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La obra canonica de un maestro tolosano en el siglo XVII.

Comentario al libro de C. Dounot, L'oeuvre canonique d'Antoine Dadine d'Auteserre (1602-1682). L'erudition au service de la jurisdiction ecciesiastique

Despues de haber dado a la imprenta, el ano 2007, un interesante estudio sobre Lenseignement du droit canonique au sein de la Faculte de Droit de Toulouse de 1679 a 1793, publica ahora Cyrille Dounot este amplio volumen--preparado durante los cinco anos que ha durado la elaboracion de su tesis doctoral en Historia del Derecho--, que se centra en la figura mas representativa de la actividad docente e investigadora de la Facultad de Derecho Canonico de la Universidad tolosana en el siglo XVII: Antoine Dadine d'Auteserre, que habiendo escrito todas sus obras en latin, en un estilo humanista que admiro a sus colegas, y no con la intencion de ser comprendido por muchos lectores, cayo en el olvido poco tiempo despues, a pesar del reconocimiento que tuvo en toda Europa durante algun tiempo, como testimonian las reediciones de sus obras en Francfort 1731, en Halle 1779 y la mejor de ellas, los 13 volumenes in-4o de su Opera omnia, hecha en Napoles entre 1777 y 1780, un siglo despues de su muerte.

En las paginas iniciales, cargadas de referencias bibliograficas y documentales --como ocurre a lo largo de toda la obra--, se resumen las pobres informaciones sobre Auteserre previas a los trabajos de C. Dounot: una Vida, escrita a finales del siglo XVII por su propio hijo, de la que se conservan dos ejemplares manuscritos; dos publicaciones, de los anos 1936 y 1953, sobre los manuscritos de Cahors, Montauban y Toulouse, con datos relativos a la familia Dadine y la sociedad de Cahors; las informaciones que desde 1665 fueron apareciendo en <<Journal des Savants>>, sobre las sucesivas publicaciones de Auteserre; los datos biograficos que pueden extraerse de las ediciones de sus obras y las referencias a su doctrina dadas por algunos canonistas espanoles, germanos e italianos.

No habiendo iniciado su labor de profesor regente en una catedra de Derecho canonico y civil en la Universidad de Toulouse, hasta haber cumplido sus 46 anos, cobran un sentido peculiar las informaciones que aporta C. Dounot sobre la trayectoria personal de Auteserre en la primera parte de su vida, cuyo relato se inicia con el capitulo L'homme et son milieu. En el se ofrece una informacion bien documentada sobre la familia de juristas--por la rama paterna y materna--en que nacio el biografiado, el ano 1602, en Cahors. La huella profunda que dejo en el la educacion primera, recibida en el Colegio de la Compania, donde aprendio latin y griego, se reflejara luego en las citas de los mas de 350 autores incluidos en sus obras, como fruto de su habito juvenil de tomar anotaciones tras sus lecturas de los humanistas clasicos. Lo que fue una base firme--segun el adagio: de buenos gramaticos salen buenos jurisconsultos--para, una vez comenzados, en 1620, sus estudios de Derecho romano en la Universidad de Cahors, pasara a hacer una fructuosa lectura personal de las Pandectas, que le fue de gran utilidad en sus estudios de Bachillerato, Licenciatura y Doctorado, culminados el 17.X.1623.

Despues de contraer matrimonio en su ciudad natal, el ano 1633, se instalo en Toulouse, donde pronto fueron reconocidos su nombre y sus meritos por el foro del Parlamento, que le confirio un estimable empleo, deseado por tantos hombres valiosos de la ciudad, sin que los muchos asuntos que debia asesorar le apartaran de sus lecturas y su vida reglada. Como fruto de esa dedicacion, el ano 1641 salio a la luz su primera publicacion: Lex romana, sobre la persistencia del derecho romano en la Narbonense y en Aquitania. En 1643, publico su tratado Les dues et les comtes y otro titulado Origines des fiefs. La buena acogida de estas obras puede explicar que recibiera una oferta de trasladarse a ensenar Derecho publico en la Universidad de Hamburgo, aunque no aceptara por su dificultad para acomodarse al humor de los alemanes.

Una vez obtenida su catedra en Toulouse, a partir del ano 1648 sus publicaciones reflejan una opcion decidida por el ambito canonico: en 1651 aparece el volumen Dissertations sur le droit canonique, en cuatro libros, dedicado al arzobispo de Toulouse, con la intencion de que sirviera a los obispos y a los ayudantes de los pontifices en su mision espiritual de administrar la rentas temporales. Poco despues publico los dos ultimos libros de esa misma obra, que trataban de la parroquia, y del oficio y del poder del parroco. La estima que le profeso el Presidente del Parlamento de Paris se plasmo en la dedicatoria que le hizo, en 1658, de sus cinco tratados De ficcionibus juris. El prestigio doctrinal que tenia Auteserre a sus 58 anos explica que l'Assabee du Clerge le encargara la refutacion del Trate de Fabus de Charles Fevret, obra especialmente representativa de los postulados del galicanismo. Tambien indica el reconocimiento de su celebridad la invitacion recibida a tratar de Les droits de la Reine, aunque no se sabe si llego a realizar esa obra, pues no ha sido encontrada. Como obras representativas de su etapa de mayor madurez pueden senalarse su Commentarium Decretalinm Inicentii III; sus notas y comentarios a las Cartas de san Gregorio Magno, que en el siglo XIX serian aprovechadas en la edicion aparecida en Monumenta Germaniae Historica y sus Comentarios a las Clementinas.

Se da razon tambien de otras obras canonicas, de importancia evidente, en que trabajo Auteserre sin que hayan llegado hasta nosotros: estuvo en manos de los editores su octavo tratado De ficcionibus juris, en que comentaba las Decretales de Alejandro III con un aparato critico e historico considerable. Tenemos noticias tambien de comentarios elogiosos dirigidos a su Commentarius in Decretales Alexandri III, que parece que estaba pensado para formar parte de un proyecto de publicar unos comentarios al Liber Extra. En todo caso, una referencia completa de los titulos de sus obras puede verse en las pp. 85-86 de la obra de C. Dounot.

En el capitulo siguiente, La Republica de las letras, se da noticia de los ambientes humanistas, no estrictamente universitarios, en que se fue madurando, desde su juventud, la personalidad de Auteserre, que siempre se considero un jurista humanista, y entendio la jurisprudencia como un genero literario alimentado por las letras sagradas y seculares. En este sentido se informa de la importancia que tuvo en su formacion juvenil el circulo literario que, en Cahors, animaba su obispo, Pierre Habert, en doble sesion por semana, durante varios anos, con participacion de los mas doctos en cada una de las diversas disciplinas relativas a la Iglesia Antigua y sus canones. Tambien se informa de la influencia que ejercia en la misma ciudad Jean Lacoste, discipulo de Cujas y continuador de su humanismo juridico, que distinguia al joven Auteserre por la seguridad con que abordaba los temas relativos a la Edad Media.

Una vez en Toulouse--que entonces estaba a la cabeza de las demas ciudades de Francia por su poblacion, su riqueza, su abundancia de viveres, por su Universidad y por su Parlamento--, los cenaculos frecuentados por los humanistas que mas influyeron en Auteserre fueron los que giraban en tomo al obispo Charles de Montchal. Alli entro en comunicacion con el emdito Pierre Dupuy, que mas tarde elogiaria las obras de Auteserre. Esos coloquios emditos tenian lugar en la Biblioteca del Arzobispo, muy abundante en manuscritos y hogar intelectual de primera linea. Entre los participantes cabe destacar a Etienne Baluze, que, al escribir algo mas tarde su autobiografia, elogiara a Auteserre, como tambien a M. de Marca, que luego seria obispo de Paris y protector de Auteserre. Se comprende, por eso, que entre los propuestos en una lista de personalidades dignas de ser distinguidas por su servicio al reino con una gratificacion publica, en los anos 1651-1658, figurara Auteserre en la categoria de los <<juristas>>, como sabio en derecho civil, canonico e historia.

Segun se deduce de diversas dedicatorias de sus libros, que nos muestran una red de relaciones con diversas personalidades eminentes, y por los contenidos de su correspondencia, desde 1669 frecuento tambien los medios intelectuales de Paris. Alli mantuvo relaciones de amistad con Luis Nuble, abogado del Parlamento de Paris con fama de extraordinariamente culto, con el Presidente Lamoignon, que animaba su propio cenaculo literario, y con otros.

En el capitulo El erudito y sus metodos se destaca que estos son los de los humanistas: los de la historia, sin la cual el Derecho canonico decae; tambien recurre a la filologia y a las letras. No solo en sus obras historicas, tambien en las juridicas busca el contexto historico de la normativa y procura interpretar los rescriptos segun las costumbres de las gentes a que son enviados. Por eso sus respuestas e interpretaciones siempre son eruditas, con mezcla de contenidos historicos y de derecho romano.

Una de las obras que manifiestan mejor su mentalidad historica es su Historie d'Aquitaine, en la cual, lejos de defender un proyecto politico, se muestra amante de la verdad historica relativa a esta provincia, la primera del pais que recibio la luz de la verdad evangelica. Su optica es una <<historia de las provincias>> mas que una historia del reino promovida por los historiadores oficiales. Lejos tambien de los planteamientos de una historia al servicio del Estado se situa su tratado sobre los duques y los condes, como defensores ante las injurias a la realeza. Estamos ante una obra de planteamientos politicos, en que su autor, por primera vez, se sirve de las fuentes antiguas--de derecho romano y de ejemplos historicos--para mostrar que la aristocracia feudal solo tenia poderes honorificos y siempre unidos al soberano real, lo que explicaria el sentir de Justiniano: <<Se debe acudir siempre al principe, porque solo el tiene todos los derechos en el corazon>>.

El gusto por los manuscritos, que siempre cultivo, hizo que Auteserre tuviera una personal intervencion en la historia de la celebre recopilacion de poesias denominada Cancionero provenzal C, una de las mas importantes colecciones de composiciones hechas por trovadores, que consta de 1.206 piezas, 150 de ellas conocidas por figurar solo en esta coleccion. La utilizo en la 2a parte de su obra postuma Histoire du Languedoc y, a su muerte, paso a pertenecer a sus herederos. En la biblioteca de la Abadia de Moissac, secularizada desde 1625 y muy rica en manuscritos, encontro varios que contenian vidas de santos y la Histoire de VAbbaye de Condom, publicada por Luc d'Achery, la primera vez, en 1677, en su Spicilegium. Especial provecho saco del manuscrito que contenia la Pasion de las santas Perpetua y Felicitas, para determinar los contenidos del ministerio de los diaconos en la Antiguedad. Esa apertura continuada a los contenidos historicos que se observa en las obras de Auteserre explica que sea tan amplio el elenco de autores antiguos y medievales (referidos por C. Duonot en las pp. 144-151 y 152-158, respectivamente).

Como primera muestra de la importancia que el derecho romano tiene en la obra de Auteserre, se inicia esa seccion dando un elenco de los autores de este ambito, en las pp. 170-173, con indicaciones de los pasos concretos de las obras en que el profesor de Toulouse los cita. En la misma dedicatoria de sus escritos se percibe enseguida que, a diferencia del error popular que ve al derecho romano como una ley extranjera y hostil, para el es la gloria del derecho civil. Se explica asi que, a diferencia de otros profesores de derecho frances que consideraban que habia perdido su uso el derecho romano, Auteserre desarrolle su labor profesoral incorporando continuas citas del Digesto y el Codigo de Justiniano al glosar las Decretales de Inocencio III, al exponer el significado preciso de las palabras, al definir lo que es la jurisprudencia o al precisar la distincion entre el derecho publico y el privado. En todos estos pasos sigue un modo de exposicion mas proximo al mos gallicus, explicando el derecho por el mismo derecho y por la historia. Aunque conoce la importancia que dan Cujas y Favre a la critica de las interpolaciones en las compilaciones de Justiniano, no se polariza sobre ellas, y prefiere orientar los comentarios sobre sus diferentes titulos para examinar luego, uno tras otro, los textos en ellos contenidos.

El nucleo en que Auteserre parece haber aplicado con mayor acierto sus valoraciones sobre el derecho romano es el relativo a las ficciones de derecho, estudio que se considera el mas difundido y mas ampliamente comentado, por su gran novedad, entre todos los acometidos por el en el campo del derecho civil. Se trata de una verdadera construccion sistematica, en la que presume de haber puesto en orden las ficciones, segun su orden logico, en cinco tratados, que supera las primeras tentativas incompletas hechas por Alciato y otros. Las presunciones se ven como <<remedios>> y <<medicinas>> del derecho y de los juristas para desembarazarse en casos muy dificiles, y como <<llaves doradas>> que abren los secretos de la jurisprudencia manteniendo el conjunto de todo el derecho.

Una vez concluida la primera parte de su obra, en que C. Dounot ofrece los rasgos basicos que perfilan la personalidad de Auteserre como un <<sabio profesor>>, inicia la segunda, en que da razon del pensamiento del autor sobre la jurisdiccion eclesiastica, piedra de toque en las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Al hacerlo, se compromete a fondo en el estudio de un tema que, en su gran complejidad, parece constituirse en centro y cima para la correcta inteligencia del significado de la obra de Auteserre, en correspondencia directa con las turbulencias que, respecto de las relaciones Iglesia-Estado, conocio su tiempo, y como prisma que muestra la personalidad propia con que, a diferencia de tantos autores de su tiempo, desarrollo este tema, tan comprometedor, como indican los titulos de los tres capitulos que componen esta parte: 1. El Sacerdocio y el Imperio; 2. La jurisdiccion eclesiastica en si misma considerada; 3. La jurisdiccion eclesiastica frente a la jurisdiccion real.

Si tenemos en cuenta que, en 1682, se publico en Francia la famosa Declaracion en cuatro articulos, carta representativa del galicanismo, y que Auteserre moria dos meses despues de esa publicacion, se comprendera mejor el significado especial que tomo, entonces, cuanto el habia escrito a lo largo de su vida sobre el Sacerdocio y el Imperio. No podemos olvidar el influjo profundo que en este punto ejercio el agustinismo politico, si queremos comprender los criterios basicos con que Auteserre afronto la exposicion de los fundamentos del poder temporal: Cristo, el unico que reina y domina, quiere ofrecer a Dios las coronas aureas de los reyes y del emperador, por estar inserto el Estado en un orden que asciende hasta el cielo. Por eso no pueden renunciar los reyes y los principes, que, consagrados por Dios, tienen una vocacion y mision celeste. En senal de esta union de la autoridad de la religion y de la potestad del reino, los reyes anteriores al cristianismo ejercian de hecho un sacerdocio y los emperadores romanos llevaban toga negra, como pontifices, hasta que Graciano, <<primer Cesar cristiano>>, rechazo el titulo de Pontifex Maximus.

Desde esa perspectiva se comprende que toda constitucion dada por un principe por odio a la Iglesia sea indigna del nombre de ley, pues los principes deben ser instrumentos de la autoridad de la Iglesia, y se ha de preferir la Militas publica a la devocion privada. El poder temporal, por el contrario, no tiene derecho alguno sobre el poder espiritual: no puede legislar sobre materias eclesiasticas. A veces se acerca al sistema teocratico afirmando unas competencias del Papa en la confirmacion, uncion, coronacion o hipotetica deposicion del emperador.

Mientras tanto, en 1663, la Sorbona reaccionaba contra las tesis que atribuian al Papa la mas alta autoridad sobre la Iglesia, sin intervencion del concilio general, con la Declaracion en seis articulos que negaba al Papa cualquier autoridad en lo temporal, que corresponde al Rey cristiano, al que deben los subditos tal fidelidad y obediencia que jamas pueden ser dispensados por ningun pretexto. Auteserre, aunque fiel siempre al muy cristiano Monarca, no compartia en absoluto estas posiciones. Supo salir del ambiente de adulacion que le rodeaba para dar a Dios lo que el Cesar frances le habia quitado, permaneciendo leal a su Majestad.

Lejos de las posiciones regalistas, en sus Cosas de Aquitania refiere que el rey Felipe I (1094) fue condenado y excomulgado en dos sinodos por concubinato, como tambien fue condenado Raimundo de Toulouse, por su proximidad a la herejia albigense, con la confiscacion de su reino. Por otra parte, reconoce, con la decretal Per venabilem, que el Rey no conoce a nadie superior en lo temporal, mientras en la Novit ille justifica la sentencia del Papa poniendo en entredicho al reino de Francia, no porque juzgue sobre el feudo o la temporalidad, sino ratione peccati. Sin embargo, esas observaciones no le impiden a Auteserre alabar la alianza francesa del Trono y el Altar, que llevo a los reyes a triunfar con Cristo, y la exaltacion historica de su piedad. Hace notar tambien, como lo mas destacable de la Monarquia francesa, la consagracion que recibian sus reyes, con aceite y crisma, para ser protegidos de los ataques impios, como hijos primogenitos de la Iglesia.

Vistas asi las relaciones entre el Sacerdocio y el Imperio, pasa C. Dounot a exponer la doctrina de Auteserre sobre la jurisdiccion eclesiastica en si misma considerada. Es un tema que esta en el corazon de la obra de Auteserre --como lo esta tambien en el nucleo de las teorias galicanas, que se oponen a ella por considerarla opinion <<ultramontana>>--, cuyo sentir puede sintetizarse en estos tres puntos: 1) Cristo, cuyo reino no era de este mundo, le ha dado a la Iglesia ese poder, con especial solemnidad, al irse de la tierra; 2) El poder de las llaves que Cristo dio a sus Apostoles--de perdonar los pecados, administrar los sacramentos e imponer penas espirituales--es jurisdiccional; 3) Los principes seculares, por respetar y honrar a los Pastores, han aumentado mucho los derechos de su jurisdiccion dandoles privilegios.

Estos puntos aparecen con frecuencia en los escritos de Auteserre, pero sobre todo en su Defensa de la jurisdiccion eclesiastica, una de sus obras mayores, que recibio titulos diversos en las diferentes ediciones que la contienen. Su autor la escribio con la intencion de que fueran bien comprendidos todos los grados de la jurisdiccion de la Iglesia, en espiritu de libertad, sin adulacion, movido del deseo de exponer la verdad. En 1654 Ch. Fevret habia publicado su Traite de l'abus e du vray sujet des appellations qualifiees de ce nom d'abus, de 702 pp., en defensa del procedimiento arbitrado por los parlamentos para abatir la jurisdiccion eclesiastica, que consideraban opuesta a los privilegios y libertades de la Iglesia galicana. Contra ese recurso venia protestando el clero, desde la Asamblea del clero de 1614-1615, que denuncio el desprecio a la Iglesia que provocaban esas apelaciones y recursos de fuerza en conocer contra las actuaciones jurisdiccionales de la Iglesia.

En 1660, los obispos reunidos en Paris en asamblea, para restablecer la jurisdiccion eclesiastica, a propuesta del obispo de Autun, pensaron que podia ser un remedio pagar a hombres sabios y conocedores de la doctrina de los Padres y de los santos canones--fueran o no de la Sorbona--para que contrarrestaran tales ataques. Se propuso entonces el nombre de Auteserre, doctor de Toulouse, segun consta en carta escrita el 18.IV1661 por el obispo de Laon, recogida por C. Dounot, haciendole esa peticion en nombre de la Asamblea general del clero, que estaba segura de su gran capacidad para hacer ese estudio. La obra estaba dispuesta para ser entregada a la Asamblea de clero de 1665 y alli fue presentada. Pero el asunto no siguio adelante. Este golpe le dolio mucho al autor. Se dirigio al canciller Seguier, quien le pidio que moderara sus opiniones, a lo que hizo notar Auteserre que no defendia la jurisdiccion de la Iglesia para oponerse a la de la Realeza, sino para evitar la disolucion de las costumbres eclesiasticas y mantener la disciplina, que no puede subsistir sin el rigor de la jurisdiccion. De manera que, ni la Asamblea de 1666 ni las pos teriores, acogieron la obra que los obispos habian demandado. Solo la obstinacion de los descendientes de Auteserre logro que su posterior edicion, en 1701, diera a conocer esta obra, con pocas rectificaciones respecto del manuscrito original.

Asienta Ateserre su defensa de la jurisdiccion eclesiastica demostrando que es verdaderamente jurisdiccional la potestad de los obispos. Asi lo reconocio el derecho romano cristiano, sin limitar su oficio a una simple audiencia, sino declarando su verdadera competencia. Para Auteserre, la diocesis del obispo es un quasi-territorio, en el que existe una jurisdiccion ordinaria, ya que ningun cuerpo publico puede ser gobernado sin imperium mjurisdictio. Es ordinaria y correctiva, no solo voluntaria, por lo cual el obispo tiene derecho a gobernar segun el juicio que es propio del poder episcopal. La sede del obispo es el simbolo de esa jurisdiccion derivada de los canones, que le dan el derecho de magistratura y sacerdocio, con poder de instruir, por lo que la corresponde al obispo la competencia en primera instancia en todas las causas del foro eclesiastico, en tanto que ordinario. Esta jurisdiccion tiene su origen en la positiva institucion divina, en la persona de los Apostoles, de los que son sucesores los obispos, a quienes confio Cristo la administracion de los sacramentos y la predicacion del Evangelio, con poder de sancionar, incluso con excomunion --como hizo Pablo con el incestuoso de Corinto--; y tienen esos poderes por la ordenacion episcopal, para ejercerlos sobre los clerigos y los laicos. Los principes, desde Constantino, han reconocido esa jurisdiccion; pero no la han constituido.

Representa Auteserre el atributo principal de los obispos, que es su jurisdiccion, sirviendose de la imagen de una jerarquia sublime, la mas elevada de la Iglesia: <<Hierarchicus ordo juirisdictionis Ecclesiae (...) plucherrimus ordo Ecclesiae>>. Con acentos pseudo-dionisiacos, ve la jerarquia de la Iglesia <<constituida en ordenes diversos, a ejemplo de los diversos ordenes de los angeles, que son constituidos por Dios para formar ritualmente la jerarquia celeste, gracias a la cual, la Iglesia esta revestida con el manto de la verdad>>. El obispo, en su Iglesia, es el principal responsable de la jurisdiccion y de su jerarquia, el que debe disponer, en primer lugar, el grado y orden entre los clerigos, para que la Iglesia--ordenada como ejercito en orden de batalla--no pierda la gracia de su dignidad.

Segun el planteamiento clasico, divide la jurisdiccion eclesiastica en dos ramas, como la jurisdiccion civil: voluntaria y contenciosa. La primera se ejerce extra tribunal, extra provinciam, extra territorium, y esta referida a la manumision, la adopcion, la emancipacion. La segunda, con los caracteres de tribunal, se ejerce dentro de un territorio para resolver una controversia, aun en contra del querer de las personas, afectando sobre todo al ambito de las censuras y, desde el punto de vista litigioso, respecto de la apelacion de la sentencia. No asi la voluntaria, que actua inter volentes.

Como ambito propio de la jurisdiccion episcopal, se presenta primero el relativo a las finanzas, quiza por ser el mas expuesto a conflictos con la jurisdiccion secular, como dejo patente la famosa disputa entre Bonifacio VIII y Felipe el Hermoso. La ley canonica diferencia los tributos de los censos eclesiasticos y los diferentes tipos de oblaciones, primicias y diezmos. Estos, fuera de cualquier competencia de los reyes, ya estarian constituidos en tiempo de san Clemente Romano y, en este sentido, cita a san Agustin. Ante su posterior decadencia, habrian sido restituidos por Carlomagno, con el consiguiente aumento de las tierras de los clerigos, sin que esto convirtiera a los diezmos en campo de la jurisdiccion de los reyes. En reconocimiento de este ambito de la jurisdiccion eclesiastica, los principes de la cristiandad se encomendaron a la Santa Sede y le prometieron una cierta forma de sumision a titulo de censo. Considera justas las anatas--frutos de los primeros anos de los beneficios--, aunque fueran condenadas por el Concilio de Basilea y el art. 14 de las libertades galicanas, y al mismo Auteserre le parece misterioso su origen. Aprueba las facilidades materiales concedidas por los fieles a los legados pontificios y no rechaza, como hace una de las libertades galicanas, la resignacion de los beneficios.

Si Auteserre trata la jurisdiccion de la Iglesia en el ambito de las finanzas afirmando su independencia respecto del poder de los reyes, algo parecido se observa en su exposicion del poder de sancionar. Asi se explica que, despues de presentar la clasificacion comun de las censuras, se interese especialmente por el entredicho local y por la penitencia publica, a la que se han sometido los reyes, sin que esto sea contrario a su dignidad real. Esa misma perspectiva se mantiene al tratar de la excomunion, para dedicar atencion especial a la cuestion, entonces disputada, de si un cura puede excomulgar en su iglesia. Respondiendo a los excesos de los jansenistas en este punto, hace notar que solo el obispo es ordinario, en sentido pleno, en su diocesis. El hecho de que el cura tenga jurisdiccion ordinaria en su parroquia no le exime del deber de ejercerla en sumision a la competencia de su obispo, que, segun la vetus disciplina, solo podria autorizarle a la imposicion de una excomunion simple, pero no la solemne.

Para Auteserre, tiene especial interes el tratamiento de las apelaciones respecto de las decisiones del obispo, porque implican la existencia de una jerarquia de jurisdiccion en grado superior a el, de ahi que tambien trate esta cuestion en paralelismo con la cuestion galicana. En sus planteamientos cobra una gran importancia el derecho de apelacion a Roma, sin interferencias, abierta a todos, lo cual--dice--no se observa en Francia. No desconoce la prohibicion de apelar a la Iglesia trasmarina contenida en algunos antiguos textos africanos, por los costes de los viajes marinos, como se refleja tambien en textos ingleses, para mostrar que esas referencias no trataban de ensombrecer el sentido de la apelacion a Roma, que tambien fue reconocida por el Patriarca de Constantinopla y los griegos. El metropolitano tambien puede apelar al Papa sin pasar antes por el primado, pues la jurisdiccion de este es enteramente voluntaria. El Papa, ademas, puede limitar los derechos de los metropolitanos sobre sus sufraganeos y tiene tambien la facultad de dar un juez appellatione remota.

Una vez estudiado lo relativo al orden interno de la jurisdiccion eclesiastica, pasa a exponer sus relaciones con el orden jurisdiccional estatal, su mas directo concurrente, y su respectiva independencia. La necesidad de hacer un tratamiento a fondo del tema--siempre presente en la mente del autor--derivaba de la firmeza con que el galicanismo entendia que la jurisdiccion eclesiastica era una pura gracia y liberalidad, que el principe habia concedido a la Iglesia en el pasado y que, consiguientemente, era necesario recuperar mediante diversas tecnicas procesales. En coincidencia temporal con esa nueva elaboracion normativa, la doctrina juridica y la jurisprudencia en Francia se plegaron al servicio de la soberania del Estado. Los mismo obispos cesaron en sus peticiones, respecto de las <<posiciones perdidas>> en el curso del siglo XVII, y aceptaron las decisiones de las officialites. Por su parte, Roma y los canonistas ultramontanos reivindicaron claramente las propias competencias dimanantes de la divina constitucion de la Iglesia. En el sentir de Auteserre, es una lucha sobre unos principios ciertos que debe mantenerse hasta el mismo martirio.

Desde esa perspectiva, se comprende el interes especial que, para el maestro tolosano, tiene la figura de santo Tomas Becket, como martir de la libertad de la Iglesia. Es muy sorprendente que un meridional, como el Profesor de Toulouse, recurra a la historia de Inglaterra para mostrar lo danina que es la posicion de un galicanismo excesivo, y en su De jurisdictione Ecclesiae cite hasta 19 veces al arzobispo de Cantorbery. No se limita Auteserre a probar, por diversas decretales y referencias doctrinales, que no es licito pasar de la jurisdiccion eclesiastica a la civil por via de apelacion ni a modo de querella interpuesta por una supuesta falta de justicia. Atribuye gran valor a la actitud mantenida por Tomas Becket ante las constituciones de Clarendon, hasta entregar la vida por no apoyar un cisma opuesto a la libertas Ecclesiae. Lo que demuestra que la justa distincion de los ordenes jurisdiccionales tambien se venia practicando en Inglaterra, hasta que Enrique II contravino ese orden que tanta extraneza causo al Arzobispo martir, por la novedad de tal juicio. El mismo rey, despues de la muerte de santo Tomas, concedio a los jueces seculares cuatro capitulos a favor de los clerigos, expresivos de la fecundidad del martirio del santo, cuyo justo criterio fue confirmado por Inocencio III. Lo cual no es obice para que merezca castigo un clerigo que, por ejemplo, injurie a la oficialidad del rey.

El dualismo expuesto por el Papa Gelasio, para lograr la concordia inter regnum et sacerdotium, se considera base suficiente para evitar las injerencias estatales o de parte de la Iglesia en el ambito civil; pero Auteserre se detiene especialmente en la justificacion del fuero circa spiritualia, especifico de la Iglesia, como ambito publico en que se dicta el derecho en lo correspondiente a la propia competencia. Este es el veterum usum, el ius correctum y la optima ratio, que, reconocido desde antiguo por el derecho frances, ha llagado a tener un caracter practico, como reconocio el Parlamento de Toulouse en 1658. Esto no quiere decir que pierda el juez civil su propia jurisdiccion sobre los crimenes atroces en que pueden incurrir los clerigos indignos. Lo cual no implica la existencia de crimenes mixtos o de un fuero mixto.

Desde estos criterios, para evitar las interferencias entre los dos poderes, se muestra Auteserre contrario a los jueces de palacio que obligaban a los jueces eclesiasticos a seguir el desarrollo del proceso o instruir el litigio segun el uso del tribunal civil, aunque reconoce que hay practicas de los tribunales civiles que pueden ser seguidas por los jueces eclesiasticos. Pero considera injusta la pretension de pedir ad cautelam la absolucion de la excomunion, antes de iniciar una causa en un tribunal civil, y mas aun que esa absolucion se busque como paso previo al llamado recurso de fuerza en conocer, cuya injusticia se analiza a continuacion.

Tal recurso era como el pilar de las libertades galicanas en su pretension de usurpar o ligar la jurisdiccion de la Iglesia, como si fuera justo apelar de una jurisdiccion a otra. El precedente de este recurso, tardio en el tiempo, lo encuentra Auteserre en la atribucion que los grandes de Francia se dieron a si

mismos, sin autorizacion del rey, de no comparecer ante el juez ordinario o delegado, salvo en casos de herejia, matrimonio y usura. El 1329, en la Asamblea de Vincennes--coloquio entre obispos y grandes del reino-, estos pretendieron que los jueces seculares arrebataran a los eclesiasticos las causas de su competencia, alegando que implicaban un abuso contra ellos. Se trataba de una figura sospechosa de novedad--no es anterior a 1486, en tiempos de Luis XII-, que nada tiene que ver con la apelacion a un juez superior de la misma jurisdiccion, que pretendia someter a la fuerza toda jurisdiccion eclesiastica -aun la suprema del Papa, a quien nadie puede juzgar--a la jurisdiccion civil. De ahi que Auteserre la considere un lethale telum et scopulusjurisdictionis ecclesiasticae.

Manifiesta el profesor de Toulouse, ademas, un conocimiento a fondo de la jurisprudencia francesa de su tiempo, que trato los casos concretos en que se aplicaba el referido recurso de fuerza en conocer de manera que pudo concluir, con fundamento, que si el clero de Francia no admitia l'appel comme d'abns, toleraba otros impedimentos de la jurisdiccion eclesiastica mas antiguos y tampoco recrimino las apropiaciones injustas que se dieron en este ambito desde finales del siglo XIV. Por el analisis de las Decisiones Capellae Tholosanae, tanto laicas como eclesiasticas, comprueba que se reservaba a la Iglesia el conocimiento de los delitos que podian cometer los clerigos. Pero, cien anos despues, el Parlamento de Toulouse juzgaba a los clerigos inculpados de delitos y les ponia penas seculares, sin que protestara el obispo o sus oficiales. Y esto no sucedio solo en Toulouse.

Acomete seguidamente Auteserre un estudio de las causas concretas--conocidas por el Parlamento de Toulouse--que el poder civil se habia reservado como propias o <<privilegiadas>>, negando sobre ellas toda competencia canonica, lo que le permite extraer sus personales valoraciones sobre esas actuaciones. Considera que hay casos <<reales>> o <<privilegiados>> en que la actuacion de ambito civil, a su juicio, no es contestable. Son las causas de homicidio, calificado como crimen privilegiado de recurso obligado a jueces civiles, lo mismo que el llevar armas o el delito del bandolerismo, las causas que inciden en la majestas Principis, como la falsificacion de documentos publicos, crimenes de lesa majestad, alta traicion...

No cabe decir lo mismo de los crimenes contra la fe, pues solo la Iglesia puede juzgar de la herejia, aunque estas decisiones de condena se pasen al tribunal secular para que puedan ser aplicadas las correspondientes penas temporales. El estudio de las decisiones regias y parlamentarias le permita a Auteserre precisar que, a partir del siglo XTV! se atribuyo el delito de herejia a la jurisdiccion real en concurso con el obispo. Y lo mismo puede decirse respecto de los libros hereticos y su previa censura. La simonia es materia eclesiastica, tambien la usura, por ser pecado y no un simple contrato, y el sacrilegio.

En relacion con los crimenes contra las costumbres de ambito publico o privado, se entendia que todo lo relativo a la paz correspondia a la Iglesia por su relacion con el pecado, de manera que una querella por haber violado la paz correspondia al fuero eclesiastico, que tenia establecida la pena correspondiente, a pesar de que este planteamiento contrastaba con el ambiente galicano. Tambien correspondia al fuero eclesiastico lo relacionado con costumbres privadas, como el adulterio--que era considerado crimen eclesiastico y no secular-, o como el estupro cometido con una mujer consagrada a Dios; pero el incesto, en cuanto crimen atroz, se atribuia a la jurisdiccion civil. El concubinato de los clerigos era crimen eclesiastico, las causas matrimoniales las conocia el obispo, por ser espirituales, y tambien juzgaba lo relativo a la legitimidad de los hijos.

Del estudio que hace Auteserre sobre los contenciosos fiscales y beneficiales se desprende que estos fueron, en el Antiguo Regimen, la principal fuente de contenciosos eclesiasticos. Aunque el juez eclesiastico juzgaba de los actos personales de los clerigos, no cabe decir lo mismo de las acciones relacionadas con censos, pensiones o demandas de capital. En contra de la mayoria, que atribuia estas acciones al poder secular, Auteserre entiende que la res es secular, pero la accion seria canonica por ser un clerigo la persona demandada a juicio en esas situaciones. Lo mismo considera respecto de las pensiones beneficiales, a diferencia de lo que opinaba la mayoria. Tambien juzgaba la Iglesia de lo relativo a la refeccion y renovacion de las iglesias, de las causas contractuales que vinculaban a un cura con sus parroquianos, de los funerales, la sepultura y los traslados de restos. No asi las causas relativas a la posesion de los beneficios, cuya competencia seria de ambito secular, a pesar de que la institucion sea canonica, pues se entendia que el conocimiento de la posesion correspondia al ambito secular, sin que el obispo perdiera su caracter de vigilante del buen orden en estas actuaciones. Ademas, correspondia al obispo todo lo referente a la concordia entre los clerigos.

Cyrille Dounot observa una linea de conducta en todos los pasos dados por Auteserre en su defensa de las competencias propias de la jurisdiccion eclesiastica: esta fundada siempre sobre los derechos sabios de su tiempo, el derecho canonico y el derecho romano, este considerado como ratio scripta. El derecho real frances, que el profesor de Toulouse conoce bien y que frecuentemente contradice, es invocado solo en tercer lugar, como derecho supletorio. Sobre estas bases se asienta su defensa de la jurisdiccion eclesiastica, tan directamente contraria a figuras estrictamente galicanas, como l'appel comme d'abus.

La concepcion de fondo de Auteserre, sobre la jurisdiccion eclesiastica y su naturaleza jerarquica, no le permitia considerarla solo en su primera instancia --de ambito episcopal-, que acabamos de ver: para el maestro tolosano era imprescindible el tratamiento de la jurisdiccion del Romano Pontifice, a cuya exposicion dedica Cyrille Dounot la tercera parte de su obra, titulada de forma bien expresiva: Quod solus Papa. Esta expresion, con acentos gregorianos, se encuentra muchas veces en la pluma de Auteserre--con variantes que no afectan al valor de verdadera sentencia expresiva de su espiritu romano-, que sus contemporaneos consideraban ultramontano, al estar influidos por unas formulaciones galicanas que, en un tercio de las libertades que reclamaban, se articulaban en torno a la expresion <<el Papa no puede ...>>.

En su empeno, Auteserre se muestra admirador de los Dictatus Papae, que dan unidad a los derechos exclusivos del Pontifice, intocables por encima de toda instancia eclesiastica. No cabe decir lo mismo del interes que, para Auteserre, tiene la segunda centralizacion--la de las congregaciones romanas en el siglo XVI-, pues asienta sus razonamientos sobre los textos de Graciano que, a diario, comentaba en la Universidad. A la Iglesia de Roma le atribuyo prerrogativas absolutas e indivisibles en el ambito administrativo, legislativo, ejecutivo y judicial. Lo que contrastaba evidentemente con las posiciones de los teologos parisinos de su tiempo, atentos al clamor de protestas levantadas contra la centralizacion romana, que no le interesaron a Auteserre.

El primer nucleo que aborda Cyrille Dounot en esta parte sobre la obra de Auteserre lleva por titulo: <<Un Papa ordenador>>. Asi viene presentado, a raiz de la Reforma Gregoriana, sin que anteriormente hubiera sido formulado el poder del Papa en los terminos adoptados por los Dictatus Papae. Esa exaltacion la hace Auteserre senalando que la expresion plenitido potestatis se remonta a la antiguedad cristiana, pues la sollicitudo y la potestas de la Iglesia Romana tomaron cuerpo ya en el siglo II, como lo testimonian la Prima dementis y el intento de excomunion por parte del Papa Victor, conectando con expresiones de reminiscencia biblica. En la pluma de Auteserre, la plenitudo potestatis conlleva una limitacion de la carga que corresponde a los obispos y se alimenta especialmente del significado que encuentra en los textos de Inocencio III glosados por el Hostiense. Le atraen vivamente denominaciones atribuidas a la Iglesia de Roma como caput et maxima omnium ecclesiarum; Ecclesia Beati Petri, omnium ecclesiarum caput; Ecclesia Romana quae est typus omnium ecclesiarum; Ecclesia Romana, quae est prima. O las referidas al Papa como Romanum Pontifex, ordinarius singulorum.

Al dar razon de las competencias propias de la plenitudo potestatis, le atribuye significados diferentes: es una plenitud jerarquica, a ejemplo de la jerarquia celestial, por lo cual son diferentes el poder del Papa y el del obispo, en la concesion de indulgencias, en las dispensas, en la colacion de beneficios y otras materias. Estos razonamientos los funda Auteserre en las disposiciones canonicas, en las sentencias de los Padres y en el derecho romano, especialmente en sus teorias sobre la interpretacion, sin referirse a formulaciones hechas por los teologos. En virtud de la plenitudo potestatis, puede el Papa limpiar de la mancha de la simonia, eximir del pago de los diezmos o dispensar al monje de su estado monacal o atribuir jurisdiccion a los laicos aunque sean mujeres. Se trata de una plenitud de poder en el ambito espiritual relativo a las causas eclesiasticas, que el colegio de cardenales no puede limitar tratando de establecer una norma en sede vacante, ni pierde su vigor por el concilio general, como consideraban los galicanos. De ahi la equivalencia que ve Auteserre en los dos terminos de esta proposicion. Dei judicium, id est, sentencia Pontificis.

?Cuales son las senales indicativas de que estamos ante actuaciones propias de la plenitudo potestatis? Se indican primero las senales juridicas, que se contienen en formulaciones apodicticas, como in dubiis causis, semper consulendus est Pontifex; Curia est ubique Pontifex (...) praesens existit; respecto de la impetracion de beneficios hanc esse sententiam cancilleriae romanae; Jus, quo urbs Romae utitur, servan opportet. Percibe Auteserre senales jerarquicas de que se esta ejerciendo la plenitudo potestatis al considerar a los obispos como <<delegados>> del Romano Pontifice; al afirmar que <<estan obligados a ejecutar la sentencia del Papa, que les puede dar mandatos y no meras admoniciones>>; al ejercer el Papa amplias prerrogativas en la organizacion de las iglesias locales en circunstancias excepcionales; al disminuir el numero de prebendas; al suprimir dignidades; al nombrar visitadores y al reservarse los juicios de los delitos mas graves.

Como senales liturgicas de la plenitudo potestais, se indican la sancion del Breviario romano, la concesion del palio y del baculo episcopal, las visitas ad limina y lo relativo a las ordenaciones sagradas. Finalmente se consideran senales retoricas de la referida potestad las formulas de tratamiento del Papa, que expresan su excelencia, y que en la pluma de Auteserre nunca son de tono anodino, sino expresivas de sus sentimientos. Entre ellas la denominacion <<ordinario de los ordinarios>>, que no puede entenderse como <<obispo de los obispos>>. En esa linea se ve tambien la dedicacion de Auteserre, como canonista maduro, a comentar las Decretales de Inocencio III, por considerarle <<el Pontifice de los jurisconsultos y el mas sabio jurisconsulto de los papas>>. Ninguno como el ha sentido y afirmado la plenitudo potestatis inherente a su funcion, como se refleja en la decretal Sollicitae (X, 1,33,6), reproduciendo el sentir de Gelasio I y Gregorio VII.

Concebida la plenitudo potestatis en los terminos que acabamos de indicar, pasa C. Dounot a exponer como se justifica esa potestad, en el sentir de Auteserre, y como valora las leyes gregorianas, que dieron su maxima expresion a la plenitud de la potestad y la centralizacion romana, que permitio la maxima operatividad de esa plenitud del poder papal. C. Dounot destaca, en primer termino, los aspectos de critica contingente, respecto de la legislacion sustentadora de la plenitudo potestatis, que se encuentran en la obra de Auteserre y le situan entre los juristas que, siguiendo a Cujas, aplico la critica textual e historica. En este sentido se refiere su sed de textos autenticos e ineditos y de encontrar las actas conciliares, su cuidado de anotar los errores y falsas inscripciones en las decretales de Inocencio III, las correcciones respecto a la paternidad de diversos textos del Decreto de Graciano y el uso que hizo de las colecciones antiguas para precisar las mejores lecturas.

Respetando la ordenacion sistematica hecha por san Raimundo, no deja de senalar algunos errores en su atribucion de los textos, las faltas en algunas inscripciones, la necesidad de corregir ciertos pasajes y la importancia de reconstruir el origen de algun canon. Sin embargo, se observa una deficiencia tan importante como la aceptacion acritica de las Falsas decretales, que ya habian sido recusadas por Antonio Agustin y otros autores franceses contemporaneos de Auteserre, como E. Baluze y J. Doujat. Algo parecido cabe decir respecto de la Donatio Constantini, cuyo origen constantiniano es defendido por el maestro tolosano.

Pasando de los textos normativos a las figuras juridicas que dieron eficacia a la plenitudo potestatis, se refiere primero a las causas mayores, como prerrogativa reservada estrictamente al Papa, para tratar despues, mas prolijamente, de aquellas concernientes a las Iglesias particulares, a sus obispos y a los primados; de las relativas a la ordenacion y postulacion de los obispos; de los traslados episcopales; de la muy debatida cuestion de las deposiciones

de los obispos, que Auteserre defiende con ardor y con abundantes datos historicos; de la restitucion de los obispos; de la institucion y creacion de diocesis, de su union, division y supresion. Como causas mayores concernientes a la Iglesia universal, se tratan las referidas a los concilios, a las cuestiones de fe y a las indulgencias. Particular interes tiene su consideracion de los concilios provinciales, que eran atacados por el galicanismo, y que Auteserre vertio en sus cartas polemicas, cruzadas con su amigo el jesuita P. Poussines y con Launoy, donde ofrece multiples referencias a disposiciones de los papas y los concilios antiguos. El capitulo se cierra con la consideracion de los legados pontificios, cuya importancia se detecta por su presencia, ya en el mas antiguo concilio ecumenico, y cuyo desarrollo adquirio maxima importancia en el Reforma Gregoriana.

El capitulo siguiente lleva por titulo <<Un papa dispensador>>, y partiendo del principio: Adjuvari nos beneficio, non decipi oportet, trata de las dispensas pontificias, que pueden ser segun el orden legal y, en virtud de la plenitudo potestatis, segun su sola voluntas fundada en razones. Estamos ante el basto dominio de la administracion en el interior de la Iglesia, que, ademas del regimen ordinario del derecho comun y el ordo legalis, puede preferir la via del privilegio o la ley privada aplicable a un grupo determinado. Se ocupa, en primer termino, de los beneficios dispensados secundum legem, con una predileccion abierta hacia los monjes, que fueron estudiados por Auteserre principalmente en su Asceticon, por considerarlos como los ascetas del clero, por lo que reciben facilmente gracias a favor de la congregacion.

A continuacion se expone un tema de amplio desarrollo, como es la colacion de los beneficios. Se parte del reconocimiento de que el colator ordinario es el obispo, quien en este campo ejercita su poder de orden y de jurisdiccion, y puede hacerlo estando en la diocesis o fuera de ella; pero siempre disponiendo de un tiempo determinado para hacer esa colacion. El Papa puede adquirir el derecho de devolucion, una vez que hayan intervenido el vicario y el obispo, si se ha conferido el oficio a un indigno. Al ocuparse de la eleccion y de la postulacion, critica los abusos cometidos por los poderosos y hace notar que es mas fuerte el derecho de concesion o de colacion de los prelados que el derecho de presentacion del patrono. Pero, en virtud del derecho de prevencion, el Papa concurre con todos los ordinarios deteniendo la colacion de todos los beneficios y actuado como ordinario de todos los ordinarios. Ademas, puede actuar el Papa por devolucion, en cuya virtud le es devuelta la colacion, si el ordinario deja pasar seis meses sin hacerla. El apartado se cierra haciendo notar que en Francia, como defienden tambien los galicanos, el Papa no puede derogar el derecho del patrono laico, ni tampoco en Espana, y dando la explicacion historica de como llegaron los papas a adquirir el referido intervencionismo en materia beneficial.

Son tratadas tambien otras modalidades del regimen beneficial, como la union de los beneficios contemplada en el Concilio de Trento, atendiendo a la necesidad o utilidad de la Iglesia, con intervencion muy limitada de Roma, por reconocerse la competencia del obispo en este ambito. Mas delicada resulta la situacion cuando la union afecta a dos beneficios pertenecientes a diocesis diversas. No obstante, siempre que se trate de beneficios regulares, solo el Papa puede tomar la disposicion pertinente.

El regimen de la encomienda lo trata Auteserre en obras diferentes y desde angulos diversos. La encomienda de las iglesias se habria iniciado a raiz de la invasion de los sarracenos de Sicilia y gran parte de Italia, que obligo a encomendarlas a los obispos mas proximos. No obstante, considera un vicio --que ya existiria en tiempos de Gregorio I--la encomienda de abadias a los obispos. Peor le parece que en Alemania los mismos episcopados cayeran en encomienda, que pasaran a ser encomiendas seculares los beneficios regulares, y peor aun, que las encomiendas fueran perpetuas. Menos reparos tiene en que se encomienden parroquias a monasterios. En todo caso, dice que toda encomienda debe ser temporal por su naturaleza--seis meses para las parroquiasy, si llega a ser perpetua, habra sido ocasionada por los males de los tiempos.

En el tratamiento de los beneficios dispensados praeter o contra jus, se refiere a la dispensa, punto central del ejercicio de la plenitudo potestatis que condenan los galicanos. Solo el Papa puede dispensar siempre contra el derecho comun, aunque no contra el derecho divino, y requiriendo siempre la existencia de una causa. Como campos indicativos de ese poder del Papa, se refiere a las normas matrimoniales, a la modificacion de legados piadosos, al voto de cruzada o de peregrinar a Jerusalen. Es verdad que no puede dispensar del deber de fidelidad a un voto publico, pero puede hacer de un monje un no monje y solo el (o un legado suyo) puede dispensar de la obligacion de dar a un profeso una prelatura regular, de la edad para ser ordenado, de la pluralidad de beneficios, de las penas de la simonia, de la prohibicion a un obispo de entrar en un monasterio y de recibir la ordenacion de manos de un cismatico.

Otro ambito de actuaciones del Papa contra o praeter jus es el de las exenciones, que fueron objeto de vivas controversias entre los galicanos y los ultramontanos. Afectaban unas a las personas, para que cesaran en sus fundones, y otras a la conservacion de los bienes. El tema candente era el de las exenciones monasticas, que muchas veces daban ocasion a que las faltas quedaran impunes, por estar lejos el superior general y mas aun el Papa, y eran odiosas por ir contra el derecho comun. Estos ataques contra los regulares tomaron especial viveza al inicio del siglo XVII, enfrentando a los religiosos y a los obispos, y a estos con los generales de las ordenes religiosas. La Sorbona se enfrento a los regulares y estos se consideraban defensores de la Santa Sede. Durante todo ese siglo el conflicto estuvo vivo, como testimonia la correspondencia entre Marca y Bosquet, y esta presente en todas las obras de Auteserre.

Al responder a la cuestion de si estan los monasterios exentos de la ley diocesana, hace notar Auteserre que esa ley puede entenderse en sentido estricto --la ley diocesana propiamente dicha--o lato, la jurisdiccion del obispo. Referida solo a esta, la exencion no debe proyectarse sobre la ley diocesana como tal. Senala tambien el maestro tolosano las etapas historicas que, por pasos sucesivos, llevaron a esta figura, para preguntarse si los beneficios de la exencion pueden ser concedidos a otras iglesias inferiores y los efectos multiples de esta figura exorbitante del derecho comun.

Concluida la presentacion de las multiples implicaciones de la plenitudo potestatis, C. Dounot hace notar el caracter <<sabio>> de la argumentacion desplegada por Auteserre, tan eficaz para desmontar las bases de los argumentos galicanos, bien lejos de una simple oposicion sistematica y dogmatica, que profundizo siempre en los principios, en los datos de la historia y en los precedentes que justificaban sus opiniones. Ese caracter <<sabio>> de su argumentacion no permitia una respuesta facil a sus oponentes y mantuvo su exposicion lejos de cualquier tono polemico, para seguir la linea de la erudicion y el humanismo juridico.

Desde esos planteamientos se comprende tambien que, en toda su obra, apenas se encuentre una referencia a las congregaciones de la curia romana, que tenian entonces una intervencion tan intensa en la produccion normativa. Lo mismo cabe decir respecto del Concilio de Trento, que no habia sido recibido en Francia. Ante esta situacion, Auteserre prefiere acudir a lo que, con anterioridad, habia sido consentido por la autoridad de todos los concilios y de los Padres. No hay signo alguno de anti-romanismo en el hecho de que no comente sistematicamente las disposiciones tridentinas, pues el mismo Concilio lo prohibio y encomendo la glosa de sus textos a las congregaciones romanas. Tambien desde esa perspectiva se comprende su valoracion de los matrimonios clandestinos: considera que <<la restauracion de la disciplina sagrada depende en gran medida de la reforma del matrimonio, que es el seminario de los fieles>>. Pero prefiere destacar que la nueva disciplina impuesta por los Padres de Trento favorecia la restauracion emprendida por el Concilio de Letran y confirmaba la conveniencia de exigir las proclamas, como ya habia hecho con anterioridad la Iglesia galicana.

Como puede comprobarse, estamos ante una investigacion abierta a un arco tematico de gran amplitud que, al mismo tiempo, mantiene una gran sensibilidad para detectar los multiples matices especificos de los desarrollos doctrinales elaborados por el autor estudiado. Ademas, a lo largo de toda su exposicion, C. Dounot realiza una confrontacion continuada de las posiciones doctrinales mantenidas por Auteserre con el sentir de sus contemporaneos y con las interpretaciones que, posteriormente, merecieron sus valoraciones; de manera que, a la amplia erudicion que caracteriza a la exposicion de Auteserre, se suma tambien la que pone en juego C. Dounot a lo largo de todo su metodo expositivo. Se explica asi que sea tan extensa la relacion de obras y articulos que integran la bibliografia incorporada al estudio realizado, que alcanza su grado maximo de interes al perfilar las posiciones doctrinales especificas de Auteserre, en relacion con los planteamientos caracteristicos del galicanismo, para poner de relieve la existencia de un contraste, dentro de la doctrina francesa, desconocido totalmente hasta ahora.

La misma apertura a toda referencia ambiental se observa en la primera parte de la obra, centrada en la trayectoria biografica de Auteserre: a pesar de no ser abundante la bibliografia referida especificamente al profesor de Toulouse, C. Dounot no solo saca el maximo partido a las referencias de significacion personal contenidas en sus obras, sino que ofrece una informacion muy completa sobre el contexto historico de las diversas situaciones y los momentos en que Auteserre fue madurando su personalidad de profesor universitario. Un merito particular debe atribuirse a la dilatada informacion manuscrita utilizada, como puede apreciarse por la relacion de fuentes de este ambito citadas en las pp. 633-637.

Si en algun punto nos atreveriamos a insinuar una posible linea de superacion de este magnifico estudio, seria en lo referente al metodo expositivo atribuido a Auteserre. C. Dounot entiende que, siendo la jurisprudencia un genero literario alimentado por las letras sagradas y seculares, el metodo seguido por Auteserre es el de las humanidades y el de las letras: abierto a la filologia y a la historia, que le permite interpretar los rescriptos segun las costumbres de las gentes a quienes fueron enviados. Sin embargo, en el estudio realizado hay multiples datos que ponen de relieve la mentalidad especificamente juridica de Auteserre, alimentada basicamente por el derecho romano y el canonico, cuya metodologia propia, en el momento en que Auteserre elabora su doctrina, quiza convendria determinar mejor. En ese sentido, sobre todo en la segunda y en la tercera parte de la monografia, habria sido conveniente dar alguna informacion sobre el tratamiento que las cuestiones estudiadas reciben en los correspondientes nucleos tematicos del Decreto de Graciano y de las compilaciones de decretales, que necesariamente encuadran los planteamientos de Auteserre. Desde esa perspectiva, el lector habria podido captar mejor, por ejemplo, el lugar que, segun Auteserre, tuvieron las leyes de la Iglesia en el asentamiento de la plenitudo potestatis y la centralizacion. C. Dounot alude a ese planteamiento, en cierta manera, en las pp. 480-534; pero solo para referir algunos aspectos de critica textual, sin ofrecer los tratamientos normativos vigentes cuando Auteserre afronto la cuestion.

Esta apreciacion la traemos aqui, en todo caso, como testimonio indicativo del alto grado de interes que ha suscitado en nosotros la gran erudicion de la obra que C. Dounot ha realizado, como firme soporte del merito incuestionable que debe reconocerse a la audacia y a la solidez con que Auteserre se irguio, con personalidad propia, en la defensa de la jurisdiccion de la Iglesia. De manera que resulta muy grato hacer nuestro el reconocimiento de los meritos de esta obra, merecedora del Prix Ourliac de l'Academie de legislation de Toulouse y Prix de these de l'IFR, que, en su momento, fue expresado por el director de esta investigacion, el Prof. Jacques Krynen: <<Este estudio doctoral, realizado durante cinco anos de plena dedicacion, pone a Cyrille Dounot en linea con los grandes estudios realizados por Paul Ourliac, Henri Gilies, Jean-Louis Gazzaniga, Patrick Arabeyre>>.

Eloy Tejero

Profesor Honorario

Facultad de Derecho Canonico. Universidad de Navarra

elojero@unav.es
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Title Annotation:C. Dounot, L'oeuvre canonique d'Antoine Dadine d'Auteserre (1602-1682)
Author:Tejero, Eloy
Publication:Ius Canonicum
Article Type:Resena de libro
Date:Jun 1, 2014
Words:10179
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