencadenan (Mbembe, 2003) y de los modos en los que la excepcionalidad se proyecta sobre el cuerpo. Las miles de muertes de inmigrantes naufragados en el Mediterraneo o los suicidios de campesinos en el sudeste asiatico que no pueden ya articular un plan de vida, son ejemplos incontestables de las formas que opera la tanatopolitica moderna, el hacer-dejar-morir que produce la gubernamentalidad actual. Del mismo modo, lo disciplinar, aunque operado sobre una base distinta a la "anatomia politica del destalle" conducente a la obtencion de cuerpos dociles, tambien se reactualiza al reproducir su consigna central, maximizar la utilidad economica de los cuerpos disminuyendo su potencial politico (Foucault): la necesidad por parte de los migrantes de introducirse en un mercado laboral que se caracteriza por unas menguantes condiciones laborales y que se despliega en conjuncion con un repunte inquietante de lo punitivo (Wacquant, 2010), hace las veces de un dispositivo que ya no produce necesariamente cuerpos dociles pero si cuerpos que incorporan, en condiciones cambiantes, la exclusion y la desigualdad (Santos, 2005).

Podriamos concluir afirmando, en consecuencia, que lo neoliberal-neocolonial en tanto que doble eje que desestructura los espacios actua asi en conjuncion con una descentrada razon securitaria que regula los movimientos desencadenados en ese hacer desestructurante (que, logicamente, da lugar a posteriores reestructuraciones). La seguridad, su produccion y gestion, esta en el trasfondo de los habitats que habitamos y ello se vierte tanto en los mecanismos de control-punitivos a traves de los cuales se regulan los transitos migrantes como en los mecanismos simbolico-materiales (publicidad, guias, rutas, seguros, instalaciones vigiladas ...) para erradicar lo imprevisible de los transitos turisticos. Pero, junto a ello, conviene no olvidar que el dispositivo securitario, tal y como es formulado por Foucault, tambien introduce la tematica del deseo (de las expectativas, del sentido) en tanto que elemento central de unas relaciones de poder que producen no solo habitats sino tambien habitantes, sujetos inmersos en procesos de subjetivacion, en tramas de narrativas y habitos, como deciamos al inicio, que les preceden y les hacen. Redes de significacion que producen lo deseable y que funcionan como mecanismos de atraccion tanto para el migrante como para el turista..

Baste afirmar por ultimo, al hilo de esta consideracion, y en lo referido a la movilidad turistica, que los viajes organizados que comienzan a desarrollarse a mediados del siglo XIX precisaban, antes de realizar el viaje en si, producir el deseo de viajar (Franklin, 2004) y este elemento, que se perpetua de formas diversas hasta la actualidad, es clave para entender el exito del turismo tanto en la forma en que se producen semiotica y materialmente los lugares de destino como en la produccion de la subjetividad del turista. Habria una gubernamentalidad del viaje articulada en torno a los lugares que se elijen y la forma en que se visitan, las rutas que se crean, las historias que se cuentan y que, en su entrelazamiento, habrian de posibilitar que el turista consuma en el lugar al que va una "autenticidad escenificada" (MacCannell, 2007), que tenga acceso a lo que supuestamente define ese lugar. Pero todo ello no es sino una construccion que deja en la sombra el lugar no resenado, la historia no dicha, aquello que no encaja y que habria de distorsionar el "regimen de verdad" que acompana al espacio turistizado. La gubernamentalidad turistica crea asi un deseo de viaje, un mecanismo de atraccion que moviliza a las personas, con el fin de que pueda ejercitarse tanto un consumo de los espacios de destino inmersos a una produccion semiotico-material (con las consecuencias ecologicas--entendidas estas en un sentido amplio--, que ello pudiera tener) como un consumo de los sujetos de otras culturas (con los rescoldos coloniales que esto a menudo conlleva). La domesticacion del espacio (el turismo, segun Auge, como forma de guerra) y la deshumanizacion del otro (el turismo etnico, segun MacCannell, como forma de racismo) convergen asi en un cierto tipo de gubernamentalidad turistica subsumida en un hacer y decir transido de lo espectacular.

5. CONCLUSION

El hilo conductor que ha recorrido las reflexiones precedentes se articula sobre un triple eje interconectado que alude a la estructura de la movilidad, al ethos domesticar de la modernidad y al modo en que ello se plasma en esas dos figuras paradigmaticas de la movilidad tardomoderna como son el migrante y el turista. El primer eje ahonda en la triada habitat-habito-habitante como proceso multidimensional que se recompone en la vivencia de la movilidad y que se ve, igualmente, subsumido en una logica (no dicotomica sino llena de matices y ambiguedades) que oscila entre la hospitalidad-hostilidad; el segundo eje muestra la presencia de un ethos domesticador en la modernidad que es leido desde la importancia del descubrimiento (en tanto que captura de los espacios) y desde la quiebra de las ontologias locales que esa apropiacion de los estados desencadena; y, por ultimo, el tercer eje evidencia una arquitectura trenzada en torno a lo neoliberal-neocolonial-securitario como sustrato heterogeneo desde el que se configuran, mercantilizandose y espectacularizandose, las movilidades migrantes y turisticas. Un triple eje que se sustenta, asimismo, en la idea de que el sujeto que se desplaza siempre esta inmerso en regimenes de movilidad que le preceden y que producen en ultima instancia el movimiento en unas formas determinadas.

Recorrido de trazo grueso puesto que cada eje mencionado requeriria un analisis pormenorizado pero que, sin embargo, resenando sus elementos mas sobresalientes, permite componer una mirada de largo alcance sobre la produccion y vivencia de la movilidad. Una mirada critica que avanza a contracorriente del supuesto caracter positivo inherente a la movilidad (que el imaginario del viaje perpetua) para mostrar los mimbres de una gubernamentalidad que crea formas de moverse y adjudica, asimismo, posicionamientos diversos en la capacidad para moverse, con lo que aquello que se ensalza en estas "sociedades del movimiento" no es tanto el movimiento en si mismo cuanto el movimiento que transita por los cauces establecidos, el movimiento codificado, domesticado. Y es, por ello, que la movilidad, la gubernamentalidad que la subyace, requiere un permanente analisis critico tanto de los imaginarios que encierra cuanto de las practicas que desencadena, tanto de los espacios que construye como de las subjetividades que produce; un analisis critico de las violencias simbolicas y materiales que regulan la (in)movilidad pero tambien, en un analisis ulterior, un desbroce de las posibilidades de articular otras (in)movilidades que se sustraigan a la logica de la domesticacion.

http://dx.doi.org/10.5209/rev_POSO.2012.v49.n3.38549

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Ignacio MENDIOLA

Universidad del Pais Vasco

ignacio.mendiola@ehu.es

Recibido: 16.02.2012

Aprobado definitivamente: 02.10.2012
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Author:Mendiola, Ignacio
Publication:Politica y Sociedad
Date:Sep 1, 2012
Words:15894
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