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La noche de los jabalies.

Night of the boar

Gerardo Tenorio supo que el angel de la muerte por fin lo habia alcanzado; husmeo suavemente con los dedos bajo su vientre, y acaricio la tibiez de la sangre rezumada. Volvio a sentir un ligero mareo, se columpio un poco, y con fuerza barbara empujo la lanza que tenia ya embutida entre las entranas, para asegurarse de que esta vez no estuviera dentro de un sueno; el acero de la hoja traspaso las visceras, hasta salir como un arpon hambriento sobre su espalda. Sintio un poco de dolor, pero no quiso molestarse en lanzar siquiera un quejido, porque no queria interrumpir el silencio brujo que se desgarraba en medio de las fauces del Volcan.

Mientras Gerardo agonizaba entre ligeros resuellos, recordo tanto los mejores como los peores momentos de su vida, y no pudo saber si estos habian ocurrido hacia anos, o hacia siglos infinitos en el indescriptible delirio de aquel jueves de terror y sombras. Volvio a sentir el filo del acero sediento en el gorgoriteo de sus visceras, y penso en las veces que esa misma lanza le habia abierto el pecho a tantos jabalies en la bocaza oscura de la selva, y se dio cuenta de que morir era vivir el drama de la vida entera en tan solo unos segundos, que podrian ser milenios, pues el tiempo es lo mas impalpable que hay en este mundo de fantasias y ensuenos.

El Volcan lanzo un rugido, y corrieron los primeros vientos vespertinos desde la ribera del crique. La tarde se despedia con un garbo multicolor entre las nubes que avanzaban perezosas e indiferentes hacia el oeste, y Tenorio comprendio que habia llegado el momento de entregarse a la inexorable ley de la naturaleza; sintio por ultima vez una paz muy parecida a la que experimentaba en las alucinaciones, que desde siempre lo concurrieron, y comprendio que su vida entera habia sido solamente una premonicion de ese momento fantastico e inasible que ahora se hallaba viviendo. Desde lo alto de un arbol de cortes, un ronco curre entono un Requiem que, de un tajo, termino con la respiracion estertorosa de Tenorio. Entonces su cuerpo se volvio un oscuro leno inerte y, sin cerrar sus ojos de gato brujo, se quedo dormido, tragicamente dormido.

Era un Jueves Santo. Gerardo Tenorio estaba terminando de darle los ultimos retoques al filo del punal cuando, al pie de los naranjos musgosos, en el propio patio de su casa, vio la silueta en movimiento de un jabali cariblanco. Gerardo repto hasta donde tenia la lanza, la tomo y regreso de inmediato por el animal, con el corazon exaltado. Busco alrededor con la mirada, pero no pudo encontrarlo; miro fugazmente en direccion hacia el crique, pero tampoco pudo verlo. Entonces tendio la mirada hacia donde menos le gustaba mirar, y vio como el animal caminaba parsimoniosamente hacia el Cementerio de los Indios. Entonces se le esfumo todo vestigio de sed de cazador.

El Cementerio de los Indios era un lugar prohibido para todos en la aldea. Habia demasiadas historias de gente que desaparecia de sus casas, y que era encontrada anos despues, convertidos en una osamenta quebrantada en los alrededores de las chozas abandonadas, pero solo hasta que a los espiritus del bosque se les antojara; o de mujeres asediadas por una peste de sarna, cuyos vientres se llenaban de un brote sanguinolento que, al cabo de pocas semanas, terminaba por llenarlas de todo tipo de infecciones de la piel, hasta que no amanecian en las chozas y eran luego encontradas al fondo de un barranco, cerca del lugar de los indios. Incluso hubo quien en alguna ocasion aseguro haber visto a una Cegua Mocuana--o Tzegua Mocuana, como a muchos todavia les gustaba llamarla--que desenterraba a los muertos debajo de las cocinas de las chozas, para extraer una sanguaza amarillenta entre los huesos astillados. Verdaderamente, era un lugar que solo terror y alucinacion inspiraba.

Gerardo Tenorio era un aficionado de la muerte, por asi decirlo. No le importaba si el animal era pequeno o grande, peligroso o inofensivo; el caso era matar, incrustar el punal o la lanza sobre cualquier tejido o cuero, pero matar. Esta vez prefirio ni siquiera pensar en la posibilidad de seguir su empresa. Sentia miedo.

El hombre se sento en una piedra negra frente a la entrada de su choza, y se puso a juguetear con el filo de la lanza, pasandolo por los callos asperos de las palmas, y recordo que sus amigos: el sordo Joaquin Maltes y el carnicero Rodolfo Miranda, no demorarian en pasar por el, y se sintio muy perturbado. En el aire estival se respiraba todavia el vaho de calor que dejaba el sol de Semana Santa; el viento se habia detenido y, tras la cresta crispada del Volcan, el sol dejaba una sombra negra que iba bajando como un lugubre manto sobre el caserio. A lo lejos, Gerardo Tenorio escucho las voces de sus dos companeros de caza, pregonando con jubilo que al otro dia se les iba a reventar la tripa de comer carne, y gritando que solo los hombres flojos se quedaban esperando en casa: que el alimento les bajara del cielo.

Los tres amigos llegaron puntuales a la choza de Tenorio, con una alegria que solo con amigos de toda la vida se puede desarrollar; y sin darle ocasion al otro para cavilaciones de ningun tipo, le mostraron las nuevas lanzas que habian estado fabricando desde la ultima vez que fueron de caceria, pues Miranda habia opinado que necesitaban una hoja de punal mas larga y con menor grosor para una estocada mas certera y mortal. Los tres eran grandes conocedores: tanto de la anatomia como del comportamiento social de los jabalies; sabian que esos animales eran muy sedentarios de dia, pero que de noche se desplazaban en pequenas o grandes piaras, y que en la epoca seca se aglomeraban por decenas, alrededor de barrizales o pantanos para tomar banos con un protocolo casi religioso, los cuales tienen funciones que van desde la regulacion de la temperatura durante el dia, hasta la incitacion sexual durante la epoca de celo. Los hombres conocian bien que los animales son generalmente matriarcales, y que especialmente durante los meses de marzo y abril, epoca durante el cual las hembras estan habilitadas, su perimetro de desplazamiento se vuelve mas reducido, incluso durante la noche. A pesar de su conocimiento en la materia, los hombres sabian que una piara de estos animales enfurecidos era mas peligrosa que cualquier otra manada de animales salvajes y que, aunque los jabalies no pueden mantener una velocidad constante por mucho tiempo, el poder triturador de sus dentaduras era simplemente aterrador. Conocian muchas historias de cazadores que nunca habian regresado a sus casas, y que igual que ocurria con la gente del Cementerio de los Indios, sus huesos habian sido encontrados tiempo despues, pero por accidente, y astillados por los colmillos feroces de las bestias; esparcidos a lo largo de la maleza de la selva.

La tactica de caceria de estos tres hombres consistia mas en un ritual de matanza desenfrenada que en cualquier otra cosa. Se trataba de espiar sigilosamente a una piara, agazapandose detras de los matorrales, o encaramados en algun arbol frondoso en las cercanias del rio, hasta que sus oidos diestros y sus miradas de gatos detectaban a los jabalies. Una vez localizada la piara, Joaquin Maltes y Rodolfo Miranda buscaban la forma de sitiarlos, hasta tenerlos, de alguna forma, rodeados, para dejar que Gerardo Tenorio se les enfrentara cuerpo a cuerpo con su lanza, que ellos mismos fabricaban, incrustandoselas impetuosamente en el pecho. Luego se le unian los otros y, con su descomunal fuerza, dejaban el suelo hecho un barrizal de sangre; entre grunidos moribundos y el gorgoriteo humeante que salia a raudales de los pechos de los animales. Muchas veces comenzaban por herir algun jabato, para provocar la furia de las madres, y de ese modo empezar la matanza que terminaba con al menos tres jabalinas cargadas en el lomo de los caballos, y con algunas otras mal acuchilladas, que huian luego de ver a la piara derrotada por el acero y la barbarie. Solamente, en caso de extremo peligro, echaban mano los hombres a sus revolveres calibre 38, que llevaban casi siempre de adorno, pues se trataba de matarlos a pura lanza, con sus propias manos, de modo que el olor a sangre con barro y almizcle se mezclaran con los bramidos de los animales, y que de ese modo se perpetuara una conducta ya arraigada en lo profundo, en lo verdaderamente primitivo del alma.

Asi era todos los meses desde que los tres cazadores firmaron un pacto para desangrar a la fauna del Volcan. Aquel era el tiempo cuando el Volcan ofrecia una exuberancia de animales silvestres, que iban desde grandes felinos como: el Puma, el Jaguar, el Leon Brenero y el Caucel; o hermosas aves como: las Pavas Crestadas, el Rualdo (cuando todavia no habia perdido la voz) el Pajaro Campana, y el mas solemne de todos: el Quebrantahuesos. Era un tiempo de abundancia vulgar, donde la flora era un mosaico hermosisimo de orquideas, heliconias, helechos, bromelias y marantaceas: infinidad de flores silvestres, en cuyos pistilos posaban sus picos finos los colibries de los mas alucinantes colores y tamanos; y de arboles de madero, cortes, espavel, zapote, lauracea, maria. Pero, los hombres no sabian que la selva se estaba preparando para verlos morir de espanto y locura, condenados por sus propias alucinaciones, en el vertiginoso ciclo que es la maldicion de la naturaleza.

Con las primeras sombras de la noche, los tres hombres partieron hacia la muerte, azorados por el olor inconfundible a caballo sudado y a polvora, por el brillo de la punta de las lanzas, y por la costumbre pura de matar todo lo que respirara y se moviera, incapaces de vislumbrar la tragedia que estaba por desatarse en la bocaza oscura de la jungla. Se hundieron entre las garras alargadas de las sombras de un platanal abandonado, bajo el ambarino de la luna, que se levantaba ya a sus espaldas, llenando el paisaje de un brillo no menos que fantasmagorico. Los tres bordearon la garganta del inmenso rio, que rugia potente y que ensordecia el resoplar de las bestias; y luego bajaron por el Desfiladero del Castillo, pasando por chaparrales espinosos y luego en medio de angosturas de la selva casi virgen. Al llegar al llano, la noche se atesto de un coro de grillos que deposito un horrible augurio en el alma de Tenorio; el bosque se quedo como dormido, lobrego.

Los hombres llevaban ya unas dos horas de haber descendido por el Desfiladero del Castillo, cuando se dieron cuenta de que la selva les habia robado la voz. Eran tal vez las nueve de la noche, y Gerardo Tenorio tuvo el valor de interrumpir el silencio de los tres.

--Hermanos,--balbuceo, con su voz de lija--, este asunto no me esta gustando nada. Siento como que llevamos al Diablo en las espaldas.

Hubo un silencio largo. Ni Maltes ni Miranda pronunciaron palabra. Una parvada de imagenes difusas empezo a acosar la mente de Tenorio. Se sintio mareado, con la vista un tanto nublada, y vio tres rayas amarillas atravesarsele en el camino. Cerro los ojos por un instante, sacudio la cabeza y, al abrir los ojos, se encontro en medio de aguas turbulentas, vadeando contra la corriente de un rio que estrellaba pedregones negros contra el pecho de su caballo; tuvo la impresion de estar sonando, pero las imagenes eran tan vividas que se empezo a confundir. Escucho una orquesta de voces quejumbrosas bajo las lenguas enfurecidas del rio, y cuando bajo los ojos hasta sus piernas, miro que las tenia llenas de heridas escabrosas, y que la crin del caballo se habia transformado en los bucles de una cabellera femenina de la mas divina belleza. La cabellera resbalaba portentosamente hasta la mitad del cuello del caballo, y luego se derritio en una miel brillosa y blanca que se mezclo con los bramidos del rio y de las voces; tendio la mirada hacia atras, rio abajo, y vio como entre la miel y el agua se erigia un enorme arbol, de cuyas raices salian todo tipo de insectos maleficos, armados de aguijones y tenazas, que se incrustaban en su espalda como sanguijuelas hambrientas, que le causaron alucinaciones imposibles de describir, pero que luego se volvian una seda multicolor que desprendia una suave melodia con cuyas tonadas se iba adormilando el espiritu trastornado de Tenorio. Lleno de una paz inexplicable, y luego de lo que le parecieron horas--anos, quiza--de encanto, dentro de ese mundo de musica arcangelica, el hombre miro hacia delante y vio que los pedregones, las lenguas y las voces bajo el agua habian desaparecido para dejar frente a sus ojos un arroyo diafano que se abrio en dos como una puerta magica. Hacia el cabalgo Tenorio y en segundos todo su recuerdo se perdio en una nube azul que le borro toda nocion de tiempo y espacio.

Luego de lo que parecieron anos de sueno, volvio a verse sobre la lobreguez del llano, con sus bestias y sus lanzas, y Maltes y Miranda iban cabalgando en silenciosa marcha hacia el lugar de los jabalies, y se sintio invadido por un delirio vertiginoso. Poco a poco se le fueron borrando las imagenes de la vision que acababa de tener y la mente parecio quedarsele muy adormilada, dejandole solo una mania por mirarse las piernas y las crines de los tres caballos que los cargaban.

Cuando finalmente llegaron al lugar de los jabalies, los tres hombres iban ya con el alma perturbada, como si por primera vez presintieran los alones de la muerte rondarles las espaldas. Apersogaron las bestias en un arbol de guayabo, a varios cientos de metros de una planicie cenagosa, por donde sabian que los jabalies se desplazaban en pequenas piaras, triscando entre grunidos y mordiscos que, en circunstancias distintas, les parecian muy apetecibles. Caminaron sagaces, en lobuzna postura y con el corazon alterado, empunando las lanzas en sus manos y sintiendo un halito mistico en el silencio del bosque. Tenorio miro la posicion de la luna y supo que eran ya pasadas las once de la noche.

Los hombres llevaban ya puestas las linternas de caceria, atadas alrededor de sus cabezas. Llevaban tambien los revolveres fajados al cinto, y tambien punales para degollar las presas una vez acometida la estocada; pero sus corazones daban poderosas campanadas y las sienes estaban a punto de estallarles, del miedo. Siguieron avanzando en medio de los espinos de lavaplatos y matorrales de lengua de vaca, luego entre cortezas desprendidas de arbol de caucho, y luego sobre barrizales de poca profundidad, hasta que se vieron de pronto al borde de un barranco cascajoso. Los hombres tuvieron la pavorosa conciencia de que estaban perdidos, literalmente. Conocian la selva mejor de lo que conocian sus corazones, pero nunca habian visto ese abismo que se precipitaba infinito a sus pies.

--!Estamos jodidos, hombre! Ahora si que nos llevo el Diablo--dijo el sordo Maltes, con la voz y el espiritu apagados.--Esto si que se esta poniendo feo. Hace rato siento que El Malo nos sigue los pasos.

--Yo tambien, hombre,--respondio Tenorio, con las manos sudorosas.--?Por que no nos dejamos de carajadas y regresamos ya mismo? La cosa ya no me esta gustando.

Maltes lo escucho, mas bien, lo miro, con su infalible capacidad de leer los labios, y asintio con la cabeza. Miranda los observo fijamente a los ojos y, a pesar de tener tambien el los nervios desvencijados, se limito a pronunciar un largo silencio, y con ello les dejo saber que no estaba dispuesto a dejarse acobardar por estupideces de la imaginacion. Asi que siguio su camino sobre el borde del barranco, hacia el oeste. Tenorio y Maltes le siguieron el paso, pero tan pronto como habian reanudado el viaje, los hombres tuvieron la impresion de haber estado caminando en circulos, sintiendose todavia mas extraviados. Sintieron un olor fuertisimo y hostigador, como una combinacion de azufre, almizcle y sangre coagulada, y vieron escasamente la silueta de un animal que se perdia en la maleza. Le siguieron a pesar del miedo, motivados por ese instinto frenetico que solo en los cazadores y en los locos puede desarrollarse con tanto ahinco, y que puede vencer la fuerza de cualquier tipo de premonicion. Miraron al animal correr juguetonamente, despacio y como si les invitara a seguirlo. Corrieron tras el, desesperados, y, mientras mas le perseguian, el miedo se fue disipando hasta que fue transformandose en un alocado frenesi. Pero, este frenesi pronto se les volvio a transformar en miedo, al ver que el animal parecia llevarlos hacia algo desconocido y funesto, hasta que se dieron cuenta de que habian estado corriendo tras el por mucho tiempo.

El animal desaparecio. Los hombres se detuvieron frente a un caserio abandonado, respirando a bocanadas, exhaustos y aturdidos, y vieron que estaban en medio de lo que creyeron seria El Cementerio de los Indios. Nunca antes lo habian visto. Alli el paisaje era sencillamente tetrico. Las chozas abandonadas estaban llenas de un moho verduzco, y despedian un olor irreconocible que les lleno las entranas de nauseas. Se escuchaba todo tipo de ruidos salir debajo de la tierra, y el aire se llenaba de un viento frio que les golpeaba la cara como un latigo fantasmal. El suelo estaba poblado de decenas de huesitos quebrados por las mandibulas de alguna poderosa bestia, y los congos aullaban como azuzados por una fuerza malefica, mutilando el poco valor que en algun rincon del alma le quedaba a Tenorio. En medio de la tierra se levanto un revuelo de hojas secas y la noche se volvio mas oscura, pero para desgracia de los hombres, sus miradas se llenaron de una nitidez cromatica que les agudizo la vista y pudieron ver toda clase de espantos que se arrastraban hacia ellos, que se encontraban como maniatados, mas bien inmoviles, mientras una danza satanica, practicada por los espiritus, les rodeaban por la cintura y les besaban en el cuello, luego en los labios, en la espalda ... les manoseaban los testiculos, y se reian a carcajadas de sus caras estupefactas, llenas de un lagrimeo helado. Maltes, que desde hacia muchos anos habia perdido el sentido del oido, pudo en ese momento escuchar los sonidos mas infernales que ningun ser humano pudiere haber imaginado. El bosque se quedo mudo una vez mas.

El primero en darse cuenta de que la hora de su fin habia llegado fue Miranda, cuando, luego de un largo tiempo de alucinacion e inmovilidad sobre la osamenta, sintio la tibiez de la mierda correrle entre las piernas. No tuvo tiempo de sentir verguenza, pues alli mismo lo invadio una terrible convulsion que termino en un vomito, que acabo por ahogarlo, mientras sus companeros lo miraban inmoviles, mareados de asco y espanto, al notar como se ahogaba en su propia babaza, echando coagulos de una sangre negruzca que pronto le dejaron quieto entre el soplar del viento y los bramidos de los congos, que reanudaron la orquesta, hasta que los ultimos estertores fueron desapareciendo, dejando al hombre despedirse para siempre del mundo de los vivos.

Tenorio y Maltes siguieron inmoviles por algun tiempo, aferrados a las lanzas, que estaban banadas de un sudor frio que parecia mas bien un llanto triste. Fue durante ese trance de ilusion, terror y petrificacion, cuando escucharon a la piara que se les aproximaba con avida violencia. Un monzon de adrenalina los desperto del sueno y los puso frente a frente con los animales. Parecieron recobrar el juicio repentinamente, e instantes despues, se vieron luchando con desespero, incrustando las lanzas en los cuerpos de los jabalies, que se abalanzaron contra ellos, en una venganza largamente anhelada. Tenorio y Maltes se encontraban frente al desfiladero de la locura, pero empunaron las lanzas con mas impetu que nunca, impulsados por las mas violentas fuerzas que habitan el primitivismo del ser humano: el instinto de supervivencia y el instinto de matar.

Lucharon como valientes guerreros; primero con sus lanzas, que clavaron diestramente en los cuerpos de los jabalies, luego con sus revolveres 38, y cuando las balas se les acabaron, pelearon con los punales; pero los jabalies eran demasiados. Se habian desatado como una marabunta de colmillos y furia, y empezaron a acercarseles hasta dejarlos rodeados; acorralados entre un paredon encajonado alrededor del Cementerio de los Indios y un rio turbulento que notaron por primera vez cuando, en medio de la desesperacion, intentaron correr por sus vidas. Tenorio pudo ver como un grupo de unos cinco jabatos mascullaban el cuerpo inerte de Miranda, y entre rugidos y locura, supo que el poder de la naturaleza es sencillamente paranormal. Deseo por primera vez, en su vida, haber podido creer en algo, en lo que fuese; quiso despojarse de su soberbia y suplicar por su vida, pero habia nacido para creer en cualquier cosa, menos en las Fuerzas Celestiales. Recordo que de nino quedo huerfano tras la muerte de sus padres en la guerra, y que se habia aislado del mundo civilizado por muchos anos antes de llegar a vivir solo en la aldea, viviendo del bosque y de su invencible capacidad para aguantar hambre; que desde que descubrio el potencial atroz del hombre para engendrar la muerte, sus manos no habian descansado en el afan de matar todo cuanto tuviera movimiento y que no perteneciera al eslabon supremo de los que nacieron humanos; que antes de ser cazador, habia sido carnicero profesional; que tras su estocada habian muerto centenares de vacas, terneros, toros de los mas fieros, cerdos, gallinas: de todo ... Que el impulso de matar no es menor, en ninguna medida, que el impulso de sobrevivir, o que el impulso de sonar o de volverse loco. Supo, finalmente, que la vida es una voragine de suplicios y traumas, donde pocos se salvan de las fauces de la soledad y del miedo, y que quienes por alguna extrana casualidad escapan a esa maldicion, viven condenados al limbo infinito de los que no viven, de los que no son, de los que ignoran los deleites de la locura y del contacto con las fuerzas de lo tetrico y lo paranormal.

Tenorio sintio un extrano jubilo. Entonces penso que era cien veces preferible morir lleno de espanto que morir cuando no se habia vivido nunca. Ese fue su consuelo, y se hizo a la idea de que pronto moriria. Pero no fue asi.

Los jabalies se acercaron lentamente, como conspirando un plan estrictamente sobrenatural. Los rugidos pronto empezaron a parecer los bramidos de mil toros enloquecidos, y la selva seguia aullando como azuzada por la voz del diablo. Los congos brincaban por las ramas de los espaveles, meneandolas con fuerza barbarica y malefica, y los hombres terminaron de perder las esperanzas. Justo en ese momento, Tenorio toco por accidente el tronco de un arbol de guayabo que no habia visto en la claridad de la noche, y lo trepo con una agilidad felina. Llamo a Maltes, quien estaba a punto de desmayarse del terror, casi rodeado por completo por la piara. Pero, Maltes era sordo, y no pudo escuchar el llamado del amigo que, con horrible desesperacion, tuvo que observar el episodio donde decenas de jabalies se disputaban por devorarlo como a un muneco indefenso. Desde lo alto, Tenorio vio a un grupo de jabalies morder el tronco del guayabo, como si quisieran rasgarlo y derribarlo con las puras fauces. Los miro con asombro, llenos todos de una sed de sangre que ni el mismo, en sus mejores tiempos de caceria, hubiere sonado poseer; mascaron y golpearon el tronco, entre bramidos y resoplos, tanto que Tenorio se olvido de su companero y cuando trato de buscarlo con la mirada, no pudo distinguirlo en medio del fango, los aullidos de los congos y los jabalies aglomerados, como una manada de lanzas, colmillos y furia, precipitados todos, enloquecidos, sobre el cuerpo ya inerte de Maltes.

Tenorio sabia que estas bestias eran de una naturaleza simplemente neurotica, pero aquello era mas de lo que hubiere podido imaginar. Incluso sabia que sus parientes cercanos, los cerdos, eran capaces de las mas abominables escenas. Los habia visto comerse docenas de pollos vivos en el patio de las chozas, sabia de una historia cuando un cerdo enorme se habia comido a un nino que dormia en una hamaca, mientras sus padres trabajaban en el campo; sabia incluso de dos cerdos que habian devorado a una anciana enferma en una isla lejana durante un vendaval; y los habia visto pelear como bestias endemoniadas por los desperdicios en sus canoas, agarrandose a dentelladas, sangrandose los hocicos los unos con los otros ... Pero, nada de eso era comparable con el instinto sanguinario de esta piara de los infiernos que tenia a sus pies. Tenorio se sintio exhausto, y el cuerpo se le empezo a aflojar como una armazon de carne cansada y flacida.

Permanecio en el guayabo por largas horas--o al menos eso le parecio. Sintio que un sueno irresistible le recorria el cuerpo. La espalda se le fue durmiendo y los parpados caian como dos ventanas pesadas y llorosas. Se recosto en una horqueta del guayabo, y miro al cielo con los ojos devastados. La luna ya se ocultaba, lugubre y complice, tras las sombras de dos nubarrones oscuros. Los congos habian callado y el rio que por instantes tuvo a sus espaldas mientras la piara le rodeaba, se habia desvanecido como en un soplo de artificio y silencio. Ya no podia escuchar los bramidos de las bestias ni la burla de los congos sobre las altas ramas, y sintio que era hora de dormir eternamente. Se recosto sobre la horqueta, que le parecio el suave lecho donde nunca descanso su cuerpo, y se deslizo por el placentero reino de Morfeo.

En lo que le parecio un ano de sueno, pudo descansar el cuerpo y la mente de una manera que nunca antes habia podido, y en los pocos momentos de lucidez que creyo haber tenido durante el sueno, penso que la muerte es algo deleitable. Vio que es un mundo blanco y sin espantos ni demonios, sin soledad, sin hambre y sin insomnio; que es una hipnosis, apenas poco menos placentera que el sueno recurrente de volar sobre vastos llanos; que es un reino donde miles de fuentes de encanto brotan desde la tierra hinchada de fertilidad; que los volcanes son majestuosos senos de mujer encinta, llenos de una energia bravia que da vida al mundo, que mueve el ciclo voraz e infinito de la vida sobre la tierra. Vio que la tierra es bella, que huele a mujer amorosa, a vientre de ninfa y a aliento de angel enamorado; que tiene manos de rosa y alma de madre guerrera; que es un lugar donde las aves no tienen miedo, donde nada esta maldito, donde los suenos son solamente algo que no existe, pues los suenos son la vida, la misma vida son los suenos. Fue un ano magico, lleno de luz y de una paz que hasta su corazon turbulento pudo disfrutar con un jubilo mas que supremo, y que termino cuando abrio los ojos y se encontro boca abajo, tirado en el suelo, al pie del guayabo, ante un silencio que, aunque total y un tanto desolador, no le provoco mayor incomodidad que el leve dolor que sentia en el pomulo, producto de la caida del guayabo.

En esa posicion permanecio largo rato, cansado todavia, pensando que hacia un ano habia vivido o sonado una tragedia que extranamente ya no le causaba terror. Estaba hechizado por el sueno del que poco a poco iba despertando, y que poco a poco iba olvidando, como quien, inevitablemente, luego de largos anos, olvida--o cree olvidar--el dolor que le ha provocado una tragedia inmensa.

Asi, Tenorio fue recobrando el juicio, olvidando la muerte a la que se habia entregado, pero de cuyo lecho fue desterrado, rechazado, casi escupido, como una progenie despreciada por la maldicion de su propia naturaleza. Aun se hallaba inmovil, aun conservaba la paz--o mas bien el adormecimiento--que en el cuerpo le dejo su intento de muerte, pero la vista empezo a esclarecersele y empezo a sentir un tibio lagrimeo que descendia a chorritos hasta la barbilla. Empezo a caer una llovizna fria que rapidamente se convirtio en aguacero. Eso lo desperto por completo, le devolvio la condenacion de la que tanto creia gozar, y se topo con la realidad que habia olvidado hacia muy poco. Los jabalies se habian marchado, los congos se habian callado y la luna se habia ocultado. Era de noche todavia, pero calculo que el alba estaba a punto de imponerse sobre las sombras de la madrugada. Se puso en pie y busco a Maltes, embargado por una sobriedad no menos aterradora que su propia existencia.

Un carambano de miedo se le atragantaba en el corazon. Se sentia debil, viejo, desgraciado. Miro los jabalies muertos, algunos todavia luchando contra el estertor de la muerte; otros, con el cuerpo tibio, pero el corazon detenido por las estocadas de las lanzas. Pudo verlos claramente, con la primera claridad del alba, que se colaba entre las gotas que se encharcaban sobre el suelo maldito de la selva, y por primera vez en su vida se supo un ser despreciable. Habia tal vez mas de veinte jabalies muertos, que poblaban el suelo de sangre, lodazal y tragedia. Pudo ver el cuerpo de Miranda entre los animales; deforme, mutilado. Camino hacia atras, y trastabillo con algo blando y acuoso bajo sus pies: eran las tripas de Maltes; embarrialadas y arrancadas bestialmente de su cuerpo ahora irreconocible, junto al cual se hallaban varios jabalies muertos y otros tantos: medio muertos.

Gerardo Tenorio se quedo en silencio por unos instantes, y tomando una de las lanzas que desenterro de las cienagas, arranco a correr hacia donde creyo lo llevaria de regreso a su casa. Olvido por completo que habian llegado a caballo y tambien olvido que se encontraba en el Cementerio de los Indios. Corrio desesperado, bramando a toda fuerza, con la luz de la manana que se levantaban por los cerros, al otro lado del Cementerio, y con el cuerpo cargado de anos. Por su mente cruzaban las mas macabras imagenes y se lleno de una esquizofrenia sencillamente impostergable.

En lo que le parecieron solamente minutos, Gerardo estaba casi en los linderos del caserio de donde la tarde anterior habia partido con sus amigos en busca de jabalies. Frente a sus pies se abria una senda ancha y llena de huellas frescas de paquidermos, inevitablemente: jabalies.

Miro el despojo que se enfilaba a ambos lados del camino y aquello le parecio apocaliptico, como si una manada de elefantes hubiera hecho una maraton enloquecida, aplastando todo a su paso, llenando el paisaje de una lobreguez indescriptible. La lluvia seguia cayendo y la manana habia aparecido ya por completo a lo ancho y largo del campo, que galanteaba entre espinos y montes verde-azulados; montana abajo. Pero, Tenorio no pudo apreciarlos; sentia que algo desde lo profundo del ser le martilleaba en el cerebro, y que las sienes estaban a punto de reventarle de los aguijonazos que le llenaban de mas y mas trastorno. Cuando pudo finalmente divisar el pueblo a los pies del Volcan, miro que las chozas de paja habian sido arrasadas por completo. Se detuvo a pocos metros de la aldea y pudo divisar la tragedia con una nitidez abrumadora. Vio cadaveres de hombres, mujeres, gallinas, cerdos, perros, ancianos y ninos; todos mutilados por la furia de la naturaleza. Por doquier sentia el olor a almizcle de jabali, mezclado con el olor a polvora y cienaga que llevaba metido en los pulmones desde que sintio que caminaba en circulos. Se sento en una piedra con el alma hecha un ascua de desgracia y alucinacion. Lloro con amargura por horas, miro la aldea devastada y recordo la noche de delirio que recien habia terminado.

Se quedo inmovil una vez mas, detestando el olor que se desprendia de la aldea y de su memoria. A sus pies tenia todavia la lanza que habia recogido del fango cuando se encontro parado sobre las tripas de Maltes, y la empuno con fuerza. Se puso en pie, y empezo a dar estocadas al aire con la lanza. Bordeo toda la aldea, pasando sobre los cadaveres, clavando la lanza en las entranas de la nada, debil, obsesionado, loco.

Ya era Viernes Santo. La lluvia amaino y el sol empezo a clavar los dientes sobre el caserio desprovisto de vida, pero a pesar del calor y la debilidad, Tenorio se seguia arrastrando como un animal sigiloso por los escombros de la aldea, en la misma pose lobuzna, haciendo los mismos movimientos con la lanza. No seria sino hasta casi medio dia que las fuerzas de su cuerpo lo abandonaron, y se quedo inmovil sobre el cuerpo de alguien quien en vida, calculo, podia haber sido amigo suyo. Alli se quedo el cazador, casi inerte, con el corazon apenas latiendo; deshidratado por el sol, por la noche y por el llanto que no le habia cesado desde que vio su aldea reducida a ruinas.

Despiertese, Don Tenorio, le dijo un hombre joven, vaciandole un guacal de agua fria en la cabeza.--Hace dias que anda como loco con esa lanza en las manos. A ver, deme eso, se esta trastornando, amigo.

Eran mas de trescientos jabalies--, balbuceo Tenorio acariciandose el pomulo, que aun le dolia por la caida del guayabo.--Mas de trescientos jabalies contra solo nosotros tres.

No sea terco, hombre. Aqui no hay jabalies desde que su abuelo y el mio los exterminaron a pura lanza y cuchillo; hace mas de treinta anos.

Gerardo Tenorio se sacudio la cara, sin comprender lo que estaba escuchando, y se precipito por la aldea, que estaba en despojos, tal y como la habia encontrado hacia pocas horas, pero no pudo ver los cadaveres por ninguna parte. Dio vuelta redonda a la aldea, y al pasar frente a una de las chozas, vio a dos hombres macilentos que fumaban desdenosamente. Los hombres le respondieron lo mismo que el hijo de Miranda cuando les conto que habia estado peleando con jabalies la noche anterior. Sintio que los hombres lo miraban con escepticismo y lastima, y vio como todas las chozas estaban llenas de un silencio tristisimo, algunas ocupadas solamente por hombres solos, curvados sobre una hamaca y abandonados al sopor del dia, rumiando alguna nostalgia facilmente adivinable en sus rostros. Tenorio se sintio confundido, todavia estaba adormilado y sintio que habia tenido tantas alucinaciones que era incapaz de saber si las personas con quienes hablaba eran reales o producto del espejismo que desde hacia rato lo estaba matando. Absorto frente a la aldea, viendo a los hombres fumar con monotonia, sintio la palmada de un hombre joven que le pasaba agua para que se lavara la sangre seca del rostro.

--Digame que no estoy loco, hijo mio, hijo de mi difunto amigo Miranda, se lo suplico, digame que es lo que esta pasando--, imploro Tenorio, mientras se secaba la sangre del pomulo.

Aqui no ha pasado nada, amigo--le respondio el hombre--. Aqui no pasa nada desde que las mujeres se tiraron al barranco. Mi padre murio en la guerra, yo casi que ni lo recuerdo. ?No lo recuerda usted, o es que se esta haciendo el loco? Mi padre murio en la guerra y las mujeres se aburrieron de vivir llenas de sarna; se murieron junto a las vacas en el barranco.

Gerardo Tenorio no lo quiso escuchar mas. Le dio la espalda y, desconcertado, se encamino hacia el lugar donde habia partido la tarde anterior. Cruzo frente a las chozas y volvio a mirar a los hombres en sus hamacas. Le parecio tragico que la aldea se encontrase tan silente y poblada solo de unos cuantos viejos amodorrados en las soleras de las chozas, devorando el dia y cobijados por el sol inmisericorde de Semana Santa. Se volvio a sentir viejo y, al pasar frente a un charco que aun quedaba del aguacero de la manana, sintio un deseo uberrimo de beber agua embarrialada, como un legitimo puerco. Se agacho a sorber del charco, y al mirarse en el reflejo vio el rostro mustio y vencido de un viejo poco menos que cadaverico, entristecido, desvencijado. Corrio desesperado en direccion hacia el Cementerio y, justo luego de cruzar el crique, llego al barranco, jadeando del cansancio.

Alli se precipitaba un abismo abrumador, poblado de una osamenta de vacas que murieron boca arriba. Entrecruzados con la osamenta habia huesos de seres humanos, adultos y ninos; todos muertos, a juzgar por la ausencia de mal olor, hacia tanto tiempo, que Tenorio prefirio no atormentarse calculando su antiguedad. Miro hacia el horizonte y descubrio que una parvada de zopilotes lo miraba desde lo alto de los espaveles y, entonces, invadido por uno de los ultimos terrores que le quedaba por vivir, corrio nuevamente hacia la aldea, incrustado en un laberinto de realidades y alucinaciones que le eran ya imposibles de diferenciar. Habia vivido demasiados anos en tan solo un dia. Habia visto todas las alucinaciones que un ser humano puede ver en todos los siglos de miseria de este mundo terrenal y prosaico. Habia sentido los alones de la muerte rondarle las espaldas por anos, en tan solo una noche, la noche mas larga en la milenaria tragedia humana: LA INTERMINABLE NOCHE DE LOS JABALIES. Siguio corriendo a galope hacia la aldea, con la lanza todavia en las manos, y pudo ver centenares de animales degollados, tirados a sus pies, en el callejon todavia cenagoso, y escucho por ultima vez la orquesta de voces que no habian parado de asediarlo, como una horda de fantasmas hambrientos.

Del aire rojizo del poniente surgio una mudez sombria, como un cataclismo de negro augurio, que saco a los aldeanos de su mutismo. Salieron todos, los trece hombres que quedaban en la aldea, desnudos casi, con el sudor todavia bajando a media espalda por el calor que dejo la tarde. Miraron a Tenorio aproximarse a toda carrera hacia el caserio, tambaleandose, casi zigzagueando y dejando un chorrito de sangre en el zacatal seco frente a las chozas. Los hombres le abrieron el paso, estupefactos, y le vieron detenerse frente a la roca donde por largo tiempo estuvo rumiando la tragedia cuando llego a la aldea luego de la noche de los jabalies. Vieron que tenia la lanza metida entre el vientre, y por sus pantalones roidos bajaba la sangre casi negra. Tenorio quiso mantenerse en pie para poder disfrutar de ese mareo celestial que invade al alma justo antes de cruzar el Temible Umbral, y se pregunto por que tarda tanto el hombre en morir, si es la unica verdad de todas las verdades que se proclaman en el mundo. Quiso saber las respuestas a tantas preguntas que en vida se habia formulado, y se topo con que la verdad de todas esas cosas era algo imposible, a lo que ya no podia ni queria aspirar. Le temblaban las piernas, tenia la mirada nublada, y sentia el vientre lleno de una sensacion tan placentera, que le resulto comparable unicamente a la tibiez que experimentaba al poner la mano sobre el cuello gorgoriteante de un jabali recien acuchillado. Tenorio cayo poco a poco sobre sus rodillas y se curvo levemente hacia atras, clavando los ojos en las nubes que avanzaban perezosas hacia el oeste.

Gerardo Tenorio supo que la muerte por fin lo habia alcanzado. Husmeo suavemente con los dedos bajo su vientre, y acaricio la tibiez de la sangre rezumada. Volvio a sentir un ligero mareo, se columpio un poco, y con fuerza barbara empujo la lanza que tenia ya embutida entre las entranas, para asegurarse de que esta vez no estuviera dentro de un sueno, y el acero de la hoja traspaso las visceras, hasta salir como un arpon hambriento sobre su espalda...

En el aire aun silente se escuchaba el Requiem ronco del curre, que se fue quedando mudo cuando las ultimas nubes se fueron tinendo de un rojo negruzco en las lejanias del poniente. El Volcan lanzo un rugido ciclonico y la tierra solto un clamor como de madre acuchillada. Luego de un largo tiempo, los hombres regresaron a sus chozas, mudos todavia, por siempre y para siempre, casi desnudos e indiferentes, llenos de soledad y condenacion, y se quedaron dormidos eternamente en la lobreguez de sus corazones. Un enorme buho pregono la llegada de la oscuridad y la aldea se poblo nuevamente de sombras, pues desde aquella noche la tierra del Volcan habia condenado a los hombres al impostergable destino de morir solos, como terribles bestias tristes y olvidadas.

Henry Sevilla Morales *

* Docente Universidad Estatal a Distancia, Costa Rica.

Correo electronico: al_deron@hotmail.com

Recepcion:. 21/4/2014 Aceptacion: 29/4/2014.
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Author:Sevilla Morales, Henry
Publication:Kanina
Date:Dec 1, 2014
Words:7386
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