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Hospital childbirth: a rite of passage to motherhood/El nacimiento hospitalario e intervencionista: un rito de paso hacia la maternidad.

Introduccion

El parto es el umbral que lleva a la maternidad y como tal puede ser entendido como un rito de paso, en el sentido clasico descrito por Van Gennep (1). Se trata, sobre todo en el caso de las mujeres primiparas, de una metamorfosis que lleva a las mujeres desde el antiguo estado de gestante hasta el nuevo estatus de madre, y que esta mediada por el transito a traves de las tres fases que configuran los ritos de paso (2): la fase de separacion, en la que la embarazada es apartada de la configuracion social, la de margen, en la que se produce su trasformacion en madre, y la de agregacion, en la que es reintegrada de nuevo en sociedad.

Estamos ante una perspectiva analitica, la concepcion del parto hospitalario e intervencionista como un rito de paso, que tiene precedentes en trabajos como los de Pizzini (1981 y 1989) o Montes (2007), en los que se presentan las diferentes escenas de adaptacion al proceso medicalizador en los servicios de paritorio (3) en clave de representacion simbolica (Arnau et al., 2012). No se trata, pues, de un tema baladi, sobre todo desde que la evidencia cientifica ha puesto en entredicho la supuesta practicidad clinica de este abordaje del parto (4), y maxime cuando desde diferentes organismos oficiales y sociedades cientificas se ha abogado por un enfoque del parto menos medicalizado (5). Se trata de una autentica cosmovision del nacimiento que ha sido bautizada con el nombre de <<paradigma tecnocratico>>, y que convive con otras perspectivas mas <<humanistas>> u <<holistas>> (Davis-Floyd, 2001), como el parto hospitalario humanizado o el parto domiciliario (Blazquez, 2009) inspiradas en filosofias asistenciales naturistas y posmodernas (Tejero-Lainez, 2013). Estamos, en definitiva, ante una <<cultura del nacimiento>> medicalizada que en paises con acceso a tecnologia sanitaria es la modalidad de parto mas comun, mayoritaria y legitimada (Martin, 1987; Montes, 2007), de un abordaje clinico caracterizado por atributos como el intervencionismo, la institucionalizacion, la fragmentacion del cuidado, la tecnologizacion o el monopolio medico (Hernandez, 2011; Stoller, 1974). En este sentido, hay que hacer notar que los resultados que aqui se plasman se circunscriben exclusivamente a este patron cultural de asistencia hospitalario y medicalizado, no haciendose, pues, extensivos a otros abordajes todavia minoritarios, que segun la evidencia gozan de una mayor aceptacion materna como el citado parto domiciliario o el hospitalario humanizado (Martinez-Galiano y Delgado Rodriguez, 2013). Entendemos que la novedad del articulo se encuentra en la minuciosidad de detalles etnograficos que avalan la representacion de este ritual intervencionista como un autentico rito de paso, y en el hecho de que se rompe, en cierta medida, con la tradicion por la que <<la mayoria de las etnografias en relacion al proceso reproductivo han sido realizadas exclusivamente por mujeres>> (Blazquez, 2005: 3).

Metodologia

Los datos del estudio han sido recabados a traves de dos fuentes de informacion, el analisis documental de la prolifica literatura cientifica sobre el tema--fundamentalmente publicaciones y articulos de divulgacion cientifica especializados en los campos de la antropologia de la medicina y la obstetricia--y el trabajo de campo centrado en la observacion participante. Observacion que el investigador principal realizo en el periodo comprendido entre el 1 de Octubre del ano 2008 y el 30 de Septiembre de 2009, acumulando un total de ochocientas sesenta y cuatro horas de observacion. Esta fue encubierta, una vez conseguidas las autorizaciones pertinentes, integrandose el investigador como parte del equipo asistencial, a la vez que se buscaba la maxima implicacion y la perspectiva critica en los escenarios de analisis (Taylor y Bogdan, 1987). Los sujetos de estudio fueron las madres, los padres y los diferentes profesionales sanitarios --obstetras, matronas, auxiliares y celadores--, tomando como marco fisico de referencia un hospital de corte intervencionista del sur de Espana (6). El centro fue elegido por representar un ejemplo paradigmatico de medicalizacion, realidad reflejada tanto por su itinerario asistencial, caracterizado por el ferreo control e intervencionismo, como por sus altos estandares de cesareas (31%), inducciones (25%) y episiotomias (50%) (7). El foco de atencion se centro en la descripcion etnografica de los diferentes rituales de corte medicalizado desplegados en sus plantas de paritorio y maternidad, tomando como base para el analisis la literatura cientifica y las propias reflexiones del observador. El estudio presenta ciertas limitaciones, y en este sentido los resultados no pretenden ser categoricos, ni extrapolables a todos los partos hospitalarios, sino exclusivamente a aquellos que acontecen bajo abordajes intervencionistas y medicalizados, perspectivas clinicas que, como se ha comentado, siguen siendo mayoritarias en contextos con acceso a la tecnologia sanitaria. Tambien cabe destacar que las relaciones durante la investigacion nunca son totalmente neutras ni simetricas, sino que responden indefectiblemente a los posicionamientos de los implicados en la investigacion, entre ellos los del propio investigador (Romani, 1992). En este sentido, hay que apuntar que el analisis se hizo desde un posicionamiento teorico posmodernoreflexivo (8) que, desde la perspectiva de genero (9), pretendia debatir sobre los discursos hegemonicos biomedicos caracteristicos de la modernidad y su implicacion en las representaciones y vivencias maternales. Pese a las limitaciones, creemos que el estudio ha recogido con suficientes garantias los rituales clinicos mas caracteristicos de este patron asistencial del parto hospitalario e intervencionista.

Descripcion y analisis etnografico

Hablar del parto hospitalario e intervencionista es hablar de una <<ceremonia quirurgica>> (Menendez, 1990), de un enfoque protocolizado en el seno del cual se justifican las variopintas praxis que conforman el patron asistencial que a continuacion se expone. Ser iniciada desde esta <<cultura del nacimiento>> (10) intervencionista implica la aceptacion y sumision de una serie de rituales, que incluyen la presencia de sangre purificadora, el dolor, el sometimiento a estigmas, como la cicatriz de la episiotomia, (Montes, 1999), o la tolerancia a <<toda clase de restricciones y prohibiciones especiales referentes al alimento, la ropa y el movimiento en general>> (Leach, 1993: 108). Implica, en definitiva, la aceptacion de una realidad que parece ir mas alla de dar a luz para situarse en la esfera biopolitica, en la orbita de una especie de eugenesia que garantice la reproduccion social (Foucault, 1990) (11), e incluso, en ocasiones, la construccion de la propia identidad nacional (Doberne, 2014). Se trata, pues, de una autentica iniciacion que en el caso de este texto se ha presentado en una estructura tripartita, desplegando un epigrafe por cada fase del ritual: separacion, margen y agregacion.

1.1. Fase de separacion

La separacion de la configuracion social se vehiculiza a traves de la despersonalizacion y purificacion de las gestantes. El objetivo es su conversion paulatina en <<pacientes>>, con el fin de incluirlas dentro de un circuito asistencial estandar en el que la aceptacion y acatamiento a los procedimientos e intervenciones sea la actitud consustancial. Se consigue asi una <<uniformizacion>> de la atencion (Esteban, 2001), de manera que el conocimiento de los expertos se pueda aplicar a cada una como si del mismo cuerpo se tratara; estamos ante una perdida de la individualidad de la asistencia (Fuentes, 2001), ante la presuncion de que todas las mujeres son fisiologicamente iguales. La rueda del engranaje esconde una frivola pretension, el hecho de que las mujeres ya <<no existan en su condicion de sujeto>> (Goffman, 1992: 337), sino simplemente como objetos de la practica sanitaria sobre los que los oficiantes hacen su trabajo durante el parto (Montes y Bodoque, 2003).

La conversion comienza cuando la madre cruza el primer umbral, la puerta del servicio de urgencias; desde ese mismo momento empieza el proceso de despersonalizacion y purificacion que la llevara a adquirir su nuevo estatus de <<paciente-parturienta>>. La matriz inicial de este proceso es su separacion de los familiares; asi, mientras ella se adentra en el <<espacio institucional de los otros>>, los familiares deben permanecer en el espacio de los profanos, la sala de espera de urgencias. Una vez en el servicio de urgencias, y tras un interrogatorio dirigido unicamente a la obtencion del motivo de consulta, sera acompanada por personal auxiliar a un box donde tiene lugar su primera despersonalizacion liturgica. Mientras tanto los familiares deberan suministrar los datos administrativos que permitan su identificacion. En el box se le entrega un camison blanco estandar, simbolo de uniformizacion, cuya apertura inferior tiene la mision de facilitar la injerencia de las exploraciones intimas. El personal auxiliar le indica que debe despojarse de todas sus pertenencias, lo que incluye cualquier elemento identificador de su rol anterior: fuera pulseras, collares, anillos, pendientes, e incluso sostenes. Objetos que seran entregados a posteriori a los familiares, cuando se les autorice la entrada en los espacios hieraticos. Se trata de una alienacion conceptual por la que <<el personal maneja mejor a la "paciente" cuando mayor es su grado de despojo>> (Goffman, 1992: 87), ya que ello asegura la desposesion de todo aquello que constituia su <<yo>> identitario. La iniciada solo portara dos objetos: la cartilla maternal, donde se recogen los datos biometricos correspondientes a su embarazo, y un documento de identidad, que acredita el derecho a la prestacion sanitaria. Se prepara asi el contexto adecuado para la instauracion de un tipo de relacion tecnica, para el establecimiento de una <<interaccion rapida>> centrada en la biologia y esterilizada de los componentes emocionales (Blazquez, 2009: 221).

Cuando la mujer esta preparada, se avisa a un celador que la trasporta en silla de ruedas hacia el servicio de paritorio, donde se producira su etiquetado definitivo como <<paciente>>. El proceso de despersonalizacion y purificacion se completa tras el paso por el segundo umbral que da acceso al lugar mas sagrado de la liturgia, el paritorio. Una vez alli, la gestante es llevada a la sala de dilatacion, donde personal auxiliar verifica que ha experimentado el proceso de despersonalizacion que la capacita para formar parte del ritual. La transformacion continua, despojandole de su prenda mas intima, las braguitas, y antes de ocupar su lugar fisico en la liturgia--la cama--debera someterse a un proceso de purificacion. Este se consuma pidiendole que utilice el aseo, e incluso administrandole un enema de limpieza rectal, en cuyo caso no podra ocupar su <<sitio>> hasta que haya utilizado varias veces el bano. Se observa en estos ceremoniales purificadores la persistencia de cierta ideologia inconsciente, por la que la mujer ha sido considerada como impura en virtud de sus fluidos corporales propios de la menstruacion y el parto (Bruit, 2000). Durante todo el proceso, la iniciada transitara unicamente con unas calzas y el camison eslogan del hospital, mientras lucha por evitar la desnudez en un intento por mantener su dignidad.

Concluida esta primera fase ceremonial, la futura madre se dirige a la cama, escenario clinico del acatamiento, en la que personal auxiliar habra colocado un salvacamas y unas compresas para poner en sus partes intimas, percibidas como fuente de suciedad. La madre se convierte asi en un objeto sobre el que intervenir, sobre el que trabajar, quedando totalmente despersonalizada. En este momento ya ha abandonado la estructura social y forma parte de lo que Victor Turner (1988) denomina <<communitas>>, es decir, de un grupo social al margen de la sociedad y en estado de liminaridad, del que solo forman parte las pacientes-parturientas que se encuentran en su mismo estado. El hecho se constata al observar los sentimientos de solidaridad espontanea que se dan entre las distintas parturientas que comparten el mismo espacio ritual. Llegados a este punto, la mujer ya ha asumido su nuevo rol, ello supone la separacion de su existencia normal para volverse <<temporalmente una persona anormal, existente en un tiempo anormal>> (Leach, 1993: 107). Queda preparada, pues, para entrar en la siguiente fase del rito de paso: la fase de margen.

1.2. Fase de margen

Tras los procesos de despersonalizacion y purificacion, propios de la separacion liturgica, y el etiquetado diagnostico como paciente-parturienta, comienzan los rituales que concluiran con la transformacion en madre. Una vez que la <<paciente>> ha sido ubicada en su lugar dentro del ritual, el lecho transmutador, se despliegan toda una serie de praxis cuyo objetivo va mas alla de la reproduccion, para situarse en la produccion del objeto final: el bebe. La organizacion de la asistencia se asemeja a una <<cadena de produccion>>, en la que la iniciada es sometida a toda una serie de intervenciones mientras circula, llevada por el personal, por los diferentes espacios rituales. El trabajo es disenado de forma taylorista, de manera que la organizacion cientifica de las tareas responde al calculo y ajuste de los tiempos que permiten obtener el mejor producto, a los mejores costes y con los maximos beneficios de elaboracion. Ello queda patente al observar el curso de la atencion, en la que se asignan unos periodos estandar para cada una de las fases biomedicas del proceso. Toda variacion respecto a estos tiempos es tomada como un indicador de riesgo, lo que justifica una mayor intervencion sanitaria que ajuste el proceso a la duracion <<normal>>. Estamos ante la transformacion del parto en un proceso productivo como cualquier otro, aunque en este caso se trabaje en el nacimiento de bebes.

El ritual transfigurador comienza con las tareas de registro y control, de manera que los expertos realizan la historia clinica de la madre y el nino, a la vez que abren el partograma. Se asegura asi el registro del proceso y su adecuacion a las perspectivas y plazos establecidos, convirtiendose las gestantes, desde ese momento, en objeto de estrecha vigilancia. Una vez concluidas las tareas administrativas, los profesionales se dirigen a la gestante para hacerle saber su nuevo rol de parturienta. La comunicacion con ella siempre esta marcada por su situacion de <<paciente>>, y es dirigida hacia las esferas de control de los especialistas: los datos biologicos. En funcion de estos codigos, se le comunica el grado de dilatacion, poniendola al corriente de las posibilidades e intervenciones a las que se la va a someter, eso si, siempre convocandola, convenciendola de que es lo mejor para ella, con el fin de que acepte su rol y cumpla las pautas establecidas. Las expresiones emotivas son reconducidas normalmente hacia los datos biometricos, estableciendose una relacion entre los sanitarios y los datos clinicos que invisibiliza a las protagonistas, y economiza el encuentro asistencial (Castel, 1986). Las madres solo son tocadas para la realizacion de tecnicas, o para dirigir su movilidad, instaurandose un contacto fisico, un tacto exclusivamente diagnostico o manipulativo-restrictivo (12). Se produce asi una relacion con <<apariencia de comunicacion>> (Uribe, 1996: 293) caracterizada por la <<pasividad, obediencia y sometimiento al sistema>> (Menendez, 1990: 108). Desde la perspectiva del observador externo, da la impresion de que los expertos estan mas preocupados por cumplir los objetivos asistenciales que por el tipo de atencion que prestan. En este momento, se indaga sobre la posibilidad del uso de la analgesia epidural, y, en el caso de que la mujer muestre su interes, se le entrega un consentimiento informado donde se exponen los posibles riesgos en un lenguaje tecnico y dificil de entender. Se realiza tambien una puncion, con el objetivo de extraer sangre para su estudio biometrico, dejando a su vez una via de acceso a la circulacion sanguinea que facilitara el proceso medicalizador tipico de esta <<etno-obstetricia>>. La paciente es sometida, de esta manera, a las primeras <<senales fisicas que dejaran marcas>> (Montes, 1999: 856).

Tras este primer encuentro, comienzan las restricciones propias del rito de paso. Prohibiciones que afectan a aspectos como la movilidad, de manera que la madre rara vez abandonara la cama salvo para continuar, y con autorizacion, el rito purificador de visita al bano, o en cuanto al alimento, no permitiendole ingerir ni solidos ni liquidos; eso si, siempre bajo el discurso del riesgo ante una posible cesarea. Llama la atencion como, a pesar de que algunas mujeres equiparan este tipo de asistencia con la produccion industrial alienada, la mayoria aceptan su nuevo rol de <<paciente>> como parte de las normas hospitalarias admitidas socialmente, y que han interiorizado desde la asuncion de la definicion medica del parto (Michaelson, 1988). Estamos ante una resignacion al proceso medicalizador, que denota la construccion de esta <<cultura del nacimiento>> desde el saber de los expertos, por lo que no puede ser negada mientras estos la avalen (Taussing, 1995).

A partir de ahora, la gestante permanecera en cama conectada a un monitor que registra las contracciones y la actividad cardiaca del feto. El registro cardiotocografico, junto con las exploraciones vaginales, son el principal referente sobre la evolucion del parto, por lo que en adelante no sera imprescindible dirigirse a ella; la biometria ya dicta la realidad que se esta produciendo. De esta manera, la atencion se centra en el utero de la madre, contenedor del feto; el resultado es que la iniciada desaparece en cierta medida como persona (Martin, 1887). En su nuevo rol de <<paciente>> se ha convertido, <<en un utero-maquina que debe sacar su producto: la criatura, pero, la desconfianza en el cuerpo hace emerger la duda de si podra realizar este trabajo, con lo que se conecta a otra maquina que controle el proceso>> (Montes, 2007: 233). Parece que estas praxis estan impregnadas de una filosofia poshumanista que <<pretende desligarse de los cauces de realizacion que ofrece la propia naturaleza, [haciendo] tanteos sobre sus posibilidades de mejora>> (Ferrer, 2007: 156-157). Se persigue asi una superacion de la naturaleza humana a traves de la exaltacion de la tecnologia (Ballesteros, 2007). El objetivo es <<eliminar la fragilidad fisica y hacer sustituible el cuerpo anticuado, ya que [las madres] han identificado su naturaleza humana con la inseguridad y la vulnerabilidad, por [lo que] la rechazan y no quieren identificarse con ella>> (Viola, 2007: 56). Desde esta ficcion persiguen, a traves del uso de la tecnologia, la potenciacion de su cuerpo para curarlo definitivamente de sus debilidades constitutivas (Saraceni, 2007). A partir de este momento, los expertos entraran y saldran de las dilataciones centrando su atencion, casi exclusivamente, en el registro de los monitores, en la biometria, produciendose asi <<la seductora confusion, entre lo que es medido, [ciertos rasgos fisiologicos], y [las mismas madres]>> (Saraceni, 2005: 88). Se trata de un proceso propiciado por la concepcion de las <<pacientes>> <<bajo el signo de la tecnica>> (Fernandez, 2007: 88) que corre el riesgo de considerarlas como un objeto que les niegue su dignidad de ser, que les niegue su dignidad humana (Habermas, 2002).

Una vez subyugados los territorios fisiologicos a los artefactos, comienzan los rituales de apremio que dictan la injerencia anatomica como cauce de realizacion. El objetivo es acortar los tiempos de produccion, por lo que se procede a administrar uterotonicos, como la oxitocina, o a romper artificialmente las membranas amnioticas, con el consiguiente aumento de las contracciones y el dolor (O'Dowd y Philipp, 1994). Se generan, asi, nuevos riesgos que hay que vigilar, traduciendose todo ello en una mayor inmovilidad de las madres y en la asuncion de un <<locus de control externo>> que perturba el ritmo natural de las contracciones. En este escenario intervencionista, el dolor pierde rapidamente su sentido purificador para convertirse en sufrimiento, situacion que lleva inexorablemente al uso de la analgesia epidural. El padecimiento inducido transfigura los sentidos maternos, que encuentran en la verbalizacion del malestar su via de escape, situacion mal llevada por los profesionales (Le Breton, 1999) que, en una huida hacia adelante, sugieren la epidural como balsamo redentor. Pero la administracion de la epidural lleva a nuevos riesgos, peligros que se intentan evitar, a su vez, aumentando el numero de intervenciones. Se procede, de esta manera, a administrar liquidos intravenosos, para prevenir la posible hipotension, a consumar la segunda marca del rito de paso, la puncion del cateter epidural, o a realizar un control continuo de las constantes vitales, para garantizar la estabilidad hemodinamica. Se cae asi en una <<cascada de intervenciones>> que eleva progresivamente los riesgos (Garcia, Diaz y Acosta, 2013; Inch, 1982), y que encuentra su modus vivendi en la simbolizacion del parto en clave patologica (Juan, 1991); simbolismos que, como se ha dicho, comparten la mayoria de las gestantes al interiorizar las representaciones biomedicas del mismo. En definitiva, se convierte la normalidad en problema, se abre el camino a la actividad controladora de los sanitarios (Foucault, 1990; Menendez, 1984) que convierte a las madres en dependientes del saber de los expertos (Esteban, 1992), en sujetos maleables que sacrifican sus decisiones y opiniones en favor de un supuesto beneficio del bebe (Murray, 2012).

Llegados a este punto, nos encontramos con una <<paciente>> que ha perdido las riendas de su propio trance, con una <<doliente>> cuya unica salida es dejarse arrastrar por la corriente intervencionista en espera de la <<tierra prometida>>. Asi, los cuerpos se escenifican postrados en sus camas en decubito supino, como medida preventiva para que los elixires analgesicos se administren de forma simetrica, mostrandose los atributos organicos insensibles y torpes tras los rituales de domesticacion biologica. Los artilugios mecanicos invaden los espacios anatomicos, en aras de una mayor seguridad, estableciendose una relacion sincretica con toda clase de aparatos tecnologicos como el monitor de registro cardiotocografico, cuyo objetivo es certificar el bienestar fetal y la idoneidad de las contracciones, el esfigmomanometro, que controla la tension arterial, el pulsioximetro, que mide la saturacion de oxigeno, o las bombas de perfusion, que marcan el ritmo de las contracciones, administrando, a su vez, el analgesico a dosis regulares. Se han perdido los puntos de referencia de la propia biologia materna, hasta el punto de que no obedecen ni los automatismos corporales mas basicos, lo que lleva a nuevas injerencias como el sondado vesical intermitente. Poco a poco, casi sin darse cuenta, las iniciadas han sido sometidas a una tecnologia que <<se interpone e interrumpe el flujo de las interacciones>> (Marchesini, 2002: 245) naturales. Se produce asi una <<encarnacion tecnologica>> por la que la sensibilidad deja <<de ser percepcion sensible inmediata, para volverse en una abstraccion solo legible instrumentalmente>> (Duden, 1996: 95). Los delirios de la modernidad muestran la importancia que ha cobrado el manejo de la tecnologia (Oakley, 1984), al darse por sentado que la verdadera patologia materna solo se revela a traves de los hallazgos fisicos dictados por la biometria (Good, 2003). Se trata del parto <<biolitico>>13, de la simbiosis entre las mujeres y las maquinas, asociacion que en ultima instancia se decanta del lado de los artilugios, ya que son estos los que dictan la <<realidad>>. Se corre asi el riesgo de que las madres pierdan su estatus de <<fin objetivo, esto es, de seres cuya existencia es, en si misma un fin, y un fin tal que en su lugar no puede ponerse ningun otro fin para el cual debieran servir como medio>> (Kant, 1992: 64), aunque el fin sea en este caso el nacimiento de sus hijos.

A partir de este momento el rol pasivo y sumiso, tipico de las representaciones de esta <<cultura del nacimiento>>, viene ademas determinado por las limitaciones fisicas de los <<cuerpos gestantes>>, que carecen ahora de la sensibilidad y fuerza necesaria. Se ha llegado a una calle sin salida, a un estatus de pasividad, impuesto por toda una serie de impedimentos organicos, que dirige, sin remision, a los escenarios de la invalidez. Asi, la madre, dependiente del registro del monitor para percibir la propia cadencia de las contracciones, y carente de la fuerza que le permita deambular o pujar con el impetu necesario, pierde definitivamente su condicion de sujeto, y como tal es tratada. Su postracion e insensibilidad corporal facilitara el intervencionismo y control del parto (Freidson, 1978), permaneciendo en la sala de dilatacion mientras que no se determine lo contrario. En este espacio de tiempo, los expertos y el personal auxiliar, entran y salen del area ritual sin permiso ni identificacion; el contexto en el que se hallan, y su vestimenta, es la unica acreditacion como sanitarios, y el garante de que se encuentran en su <<espacio institucional>>. Todos tienen derecho a revisar su historia clinica, sin consultar ni dirigirse a ella, y a explorar sus espacios intimos para conocer la dilatacion cervical, practica que se lleva a cabo con frecuencia, y a veces en condiciones de nula intimidad y por distintos profesionales a la vez. Los tecnicos hablan entre ellos, en su jerga jeroglifica, dirigiendose a la madre unicamente para ponerla al corriente de su grado de dilatacion, o para decirle que <<todo va bien>>. Si da muestras de contrariedad o de dolor, como consecuencia de las contracciones o de las exploraciones, se le indica, unas veces con amabilidad y otras con autoridad, que se controle, no admitiendose normalmente el dolor causado. Toda intervencion es justificada bajo el discurso del riesgo, y se presenta como necesaria para su seguridad y la del feto, dependiendo a veces la mayor o menor aceleracion del proceso de aspectos ajenos a la clinica como la carga de trabajo o el momento del dia.

Estamos en el preambulo del nacimiento, instante que es aprovechado para autorizar la presencia de un acompanante, normalmente el padre. Su transito desde los territorios profanos--la sala de familiares del servicio de urgencias o la planta de maternidad--hasta el lugar sagrado de la liturgia--el paritorio--se realiza acompanado por un celador, quedando asi claro que se introduce en el espacio clinico de los profesionales, Shangri-La desde el que se dictan las normas. Una vez alli, el celador comunica su presencia al personal auxiliar, quien, tras recogerlo en el umbral de acceso, procede a ponerle una bata, un gorro y unas calzas de color verde acompanandolo a la sala de dilatacion. En ese momento se le indica que debe permanecer junto a la cama del familiar, su rol se limitara al acompanamiento y apoyo emocional, dependiendo su grado de aceptacion de que se porte <<bien>>, es decir, de que asuma la definicion del parto de los expertos, lo que implica acatar sin rechistar las intervenciones desde su <<lugar>>. Cuando el acompanante demuestra demasiada autonomia, ya sea en sus manifestaciones verbales o en su movilidad, el personal auxiliar le recuerda su papel. Queda asi sometido a una paralisis ritual justificada por los oficiantes por la necesidad de preservar la intimidad de otras pacientes, intimidad que, paradojicamente, no es respetada por ellos en lo que parece un claro signo de autoridad. A ello se suma que en el momento de las exploraciones se le invita a abandonar la sala de dilatacion, para trasladarse a un pasillo cerca de la entrada del paritorio, praxis que lo situa como un elemento externo, discordante y fiscalizador. Se trata de una representacion en clave de molesto observador que puede cuestionar el orden que mantiene la representacion liturgica como un trance de riesgo que debe ser controlado (Goffman, 1992). De una situacion contradictoria en la que los oficiantes transitan libremente, entablando conversaciones banales, mientras las pacientes y sus acompanantes quedan restringidos a un habitaculo fiscalizado y carente de intimidad. Se garantiza, de esta manera, la reproduccion del modelo de asistencia de los profesionales, creandose una escenificacion mistica que es vivida como evidente (Bourdieu, 1988).

Si en algun momento el registro del monitor, o el ph fetal, determina que hay riesgo, la paciente sera llevada sin el acompanamiento de los familiares al quirofano para realizarle una cesarea, quedando claro que la biometria es la que marca el devenir del asunto. Una vez alli, sera tratada segun el protocolo de una paciente quirurgica mas; ello implica el sometimiento a otra oleada de intervenciones que incluyen el sondaje vesical permanente, la sobrecarga de liquidos intravenosos, el bloqueo motor raquianestesico, y la postracion en la mesa de operaciones. Creado el habitat adecuado, se le extraera quirurgicamente el feto, para despues ser trasladada a la sala de reanimacion, antes de hacer, otra vez, acto de presencia en el paritorio.

Si por el contrario no se produce ninguna alteracion biometrica, se continuara con el itinerario liturgico normal. Asi, cuando los profesionales determinen, tras exploraciones y pujos repetidos, que el feto puede nacer, sera trasladada a la sala de partos. Es un momento de gran excitacion en el que se intensifica la actividad intervencionista hasta su punto mas algido. El espacio ceremonial se inunda entonces de actividad, ruido, luces y oficiantes, que, independientemente de su funcion ritual, llenan el lugar donde transcurrira el nacimiento. Mientras tanto, la <<paciente>> es colocada en el potro con la ayuda de un celador, ya que la incapacidad provocada por la epidural le impide hacerlo por si misma. La posicion elegida es la ginecologica o de litotomia, lo que implica su ubicacion en una situacion casi vertical con las piernas separadas y atadas a perneras. Mientras tanto el oficiante principal realiza todo un ritual de transformacion, consistente en una especie de <<ceremonia quirurgica>> que incluye: el lavado de manos, la puesta de gorro, de mascarilla, de calzas, de bata quirurgica y de guantes, e incluso, a veces, la colocacion de unas gafas para evitar salpicaduras. El hecho de que ni la sala de paritorio ni la vagina sean zonas esteriles, nos habla del simbolismo de este ritual purificador, que parece estar mas relacionado con las nociones historicas de impureza de los fluidos maternos, observadas en multiples culturas (14), que con una necesidad clinica real.

A partir de este momento, los oficiantes fijaran la atencion en la zona de trabajo, los genitales de la paciente, dirigiendose a ella unicamente para incentivar el pujo, o a veces reprender su falta de colaboracion. La madre ubicada en una posicion contranatural, y con la incapacidad fisica propia de la analgesia epidural, que le resta fuerza impidiendole identificar el pujo, asume fielmente su rol pasivo y sumiso, no estando presente en cuanto a sujeto social, <<sino solo como una posesion dejada por alguien>> (Goffman, 1992: 337). Los oficiantes entran y salen libremente del espacio ritual, dejando a veces la puerta de acceso abierta, lo que expone a la parturienta a las miradas indiscretas. El asistente, camuflado tras un vestido ritual, incentiva el pujo, mientras abre camino en la vagina. Si la mujer se queja de dolor, es reconducida a que asuma su responsabilidad en el trance, compromiso que se ha visto seriamente afectado por los rituales analgesicos previos. Ineficacia inducida que lleva, a veces, al personal a culpabilizarla del retraso del nacimiento, convirtiendose, asimismo, en la excusa perfecta que justifica un mayor intervencionismo. La consecuencia final es toda una cascada de injerencias que envisten a los expertos en una especie de heroes al acecho, invisibilizando asi el protagonismo de las madres. De esta manera, muy pocas veces una mujer primipara, a la que se le ha administrado la epidural, terminara su parto sin la realizacion de una episiotomia o la intervencion mecanica de los especialistas. Arbitraje ejercido a traves de la presion sobre el fondo del utero--maniobra de Kristeller--, o mediante el uso de instrumentos como la ventosa, las espatulas o los forceps, o lo que es mas comun, mediante la combinacion de ambos. La decision dependera normalmente de los datos clinicos, pero tambien, a veces, de otros factores como la carga de trabajo o las necesidades docentes (15).

El hormiguero asistencial denota que el nacimiento esta cerca, contrastando la actitud emotiva de la <<paciente>>, y en su caso la pareja, con la intensa actividad clinica del personal. Asi, mientras la madre muestra su afectividad, que en ocasiones es reconducida, los expertos hablan en su jerga tecnica de los aspectos clinicos del proceso, pose autoritaria que escenifica la diferencia entre el <<saber>> y el <<no saber>>. Las nociones productivistas impregnan las praxis, de manera que en muchas ocasiones se lleva a cabo lo que los expertos denominan <<abreviacion del expulsivo>>, y que consiste en una disminucion de los tiempos del nacimiento a traves del pujo dirigido, o de la intervencion mecanica. El objetivo es que el feto salga lo antes posible, de manera que cualquier desviacion en los tiempos es percibida como anormal, realidad que lleva a la <<expropiacion de los saberes y percepciones de las parturientas sobre sus propios ritmos y progresion durante el parto>> (Narotzky, 1995: 60). Estamos ante una actitud paternalista de los profesionales, que se presentan como salvadores del lance en el que la propia atencion hospitalaria ha colocado previamente a las mujeres (Odent, 1999), proyectandose asi una falsa imagen de las mujeres como victimas en si mismas de su naturaleza fisiologica (Burin, 1990). Todo ello perpetua la nocion del parto limitado en el tiempo, cuya ideologia encierra una doble interpretacion: la vision de <<los cuerpos maquinas que deben responder a unos tiempos estandarizados, dando uniformidad a las mujeres, y la del cuerpo caprichoso que puede prolongar inutilmente el parto, poniendo supuestamente en riesgo a la madre y la criatura>> (Montes, 2007: 247).

Una vez que el bebe nace, el asistente corta el cordon umbilical, llevandolo, a veces, a una torre de reanimacion donde, por protocolo, algunos neonatos normales son sometidos a una reanimacion estandar. Tras los rituales de chequeo, se ensena el bebe a la mujer, y en su caso al acompanante, dandoles las felicitaciones, para ser trasladado, a posteriori, a otro espacio liturgico, donde se ubica en una cuna termica en espera de la llegada de la madre. Separacion ritual que denota la tendencia hacia un patron cultural de crianza distante, consecuente con las nociones productivistas y capitalistas de Occidente, que persiguen ciudadanos independientes y productivos (Small, 1999). Se obvian asi las teorias que hablan de los beneficios del <<vinculo madre-hijo>>, <<responsable, en parte, del enamoramiento que garantiza el cuidado durante toda la externo-gestacion>> (Odent, 1990: 60).

El ritual toca a su fin, pero aun quedan los ultimos coletazos liturgicos mediados por el alumbramiento y la reparacion de la episiotomia. La expulsion placentaria se considera un trabajo medico y, como tal, esta sometida a las nociones productivistas y al rigor de los tiempos. Asi, cuando la salida se pospone mas de treinta minutos (MSPS, 2010), se extrae manualmente, desechandose tras su revision, praxis que revela un nihilismo simbolico, frente a los multiples usos y beneficios que se le asignan en otras culturas (16). Tras la expulsion, se procede en caso de haberse realizado a la sutura de la episiotomia, tercera y principal marca visible del rito de paso, cicatriz que tiene un sentido ritual especial, constituyendo <<una ceremonia de iniciacion llevada a cabo sobre el organo sexual femenino por personas con el mandato oficial de traer al mundo bebes>> (Pizzini, 1989: 8). Durante la sutura, el especialista suele entablar conversaciones que cruzan el umbral de lo tecnico, parlamentos que, observados desde la perspectiva <<etic>>, parecen una maniobra de distraccion mientras se cose la episiotomia. En este momento los oficiantes se dispersan y el ambiente ritual se relaja; junto a la paciente solo queda el perito principal y un miembro del personal auxiliar. Terminada la sutura, se procede a la realizacion de un tacto rectal, para verificar la integridad de la mucosa digestiva. Unicamente queda el ultimo rito purificador, consistente en el sondado de la paciente y en la limpieza de la zona pubica, al mismo tiempo que se retiran todos los panos colocados al comienzo de la liturgia. El ceremonial ha terminado, y la madre es devuelta a su cama con la ayuda de un celador, y trasladada a la sala de postparto del paritorio, donde se reencontrara con su bebe. Alli dan comienzo los rituales de agregacion, cuyo objetivo es insertar de nuevo a la iniciada en el seno de la estructura social.

1.3. Fase de agregacion

Igual que ocurria durante la separacion liturgica, en el momento de la agregacion la gestante abandonara paulatinamente el rol de iniciada, que ocupaba en la <<communitas>>, para reintegrarse en la estructura social, transito cimentado en la construccion de toda una serie de representaciones simbolicas.

Asi, concluido el ritual en la sala de partos, y una vez trasladada a la sala de posparto, tendra lugar una primera etapa de aditamento mediada por el reencuentro con los familiares y el establecimiento del vinculo madre-hijo. La reunion con sus seres queridos se producira segun las normas del <<oraculo>> de paritorio, es decir, de uno en uno y tras un ritual purificador que consiste en la colocacion de una bata y unas calzas. Ello supone la recuperacion parcial de sus roles preliminares, aunque se halle todavia en el <<espacio institucional de los otros>>. Lugar trasfigurado, ahora, en <<escenario de la reconciliacion>>, en el que se produce el primer contacto duradero con el bebe, que le es entregado o, lo que es mas comun, depositado en una cuna adyacente. Se completa, de esta manera, la primera fase de agregacion mediada por su rol de <<paciente>>, aunque, eso si, maquillada por la concesion de algunos <<indultos>> institucionales que la liberan en parte de su representacion en clave de cuerpo sobre el que intervenir. Pese a ello, todavia continuan las restricciones de movilidad y alimentacion que, bajo los discursos del riesgo, destierran a la madre a su lecho yacente, por lo menos mientras dure el puerperio precoz. Habitat de la mansedumbre en el que la madre emprende su ofensiva personal por instaurar las primeras rutinas de amamantamiento, a la vez que intenta reconquistar la antigua movilidad preanalgesia de sus territorios anatomicos inferiores. En esta fase ritual se aprecia una drastica disminucion de la asistencia clinica: los profesionales parecen centrarse, desde una clara cosmovision productivista, en las pacientes que aun no han parido, ya que desde interpretaciones de coste-eficacia se prefiere que sea la mujer la que se auto-gestione en el posparto, lo que implica que las demandas referidas a las dificultades en la lactancia son minimizadas, al no ser percibidas como acuciantes.

Una vez cumplidas dos horas, y tras reenviar al familiar a la sala de maternidad, los expertos realizan las ultimas intervenciones cuyo fin es comprobar el sangrado vaginal, la involucion uterina y el estado de las constantes vitales. Injerencias que conllevan, a su vez, nuevas molestias, mediadas, esta vez, por la compresion del utero y, a veces, por el sondaje vesical, rutinas justificadas, como no, por la necesidad de evitar riesgos. Una vez verificada la normalidad, le son retirados los cateteres, tanto venosos como extradurales, dejando al descubierto las tres senales fisicas que dan cuenta de su participacion en el rito de paso: la puncion venosa --en el brazo--, la puncion extradural--en la espalda--, y la cicatriz de la episiotomia--en el pubis--. Marcas rituales que tiene un valor simbolico para las madres, sirviendoles de guia para valorar la dureza del trance iniciatico al que acaban de ser sometidas. Llegados a este punto, se somete a la <<paciente>> al ultimo ritual purificador, consistente en un nuevo lavado genital, devolviendole al bebe, que durante la exploracion habia permanecido en una cuna termica. La liturgia del paritorio ha terminado, por lo que se avisa al celador para que saque a la madre del espacio ritual camino de la planta de maternidad.

La llegada a la planta de maternidad supone el inicio de la segunda etapa de agregacion, lapsus consagrado a tres quehaceres cardinales: la presentacion del bebe al circulo social, la repersonalizacion parcial y la instauracion de las labores de crianza. Se trata de un periodo de transicion, en el que la madre, a pesar de hallarse en un area menos clinica e intervencionista, seguira representando el rol de <<paciente>>, por lo menos mientras este en el hospital, tabernaculo de la tecnociencia. Ello supone el acatamiento de las normas de funcionamiento institucional, la asuncion de las restricciones en cuanto al vestido y la movilidad, y la sumision a las decisiones clinicas dictadas por los expertos.

A su llegada a la maternidad le espera el cortejo de familiares y amigos: es tiempo para lo emocional; por ello, los pasillos se inundan de expresivas felicitaciones, a la vez que la madre blande orgullosa su bebe e intenta ilustrar la experiencia. Situada ahora en un espacio menos restringido, aunque compartido y con poca intimidad, se le permite recibir los primeros regalos que simbolizan su vuelta parcial al circulo social anterior. Se produce, asi, la recuperacion de parte de su identidad preliminar, permitiendole portar objetos personales como relojes, anillos, collares, zapatillas, e incluso batas; a pesar de ello, debera mantener el camison estandar, simbolo de que todavia no ha abandonado el rol de <<paciente>>. Le son levantadas, asimismo, las restricciones alimentarias, por lo que podra ingerir otra vez alimentos y liquidos, salvo en el caso de los partos por cesarea, en el que las prohibiciones duraran veinticuatro horas mas, y tambien parte de su movilidad, permitiendole deambular por su habitacion y por el pasillo de la planta, quedando vetado aun el abandono de la misma.

La dinamica asistencial sigue respondiendo a las nociones productivistas; por ello, las intervenciones se limitan a un chequeo maternoneonatal, y a las visitas medicas rutinarias. Pases que sirven para comprobar la <<normalidad>> y proseguir, en el caso de los partos por cesarea, con el ritual de desinsercion liturgica que incluye la retirada, pasadas veinticuatro horas, de los sueros, cateteres y sondas vesicales. La relacion con los expertos sigue impregnada de autoridad y jerarquia, y, a pesar de hallarnos ahora en un espacio menos clinico, la interaccion asimetrica se mantiene. De ello deviene, entre otras cosas, que los familiares sean expulsados durante los pases de visita, dejando asi bien claro que, mientras permanezcan en el hospital, se encontraran en el <<espacio institucional de los expertos>>. Mientras tanto, las enfermeras dedican tanto tiempo a la realizacion de tareas administrativas, al mantenimiento de las injerencias medicalizadoras, o a otro tipo de actividades al margen de la institucion, que sus cuidados sobre las puerperas normales seran escasos, no yendo mas alla de la toma de constantes, la cura de los estigmas posrituales, o la retirada de los cateteres. Ello induce a un abandono liturgico que condena a las madres a pasar la mayor parte del dia solas, o en compania de un familiar, mientras se afanan en las dos principales actividades de este periodo, su recuperacion, a la que los profesionales no dan demasiada importancia, ya que no representa problemas medicos significativos, y la instauracion de la lactancia materna. Asi, el familiar, normalmente el padre, supone el principal apoyo ante una dinamica asistencial productivista que ha decidido no reinvertir tiempo y dinero en la fase posliminar.

Cuando el protocolo permite el encuentro asistencial, surgen las paradojas profesionales sobre la maternidad, contrasentidos que van desde la sacralizacion de la lactancia materna hasta su desaprension mas absoluta. A ello se une el hecho de que si aparecen problemas, como grietas, falta de leche, o ingurgitacion mamaria, se suele responsabilizar a la madre por no poner al bebe en la posicion correcta, o por no lactar lo suficiente, dando, en todo caso, explicaciones teoricas sobre las praxis adecuadas. De esta manera, las madres, que <<han interiorizado la imagen de la "buena madre" que amamanta a su criatura>>, se encuentran en una situacion ambivalente, en la que por un lado son presionadas por la sociedad, que les dice que amamanten, y por otro sufren el abandono institucional en el momento que mas asesoramiento y ayuda necesitan (Montes, 2007: 316). No es un tema baladi, sino una filosofia prolactancia que se ha implantado con tanta fuerza, que lo que era una eleccion hace unos anos, y hasta una reivindicacion de algunas mujeres, se ha convertido ahora en una obligacion por la que se mide la <<calidad de la madre>>. Estamos ante una falsa analogia por la que el amamantamiento es la conducta sui generis de demostracion de afecto y ternura hacia el bebe (Esteban, 2000).

A todo lo anterior se suman las dificultades propias de la crianza, que no se presenta como un <<conocimiento innato>> (Juan, 1991) sino como un tedioso proceso de aprendizaje que favorece el abandono de la lactancia. Decision congruente con los conflictos del habitat clinico, que, sin embargo, culpabiliza a las madres ante un grupo de profesionales que, desde filosofias naturistas, se han convertido en severos guardianes de la misma. La instauracion de la lactancia artificial, junto con otras praxis, como la ausencia del colecho, o el miedo a atender todas las demandas del bebe, <<no vaya ser que no se acostumbre>>, lleva a muchas mujeres a la adopcion de un patron de crianza distante (17). Se van vertebrando, asi, las lineas directrices del puerperio inmediato, trance mediado por los problemas de la <<maternidad intensiva>> (Hays, 1988) y las molestias propias del ritual intervencionista. Estamos, pues, en un terreno escabroso cuyo transito transfigura en las madres los tres roles puerperales tipicos de este abordaje: el de <<madre dolorosa>>, el de <<madre aprendiz>> y el de <<madre nutricia>>, papeles que reflejan las dificultades por las que atraviesan las mujeres en el posparto (18). Se trata de una especie de noviciado agotador que incluye la practica intensiva con aciertos y errores, que involucra en una experiencia vital sazonada de alegrias, pero tambien de frustraciones y sufrimientos emocionales que, desde la perspectiva biologicista de la atencion hospitalaria (Menendez, 2002), son minusvalorados y considerados como subalternos.

La devolucion definitiva de la <<paciente>> al conglomerado social se produce tras el alta hospitalaria, acontecimiento que tendra lugar trascurridos entre dos--en los partos vaginales--y cuatro--en las cesareas--dias. Antes del alta sera sometida a una ultima exploracion vaginal, cuya justificacion clinica es la comprobacion de la evolucion de la cicatrizacion y de la ausencia de gasas olvidadas. Praxis que, observada desde fuera, no parece tener una finalidad diagnostica, sino mas bien un caracter ritual por el que la mujer debe pasar antes de ser devuelta a la sociedad: <<Entrar en los espacios mas privados del cuerpo, sin la necesidad del consentimiento expreso de su duena, puede ser una prolongacion de la concepcion de la "mujer/objeto" que todavia perdura tras el parto, mientras permanezca en el hospital>> (Montes, 2007: 322). Las intrusiones clinicas han concluido, y, una vez asumidas las recomendaciones, la mujer puede vestirse con sus propias ropas y abandonar el hospital. Asi, tras cruzar el ultimo umbral que da acceso a la calle, recupera definitivamente su estatus preliminar, a la vez que su figura se desdibuja en las postrimerias hospitalarias.

Conclusiones

El parto hospitalario e intervencionista constituye un autentico patron cultural de asistencia, un rito de paso hacia la maternidad vertebrado por las tres fases rituales clasicas: separacion, margen y agregacion. Asi, en primer lugar, se produce una separacion liturgica mediada por los rituales de purificacion y despersonalizacion materna; el objetivo es la conversion de la madre en un objeto estandar de intervencion donde se pueda aplicar sin cortapisas la cascada de intervenciones protocolizada. Las madres entran en el engranaje de ser madres y ello implica su metamorfosis en pacientes-parturientas sobre las que se aplicaran las actividades de rutina que dicta la cadena asistencial de bebes.

Tras la separacion liturgica llega el momento de la conversion en madres, proceso en el que los cuerpos gestantes seran sometidos a la medicalizacion sistematica mientras deambulan por los diferentes espacios rituales. La injerencia anatomica se convierte en norma, mientras los uteros gravidos son expuestos a toda una serie de intervenciones medicalizadoras en aras de obtener el producto--el bebe--en los mejores tiempos segun parametros de coste-eficacia. Las madres yacen en cama mientras toda una serie de aparatos tecnologicos dicta la realidad que esta suce diendo, desaparecen, en cierta medida, tras los bits de silicona mientras esperan que nazcan sus bebes. Se trata de una verdadera eugenesis doctrinal en la que la biometria dicta la realidad, mientras las experiencias subjetivas de las madres pasan al plano de lo anecdotico, de lo metafisico, por lo que deberan ser reconducidas a la realidad dictada desde la tecnociencia.

Una vez que ha nacido el bebe, comienzan los ritos de agregacion, en los que continuan las restricciones, por lo menos mientras permanezcan en el hospital; eso si, ahora se permitira cierta repersonalizacion con el objetivo de recuperar los roles previos en la estructura social. Tras el parto disminuyen las intervenciones drasticamente, ya que desde las nociones productivistas no resulta rentable reinvertir tiempo en problemas que desde las ciencias clinicas se consideran como menores. A las madres les queda el duro trance de su recuperacion fisica, a la vez que presionadas por las filosofias naturalizadoras de la lactancia luchan por dar pecho a sus bebes.

Parece que estamos ante una liturgia medicalizada en la que las definiciones biomedicas de los procesos han calado tan hondo que naturalizan las lagunas asistenciales del proceso ritual, siempre que consiga el objetivo final: una madre y un bebe sin mas lesiones que las ya previstas. Se trata de un patron cultural de asistencia en el que la humanizacion se diluye como un eco del pasado, cayendo en el olvido de una <<hipocresia consensuada>>, que parece dispuesta a sacrificar la dignidad de las pacientes y sus bebes, en favor de la busqueda de un dorado utopico y ficticio, la anulacion total del riesgo. En este sentido, seria razonable que en un futuro se introdujeran elementos de reflexion que apostaran por una mayor humanizacion de los partos institucionalizados, de manera que esta formara parte cardinal de los itinerarios clinicos. Seria razonable aunar las necesidades maternas con los intereses institucionales y burocraticos, que apuestan por el intervencionismo biomedico como medio de control de riesgos, vertebrando, asi, nuevos marcos conceptuales desde los que interpretar el nacimiento. Parece conveniente generar posibilidades donde no las hay, articular nuevas inquietudes y representaciones que hagan a los sistemas sanitarios mas permeables a las necesidades y conflictos de las madres, sin abandonar por ello los beneficios y la seguridad del control biomedico. Para ello parece preciso introducir interacciones clinicas simetricas que contemplen otras necesidades al margen de las biologicas, como las psiquicas o emocionales, introducir relaciones que superen el umbral de lo meramente tecnico, implantandose experiencias significativas para las madres que restauren su identidad preterita perdida durante los rituales medicalizados. Perspectivas que aunque todavia sean minoritarias se empiezan ya a atisbar en los ambientes clinicos, bajo el paraguas de lo que se ha dado en llamar con el sobrenombre de <<estrategias de humanizacion>> del parto institucional.

Jose Manuel Hernandez Garre y Paloma Echevarria Perez

Universidad Catolica de Murcia

Enviado: 25.02.2014

Aceptado: 10.11.2015

DOI: 10.11156/aibr.100306

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(1.) El termino fue acunado por el antropologo frances Arnold Van Gennep (1873-1957), en su libro Los ritos de Paso (1986 [1909]), para hacer referencia a una serie de liturgias sociales destinadas a cambiar de estatus dentro de la estructura social.

(2.) Autoras como Imaz (2010) han apuntado que el parto es interpretado como un autentico rito de paso a traves del cual las mujeres dejan atras su juventud y se integran en la vida adulta mediante la nueva categoria de madres.

(3.) En este sentido, cabe destacar la interesante revision realizada por Blazquez (2005) sobre las diferentes etnografias del parto publicadas a partir de los anos setenta, etnografias cuyo punto de origen podemos situar en los trabajos de Margaret Mead y Niles Newton de 1967.

(4.) Desde finales de los anos ochenta diferentes estudios (Campbell y Macfarlane, 1987; Olsen, 1997; Tew, 1990) han demostrado que el parto hospitalario e intervencionista tiene una mayor morbilidad que el parto domiciliario, siendo las cifras de mortalidad similares.

(5.) Instituciones como la Organizacion Mundial de la Salud (1985, 1996 y 2014) o el Ministerio de Sanidad y Consumo espanol (2007 y 2010b), entre otras, han editado documentos a favor de la desmedicalizacion y humanizacion del parto.

(6.) Por cuestiones de confidencialidad se prefiere mantener el anonimato de dicho centro.

(7.) Las estadisticas reflejan la media aritmetica para cada uno de los parametros en el periodo comprendido entre 2008 y 2013. Hay que hacer tambien notar que estas cifras se encuentran muy por encima de los estandares recomendados por la OMS, que establece un maximo admisible de un 15% de cesareas y un 10% de inducciones y episiotomias (OMS, 1985).

(8.) Posicionamiento representado por autores como Gilles Deleuze, Jean-Francois Lyotard, Michel Foucault o Jacques Derrida, desde el que se cuestionan las verdades absolutas defendidas desde las ideologias modernistas, y se piensa que la certeza no es mas que una verdad relativamente interpretada. Perspectiva desde la que se cuestiona el quehacer de las diferentes instituciones sociales y politicas.

(9.) Movimiento ideologico iniciado por autores como Margaret Mead, Simone de Beavouir o John Money, que reflexiona sobre todas las representaciones culturales y sociales que construyen la identidad masculina y femenina. Se trata de examinar el impacto del sexo en las oportunidades de las personas, sus roles sociales y las interacciones mutuas.

(10.) El termino hace referencia a <<los conocimientos, las costumbres, las creencias, los valores,a las practicas y las experiencias que, [...] los actores [del proceso] manifiestan en la actualidad respecto al nacimiento>> (Montes, 2007: 10).

(11.) En este sentido, es interesante leer las reflexiones de Hernandez Garre y Echevarria (2014) sobre las bases antropologicas que estan detras de esta cultura del nacimiento medicalizada.

(12.) La antropologa britanica Sheila Kitzinger (1997) realiza una clasificacion de las diferentes formas de tacto que se pueden dar en la asistencia a los partos, estableciendo una escala tactil que va desde el tacto de bienestar y apoyo, pasando por el tacto diagnostico o manipulativo, hasta llegar al tacto restrictivo o punitivo.

(13.) El termino es acunado por el periodista y escritor frances Herve Kempf (1998) para referirse a la simbiosis entre el hombre y la maquina, a la equiparacion entre lo vivo y lo mineral que genera una nueva forma de transhumanismo.

(14.) El mito de la impureza relacionado con los flujos menstruales y los fluidos del parto ha sido senalado en numerosas ocasiones desde las clasicas descripciones de James George Frazer en La rama dorada: magia y religion (2011 [1890]). En este sentido, en linea con los principios de la magia simpatetica por contaminacion, en diferentes pueblos se han desarrollado rituales para atenuar el posible efecto contaminador de estos fluidos.

(15.) De la observacion se deduce que a veces se realizan instrumentaciones didacticas, es decir, sin indicacion clinica clara, con el unico fin de que los residentes las practiquen.

(16.) El escritor italomexicano Gutierre Tibon (1905-1999) describio, en su libro La triade prenatal: Cordon, placenta, amnios. Supervivencia de la magia paleolitica (1992), los multiples usos, simbolismos y beneficios que, en diferentes culturas, han rodeado a la placenta, el cordon umbilical y la bolsa amniotica. A estos se les han atribuido diferentes propiedades, tanto fisiologicas como magico-religiosas, formando parte de diferentes rituales, que siguen aun vigentes en algunos grupos mayas de Mexico.

(17.) La antropologa americana Meredith Small (1950-), en su libro Nuestros hijos y nosotros (1999), nos habla de la existencia de dos patrones culturales de crianza antagonicos, el distante y el de apego, marcados por la actitud de los padres en tres parametros: el tipo de alimentacion, la presencia o no de colecho y la respuesta de los padres ante los llantos del bebe. En las sociedades capitalistas, como las occidentales, se han implantado patrones distantes, caracterizados por el uso de la lactancia artificial, la no presencia de colecho y el no auxilio del bebe cada vez que lo solicita.

(18.) La antropologa y comadrona Maria Jesus Montes (2007) nos habla de los tres roles clasicos de las puerperas asistidas desde la perspectiva medicalizada, y que incluyen los papeles de madre dolorosa, nutricia y aprendiz.
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Author:Garre, Jose Manuel Hernandez; Perez, Paloma Echevarria
Publication:Revista de Antropologia Iberoamericana
Date:Sep 1, 2015
Words:10521
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