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Los estudios aureos de Antonio Alatorre.

Agradezco profundamente al Colegio de Mexico que me haya dado oportunidad de hablar de Antonio Alatorre, un maestro que muchos de ustedes conocen mejor que yo. El unico titulo que puede justificar mi osadia, ademas de una admiracion antigua, es mi relacion con el durante las tres estancias que en esta casa fui profesor invitado, y una amistad epistolar que ha durado diez anos, e incluso ha dejado alguna huella impresa en resenas reciprocas y en un libro que publicamos juntos sobre los dos poetas a los que Alatorre profesaba especial de vocion: Gongora y sor Juana. Si ponemos a un lado el Alatorre musico, que merece estudio aparte, y nos centramos en el filo logo, es de sobra sabida la cuadruple raiz de su actividad, por decirlo con la formula del filosofo: la lengua espanola, Mexico y su cultura, sor Juana, y el siglo de oro espanol. En mis palabras prescindire casi por completo de las tres primeras y me limitare a sobrevolar la cuarta, porque cualquiera de ellas daria para hablar muy largo, y hay aqui, empezando por Martha Lilia Tenorio, quien puede hacerlo con la maxima competencia.

La bibliografia de Antonio Alatorre suma unos 350 trabajos enormemente variados: al comienzo, abundan las traducciones y las resenas. De las primeras no es necesario hablar, sino que basta con enumerar algunos de los autores cuyas obras fundamentales fueron vertidas por el a un espanol impecable: Ovidio, Marcel Bataillon, Machado de Assis, Graca Aranha, Gilbert Highet, Albert Beguin, Edward Sapir, Curtius (estos tres con Margit Frenk), Francois Chevalier, Jean Sarrailh, Antonello Gerbi, Jacques Lacan, Paulo Freire, George Williams; el ultimo, traducido en 1983, pone fin a una tarea comenzada en 1947, y que afecta a mas de treinta autores en media docena de lenguas. La palabra rigor es obligada, segun se ve en las constantes mejoras introducidas en ediciones sucesivas, o en el reconocimiento de quienes, como Highet, Gerbi o Bataillon, consideran colaborador a su traductor. Otros varios, entre ellos Daniel Cosio Villegas (2), aun sin haber sido traducidos, podrian repetir las palabras de Maria Rosa Lida en la introduccion a su libro sobre Juan de Mena: "Antonio Alatorre ha velado por el con exquisito esmero". Esta expresion es sintesis de dos cualidades que Alatorre poseyo en extremo: la curiosidad y la generosidad. Hoy todos hacemos venias a las obras de Bataillon, Beguin, Curtius, highet, Gerbi o Williams; cuando Alatorre las tradujo estaban muy lejos de ser best sellers, y aun ahora su volumen y densidad las mantienen en el estatus de obras de consulta mas que de lectura. El mundo en que nos movemos gusta de exhibir bibliografia, pero de ahi a digerirla hay largo trecho.

Y eso, digerirla, es lo que hizo Alatorre a lo largo de sesenta y pico anos. Casi la tercera parte de sus trabajos son resenas, no solo de libros, tambien de revistas. Si la NRFH es un tesoro, en buena medida se debe a ellas. Su primera publicacion conocida es una resena de Efrain huerta, publicada en 1945; la ultima, sobre sor Juana, es de 2010. Un centenar de destellos, nunca meramente informativos, sino llenos de aportaciones, de pasion y lucidez, con un arte, el de la resena, en el que Alatorre fue haciendose cada vez menos academico, mas el mismo, hasta el punto de que leerlo equivale a escucharlo hablar. Porque las resenas de Alatorre se van poco a poco haciendo mas polemi cas, mas complejas, hasta confundirse no ya con el review-article, sino con el articulo mismo brotado al calor de la lectura, como sus primeros articulos brotaron al calor de las traducciones: asi el dedicado a versiones castellanas de las Heroidas de Ovidio (3), y el titulado "Quevedo, Erasmo y el doctor Constantino". El primero es, en realidad, recension disfrazada de un libro sobre las leyendas troyanas en la literatura castellana, materia que Alatorre tenia en la una en 1949, puesto que en 1950 publico su version de las Heroidas de Ovidio, cuya extensa introduccion estudia con pormenor los ecos de esa obra en la literatura europea. En ella, aunque de pasada, reprocha a Schevill no haberse acordado de Gongora en su monografia sobre Ovidio y el Renacimiento en Espana, lo cual es marca de epoca: el libro de Schevill aparecio en 1913, cuando Gongora aun no habia salido del purgatorio (4). Alatorre en 1997 volvio a tratar de la huella de las Heroidas en las literaturas peninsulares, corrigiendo errores y lagunas de su antigua nota segun la bibliografia reciente y alguna contribucion de Rodriguez-Monino, a quien llama "fomentador de mis manias" (5). En ese articulo se duele tambien de que su version, en la coleccion mexicana de clasicos grecolatinos, fuera sustituida sin previo aviso por otra pueril y pedestre, a su juicio (6). Aquel trabajo, excelente aunque juvenil, tuvo tambien la virtud de acercarlo a la critica textual, en la que habia de perseverar el resto de su vida, hasta publicar, poco antes de su muerte, el primer volumen de la Lirica personal de sor Juana ampliamente remozado; y hubo de alejarlo del coto cerrado de las lenguas clasicas, cuando en las modernas habia tanto por hacer. Si se excluyen dos versiones fragmentarias de Herondas y de Apuleyo, la antiguedad grecolatina, continuo telon de fondo en sus investigaciones, no fue abordada sino en las versiones de highet y Curtius ya aludidas, y siempre con miras a su perduracion en los tiempos modernos.

Si la proclividad de Alatorre hacia el siglo de oro apuntaba con nitidez en este trabajo, el primero que entra de lleno en el es el titulado "Quevedo, Erasmo y el doctor Constantino", claramente derivado de su tarea como traductor del Erasmo y Espana de Bataillon (7). Este articulo, aparecido en el homenaje postumo de la NRFH a uno de sus fundadores, Amado Alonso, descubre en La cuna y la sepultura de Quevedo extensos pasajes plagiados de la Praeparatio ad mortem, de Erasmo, y edulcorados con otros de san Pedro Crisologo y san Agustin; mas importantes aun son los tomados de la Exposicion del primer salmo de David (Sevilla, 1546), sermon quinto, del erasmista Constantino Ponce de la Fuente, canonigo magistral de Sevilla y celebre predicador, acusado de luteranismo y victima de la Inquisicion, cuya Suma de doctrina cristiana hizo imprimir en Mexico el obispo fray Juan de Zumarraga, por considerarla catecismo ideal para indios (8). Interesa subrayar que Alatorre no cae en la beateria habitual ante Quevedo, sino que senala los defectos que aguan sus mejores logros: si alguno de sus anadidos le parecen "perogrulladas", otros los denomina "desvaido comentario", "consejos piadosos", todo ello en un estilo "menos insinuante, un poco menos afectivo y coloquial, un poco mas tieso que Constantino" (p. 685). Es decir, destaca ya en Alatorre una de las constantes de su caracter: la independencia de criterio, algo sorprendente en quien hacia sus primeras armas rodeado de sabios, uno de ellos, Raimundo Lida, fervoroso quevedista.

El trabajo mencionado es de 1953. Pero el impulso definitivo lo recibe Alatorre al ano siguiente cuando es nombrado secretario de la NRFH, entonces dirigida por Alfonso Reyes. En ese puesto durara nueve anos, hasta el periodo 1962-1967 en que codirige la revista con Angel Rosenblat, teniendo como secretario a Lope Blanch. Luego sigue en solitario hasta 1983, en que comparte direccion con Beatriz Garza hasta 1987. Siguen unos anos de director honorario, y lo es de nuevo efectivo desde 1993 hasta hoy. Dicho en breve, Alatorre fue el alma de la NRFH durante mas de medio siglo, incluso si se descarta el eclipse de su estancia en Princeton, y aun le quedo tiempo para ocuparse de la revista Historia Mexicana. Lo que eso significa salta a la vista. Si Alatorre tuvo otras intenciones respecto a su dedicacion, hubieron de quedar pospuestas ante la enormidad de la tarea que se impuso: cuidar la calidad material e intelec tual de la revista, contribuyendo con articulos muy trabajados, cribando y puliendo los originales que llegaban a la redaccion; dar cuenta a los lectores de cuantos libros y revistas sobre la materia se publicaban en el ambito hispanico, y organizar una valiosisima bibliografia practicamente en todos los cuadernos. En ello, Alatorre conto con la ayuda de Margit Frenk, Lope Blanch, Montesinos, Emma Susana Speratti, Blanco Aguinaga, luego otros mas jovenes, como Raul Avila, Mercedes Diaz Roig, Teresa Aveleyra, Martha Elena Venier, Yvette Jimenez de Baez, etc., segun las materias o epocas de interes para cada cual, como no podia ser menos. Tal actividad equivale a recibir clases de alto nivel, forzandose a ser critico con ellas, durante decenios; no hay carrera universitaria comparable, y aun sigue siendo un bano de ciencia y humildad releer los volumenes de esos anos dorados. Las resenas, "ingrata y necesarisima tarea", segun la denomina la necrologia de Maria Rosa Lida probablemente debida al propio Alatorre, hay que hacerlas en un plazo razonable, los trabajos ajenos no se pueden dejar a medio leer, el juicio no cabe relajarlo ni posponerlo; hay que informarse, reflexionar, redactar con equidad, y por si fuera poco, economizando espacio. Cinendonos a las resenas de libros en letra menuda, o agrupadas en la seccion titulada Revista de revistas, las iniciales A. A. aparecen con una frecuencia pasmosa. Pero no le bastan. Alatorre, quiza siguiendo la pauta de Foulche-Delbosc en la Revue Hispanique, se invento algunos pseudonimos; los que usa en la NRFH son Marcos Torres y Marco Antonio Vergara. Una precaucion tomada pudoris causa: debio de darle algo de apuro erigirse en juez de tantos trabajos, e hizo lo posible por que la opinion de la revista no se identificase con la suya. A veces se sirve del heteronimo para resumir cosas publi cadas por el ortonimo, o como parapeto para lanzar alguno de sus dardos mas envenenados: asi el humor malgastado con el Horacio, poeta lirico del P.Jose C. Andrade, S.J. (NRFH, 12, 1958, pp. 443-444), la resena demoledora de un libro de Entrambasaguas (ibid., 13, 1959, pp. 144-145), o su burla de la vanidad, las querellas frailunas y la chusca defensa de los metodos inquisitoriales que exhibe el P. Miguel de la Pinta Llorente al tratar de fray Luis (ibid., 14, 1960, pp. 362-369). En las pildoras que pasan revista a las revistas, y que podrian denominarse critica de la critica, Alatorre no solo resume y enjuicia, sino que inserta apostillas entre corchetes, anade un sic alarmante, unos puntos suspensivos denotadores de escepticismo, o rescata datos preciosos, que costaria trabajo buscar en su fuente: por ejemplo, que el 58 % del lexico del Poema de mio Cid se conserva en el espanol actual, que tartaranieto es forma correcta, registrada por Covarrubias, que la primera aparicion del termino barroco ocurre en un autor catalan de 1839, y asi muchas otras. Alguna de sus constantes seran denunciar el olvido de lo hispano en libros del ambito sajon, o de lo hispanoamericano en obras espanolas. En esto ultimo se incluye la peculiar contienda que Alatorre mantiene con su admirado Menendez Pelayo, a quien nunca perdono, por ejemplo, que se refiriese a sor Juana como "una monja ultramarina".

Volviendo a las querencias alatorrianas, encontramos en 1955 su resena del Tacito en Espana, de Francisco Sanmarti, que de nuevo le da pie para abundantes escolios (con alfilerazo a Quevedo, que en algun lugar arremete contra "el bellaco de Tacito"), mas una frase desdenosa hacia el "lamentable Tacito de la Editorial Aguilar", que bien pudo ser movil de que tal traduccion se renovara por completo en 1957 (9). Mas enjundia tiene su resena de las Fabulas mitologicas en Espana de Jose Maria de Cossio, a quien alaba como "divulgador ameno y concienzudo" (10). El amplio conjunto de rectificaciones y anadidos, denominado "modesta contribucion", acusa, entre otras, la omision del romancillo "Hero y Leandro en panos menores", de Quevedo, que Alatorre considera "la culminacion del genero", y nos convence de que el libro de Cossio, medio siglo despues, deberia ser, si no reescrito, al menos reimpreso con estudios como este en apendice.

Mayor severidad muestra Alatorre con una obra de Joseph G. Fucilla, benemerito investigador de fuentes italianas en la literatura clasica espanola (11), no solo por los descuidos personales del autor, que no escasean, sino por la jerigonza en que lo vier te el traductor, un alumno mexicano de Fucilla, cuyo nombre Alatorre tiene la delicadeza de pasar en silencio. Quiza ese mal recuerdo le hizo omitir tambien el nombre de Fucilla en la primera edicion de una obra que sin embargo le debe mucho: sus Fiori di sonetti, de 2001. Pero donde Alatorre pierde la paciencia es en su resena de la Bibliografia hispanolatina clasica de Menendez Pelayo (NRFH, 13, 1959, pp. 115-123), ed. en 10 volumenes preparada por Enrique Sanchez Reyes con "ejemplar falta de criterio". No obstante, se permite alguna broma; asi, al senalar faltas "que hubieran horrorizado a don Marcelino", comenta "la mala arquitectura" que presenta habitualmente el nombre de Vitruvio, incluso cuando rotula una calle de Madrid; los indices de la obra resenada son a su juicio tan deficientes que "parecen hechos por una maquina". No es de extranar el tono de Alatorre al ver caida en manos ineptas una obra fundamental que deberia facilitar el trabajo de los estudiosos.

El articulo sobre "Los romances de Hero y Leandro", publicado en el Libro jubilar de Alfonso Reyes (UNAM, Mexico, 1956), explora la difusion del motivo en los romances nuevos hasta entrado el siglo xviii. La unica pega de este trabajo es que el autor, para dar coherencia a su analisis, intenta establecer en los textos una cronologia que en los manuscritos y en la obra poetica de Quevedo carece de toda base. Con este se relaciona el titulado "Fortuna varia de un chiste gongorino", aparecido en el homenaje postumo de la NRFH a Alfonso Reyes (15, 1961, pp. 483-504). El chiste en cuestion es el epitafio que pone en boca de hero el romance "Arrojose el mancebito": "El amor, como dos huevos, / quebranto nuestras saludes: / el fue pasado por agua, / yo estrellada mi fin tuve". Alatorre rastrea su origen en una facecia de la Floresta de Santa Cruz (III, 4, 1), y sigue sus derivaciones en multitud de textos aureos, a partir del romance gongorino, que muy pronto se hizo celebre y paso a poetas como Quevedo, a los entremesistas y a las academias. Cuando en 1998 publicamos la edicion critica de los romances de Gongora, solo pudimos anadir ocho lugares a los enumerados por Alatorre. En otra ocasion, refiriendose a este hecho, anota lo siguiente:

Cada vez que uso mis papeletas para confeccionar un articulo tengo una aguda consciencia de mis limites. No solo conozco poco y mal los grandes repositorios de libros raros y manuscritos espanoles (y portugueses), tan al alcance de los investigadores peninsulares, y no solo he empleado metodos muy primitivos y artesanales para sacarles provecho, sino que he dejado de estar al dia en cuanto a publicaciones hispanisticas. Mis lectores--si es que los tengo--descubriran facilmente que buena parte de lo que digo en mis trabajos sobre poesia del Siglo de Oro es, en el mejor de los casos, provisional (NRFH, 49, 2001, p. 149).

Y al resenar la ed. de la Floresta publicada por Pilar Cuartero y Maxime Chevalier (NRFH, 48, 2000, pp. 144-146), cuya fecha (1997) impidio que la tuviesemos en cuenta, dice Alatorre que se siente "bastante ufano" de su propio articulo; "pero --agrega, jugando con el titulo de Dostoyevski--la Nota complementaria que Cuartero y Chevalier dedican a ese apotegma me deja humillado (aunque nada ofendido): ellos han anadido mucho que yo no conocia, en particular las reapariciones del chiste de los huevos en comedias del siglo de oro, terreno no muy pisado por mi--y uno de los muchos que ellos si pisan". Tal tipo de declaraciones son una muestra mas de su humildad y su generosidad, y tambien de las dificultades con que Alatorre, cercano a los 80 anos, se veia obligado a lidiar trabajando solo y con medios precarios.

En 1962 publico su trabajo "Dido y su defensa (traductores espanoles y portugueses de dos epigramas atribuidos a Ausonio)" (12), como adicion marginal a "Dido y su defensa en la literatura espanola" (1942), de Maria Rosa Lida, "mujer prodigiosa --dice--, de quien me considero casi tan discipulo como de su hermano Raimundo" (p. 307). En efecto, aqui persigue el eco de dos breves epigramas, uno de los cuales ("Infelix Dido ...", etc.) consiste en solo un distico y fue objeto de versiones solas o insertas como remate de otros poemas, entre las que destaca la de Bartolome de Argensola. En cuanto al segundo ("Illa ego sum Dido."), derivado de otro de la Antologia griega que achaca a Virgilio la difamacion del personaje, fue objeto de version o reelaboracion por otros poetas, entre ellos Andrade Caminha, Antonio Ferreira y Lope de Vega, datos que habian escapado a las pesquisas de la precursora. Por ello sorprende mas que Yakov Malkiel, habitual colaborador de la NRFH, no mencione este trabajo de Alatorre en los abundantes anadidos que en 1974 hizo al reeditar la monografia de su esposa, en cuyo homenaje postumo se habia publicado (13). Alatorre lamenta el hecho anos despues con estas palabras: "El mal no es para la modesta persona del investigador, sino para la comunidad estudiosa. ?Hace falta aclarar que mis reflexiones no suponen desden por la labor de Menendez Pelayo, de Maria Rosa Lida y de la Dra. Belchior Pontes? Non omnia possumus omnes. Lo que podemos es luchar por que un dia lo sepamos todo entre todos" (14).

El articulo "Sobre la gran fortuna de un soneto de Garcilaso" (NRFH, 24, 1975, pp. 142-177), uno de los preferidos de Alatorre, insiste en el mito de Hero y Leandro y su huella en la literatura espanola, donde fue "la mas conocida de las leyendas clasicas". Los veinte anos transcurridos entre el primero y el ultimo de estos trabajos se notan, porque el dedicado al soneto garcilasiano es mucho mas maduro: tomando como punto de partida unas paginas de Lapesa, a quien comenta y elogia, destaca la importancia del pliego suelto lisboeta de 1536 ("primera edicion impresa de un poema espanol versificado a la italiana", p. 150), analiza los ecos de Coloma, Cetina, Acuna, Ramirez Pagan, Arguijo, subraya la aparicion del soneto complementario dedicado a hero ("la otra tabla del diptico", p. 157), las glosas y vueltas a lo divino, y el muy original viraje que Camoes imprime al asunto (15).

En linea similar se inscribe "La popularidad de una letrilla de Gongora", que aporta datos nuevos referidos a tierras mexicanas, en sor Juana, Anastasio de Ochoa, y Alfonso Reyes (16). Por cierto que la imitacion de don Alfonso, una letrilla excluida de su Obra poetica y rescatada por su nieta, es una travesura antiyanqui; la decima copla contiene, segun Alatorre, "un esplendido homenaje al Gongora escatologico" (p. 39). Tambien "Fama espanola de un soneto de Sannazaro" (17)--su conocido improperio contra los celos--, donde elogia versiones debidas a Lomas Cantoral y Rey de Artieda, aunque, segun afirma, "Gongora los deja muy atras a todos" (p. 967). "Andanzas de Venus y Cupido en tiempos del romancero nuevo", publicado en los Estudios ... dedicados a Mercedes Diaz Roig (El Colegio de Mexico, 1992, pp. 337-390), es un repaso a un motivo muy amanerado en que lo culto se junta con lo pueril y lo novelesco, sin que haya logrado exito ninguna de las tentativas que se han hecho de ahijar los romances, salvo tal vez el primero, que podria ser del repentista Juan Bautista de Vivar. Lo que interesa a Alatorre no es la calidad de los textos, sino la continuidad y la ramificacion del topos a lo largo de casi dos siglos. En estos articulos, cuyo modelo inmediato son las investigaciones de Maria Rosa Lida, Alatorre se siente como pez en el agua, no solo por su aficion a Gongora y a la restante poesia aurea, sino porque le permiten aprovechar las copiosas papeletas acumuladas en su fichero, como era de esperar en un trabajador concienzudo y organizado (18). Todavia en 2001, al resenar los Relieves poeticos del Siglo de Oro, de Jose Lara Garrido (NRFH, 49, 2001, pp. 145-151), expresa su jubilo por poder anadir un elemento mas a la serie que denomina "sonetos de suspension", derivados del que sirve a Gongora para definir la corte: "Grandes, mas que elefantes y que abadas". La premisa de que parte es muy obvia, pero conviene repetirla en sus propios terminos: "Los textos poeticos del Siglo de Oro no son entidades absolutas; pertenecen a una historia y a una geografia del espiritu, con las cuales piden ser conectados para funcionar del todo, para ser plenamente comprendidos" (ibid., p. 145).

En 1993 declaro Alatorre graciosamente: "Por fin me he decidido a armar libros con mis pendejaditas" (19). El primero fue El sueno erotico en la poesia espanola de los siglos de oro (F.C.E., Mexico, 2003), que pensado como articulo acabo como libro, lo cual le hizo perder algo de su sequedad academica y convertirse en antologia poetica (20). Alatorre en el prologo defiende la utilidad de leer lo menos bueno: "Para ver la grandeza de algo hacen falta terminos de comparacion" (p. 12); y defiende tambien la lectura por placer, empezando con la poesia cancioneril. Pasada la revision de la edad media, se hace forzosa una incursion en la antiguedad: Anacreonte, Ovidio, Petronio, Seneca, Estacio, la Antologia griega. Luego vienen los maestros italianos, varios de cuyos poemas sobre el sueno aparecian ya en los Fiori di sonetti, de 2001, con su coetanea version castellana. Siguen Garcilaso, Boscan, Cetina, Coloma, Silvestre, Ramirez Pagan, el P. Tablares, autor de un celebre soneto que merecio ser plagiado por Quevedo. A estos siguen los manieristas, Herrera, Francisco de la Torre, Aldana, con multitud de poemas cuya individualidad resaltan los comentarios. Con lo cual se llega a "los tiempos de Gongora y Lope de Vega", a quienes deben agregarse Medrano, el Dr. Tejada, tal vez Bartolome Leonardo de Argensola. Siguen Quevedo y sus contemporaneos, desde Luis Martin de la Plaza, capitulo donde hace muy certeros juicios acerca de los plagios y las amplificaciones de Quevedo, y los poemas de Faria y Sousa, autor que asimismo recicla textos ajenos. Despues el tema se va agotando en Espana, Portugal y Brasil, pero todavia consagra Alatorre unas paginas al sonar despierto, que incluye piezas de Camoes, fray Luis y Gongora hasta sor Juana, mas lo que llama "otras derivaciones". El libro termina con una sumaria resena de tres estudios sobre el asunto, y los primeros versos de poemas que, una vez localizados, enriquecerian o completarian el panorama (21).

Si retrocedemos a otro cambio de agujas, encontraremos un enorme trabajo, "Avatares barrocos del romance", de 1977, recuperado en libro del que luego se hablara, y que es el primero donde Alatorre manifiesta interes por la historia de la metrica. El siguiente, no incluido en el libro, se titula "De poe tica barroca hispano-portuguesa (con un ejemplo: el soneto en eco)" (22). Subraya la fecha de 1580 por ser el ano en que "desaparece Camoes y entran en escena dos grandes admiradores suyos, Lope de Vega y Gongora", se publican las Anotaciones de herrera a Garcilaso, y el Arte poetica de Miguel Sanches de Lima. Por esas fechas la poesia castellana cambia radicalmente, y uno de sus indicios puede ser la fioritura formal del soneto en eco. El acaso compuesto el mismo ano 1580 a la muerte de la reina Ana de Austria, "Mucho a la majestad sagrada agrada", fue muy conocido e imitado en su tiempo. Alatorre lo cree tan bueno que acepta la atribucion a fray Luis de Leon hecha por Diaz Rengifo en 1592, luego recogida por Jimenez Paton, Philippe Nunes, Juan de Robles y Faria y Sousa. No sabemos que relacion tenga Rengifo con el ms. 1580, f. 3, de Palacio Real y con el visto por el P. Mendez en el s. xviii (23), que mantienen la atribucion, o con el 7746 BNE, f. 45, que la desecha en favor de un tal Camara. En otros testimonios que han llegado a nuestra noticia, el soneto es anonimo; uno (el 3909 BNE, f. 242v) lo ahija a un poeta apenas conocido, Jeronimo de Assoris, que a nuestro juicio podria ser su verdadero autor (24), precisamente por la oscuridad de su nombre, mientras que otros lo asignan a un franciscano innominado, a Figueroa o a Falcao Resende. Contra la candidatura de fray Luis milita que no aparezca en ninguno de los muchos codices que recogen su produc cion poetica. Pero pesa aun mas la gratuidad del artificio. Que el eco repita las ultimas silabas de un termino o sintagma se justifica dramaticamente cuando el eco, o la ninfa que le dio nombre, actua como interlocutor, y su respuesta establece una apariencia de dialogo, aunque sea en forma sumaria, lo que no es el caso de este soneto cuya estructura nada tiene de dramatica. No es que sea indigno de fray Luis pero si impropio de su habitual seriedad, que tiende a esconder mas que a exhibir los recursos del arte. Alatorre reconoce que el soneto bien podria haberse dedicado a la reina Isabel de Valois, y por tanto ser de 1568, fecha en la que se compuso otro en eco a la muerte del principe don Carlos. En tal caso, "este seria el soneto generador de todos los demas" (p. 242), que van decayendo en calidad segun aumentan las imitaciones, las vueltas en eco de otros sonetos famosos, los ecos de una rima a comienzo del siguiente verso, las parodias, etc. (25) En aquel terreno feraz, cada novedad formal solia tener larga descendencia, y Alatorre se complace en perseguirla hasta redondear la historia.

"Quevedo: de la silva al ovillejo" (Homenaje a Eugenio Asensio, Gredos, Madrid, 1988, pp. 19-31), es, como sucede en otras ocasiones, lucido comentario a un trabajo ajeno, en este caso de su amigo Eugenio Asensio, quien habia desvelado la existencia de dos tipos de silva: la estaciana, que el propio Quevedo practico en distintos metros, incluso de arte menor, y la silva metrica, que tomo dos rumbos contrarios, uno, en busca de amplitud y libertad, que culmina en las Soledades de Gongora y en el Primero sueno de sor Juana, y otro que la llevo a una forma mucho mas rigida, a veces llamada ovillejo, silva de pareados o silva de consonantes. Aparte quedan el madrigal, o silva acortada, y los distintos tipos asilvestrados o ensilvecidos de la lira de a seis. Alatorre, que se demora en analizar aspectos del proceso y habia de volver sobre el asunto diez anos mas tarde ("En torno a las silvas de Quevedo", NRFH, 45, 1997, pp. 129-135), justifica su interes en la materia con esta frase: "Si fuera menos viejo, me pondria a escribir una metrica historica espanola, porque creo que hace falta" (p. 20). De todas maneras, su curiosidad le permitio ahondar en otro aspecto formal de mayor relevancia. En efecto, su articulo "Quevedo: labios en vez de parpados" (NRFH, 47, 1999, pp. 369-383), aunque al principio se apoya en La poesia amorosa de Quevedo, de Santiago Fernandez Mosquera, pronto abandona el tono de resena para exponer un notable descubrimiento: los sonetos de hipotesis, empezando por el mas artificioso y que da titulo al articulo, "Si mis parpados, Lisi, labios fueran", cuya novedad consiste en infringir el casto codigo del amour courtois. Alatorre asienta que esta modalidad, en la que se inscriben hasta 45 sonetos de Quevedo, proviene de Luigi Groto, imitador a su vez de Serafino Aquilano, y se presta bien a lo que el poeta persigue con la hiperbole como recurso preferido: "sartas de ingeniosidades, juegos de palabras y de conceptos en competencia unos con otros" (p. 378). Sus ultimas paginas cuestionan la habitual clasificacion de ciertos poemas quevedianos, tambien algun juicio exaltado de Damaso Alonso, y acusan el anacronismo de nuestra predileccion por los poemas amorosos, lo que llevo a postular la existencia de una amada de carne y hueso tras el nombre de Lisi. Alatorre, con mucha mas cautela, concluye diciendo que "en Quevedo, gran poeta, la retorica se convierte constantemente en poesia" (p. 382).

"Perduracion del ovillejo cervantino" (NRFH, 38, 1990, pp. 643-674) traza la historia de esa glosa heterometrica con diseminacion y recoleccion final usada por Cardenio en el Quijote (I, 27) y cuyo inventor parece ser Cervantes. Lo que no sabemos es cuando comenzo a llamarse asi, pues Cascales en 1617 usa el termino para designar la rima al mezzo. El ovillejo fue complicado y desarrollado por Calderon y sor Juana, quienes aprovecharon sus posibilidades dramaticas, pero, al igual que la espinela, tambien tento a la musa popular del Nuevo Mundo en el siglo xix. Aqui solo podemos anadir un ovillejo compuesto por el autor del Estebanillo Gonzalez en 1636 a una enfermedad del cardenal infante, y luego incluido en la novela (1646) (26), que por cierto sera una de las pocas obras en donde esta modalidad de ovillejo se codea con la estudiada en Quevedo (cf. ed. cit., II, p. 371).

En 1999 publico "Para la historia de la cultura literaria en Barcelona: el testimonio de Josep Vicens (1703)" (27), autor al que hubo de llegar por Rodriguez Marin. Vicens, joven universitario y miembro de una Academia Tomistica, reimprimio el Arte poetica de Rengifo en 1703 con muchos anadidos de su minerva. Alatorre se asombra de la ignorancia que muestra acerca de la mejor poesia espanola, y de su desparpajo al plagiar obras sin mencionar jamas los autores saqueados, o simplemente citados, entre los que se encuentra sor Juana, que por aquellos anos y en Barcelona era la novedad editorial. Lo que le intereso quiza son las frivolidades metricas de que Vicens se siente mas ufano: laberintos esfericos o retrogrados, poemas mudos o cubicos, asi como el enfasis que pone en afirmar que su cultura es castellana y no catalana. Con toda su carga pueril, el libro tuvo seis ediciones en poco mas de cincuenta anos.

"Avatares del verso alejandrino", del 2001 (NRFH, 49, pp. 363-407), se ocupa solo del siglo de oro en su primera parte, y abunda en notas de interes sobre la tipologia de ese verso en epocas posteriores. Al parecer, el alejandrino en castellano moderno se encuentra por primera vez en la Diana enamorada de Gaspar Gil Polo (1564), y alcanza su climax en el soneto de Pedro Espinosa, anterior a 1611. Lo mas original es que Alatorre descubre alejandrinos en una cancion de Gongora de 1602, e incluso en una endecha de 1594, poemas cuya disposicion tipografica disfraza su verdadero metro. Luego el alejandrino se pierde y no se recupera hasta los pentametros de Trigueros, en 1774.

Los afanes metricos de Alatorre culminan en sus Cuatro ensayos sobre arte poetica (El Colegio de Mexico, 2007), volumen que refunde tres articulos ya publicados y les agrega otros ineditos. El primer capitulo, "Avatares barrocos del romance", es la historia de esa forma metrica, la mas prolifica y proteica desde el siglo xvi al xix, y cuyo principal artifice fue Gongora. Revisa la aparicion de cada fenomeno: la disposicion en cuartetas, el breve periodo que dio paso a la consonancia, los estribillos, la oscilacion desde el hexasilabo hasta el endecasilabo (un tipo de romance que Alatorre, por primera vez, fecha en 1626), y otras variedades como la heterosilabia, el esdrujulo, el eco, las paronomasias y las parole identiche. Se completa con un "Catalogo de esquemas metricos", que alcanza los 152, la mayoria usados en el siglo de oro y todos bien autorizados con multitud de ejemplos. Sigue a este capitulo el dedicado a los versos esdrujulos, en que destaco el poeta canario Bartolome Cairasco de Figueroa, quien se inspiro en Sannazaro y adopto la convencion del esdrujulo medio para compensar la escasez con que se dan los enteros en nuestra lengua, via que seguiran con mas o menos polemica otros ingenios, en especial los autores de novelas pastoriles, pero tambien quienes con ese procedimiento intentaban dar color a sus versiones del latin, como mas tarde haria en Mexico Alfonso Mendez Plancarte. Los esdrujulos fueron una moda en la que casi todos incurrieron, a veces trampeando al usar gerundios con enclisis verbal y superlativos absolutos: Cervantes, Gongora, Lope de Vega, Faria y Sousa, Melo, Cancer, villanciqueros como sor Juana, y poetas de los siglos posteriores. Al contrario que los esdrujulos, los terminos agudos, abundantes en espanol, son raros en italiano, por lo cual fueron mal vistos a fin de verso en la poesia italianizante, pero se recuperaron en la poesia festiva o de asunto biblico, y tuvieron cierto cultivo desde fines del s. xvii. Alatorre recorre sus vicisitudes, y anade un apendice sobre un peculiar tipo de agudo que son los versos de cabo roto. Tambien se ocupa de los consonantes forzados, que tienden hacia el humor, y de las respuestas por los mismos consonantes, que tienden a la parodia; ambos tipos de recurso fueron frecuentados por ingenios de altura, entre ellos sor Juana, y llegan a nuestros dias. Las glosas, que como el romance parecen caracteristicas de la literatura espanola, se cultivaron profusamente en todo el s. xvi, mientras que en el xvii derivaron hacia una especie de virtuosismo intelectual donde los ingenios rivalizaban en proponer y glosar lemas de apariencia absurda, escatologica o irreverente. Este resumen apenas puede dar idea de un libro que hara epoca en la Historia de la metrica por su abundante documentacion, por su exposicion clara y amena trufada con sinfin de observaciones sutiles; en el fondo es una summa poetica y critica, fruto de las lecturas de toda una vida hechas por un erudito de rara sensibilidad.

Volviendo a cuestiones mas de contenido, hay que retroceder hasta 1964, fecha en que Alatorre publica "Para la historia de un problema: la mexicanidad de Ruiz de Alarcon" (28), articulo que refunde y amplia otro de 1956 incorporandole su recepcion. Alatorre conoce todos los ingredientes del caso, desde Hartzenbusch: Luis Fernandez-Guerra, Henriquez Urena, Alfonso Reyes, Luis G. de Urbina, Salvador Novo, Dorothy Schons, Serge Denis y Joaquin Casalduero, entre otros. Tras examinar pros y contras, argumentos solidos e imaginarios, su conclusion es rechazar "una tesis mezquinamente nacionalista ... que no debio haberse planteado nunca" (pp. 176 y 198). Es decir, que el amor a Mexico no lo ciega ni lo lleva a disfrazar la realidad con "oropeles retoricos". Huelga decir que hubo quienes discreparon, por ejemplo, Antonio Castro Leal, sin por ello solucionar el problema (29).

De 1974 data su estudio sobre "Garcilaso, Herrera, Prete Jacopin y don Tomas Tamayo de Vargas", que a su vez rehace otro de 196330. Segun aclara al comienzo, en Boston pudo examinar un ejemplar de las Anotaciones de Herrera a Garcilaso (1580) que pertenecio a Ticknor y antes al comentarista toledano Tomas Tamayo de Vargas, cuyos escolios marginales, muy desfavorables a herrera, pasaron a su propia edicion de Garcilaso impresa en 1622, aunque rebajada la agresividad. Lo mas interesante que descubre Alatorre no es eso, sino los calcos que el propio Tamayo hace de las Observaciones al libro de herrera atribuidas al condestable de Castilla, alias "Prete Jacopin", ineditas hasta 1870, eligiendo de ellas las que le permiten mas lucir su erudicion o colmar lagunas de sus predecesores. Aqui se manifiesta una vez mas que el plagio, aunque se tolerase mejor que hoy, era un pie del que solian cojear los humanistas, siempre aquejados de vanidad intelectual.

Dejaremos a un lado "Un tema fecundo: las encontradas correspondencias" (NRFH, 51, 2003, pp. 81-146), que persigue el amanerado tema del eros-diseros desde sus antecedentes grecolatinos a traves de la poesia medieval y moderna, porque, como declara desde el comienzo, solo trata de poner en su contexto historico los tres sonetos de sor Juana agrupados bajo el epigra fe: "Resuelve la question de cual sea pesar mas molesto en encontradas correspondencias: amar o aborrecer". Tampoco nos detendra el articulo dedicado a "Francisco de la Torre y su muy probable patria: Santa Fe de Bogota" (NRFH, 47, 1999, pp. 33-72), por razones que luego diremos. Parte de una descripcion de Gallardo, a quien Alatorre llama "gigante lector y critico gigante", y en cuyo insondable Ensayo llego a encontrar hasta un soneto inedito de sor Juana (31). Gallardo, al dar noticia del libro Milicia y descripcion de las Indias (Madrid, 1599), del capitan Bernardo Vargas Machuca, menciona un soneto laudatorio del "Licenciado Francisco de la Torre Escobar, natural de Santa Fe del Nuevo Reino de Granada" (p. 34), y conjetura que pudiera tratarse del poeta editado por Quevedo en 1631, enigma para cuya solucion se han propuesto hasta 43 candidatos. Esa y otras muchas suposiciones que hace Alatorre sobre el misterioso apendice de la edicion quevediana, se habian venido abajo cinco anos antes tras el hallazgo en Simancas de una solicitud de licencia, presentada ante el Consejo Real en 1588, para imprimir un libro titulado Los versos liricos y adonicos y la Bucolica, por parte de Francisco de la Torre, que en tal fecha vivia en Salamanca (32). En cualquier caso, muchas puntualizaciones y criticas de Alatorre a los intentos anteriores siguen siendo utiles, aunque sea excesivo el optimismo que manifiesta cuando cree "no haber dejado ningun cabo suelto de importancia" (p. 71). Al fin, como reconocio verbalmente, los prosaicos y tercos datos de los archivos son los que convierten en humo muchos de nuestros desvelos.

De igual manera, y en aras de la brevedad, hemos de pasar en silencio la edicion anotada que Alatorre hizo de Nueve odas (y algo mas) de fray Luis de Leon (Universidad Autonoma Metropolitana, Mexico, 1999), asi como numerosos review-articles sobre ediciones aureas: la Carajicomedia, la Diana de Montemayor, los Emblemata de Vaenius, Juan Timoneda, Vicente Espinel, Luis Martin de la Plaza, Manuel de Salinas o Enriquez Gomez. Curiosamente, de resenas nonnatas salieron dos trabajos publicados con desigual fortuna: "Cuatro siglos de actividad macarronica en Espana (1522-1922)" (33) es, en efecto, una resena frustrada, quiza porque Alatorre sintio que el libro enfilado no daba la talla. Ademas de repasar cuanto se escribio en latin ma carronico desde Folengo en adelante, va encontrando ecos de tal literatura en Gongora, Cervantes, Villaviciosa y hasta en sor Juana, y termina su recorrido con un gracioso parrafo redactado en ese mismo latin, en el cual se autodenomina chiflatus, por perder su tiempo en semejante tarea. Tambien "La Fabula burlesca de Cristo y la Magdalena, de Miguel de Barrios" (NRFH, 41, 1993, pp. 401-458), recopila materiales para resenar un libro de Kenneth R. Scholberg sobre el poeta montillano, pero acaba siendo estudio y edicion anotada de una fabula de casi 600 versos cuyo epigrafe la asigna a fray Antonio Marquez, y que Alatorre atribuye sin vacilacion al judaizante Miguel de Barrios. Si la fabula tiene poco interes poetico, en cambio es sorprendente su contenido, por mas que se haya tildado de chocarrero: la historia de Jesucristo, su nacimiento, amores con la Magdalena, prision y muerte, vistos con gruesa chacota desde el lado judaico. Que sepamos, hasta la fecha los especialistas no se han pronunciado sobre la atribucion.

Alatorre, que se burlo en varios trabajos de ciertas modas criticas (34), nunca escribio tan apasionadamente contra sus excesos como en los tres estudios que dedico al Lazarillo, dos de los cuales son resenas. Dejaremos el primero para el final, por haber sido refundido y ampliado. En 2002, al comentar el estudio de Alberto Martino sobre la recepcion de la novela en Europa (NRFH, 50, pp. 252-264), puso en solfa varias de las interpretaciones existencialistas, psicoanaliticas y sociologicas que circulaban del Lazarillo, algunas de las cuales causan estupor. De igual manera rechaza los anadidos de la ed. de Alcala, sobre todo la que prepara el supuesto final deshonroso para el protagonista, tesis que tanto exito habia de tener entre los criticos. Al revisar las propuestas de autor, Alatorre se inclina por fray Juan de Ortega, candidatura basada en el testimonio de fray Jose de Siguenza y "cautelosamente sostenida por Bataillon". Insiste en ella su review-article "El Lazarillo y Alfonso de Valdes" (NRFH, 52, 2004, pp. 143-151), escrito a proposito de la ed. de Rosa Navarro, quien, sin sombra de duda, ahija a Valdes la novela, tras someterla a conjeturas, manipulaciones e interpretaciones indefendibles, en opinion de Alatorre. Todo ello culmina en su arremetida "Contra los denigradores de Lazaro de Tormes" (ibid., 50, 2002, pp. 427-455), trabajo de larga gestacion derivado de la fascinacion que sobre el ejercio el personaje desde la ninez. Los denigradores son legion, pues pasan de setenta, y sus nombres son ilustres a mas no poder. Dicho en sus propios terminos, "al pobre Lazaro le caen como otras tantas pedradas los tres clasicos insultos del siglo de oro: cornudo, puto y judio" (p. 433). Para Alatorre, por el contrario, la lectio difficilior es la ingenua, la que ve en Lazaro al protagonista de un Bildungsroman, un "libro eminentemente revolucionario, un alegato contra las hipocresias y los falsos valores, una defensa de la autenticidad y de la vida", que "en 1554 venia a ser un reto cuasi-anarquista al programa de la Contrarreforma y de Felipe II" (NRFH, 50, p. 262). Este valiente trabajo, al que nadie parece haber replicado por ahora, denuncia hasta donde pueden llegar las hiper interpretaciones, la autofagia de la critica forzada a perseguir el plus ultra a toda costa, y demuestra como la gente del oficio, intoxicada por la bibliografia, es ya incapaz de leer nada sin telaranas ante los ojos. La apologia concluye diciendo que solo "quiere ser un llamado a la sensatez ... Cuanto mas duren los juegos inutiles, tanta menos calma habra para atender al sentido del gran librito" ("Contra los denigradores ...", p. 451).

"Yo tambien soy lector de Cervantes, y aun mas de Gongora", confeso Alatorre en una ocasion, y lo sabriamos aunque no lo hubiera hecho porque su fervor gongorino fue manifiesto a lo largo de su vida y pudo fecundar sus trabajos sobre sor Juana. Sin embargo, no llego a cuajar en mas de tres o cuatro articulos, eso si, muy enjundiosos. Alatorre, buen lector, melomano y trabajador infatigable, pudo escribir un esplendido libro sobre Gongora, pero prefirio quedarse en la sombra con meros apuntes a lo dicho por otros; algo que deriva en parte de su forma de trabajar, de lo que el llama "el metodo filologico, que ademas es un metodo de siempre, tan de ayer como de hoy" (Egohistorias, p. 42). Su unico abordaje independiente es el titulado "Afinidades: Cervantes y Gongora" (35), aunque siga las huellas de un maestro muy admirado: Rafael Lapesa. El tema de la edad de oro esta presente en el Quijote y en las Soledades; Alatorre cree que luego se abandono porque "resultaba demasiado radical, con su negacion de la cultura material, de la propiedad privada, de los refinamientos, de las guerras" (p. 12), y fue sustituido por el Beatus ille. La satira, a veces implicita, de la malicia y la mentira estan presentes en Gongora y Cervantes, pero tambien la de hechos concretos oficialmente heroicos, risibles en la realidad: el saco de Cadiz, la toma de La Mamora, ciertas honras funebres de monarcas, fueron objeto de burlas suaves e inequivocas por ambos ingenios. Asimismo la pueril mania nobiliaria de Lope, los mitos clasicos o medievales sufrieron su rechifla. Cervantes y Gongora coincidieron asimismo en su gusto por la bucolica; aparte otras semejanzas mas superficiales, Alatorre llama la atencion sobre el efecto devastador de la belleza femenina, que ejemplifican los episodios de Marcela en el Quijote y el de Galatea en el Polifemo.

En 1996 publico Alatorre sus "Notas sobre las Soledades (a proposito de la edicion de Robert Jammes)" (NRFH, 44, pp. 57-97), cuarenta paginas llenas de entusiasmo e inteligencia. Destacan sobre todo sus observaciones sobre prosodia gongorina, donde corrige deslices del mismo ms. Chacon, descubre un juego de palabras ignorado en el soneto a san Ignacio, o insospechadas reminiscencias de Garcilaso. Vienen luego las temibles "observaciones de detalle" que ponen muchos puntos sobre las ies o hacen sugerencias dignas de desarrollo: por ejemplo, cuando Gongora compara a los indios americanos con los lestrigones homericos dice: "Es como si el poeta hubiera querido engazar la novedad del Nuevo Mundo con la mas arcaica Antiguedad" (p. 83); poco antes, supone que Gongora haya leido a Pedro Martir de Anghiera, o que "la augusta coya peruana" de las Soledades (II, 66) sea un homenaje a su vecino el Inca Garcilaso. Incluso, enlazando con el articulo mencionado antes, afirma que "la vision critica y la ausencia de chauvinisme es uno de los rasgos que emparientan a Gongora con Cervantes" (ibid.). Terminan estas notas con un apendice en que Alatorre se enfrenta al soneto, metapoetico y enigmatico, "Restituye a tu mudo horror divino", proponiendo una razonable conjetura, tomada del mundo clasico, que los gongoristas del futuro habran de tener en cuenta.

El otro articulo de Alatorre sobre este poeta se titula "De Gongora, Lope y Quevedo" (NRFH, 48, 2000, pp. 299-332). De el no vamos a tratar porque nos toca demasiado de cerca, y es hora de terminar.

En su necrologia de Alatorre cuenta Juan Jose Donan que en una ocasion "alguien, en tono de mal disimulado reproche, le pregunto por que habia publicado tan pocos libros, y su respuesta fue: Porque no quiero aumentar el cerro de lo prescindible" (36). Eso dista mucho de ser solo una clever remark: es toda una profesion de fe. Alatorre, para quien lo vea de lejos, puede parecer que llego tarde: sus 1,001 anos de la lengua espanola vinieron despues de la Historia de la lengua de Lapesa. Muchos de sus estudios sobre sor Juana son posteriores a la gran edicion de Mendez Plancarte y a la imponente monografia de Octavio Paz. Y, como hemos visto, los trabajos en que persigue un determinado hilo rojo a traves de los siglos son vestigios de un proyecto juvenil, y segun el descabellado, que se iba a titular nada menos que "La influencia helenica y la influencia latina en las literaturas de lengua castellana, catalana y portuguesa, desde la Edad Media hasta la epoca actual" (Egohistorias, p. 46), terreno ya muy frecuentado por Maria Rosa Lida. Sin embargo, Alatorre, tras reconocer y asimilar los logros de sus precursores, supo hacer aportaciones muy valiosas, diseminadas en multitud de lugares, que solo en sus ultimos anos fue agrupando en forma manejable. Dada la gran tarea realizada por el en la NRFH, nada tiene de extrano que sus trabajos mas solidos pertenezcan a su ultima etapa, ya que son fruto de acumulacion y despojo de infinitas lecturas, pero tambien de su actividad docente:

Puedo decir sin ningun sentimiento de culpa--confiesa en su inestimable autobiografia intelectual--que en toda sociedad hay division del trabajo, y que la parte que a mi me ha tocado, porque a alguien tenia que tocarle, ha sido, por ejemplo, facilitarles el contacto con la gran poesia del siglo de oro a unos cuantos estudiantes universitarios (Egohistorias, p. 55).

Antonio Alatorre no era marxista, pero jamas perdio de vista la conexion de los textos con la historia, grande y menuda (37). No militaba en el feminismo, y dedico media vida a defender a una mujer extraordinaria. Sin ser formalista ni estructuralista, dio lecciones de todo ello en sus analisis y en sus estudios de metrica. No hay un marbete que le haga justicia, aunque tal vez no le pareciera inadecuado que se lo considerase un positivista de buena ley, como lo fueron sus modelos, Marcel Bataillon, Ernst Robert Curtius, Antonello Gerbi, Raimundo y Maria Rosa Lida, entendiendo por positivismo la documentacion exhaustiva, la atencion a los datos fidedignos, desde el mas menudo, y su integracion en estructuras cada vez mas amplias, a fin de reconstruir parcelas significativas en la historia del espiritu humano. El positivismo asi entendido es anterior, coetaneo y posterior a todos los demas ismos, y el unico del que no se puede prescindir, porque es todo lo contrario de una moda: un fondo firme y seguro sobre el cual los otros movimientos dejan huellas mas o menos efimeras (38). Como dijo Rafael Segovia, Alatorre sabia demasiado, y sin embargo quienes le conocimos de cerca notamos en el tanta humildad como sabiduria, y una virtud rara en los sabios: tolerancia con las flaquezas ajenas. Al recordar sus anos de aprendizaje infantil, gustaba Alatorre de senalar el paralelo que encontraba entre su actitud y la de sor Juana nina: un afan de saber por encima de todo. Ambos aprovecharon, por supuesto, ensenanzas de la vida, la gente y los libros, pero en el fondo les es aplicable el verso con que definio a sor Juana su panegirista y biografo, el P. Calleja: "Su maestro fue solo su talento".

Fecha de recepcion : 29 de noviembre de 2011.

Fecha de aceptacion : 10 de febrero de 2012.

(1) Conferencia leida en El Colegio de Mexico el 2 de diciembre de 2010.

(2) Cuya Historia moderna de Mexico paso su revision de estilo (cf. B. Garza, "Antonio Alatorre o el placer de hacer las cosas bien", NRFH, 40, 1992, p. 6).

(3) "Sobre traducciones castellanas de las Heroidas", NRFH, 3 (1949), pp. 162-166.

(4) Ovidio, Heroidas, ed. bilingue de A. Alatorre (UNAM, Mexico, 1950), p. 69.

(5) Alatorre, "De nuevo sobre traducciones de las Heroidas", en Varia linguistica y literaria. 50 anos del CELL, El Colegio de Mexico, Mexico, 1997, p. 39. En la misma linea pudimos aportarle una huella desconocida de la obra ovidiana: Cristobal Lozano (1609-1667) vierte las heroidas V y VI en la Parte segunda de David perseguido y alivio de lastimados (1659), sin la dependencia de Diego Mexia que apunta su moderno editor (Lozano, Historias y leyendas, ed. J. de Entrambasaguas, Espasa-Calpe, Madrid, 1955, t. 1, p. xliii). Como imitacion puede considerarse la "Carta de la Caba al conde don Julian", incluida en la Tercera parte de la misma obra (1655; ed. cit., t. 2, p. 57).

(6) Alatorre, "De nuevo sobre traducciones de las Heroidas", p. 47.

(7) "Quevedo, Erasmo y el doctor Constantino", NRFH, 7 (1953), pp. 673-685.

(8) Cf. M. Bataillon, Erasmo y Espana, trad. A. Alatorre, F.C.E., Mexico, 1966, p. 540.

(9) NRFH, 9 (1955), pp. 47-52.

(10) NRFH, 11 (1957), pp. 77-84.

(11) NRFH, 12 (1958), pp. 414-416.

(12) Filologia, Buenos Aires, 8 (1962), pp. 307-323.

(13) Maria Rosa Lida de Malkiel, Dido en la literatura espanola. Su retrato y defensa, Tamesis Books, London, 1974.

(14) "De poetica barroca hispano-portuguesa (con un ejemplo: el soneto en eco)", Boletim de Filologia, 29 (1984, pero impreso en 1987), pp. 235-271 (la cita, en pp. 256-257). Tambien en su articulo "De nuevo sobre el texto de las Rimas de Becquer" (NRFH, 44, 1996, pp. 149-154) denuncia otro ninguneo: "Eso que entonces dije [en 1970], y que Sebold, por lo visto, considera letra muerta--tan muerta que ni siquiera me menciona--, yo lo sigo considerando plenamente valido" (p. 149).

(15) Luis Rosales habia perseguido el mito de Hero y Leandro en la poesia del siglo xvii (El sentimiento del desengano en la poesia barroca, Cultura Hispanica, Madrid, 1966, pp. 153-160).

(16) ALM, 29 (1991), pp. 17-40. En p. 19 reprocha a R. Jammes haberse olvidado de senalar en la letrilla de Gongora la relacion de la copla 12 con la 17, alusivas a la Floresta de Santa Cruz. Es cierto que no lo hace en la ed. escolar de 1980, pero si lo habia hecho en la ed. critica de 1963 (p. 48), que Alatorre no maneja.

(17) NRFH, 36 (1988), pp. 955-973. En p. 962 una linea de la nota va incrustada en medio de la pagina, en lugar de otra linea omitida, percance muy raro en la revista.

(18) "Articulos como ese son el resultado de fichas y mas fichas que he ido acumulando a lo largo de los anos. Son articulos llenos de noticias, de detalles, de minucias. Llenos tambien de notas de pie de pagina. Me encantan las notas de pie de pagina" (Antonio Alatorre, en Jean Meyer, ed., Egohistorias, Centre d'Etudes Mexicaines et Centramericaines, Mexico, 1993, p. 44).

(19) Ibid., p. 49.

(20) Ya mucho antes se habia interesado por el asunto, al resenar un libro a su juicio deleznable: El sueno y su representacion en el barroco espanol, coordinado por Dinko Cvitanovic (NRFH, 20, 1971, pp. 154-148).

(21) Cf. nuestra resena, "Al margen de El sueno erotico en la poesia espanola de los siglos de oro, de Antonio Alatorre", NRFH, 52 (2004), pp. 465-488.

(22) Boletim de Filologia, Lisboa, 29 (1984, pero impreso en 1987), pp. 235-271.

(23) Podria ser este el ms. 9-2079 de la Academia de la Historia, a juzgar por la descripcion de A. Ramajo Cano (fray Luis de Leon, Poesia, Circulo de Lectores, Barcelona, 2006, p. 440), aunque en ella no se habla de las atribuciones.

(24) Entre otros, aparece en los siguientes: 3907, f. 40; 3909, f. 242v; 3915, f. 299v; 3992, f. 21v; 4117, f. 308v; 4154, f. 191; 7746, f. 45; 17.719, f. 12, todos de la BNE; II-1580, f. 3, y II-531, f. 182v, de Palacio Real. En este, que es el Cartapacio de Francisco Moran de la Estrella, se atribuye a "D. J. de N. y por mejor decir sub incerti aucthoris" (cf. la ed. de R. DiFranco, J. Labrador y C. Angel Zorita, Patrimonio Nacional, Madrid, 1989, pp. 358 y 499). Es anonimo en el Cancionero hispano-portugues de la Academia de la historia de Madrid (ms. 12-26-8 / D199), y en los mss. X y XIV de la ffispanic Society. Los editores de este ultimo, J. Labrador, R. DiFranco yJ. M. Rico (Cancionero sevillano B2495 de la HSA, Universidad, Sevilla, 2006, pp. 523-525), amplian mucho el inventario de testimonios que transmiten el soneto, pero ninguno parece el visto por el P. Mendez en el s. xviii. Justo de Sancha, que lo publica y atribuye a fray Luis en su Romancero y Cancionero sagrados (BAE, 35, p. 44), no dice de donde lo toma, probablemente del ms. 7746 BNE, que pertenecio a La Barrera, quien confiesa haberselo prestado. De la atribucion a Assoris hemos hablado en nuestro articulo "Un cancionero del siglo xvi con atribuciones a Barahona de Soto y su circulo granadino", en De saber poetico y verso peregrino. La invencion manierista en Luis Barahona de Soto, ed. Jose Lara Garrido, Anejo XLIII de Analecta Malacitana, Malaga, 2002, pp. 27-45 (en especial, p. 28).

(25) La imitacion de Duarte Dias la habia senalado Edward Glaser en su articulo "On plagiarism and parody", Studia Iberica. Festschrift fur Hans Flasche (Bern u. Munchen, 1973). Hay otra version a lo divino hecha por Jeronimo de Virues (Cancionero de la Academia de los Nocturnos, eds. J. L. Canet, E. Rodriguez yJ. L Sirera, Alfons el Magnanim, Valencia, 1990, t. 2, p. 251).

(26) Cf. Estebanillo Gonzalez, eds. A. Carreira y J. A. Cid, Catedra, Madrid, 1990, t. 2, pp. 173-174.

(27) Anuari de Filologia, XXI, seccio F, 1998-99, num. 9, pp. 21-37.

(28) ALM, 6 (1964), pp. 161-202.

(29) "Sobre la mexicanidad de don Juan Ruiz de Alarcon", en Antonio Castro Leal, Repasos y defensas. Antologia, ed. Victor Garcia Arciniega, F.C.E., Mexico, 1987, pp. 56-99.

(30) Elias L. Rivers (ed.), La poesia de Garcilaso, Barcelona, 1974, pp. 325-365.

(31) "Un soneto desconocido de sor Juana", Vuelta, 1984, num. 94, pp. 4-12. El primer parrafo de este trabajo dice mucho acerca de su devocion por el bibliografo extremeno: "Entre febrero y mayo de este ano hice algo que siempre me habia prometido hacer: leer de cabo a rabo el Gallardo ... El Gallardo engolosina: abrirlo es exponerse a leer y leer hasta olvidarse uno de lo que andaba buscando".

(32) Anastasio Rojo Vega, "Manuscritos y problemas de edicion en el siglo xvi", Castilla, 19 (1994), pp. 146-157; Isabel Colon Calderon, "Sobre la edicion perdida de Francisco de la Torre", Dicenda, 20 (2002), pp. 29-38. Posteriormente trato del asunto Soledad Perez-Abadin Barro en RILCE, Criticon y Bulletin Hispanique.

(33) Belem Clark de Lara y Fernando Curiel Defosse (eds.), Filologia mexicana, UNAM, Mexico, 2001, pp. 469-493. Articulo plagado de erratas.

(34) Baste recordar sus Ensayos sobre critica literaria, Conaculta, Mexico, 1993. En algunos de sus trabajos entra en detalles, por ejemplo: "El arte de aducir a no importa quien a proposito de no importa que" (NRFH, 20, 1971, p. 146), "lugares comunes recubiertos de oropel" (ibid., p. 146), "el se me ocurre produce resultados penosos" (ibid., p. 147), "los libros y articulos que llamo neoacademicos, con sus actantes, sus redes actanciales, sus actores sintacticos homodiegeticos y heteroextradiegeticos y tantos otros exquisitos terminachos" (ibid., 47, 1999, p. 370), etc.

(35) Homenaje a Carlos Orlando Nallim, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, 2001, pp. 283-293. Retocado y ampliado en Biblioteca de Mexico, 88 (julio-agosto de 2005), pp. 11-18. Citaremos por esta version. Despues de publicada la primera, volvio sobre el asunto Antonio Rey Hazas, "Cervantes y Gongora. Primer acercamiento: poetica barroca y modernidad literaria", en Gongora hoy VI, ed. Joaquin Roses, Diputacion, Cordoba, 2004, pp. 17-58.

(36) MSemanal, 31 de octubre de 2010.

(37) "Yo siento que la tarea del critico literario es practicamente igual a la del historiador. Tienen en comun, por ejemplo, la obligacion de fundamentar y documentar cada una de sus afirmaciones" (Egohistorias, p. 42). Mas adelante en su autobiografia aclara que su terreno es la "critica literaria, pero entreverada de historia" (ibid., p. 44).

(38) Cf. una vez mas lo que dice respecto a la escuela de Autlan a la que asistio de nino, y a cuya maestra, Maria Mares, colma de elogios: "No recuerdo que ella nos haya hablado alguna vez de Justo Sierra o de Gabino Barreda, pero es seguro que yo goce de los beneficios de esa escuela positivista que ellos deben de haber disenado" (Egohistorias, p. 19).
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Author:Carreira, Antonio
Publication:Nueva Revista de Filologia Hispanica
Date:Jun 1, 2012
Words:10523
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