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Hiroshima, nuestro amor.

Hace unos dias, tres arboles gingko que mi mujer y yo habiamos plantado frente a nuestro hogar en Durham, Carolina del Norte, sufrieron un asalto a mansalva. Cuando sali a defenderlos de un tropel de trabajadores que excavaban hoyos gigantescos justo al lado de las raices de esos arboles para enterrar cables de fibra optica, largos y sinuosos y amarillos como serpientes, me animaba no solo el deseo de salvar a esos hermosos retonos de las depredaciones de la modernidad, sino tambien inspirado por la memoria de la primera vez, 33 anos atras en Hiroshima, que supe de los gingko, la primera vez que tuve la suerte de conocerlos.

--Tiene usted que ver los hibakujumoku, los arboles sobrevivientes--me dijo Akihiro Takahashi, el director del Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, casi comandandomelo imperiosamente al final de una larga conversacion en su oficina-, tiene que ver los gingko.

Me habia estado relatando la historia de su propia supervivencia a la edad de 14 anos, despues de que la bomba atomica cayo sobre su ciudad el 6 de agosto de 1945, gracias a que se encontraba en su escuela, a un kilometro y medio del epicentro. Minuciosamente fue desplegando su experiencia: un centelleo de luz seguido por un estallido ensordecedor que le hizo perder la conciencia, despertando para hallarse, trastornado y cubierto de quemaduras, lanzado contra un muro a 10 metros de distancia. Y lo que habia visto cuando se dirigio hacia un rio cercano para ver si las aguas le apaciguaban la piel calcinada. Una escena apocaliptica: cadaveres esparcidos como rocas, un bebe que lloraba en los brazos de su mama incinerada, hombres atravesados por pedazos de vidrio deambulando por las minas de calles y puentes como fantasmas, con la ropa hecha harapos, el aire ennegrecido e irrespirable, barrios enteros ardiendo, 85 mil hombres, mujeres y ninos muertos instantaneamente, los miles que sucumbieron despues debido a lesiones y radiacion. El cuerpo de Takahashi ostentaba senales de ese crimen de guerra y su persistente desenlace. Una de sus orejas estaba chata y deforme, y sus manos retorcidas y encrespadas, con unas largas y negras que crecian de varios dedos. Una de esas manos gesticulo hacia la ciudad mas alla del Museo donde los gingko, insistio, por medio de un interprete, probarian mejor de lo que el lo pudiera hacer, la perduracion de la esperanza, la necesidad de buscar la paz y la reconciliacion.

Y en efecto, los tres arboles que visite en los templos de Hosen-Ji y Miyojoin-Ji y en los jardines de Shukkeien eran una maravilla, frondosos y magnificos y obstinados. Protegidos por la profundidad de sus raices, germinando nuevos brotes casi inmediatamente despues de la explosion, estos arboles venian a ser expertos en el arte de sobrevivir; una especie, me conto el interprete, que tenia, segun fosiles encontrados en China, 270 millones de anos de antiguedad. Se estimaba que bien podia ser uno de los seres vivos con mas existencia ininterrumpida en el planeta. Y algunos ejemplares llegaban a cumplir mas de 2 mil 500 anos. Y estos, los que miraba yo con reverencia en Hiroshima, habian brotado de verde en medio de cuerpos carbonizados y gritos de humanos agonizantes, mientras caia una lluvia negra.

Y fue asi que, decadas mas tarde, cuando los majestuosos robles que se sembraron hace 70 anos en Durham, comenzaron a morirse y fue necesario derribarlos, nos parecio natural, casi inevitable, reemplazarlos con arboles gingko. Adquirimos dos ejemplares bonitos y los hicimos plantar, a nuestras expensas, en la vereda frente a nuestro hogar, e incluso persuadimos al municipio de que cultivara otro para el vecino. No se trataba tan solo de desafiar a la muerte--estos arboles perdurarian mas alla de los robles, estarian aca cuando nosotros ya no respiraramos, a estos arboles no los derribarian con facilidad-, sino tambien de una decision estetica. Los gingko son elegantes y ductiles, y sus hojas se presentan en delicados lobulos verdes en forma de pequenos abanicos encantadores.

He ido regando todos los dias esos arboles milagrosos y cada madrugada les doy la bienvenida, llegando en algunas ocasiones a hablar con ellos, canturrearles una que otra melodia.

No era extrano, entonces, que cuando presencie una caterva de trabajadores cavando zanjas al lado de los gingko, poniendo sus raices al alcance de los cables mortiferos, me lance al rescate. Ayudado por mi castellano (todos los que laboraban eran de origen hispano, probablemente indocumentados), los convenci con vehemencia de que alejaran sus fosas de los gingko. Enseguida hice lo propio a lo largo de la calle donde otros arboles peligraban.

Por cierto, el destino de estos ejemplares especificos que fueron liberados de ese trance es trivial comparado con las vidas arrasadas por el estallido nuclear, pero hay, sin embargo, un simbolismo mas profundo que emerge de esta embestida del "gigapower" contra los gingko que siguen agraciando nuestro vecindario. Es un conflicto, despues de todo, entre la naturaleza en su forma mas pristina, lenta y sublime, y las exigencias de una sociedad de alta velocidad que, armada de una prodigiosa capacidad tecnologica, se expande en forma supersonica, perforando atropelladamente cualquier espacio o territorio que se encuentre en su camino, con tal de lograr comunicaciones mas rapidas y eficientes e instantaneas. Es una batalla que, como cada dia es mas evidente, la Tierra esta perdiendo.

Lejos de mi oponerme al progreso y el contacto global, y menos todavia ahora en esta epoca en que el chovinismo aislacionista muestra sus garras. Me seduce la idea de que las multiples hebras de la humanidad se entrelacen por medio de cables y fibras opticas que podrian permitimos ensayar la paz y el entendimiento entre diferentes culturas y naciones que Akihiro Takahashi sono en Hiroshima. Pero me perturba la irresponsabilidad con que aceleramos hacia el futuro con nuestra tecnologia arrogante, sin medir las consecuencias de nuestras acciones, cuantos gingko--y no solo aquellos arboles, sino que todos los animales y especies--estan amenazados hoy por nuestros deseos insaciables, nuestra busqueda incesante del desarrollo, nuestra incapacidad de medir la alegria y la felicidad sino a traves del ultimo artefacto y la conexion mas vertiginosa y la primacia del dinero y las ganancias.

Los gingko de Hiroshima, esos tenaces hermanos y hermanas mayores de los tiernos retonos frente a nuestra casa en Carolina del Norte, fueron capaces de resistir las secuelas mas devastadoras de la ciencia y la tecnologia, la division del atomo, un poder destructivo que puede convertir el planeta entero en un cementerio.

Su supervivencia constituyo un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolacion, la esperanza de que tratariamos la vida, como lo han hecho ellos, con reverencia, templando las fuerzas desenfrenadas que pueden llevarnos a todos a la extincion.

Cuan paradojico, cuan triste, cuan estupido seria que, 72 anos despues que Hiroshima abriera las compuertas al posible suicidio de la humanidad, no hayamos comprendido esa advertencia, ese llamado al futuro, lo que las hojas suaves de los gingko todavia tratan de murmuramos.

Ariel Dorfman, el autor de La muerte y la doncella y, mas recientemente, la novela Allegro, vive con su mujer en Estados Unidos y Chile.
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Author:Dorfman, Ariel
Publication:Proceso
Article Type:Columna
Date:Aug 6, 2017
Words:1294
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