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Jorge Edwards o el, arte de la casi novela.

I. El discurso del metodo

Es imposible para un lector latinoamericano empezar a hablar de Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931) sin comenzar haciendolo por Persona non grata (1973), principio historico de su obra, aunque esta, ya para entonces tuviese una prehistoria: la del cuentista educado en el realismo y en su refutacion, la del autor de El peso de la noche (1965), una primera novela cuyas obsesiones, sin duda, seguiran apareciendo a lo largo de su vida de escritor. Y empezar por Persona non grata no solo rinde homenaje a la obviedad de que ese libro hizo justa y polemicamente famoso a Edwards, sino que en este, mas alla de su naturaleza de denuncia del regimen policiaco establecido en La Habana ante la complacencia, la ceguera o la inocencia de casi toda la intelectualidad latinoamericana, esta la poetica de Edwards como novelista.

Persona non grata es un testimonio autobiografico, una pagina de historia, el fragmento de un diario intimo, pero tambien pasa por ser una novela. Algunos de quienes redactan las cuartas de forros o solapas de los libros de Edwards, enumeran Persona non grata junto a las novelas-novelas (ya me explicare al respecto, si puedo) de Edwards publicadas despues, como Los convidados de piedra (1978), El museo de cera (1981), La mujer imaginaria (1985),, El origen del mundo (1996), El sueno de la historia (2000) o El anfitrion (2001). Ello no se debe solo a que el arte de redactar solapas, uno de los mas nobles y dificiles del oficio editorial, haya entrado en decadencia. como todo, sino a un par de cosas mas. Una, a la sobrevivencia novelesca del comunismo en Cuba que torna literario el caso Padilla, del cual Edwards fue testigo y protagonista en el ano de 1971. A ese solapista imaginario, probablemente imberbe e inadvertente, que da por "novela" uno de los libros mas reales que se han escrito entre nosotros, a lo mejor le da igual que la apertura de la Embajada de Chile en Cuba, que hermanaria a las dos formas enfrentadas de hacer el socialismo en America Latina y fue encargada a Edwards por un dubitativo presidente Salvador Allende, haya sido un hecho historico. Quiza le pareceria que fue una oscura fabulacion similar a la cuestionada estancia de Marco Polo en China.

Pero ocurre que a Edwards, desde Persona non grata, le complace esa ambiguedad entre la realidad y la ficcion, disyuntiva afin, pero no igual, a esa "verdad de las mentiras" de la que ha hablado su amigo Mario Vargas Llosa. En una nota a pie de pagina agregada a la edicion de 1982 de Persona non grata, Edwards aclara:
   este no es un ensayo sobre Cuba,
   sino un texto literario, que puede
   inscribirse dentro del genero testimonial
   y autobiografico. Esta mas
   cerca de la novela que de cualquier
   otra cosa, aun cuando no inventa
   nada, en el sentido tradicional de
   la palabra inventar. Solo inventa un
   modo de contar esta experiencia.
   Por eso, cuando Carlos Barral, su
   primer editor, me pidio una frase
   que definiera el libro, le dije "Una
   novela politica sin ficcion". (1)


El principio de la ficcion como principio de verdad que ordena el caos y de la novela como una forma de conocimiento de la realidad que al ejercerse traiciona su naturaleza ficticia aparecera, desde Persona non grata, en casi todos los libros de Edwards, particularmente en dos de los mas recientes, El inutil de la familia (2004) y La muerte de Montaigne (2011). En ambos casos es el propio autor quien impone la duda sobre el genero, dejando a su lector en libertad de dar por novela a la novela: en el primer caso ofreciendo lo que pareceria ser una biografia novelada de su tio Joaquin Edwards Bello, quien asimismo hizo de sus novelas "autorretratos parciales, aparentes biografias", (2) y, en el segundo, escribiendo un ensayo novelesco sobre el inventor del ensayo.

Queriendo honrar esa libertad que en Edwards es mas orden que aventura, he leido sus "casi novelas" junto a sus novelas-novelas, impidiendo que mi ejemplar de Persona non grata, el discurso del que emana su metodo, se alejase de alguna de mis manos y recurriendo, con liberalidad, al iluminador ensayo monografico con el que presenta su antologia de Machado de Assis (MacHado de Assis, 2002), que es otra fuente de lo novelesco, como Adios poeta (1990), sus memorias sobre Pablo Neruda. Son algo mas que un anecdotario, al grado que el Neruda de Edwards es, al menos para mi generacion, el mas novelesco, es decir, el mas real. O mas real, al menos, que el Neruda de Neruda, el de Confieso que be vivido (1973) y su secuela.

La duda sistematica sobre el genero, la hibridez entre la novela y lo que en los Estados Unidos llaman salvaje y comercialmente non fiction, es una caracteristica de nuestra epoca y la ejerce no solo Edwards sino muchos otros autores, al grado que cabe decir que los ensayos que son novelas y las novelas que pasan por ensayos son parte esencial del estilo de nuestra epoca. Dire entonces que Persona non grata fue uno de los libros que inauguraron ese gran estilo nuestro como una manera de ordenar la realidad mediante la ficcion, aparecido poco despues (y por primera vez en lengua espanola) que las novelas de Truman Capote y, sobre todo, las de Norman Mailer, un espiritu cuya afinidad con Edwards daria para una buena disertacion academica.

Me importa mucho subrayar que la forma misma de Persona non grata es una forma moral y no podia ser de otra manera en un hombre como Edwards, que pertenece al partido de Montaigne, el de los hombres sin partido que toman partido. No es que sea facil ser un hombre de honor en el curso de las guerras de religion, como la que enfrento a los protestantes con los catolicos durante la vida asediada de Montaigne y la que dividio al siglo XX entre los totalitarismos de izquierda y derecha. Lo ha sido Edwards, como lo fue Montaigne, y en ambos casos, al valor personal, a la templanza, al ejercicio de la tolerancia, se agrega una dificultad mayor: la de compartir algunos de los supuestos filosoficos que dieron origen a los fanatismos en conflicto. Pese a ello, Montaigne se conservo catolico y Edwards se mantuvo en la izquierda.

De la relectura de Persona non grata me ha confortado muchisimo y sorprendido aun mas la ausencia total, en Edwards, de las concesiones habituales a la retorica de la epoca, con las que muchos de nosotros crecimos y de la cual nos deshicimos, si es que realmente pudimos hacerlo, purgandonos una y otra vez con tonicos amarguisimos y frecuentemente ineficaces. En Persona non grata, en cambio, Castro, los militantes y los dirigentes de la Unidad Popular, el heroico y erratico poeta Heberto Padilla y un sinfin de personajes menores aparecen iluminados (es decir, investigados y esclarecidos) por una patina de verdad superior que limpia de ellos todo lo que sea hojarasca, propaganda, aureola de santidad. Y si se necesitaba de la verdad novelesca para librarse por escrito de la Revolucion cubana y de su mitologia, mas dificil era aun escribir las paginas del epilogo, redactadas en octubre de 1973, sin recurrir tampoco a la retorica de la derrota y del martirio, pues Persona non grata culmina enumerando los primeros de los abominables crimenes de la dictadura de Augusto Pinochet. Verdad novelesca la de Persona non grata cuya posesion no pudo sino atribuir al dominio, desde entonces, del metodo de Montaigne.

II. Piedra, sueno

Los convidados de piedra (1978) y El sueno de la historia (2000) son el par de novelas-novelas de Edwards mas trabajadas y trabajosas. Por novelas-novela, entiendo, simplemente, aquellas en que Edwards renuncia de manera explicita a ejercer (implicitamente, pues el novelista, a riesgo de perturbar su condicion, nunca podria hacerlo) la ambiguedad colindante con el ensayo, el testimonio, la autobiografia imaginaria o la biografia novelada.

No en balde Los convidados de piedra y El sueno de la historia son las novelas en las que Edwards se sintio mas en deuda con la literatura de su generacion, la del Boom y menos libre, quiza, para internarse en la "casi novela", para decirlo con Luis Cardoza y Aragon al titular asi a su libro sobre Miguel Angel Asturias. Por el contrario, en este par de libros, Edwards asume la carga de Sisifo del novelista (y muy particularmente del novelista latinoamericano) que implicaba intentar aquello de la novela total, que Vargas Llosa debatio, a cuenta suya y de Gabriel Garcia Marquez, a principios de los anos setenta. En el caso de Edwards, el golpe del II de septiembre de 1973, me imagino, lo ponia en una situacion particularmente incomoda y ante un reto mayor: intentar y lograr lo imposible: la novela insignia del momento mas dramatico en la historia chilena y fecha nefasta de toda la historia latinoamericana. De inmediato y otra vez, Edwards puso a prueba el metodo de Montaigne, utilizado en esta ocasion con el respaldo de la vieja novela psicologica francesa (y senaladamente de Paul Bourget, maestro no solo de Proust sino de Edwards), y prefirio a lo general (la postulacion de una historiosofia) la investigacion en las vidas individuales de aquellos convocados a ser convidados de piedra, la condicion que nos es reservada a casi todos los individuos ante la historia, excepcion hecha, en Edwards, de un Heberto Padilla que aparece episodicamente, como lo harian los heroes de la antiguedad, vehiculo de una tragedia o de Neruda, a su manera un Virgilio, pero nada menos.

Ningun personaje podia monopolizar la verdad de lo ocurrido despues del 11 de septiembre y, por ello, Los convidados de piedra es una novela coral que debio de decepcionar a quienes esperaban de todo aquello ver nacer a un heroe positivo o encontrarse con la denuncia del mal absoluto. Por ello, el tiranuelo del que Edwards habria podido enamorarse (recordando la celebre frase de Monterroso respecto a los dictadores de los que suelen o solian enamorarse nuestros novelistas) es una caricatura, el marques, protagonista, si asi puede decirse, de El museo de cera. (3)

Edwards ofrece vidas pequenas si se las ve desde la enormidad del "sueno de la historia", como los amigos reunidos en Los convidados de piedra, burgueses ejerciendo la defensa de su clase, como se diria entonces, o pequenoburgueses traicionandola, como tambien se decia; todos ellos resultan superados por sus tiempos, esclavizados --uso otra figura comun a aquella cultura politica-- por la dialectica. Son victimas de un equivoco como el padecido por Edwards en Persona non grata. Equivocos que solo multiplicandose endiabladamente se convierten, alla lejos, en historia.

A Edwards, argumentalmente, solo le quedaba entonces, en Los convidados de piedra, recurrir a la explicacion suprema, la de Freud, aquella a la que nos entregamos todos aquellos horrorizados por la historia e impotentes ante su violencia, y saco a relucir un "deseo de muerte" que en Chile habria quedado incrustado en la conciencia colectiva de la clase dominante (parte de la cual se convirtio en aprendiz de brujo y aposto contra si misma a traves de la Unidad Popular) desde la guerra civil del ano 1891, en medio de la cual se suicido Balmaceda. Esta explicacion genetica, la latencia que acaba por dejar de serla y explota, es muy latinoamericana y, en ese sentido, la busqueda de una clave mitica de 1973 en el pasado es similar a la violacion de la india por el conquistador en El laberinto de la soledad (1950), de Octavio Paz o, veinte anos antes, en Radiografia de la pampa (1933), de Ezequiel Martinez Estrada, a la presentacion de la violencia argentina como una marca de fuego que se extiende, sin cesar, tras la batalla de los conquistadores-forajidos contra el vacio parapeto, expresion del suyo propio. Para mi, Los convidados de piedra, novela-novela de Edwards, es la mas ensayistica, la mas cercana a esa forma tan latinoamericana de ensayar que es la busqueda, es preciso decirlo, "del origen del mundo": la matriz, la vagina, la vulva primordial de la que procedemos.

El sueno de la historia es una novela tan escrita (y bien escrita) como Los convidados de piedra, pero he de confesar, usando a Edwards contra Edwards, que en el prefiero a quien sigue "el ritmo de la memoria [que] suele ser mas acelerado que el de la escritura", segun confiesa en La muerte de Montaigne. Es decir, me gusta mas el Edwards que parece escribir anotando, rapidamente, a lo Stendhal y a lo Rachmaninoff en sus Etudes tableaux, y no aquel que se esfuerza en las grandes arquitecturas, como la de El sueno ?le la historia, donde recurre, didacticamente, a la historia que se escribe a si misma en dos planos, el Chile de la Ilustracion erigido por su principal arquitecto colonial y sometido al soplo milenarista del padre Lacunza junto a un presente, el de los ultimos anos de la dictadura, a la hora del plebiscito de 1988.

Esa forma proliferante de la imaginacion historica, transhistorica, que tiene su origen en el pliegue manuscrito con que termina y recomienza Cien anos de soledad y alcanza gran magnitud en Terra nostra (l975), de Carlos Fuentes, encuentra uno de sus colofones churriguerescos en El sueno de la historia, sueno del que Edwards despierta gracias al humor erotico. Mas que la canonica Manuelita Fernandez de Rebolledo (de ardientes locas de la casa esta llena nuestra literatura) prefiero al sufrido narrador/historiador en pleito eterno con su exesposa, genero este ultimo apenas entrevisto por Balzac y abundantisimo en los dos siglos que todos aqui hemos vivido, en fin, asunto que tiene en Edwards a uno de sus cronistas privilegiados. Me gusta el historiador decepcionado y a la vez gratificado ante el hijo que tuerce el camino de su educacion sentimental y renuncia al destino militante, forjado con el mismo teson con el que antes se formaba al profesionista liberal, para irse a Brasil llamado por algun negocio turbio, como lo hiciera antes que el Joaquin Edwards Bello.

III. El pie en el lienzo

Edwards es, como segun el lo fue Machado de Assis, un "narrador incisivo. bromista, culto, muy poco frecuente" (4) en la literatura iberica e iberoamericana de entonces y de ahora, y ello, esas caracteristicas, brillan mas en las novelas cortas, en El museo de cera, en El origen del mundo, en El anfitrion. La critica es cosa de preferir y yo prefiero estas ultimas tres novelas a sus hermanas mayores en extension y en complejidad. Esquematico yo mismo, encuentro mejor dibujado al Chile intemporal de la Reaccion y de la Tradicion, de la revolucion y de la contrarrevolucion en El museo de cera, un juguete valleinclanesco perfectisimo, que a traves de los soliloquios y de las convenciones humanas, demasiado humanas, registradas en Los convidados de piedra. Me encantan situaciones supraesperpenticas como la del Marques de Villa Rica enfrentado a las poetisas modernas, en un trazo que quiza disfruto Roberto Bolano, homenajeado en las ultimas paginas de La otra casa (2006), coleccion de los ensayos de Edwards sobre escritores chilenos. Antes que el realismo meditabundo, comprometido, de La mujer imaginaria (1985), prefiero ese otro juguete faustico que es El anfitrion, drama de un Fausto criollo sometido a los ritos de pasaje de la clandestinidad y despresurizado por esa maquina del tiempo que es el exilio.

La felicidad lograda en El museo de cera y El origen del mundo se deben, me parece, a la capacidad de Edwards para reproducir, fijandola, una obra de arte en tanto que misterio supremo, que en el, como en el caso de las casi novelas o ensayos novelados, implica la fatalidad de la mimesis. Asi como el Marques de Villa Rica ordena a un escultor reproducir en cera la escena entera en que sorprende a su esposa adultera con el profesor de piano, en El origen del mundo es una foto la que inspirada en el cuadro de Courbet le habria tomado el finado Felipe Diaz a la mujer del doctor Patricio Llanes, quien, subitamente enfermo de celos, considera la posibilidad de que esta sea uno de los modelos amatorios de un donjuan, para quien, como al amigo de Stendhal citado por Edwards, una vez que la ha poseido, toda mujer le es, instantaneamente, indiferente. Este motivo ya estaba desarrollado en algunos de los cuentos de Edwards reunidos en Fantasmas de carne y hueso (1993).

En ambos casos, no esta en juego la vida, sino su ordenamiento y simplificacion gracias al arte. Figuras de cera, fotografias pornotopicas, memorias literarias, esas son las segundas instancias a las cuales esta condenada la creacion y ese escepticismo insufla el arte narrativo de Edwards. Estamos condenados, como los pintores Poussin y Porbus en La obra maestra desconocida (1832), de Balzac, a ver solo, del caos de la creacion que el viejo Frenhofer quiso registrar, el pie desnudo sobre la tela. En la naturaleza no existe la linea y es al artista, en este caso al de la novela, al que le corresponde fijar, disenar, dibujar.

El origen del mundo es la novela-novela de Edwards que muestra, bajo la dura forma del diamante, el concentrado de su mundo, empezando por la pasion morbosa de dos o tres generaciones por la Revolucion rusa y por el comunismo internacional que la siguio, escuelas del caracter que, como la Compania de Jesus, jamas abandonan a quienes pasaron por ellas, sea cual sea el derrotero politico tomado finalmente. A dio le sigue el escenario y la dolencia, la parisitis o el parisianismo de Edwards (creyente en aquella maxima de un poeta estadounidense que dice que cuando se ha vivido una vez en Paris ya no se puede volver a vivir feliz en ninguna otra parte, incluido Paris). Viene despues, el exilio como comedia, a traves del comedido doctor Llanes y de Felipe Diaz al descubrir "la virulenta novedad del anticomunismo". pero tambien gracias al atorrante y chilenisimo matrimonio Morgado, que a tantas buenas parejas del exilio me recuerda. Tambien es El origen del mundo un capitulo de esa "filosofia del matrimonio" tan brillantemente expuesta a lo largo de numerosos momentos de la obro de Edwards, al grado de que en esta trama es Silvia, la esposa, sospechosa no solo de amar sino de haber sido amada por Felipe Diaz, la que decide usar la ficcion para ordenar el caos. De la religion comunista a la religion del whisky, Felipe Diaz es, tambien, como Joaquin Edwards Bello, un suicida. Y todo suicida, para Edwards, es un suicida de la Belle Epoque: la linea de cocaina dejada frente a la biblioteca de la Pleiade.

IV. El partido de Montaigne

La obra de Edwards tambien podria ser leida imponiendole la cronologia que se desprende de los distintos tiempos de Chile a los que se refiere, de tal forma que El sueno de la historia seria el siglo XVIII. El inutil de la familia un largo puente que va del XIX al XX pasando por el modernismo y La casa de Dostoievsky (2008). un relato puente entre la vanguardia historica de los anos treinta, el grupo Mandragora hasta, otra vez, el case Padilla, que seria para Jorge Edwards lo que el hundimiento ya centenario del Titanic fue para Edwards Bello.

La dictadura de Pinochet y su desenlace (el atentado de 1986 y el plebiscito rebotando contra el caido Muro de Berlin) puede ser seguida casi cronologicamente a traves de Los convidados de piedra, La mujer imaginaria, El sueno de la historia y El anfitrion. Y La casa de Dostoievsky, que tiene por heroe y antiheroe a Enrique Lihn, un poeta de la generacion de Edwards, nos lleva de nueva cuenta a Persona non grata, historia que corre paralela a la de Neruda contada en Adios poeta y que terminaria, por ahora, en la impersonalidad atemporal, por moral, de La muerte de Montaigne.

El inutil de la familia significa un retorno al Edwards anterior a Persona non grata y una parte, solo una parte (la del alcoholismo y la ludopatia) del personaje del tio Joaquin que ya habia desarrollado (de manera formidable y sin cobertura biografico-literaria) en El peso de la noche, esa primera novela de Edwards reescrita, no se en que medida, en 2000. Pero si el personaje ya existia, en esencia, El inutil de la familia juega a ser una biografia novelada y logra ser, gracias a los dos Edwards, al material riquisimo proporcionado por el tic escritor y a la ejecucion mesurada de sobrino, tambien novelista, uno de 1os, mejores libros que he leido sobre el destino de nuestros viejos modernistas a lo largo del siglo XX: d'annunzios criollos y paulmorands latinoamericanos obligados a aclarar, en Paris, que ser chileno (o mexicano, da igual) no era una enfermedad sino una nacionalidad.

Edwards Bello (1887-1968), retrospectivamente, explica muchas cosas de Jorge Edwards: no solo el cosmopolitismo y la incurable sensacion de aislamiento (la "islenidad" chilena) sino el temple del cronista, del retratista, autobiografo de si mismo. Hube de interrumpir, por cierto, El inutil de la familia para holgar felizmente a lo largo de los tomos de las Cronicas reunidas, de Edwards Bello, que la Universidad Diego Portales ha venido publicando. Ello no quiere decir, empero, que El inutil de la familia no sufra de cierta hinchazon: la abundante informacion que Edwards logro reunir de su tio, personaje poco conocido fuera de Chile, a ratos maltrata la novelizacion cabal del personaje, dejando el libro durante algunos capitulos en biografia a secas, situacion remediada por la escena final: el encuentro de Jorge Edwards con el hijo de su tio, empenado en venderle, al final, no solo los papeles viejos del novelista sino la pistola con que se mato.

Volvemos asi, tras darle la vuelta al siglo chileno y al siglo a secas, al metodo de Montaigne. De Persona non grata a La muerte de Montaigne, a traves de novelas-novelas, falsas novelas, casi novelas, nivolas, ensayos novelados y biografias noveladas, Edwards, fascinado ante la vida que no puede sino repetirse, simplificada, como obra de arte, ha logrado ser un hombre sin partido que toma partido. Un guelfo entre los gibelinos y un gibelino entre los guelfos, podria agregarse. Su metodo, el de Montaigne, desarrollado por primera vez en Persona non grata, ha guiado toda la obra de Edwards a partir de las siguientes lineas cuya investigacion he tratado de compartir: la ficcion permite descubrir la naturaleza moral de los hechos y es la ficcion, en el caso privilegiado de Edwards, lo que le permitio vivir, como Montaigne, en una epoca de fanatismos sin incurrir en el fanatismo. Ello se debe no solo a ciertas virtudes politicas, intelectuales, civiles, sino a la creencia, alimentada en Montaigne y en sus ensayos, de que solo la duda sistematica, la duda militante, nos acerca a la verdad. Y la verdad, para Jorge Edwards, ha sido verdad novelesca, obra de quien ha dedicado su vida a ensayar con la novela. Gracias a el confirmo algo que yo solo sospechaba vagamente: no ha habido manera de ser mas fiel a Montaigne, en el siglo XXI, que escribiendo novelas.

(1) Jorge Edwards, Persona non grata, Barcelona, Tusquets, 1990, p. 338.

(2) J. Edwards, El inutil de la familia, Madrid, Alfaguara, 2004, p. 101.

(3) Por esperpentica, El museo de cera comparte el aire de familia con El secuestro del general (1973), del ecuatoriano Demetrio Aguilera-Malta (1909-198I), al cual Edwards parece hacerle un guino en El anfitrion.

(4) J. Edwards, Machado de Assis, Barcelona, Omega, 2002, p. 45.
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Author:Dominguez Michael, Christopher
Publication:Letras Libres
Date:Jun 1, 2012
Words:4239
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