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Los ultimos dias de Unamuno.

Luciano G. Egido Agonizar en Salamanca. Unamuno, Julio-diciembre de 1936 Barcelona, Tusquets, 2006, 296 pp.

La escena ocurrida en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, ese 12 de octubre de 1936, cuando don Miguel de Unamuno dio al traste con la Fiesta de la Raza a la que habia sido invitado en representacion del generalisimo Francisco Franco, es uno de los momentos emblematicos del siglo XX. Garrapateada en el reverso de una carta que llevaba consigo y que le habia escrito la suplicante mujer de un pastor protestante por cuya vida no pudo interceder, la intervencion de Unamuno contiene y conjuga el drama entero de los intelectuales fascinados y repelidos por la tirania moderna. Famoso por su admonicion central --"vencer no es convencer"-- y mas celebre aun por la respuesta luciferina del general Millan Astray, que golpeaba la mesa con su unica mano hasta que pudo interrumpir al filosofo y gritar "!Muera la inteligencia! !Viva la muerte!", el discurso de Unamuno es una frontera en el tiempo, el momento en que los academicos decimononicos, de alguna manera inocentes en su adiccion erudita por Marx o por Nietzsche, se descubren culpables y empiezan a vivir agonicamente, como diria el propio Unamuno. Del paraninfo salio el autor del brazo de Carmen Polo de Franco para morir apenas ochenta y tantos dias despues, el 31 de diciembre. 1936 no fue cualquier ano: se iniciaban la guerra en Espana y las purgas en Moscu.

Agonizar en Salamanca, del novelista salamantino Luciano G. Egido, es un libro que va camino de convertirse en la obra clasica sobre la sorprendente agonia de Unamuno, su lucha, victoriosa al fin, por justificar toda su paradojica filosofia en un gesto imborrable que lo colma de sentido. (1) Egido cuenta, y cuenta muy bien, ese ultimo acto en la vida de Unamuno, en el cual sera destituido dos veces como rector vitalicio de la Universidad de Salamanca: el 22 de agosto por la Republica, mediante decreto firmado por el presidente Manuel Azana, y el 14 de octubre por el regimen sedicioso, que ademas lo hizo expulsar de la Universidad misma, del Ayuntamiento y del casino, adonde el Viejo --se diria que Unamuno es el viejo por antonomasia-- se presento la tarde del 12 de octubre y de donde lo echaron sus aterrados contertulios.

Hasta la vispera, Unamuno habia colaborado de manera publica y entusiasta con la rebelion. El filosofo abandono horrorizado la causa de la Republica cuando la vio desvirtuada por el Frente Popular, cuyas tropelias anticlericales le causaron un horror panico originado, tambien, en el Vehemente antimarxismo del viejo, y en su execracion personalisima de la persona de Azana, a quien llego a recomendar el suicidio como acto patriotico. La Segunda Republica representaba para Unamuno la anarquia de las masas, el dominio de Bakunin, la consumacion del nihilismo que extraviaba al espanol, el culmen de sus dolores, una afrenta intima.

En el motin africano del 17 de julio creyo ver Unamuno un pronunciamiento a la usanza de aquellos del siglo XIX que habian coloreado su infancia en el Pais Vasco. Pero se desperto bien rapido de su sueno don Miguel, tal cual lo sugiere Egido, y se acicalo para recibir en la cara el golpe helado del nuevo siglo, de sus persecuciones y matanzas inverosimiles. Ya en abril de 1933, ciertamente, Unamuno habia predicho su propio destino con tanta clarividencia que no es dudoso suponer que le habria echado una mano: "El que tenga fe en el espiritu, es decir, en la libertad, aunque perezca tambien ahogandose en el torbellino de la contrarrevolucion, podra sentir, en sus ultimas boqueadas, que salva en la historia su alma, que salva su responsabilidad moral, que salva su conciencia. Su aparente derrota sera su victoria."

Con el nervio de las buenos libros breves, entre los que resalta Los ultimos dias de Kant, de Thomas de Quincey, Como modelo de la biografia que se Ocupa de dilatar al maximo los meses, los dias y las horas, Egido registra la mudanza en el paisaje del alma de Unamuno. En agosto, en carta a un amigo belga, el escritor se acusa filosoficamente de aquello que habia criticado desde la primera pagina de El sentimiento tragico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913), de haber deseado "salvar a la humanidad sin conocer al hombre".

Mientras el autor bendecia publicamente a Franco --quien, a diferencia del general Emilio Mola, le fue simpatico hasta el fin--, la prensa republicana fue pasando del azoro a la indignacion y el 21 de agosto un antiguo amigo suyo, el escritor sovietico Ilya Ehrenburg, lo maldecia en un articulo que dio la vuelta al mundo. Pero junto a las abominaciones publicas empezo a trabajar la Conciencia, la mala conciencia, de Unamuno, que a diferencia de otros tantos intelectuales comprometidos (los hunos y los hotros dira el mismo, refiriendose a los marxistas y a los fascistas) se fue quitando la venda de los ojos y, cuando pudo ver, lo invadio la colera. En la correspondencia cotidiana y a traves de entrevistas personales, Unamuno expresa la repugnancia que le causa la Creciente represion en la retaguardia, la furia antiintelectual de los falangistas y aquella sed de sangre que, en su testimonio, se mostraba con escandalo en las "virgenes solteronas" que se presentaban, ganosas, a presenciar las ejecuciones de republicanos, liberales, masones, socialistas y comunistas. En esas fechas se entrevista el filosofo-poeta con Franco, entonces pertrechado en Salamanca, y le pide clemencia para algunos inocentes. A tiempo se dio cuenta, el que habia predicado la guerra civil de las conciencias y que por ello se sentia mortalmente culpable, de que la guerra de los nacionales no era contra el bolchevismo, sino contra el liberalismo.

Despues del acto en el paraninfo, los insultos contra Unamuno cambian Be bando y son tantos y tan crueles como los lanzados semanas atras desde el bando republicano. El fascista se transforma en rojo y aquel que traia "la infeccion del medievo en su sangre reaccionaria" se convierte, de un dia para otro --y vaya dia--, en la personificacion del encubierto y del encubridor, del hipocrita y del falso amigo,"el pseudointelectual liberal masonico". Los falangistas llamaron a despojar al anciano de su propia filosofia. Jose Antonio Primo de Rivera, el hijo del dictador que Unamuno habia combatido en los anos veinte, consideraba como propio y nutricio el pensamiento de Unamuno.

El merito de Egido, en Agonizar en Salamanca, no es tanto la reconstruccion de los hechos, sino la puesta en escena del drama que se desenvolvia en la mente del escritor vasco durante los dias posteriores al 12 de octubre. "Yo soy liberal; yo no puedo combatir al liberalismo; yo no puedo cambiar mi liberalismo por ninguna de las zarandajas de ahora --le dice a un amigo falangista--; me acongoja el porvenir de la inteligencia entre nosotros. Aunque el mundo entero se orientase a favor de los regimenes antiliberales, por eso mismo yo seria liberal, cada vez mas liberal !Como iba yo a colaborar en la doctrina fascista en Espana!" "Estoy solo como Croce en Italia", le dice a otro. Pide al nuevo rector de Salamanca que le mande un bedel en busca de los libros tomados en prestamo a la biblioteca universitaria. No los quiere devolver personalmente para no exponerse al ridiculo o ultraje de verse seguido en la calle por el policia que le han puesto en la puerta de su casa. A un corresponsal le explica que "el grosero catolicismo tradicionalista espanol apenas tiene nada de cristiano ..."

Se murio Unamuno mientras platicaba con un discipulo, y murio en Estado de perfeccion y por mas que Su publicitada egolatria (o yoismo) hubiera sonado ese desenlace, nada, sino esa intrahistoria a la que el se confio, habria podido prefigurar un final tan noble.

Se pueden leer muchas cosas acerca de Unamuno, sobre el melodrama de la excepcionalidad iberica, el trance del catolico que no se atrevio a ser protestante, sobre el desprecio contemplativo de la ciencia y el quijotismo evangelico, la dudosa calidad liberal de su liberalismo y sobre su equivoco lugar, primero en la izquierda y luego en la derecha. Pero nadie, ninguno de los intelectuales que atravesaron los anos treinta del siglo XX, llego tan puntualmente a la cita y ningun otro hizo tan bien lo que tenia que hacer como Unamuno. Ya Se escribira su gran biografia, esa que siempre nos hace falta para poner a juicio el sentimentalismo y la retorica obsequiosa que su figura atrae y cultiva. Mientras llega ese libro, Agonizar en Salamanca, de Luciano G. Egido, es una respetuosa estela en su memoria. Muerto Unamuno, dijo Jose Ortega y Gasset en su nota necrologica, se impuso en Espana un silencio atroz. El mismo silencio que cubriria Europa, de este a oeste, durante los anos que siguieron. Podria decirse que aquel silencio comenzo tan pronto como callaron a Unamuno en Salamanca. --CHRISTOPHER DOMINGUEZ MICHAEL

(1) Una primera edicion de este esplendido libro aparecio en 1986. No se porque los editores, en todas partes del mundo, se empenan crecientemente en enganar a los lectores, vendiendo como primicias libros que no lo son. Como si la reedicion no fuera en si misma una recomendacion de la obra ...
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Author:Dominguez Michael, Christopher
Publication:Letras Libres
Article Type:Resena de libro
Date:May 1, 2007
Words:1673
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