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Pablo Ansolabehere, Homero Manzi va al cine.

Pablo Ansolabehere, Homero Manzi va al cine.

Buenos Aires, Libraria, 2018, Los escritores van al cine, 176 paginas

Homero Manzi va al cine es el quinto volumen de la coleccion Los escritores van al cine, que dirige Gonzalo Aguilar y constituye una apuesta fuerte por la alta divulgacion. Al igual que los anteriores libros de la coleccion, el de Ansolabehere es fruto de un intenso trabajo de archivo y esta escrito con gran rigor critico pero a la vez con una prosa fluida, profusamente ilustrada con fotografias y documentos de epoca. Es, por ello, un libro que tiene la ambicion de llegar no solo a especialistas en temas de historia intelectual, cine o literatura, sino tambien a un publico algo mas amplio, de lectores que no sean necesariamente expertos en esas areas. Dentro de la serie de Los escritores van al cine, sin embargo, este nuevo libro presenta algunas particularidades que permiten diferenciarlo. Ante todo, porque aqui ya no se trata tanto de tomar a un escritor cinefilo e indagar de que manera ir al cine repercute sobre su propia escritura. Luego de la lectura del libro de Ansolabehere, en cambio, uno tiene la sensacion de que Manzi va tanto al cine que en rigor ya esta en el cine. Y eso introduce una cuestion fundamental: ?que clase de escritor es Manzi? No es un escritor como los otros de la coleccion: Arlt, Bioy Casares, Borges o Victoria Ocampo, figuras canonicas que llegan al cine (o cuya llegada al cine nos llega a nosotros) con el prestigio de la literatura. Manzi encarna otro tipo de intelectual, que es el escritor de la industria cultural. Por eso, en su caso, "ir al cine" adquiere un sentido distinto. Se trata de ir al cine como ritual recreativo, pero tambien como trabajo. Manzi va al cine y en ese verbo ir hay un desplazamiento que podria pensarse que es el cine mismo: movimiento de las imagenes y tambien del espectador, dado que el cine es fundamentalmente un lugar a donde uno va. Esa es la imagen de Manzi que trasluce el libro de Ansolabehere: la de un intelectual inquieto, movedizo, que tiene una relacion multifacetica con el cine. No es solo la figura del espectador o el critico que eventualmente escribe algun guion, sino tambien la del letrista de canciones para cine, el director e incluso el productor.

Manzi, ademas, pivotea entre el cine y la cancion popular, el cine y el ensayo politico, el cine y la critica de espectaculos, el cine y la militancia. Esto habilita a inscribir el libro en una segunda serie, la de las biografias intelectuales de Manzi, entre las que se destacan la de Anibal Ford (publicada por el CEAL en 1971 dentro de la coleccion "Vida y milagros de nuestro pueblo", que estaba muy influida por la mirada del peronismo revisionista), la de Horacio Salas (centrada en la labor de Manzi como letrista) y un estudio de Abel Posadas sobre Manzi y la productora Artistas Argentinos Asociados. Se trata, pues, de abordajes parciales de la relacion de Manzi con el cine o bien de miradas de soslayo en las que esa relacion suele limitarse a algun capitulo final de textos consagrados a estudiar otras facetas de su produccion. De todas formas, el denominador comun es que son abordajes en los que la politica constituye un punto de partida para llegar al cine de Manzi. Ansolabehere modifica esa relacion, la complejiza. El libro va y viene entre arte y politica, y ese es uno de los logros que tiene.

Este vaiven constante se puede apreciar en la organizacion del texto, que se estructura en cuatro capitulos (Boedo antigua, El cine va al tango, El escritor de cine y Nacional y popular) enmarcados por una introduccion y un epilogo. En el capitulo introductorio, La marca del Zorro, se presentan las multiples relaciones de Manzi con el cine, sus distintos modos de ir al cine. Para ello, Ansolabehere rescata una oda que Manzi publico luego de la muerte de Douglas Fairbanks, heroe de las peliculas de aventuras que el poeta habia disfrutado en su infancia. Las palabras que Ansolabehere usa para caracterizar esa biografia en versos hablan no menos del texto de Manzi que del suyo. Si cambiamos Douglas Fairbanks--que es el titulo del poema--por Homero Manzi va al cine, tenemos una descripcion bastante precisa del libro de Ansolabehere: Homero Manzi va al cine "es, sin duda, un ejercicio nostalgico sobre un tiempo que se fue, lleno de inocencia y maravillas, pero tambien una indagacion amorosa y a la vez descarnada sobre un idolo popular" (p. 9). Podria decirse que todo el libro esta transido de esa doble nostalgia: la nostalgia de Manzi hacia las peliculas de la infancia, hacia el barrio del tango; y la nostalgia de Ansolabehere hacia ese modelo de escritor movedizo, que es capaz de desplazarse entre distintas esferas de la cultura popular y que hoy estaria en vias de extincion, si no definitivamente extinto. Manzi, entonces, mira con nostalgia las peliculas mudas de Fairbanks, las calles de Boedo o a los payadores de comienzos del siglo XX, y Ansolabehere tambien nos muestra con nostalgia ese tiempo desde el que escribia Manzi.

Esa imagen del escritor multifacetico de la industria cultural no solo estaba anclada en un tiempo historico sino tambien en un espacio concreto, que se describe en el capitulo uno. Alli se muestra el tipo de sociabilidad barrial en la que podia formarse un escritor como Manzi, en quien confluian mundos tan diversos como la literatura, el periodismo, la politica, la vida bohemia, el tango, el cine y el futbol. El barrio de Boedo donde Manzi crecio se configura, asi, como epitome de esa mistificacion cultural que Adrian Gorelik denomino el barrio pintoresco. Para buscar las huellas de esa articulacion sobre la obra de Manzi, Ansolabehere se detiene en la figura de Jose Gonzalez Castillo, que fue central para la construccion cultural de Boedo y, a la vez, una suerte de mentor y modelo de intelectual para Manzi, no solo por la doble condicion de letristas y guionistas que ambos ostentaron sino tambien por su actividad militante. En el caso de Gonzalez Castillo, se trato de una militancia vinculada al anarquismo, mientras que, en el de Manzi, al yrigoyenismo y luego al peronismo (previo paso por FORJA). Este cotejo permite insertar el libro en otra serie, la de la propia obra de Ansolabehere, con su Literatura y anarquismo en Argentina (2011), que termina justamente donde Homero Manzi va al cine empieza: en 1919, con la Semana Tragica, se cerraba el libro anterior y hacia 1920, especulando con un Manzi adolescente que iba al cine a ver las peliculas de Fairbanks, se abre este.

El segundo capitulo, de caracter mas informativo que el resto, se dedica a mapear la escena de la cultura de masas en la Argentina de los anos treinta y, especificamente, el modo en que la llegada del cine sonoro propicia el ingreso de Manzi a la industria cinematografica como letrista de canciones primero y guionista despues. En un ida y vuelta entre musica y cine, Ansolabehere analiza como ambas esferas se retroalimentan, tanto en terminos de sinergia comercial como de fomento de la diversidad generica. Este fenomeno, con todo, no era exclusivo de la obra de Manzi, aunque en su faceta de critico cultural el fue especialmente consciente de sus alcances y limitaciones, como demuestra Ansolabehere al explorar la vision negativa que Manzi tenia del modo en que la imagen de Gardel, en tanto estrella rutilante de la musica argentina, habia sido explotada por el cine foraneo.

En "El escritor de cine", tercer capitulo y nucleo del libro, se introduce una consideracion sumamente novedosa de la obra de Manzi. Es un hallazgo, a este respecto, el concepto de "literatura cinematografica", que Manzi acuna y Ansolabehere retoma como nocion clave para pensar la relacion de Manzi con el cine. Desde esta concepcion, la escritura para el cine que practica Manzi incluye no solo la creacion de guiones sino tambien el quehacer critico, principalmente a traves de los articulos que escribio a fines de los treinta en el diario El Sol, como una presentacion de credenciales para facilitar su insercion en la maquinaria del cine local. En estas notas, varias de las cuales no habian sido estudiadas hasta ahora, Manzi traza un diagnostico del estado del cine argentino y un programa de acciones para modificarlo. En este sentido, Ansolabehere destaca la ponderacion que Manzi hacia de la adaptacion de textos literarios como camino a tomar para una industria cinematografica local todavia en ciernes, que carecia de guionistas "serios" y, a la vez, precisaba granjearse algo del prestigio de la literatura. En la practica, estos planes se concretaron mediante una modalidad de trabajo particular: la escritura colaborativa, que Manzi ejercio como letrista y tambien como guionista. Ansolabehere construye, de esta manera, un perfil intelectual de Manzi como escritor en colaboracion, alguien que "puede tener una idea genial, [...] pero que necesita [...] de un lugarteniente expeditivo y ordenador, para poder transformar esa idea en libro" (p. 77). Estas reflexiones constituyen toda una invitacion a nuevos estudios que indaguen en la escritura compartida como tendencia cultural de la epoca y, a la vez, como parte de una historia mas amplia de las practicas literarias en la Argentina.

En las paginas finales del libro, los avatares de la vida politica argentina se intersecan cada vez mas frecuentemente con la carrera de Manzi. De ahi que la relacion entre estetica y politica sea un punto de llegada antes que de partida, como se advierte en el ultimo capitulo, donde se deslinda la obra de Manzi de las miradas anacronicas de un peronismo revisionista que no fue el que el que a el le toco vivir y se rastrean las marcas de una reflexion muy intensa acerca de los significados de lo nacional y lo popular en su obra. Ansolabehere resume ese trabajo con la formula "repartir cultura" (p. 144), una propuesta de resonancias sarmientinas que le sirve para explicar el interes de Manzi por Sarmiento y, a su vez, entronca nuevamente con la tradicion de la cultura de izquierda que a Manzi le llega por la via de Gonzalez Castillo. Lo nacional y lo popular, de esta forma, aparecen como conceptos que podian tener multiples significados en la Argentina de las decadas del treinta y cuarenta, pero cuya valoracion positiva no se discutia. En todo caso, lo que se debatia era como definirlos. Por este motivo, Ansolabehere se ocupa de seguir los modos en que Manzi deslinda el "buen" nacionalismo del "mal" nacionalismo y lo autenticamente popular de lo falsamente popular.

En este punto, se evidencia una operacion constante a lo largo del texto, que es la intencion de reenfocar el problema del nacionalismo cultural desde otra perspectiva que no sea la colocacion ideologica y que permitiria situar el libro de Ansolabehere en una constelacion de estudios recientes sobre la cultura masiva argentina de la primera mitad del siglo XX, entre los que se pueden incluir trabajos como los de Matthew Karush y Cecilia Gil Marino. En Homero Manzi va al cine ese punto de vista es, segun se enuncia en el epilogo, la concepcion del cine como "lugar de trabajo" (p. 169). Una escena puntual resulta ilustrativa al respecto. Ansolabehere cuenta que la confiteria El Ateneo era, a comienzos de los cuarenta, un punto de encuentro de la intelectualidad portena. En una mesa se reunian los miembros de Artistas Argentinos Asociados (la productora que elevo, con gran exito de masas, la calidad del cine argentino); en otra, los de FORJA. Manzi, detalla Ansolabehere, era una especie de comodin que se movia de una mesa a la otra. Entre la politica y el cine. Ese mismo movimiento es el que hace Ansolabehere como biografo intelectual, desplazandose con soltura entre dos ambitos que, gracias a una minuciosa reconstruccion critica de las practicas culturales, el lector percibe menos como esferas abstractas que como mesas de trabajo en las que pareciera que se milita y se escribe tanto como se come y se bebe.

doi.org/10.24215/18517811e104
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Author:Suarez, Nicolas
Publication:Orbis Tertius: Revista de teoria y critica literaria
Date:Dec 1, 2018
Words:2193
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