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Hidalgo y su ejercito.

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El primer ejercito de Miguel Hidalgo lo formaron sus ocho sirvientes, setenta presos liberados de la carcel de Dolores, su hermano Mariano y centenas de curiosos y arrimados al tumulto lleno de fervor mas religioso que patriotico. Sin embargo, conforme comenzaron a disfrutarse los rapidos beneficios de la venganza contra el tirano europeo, las gavillas crecieron con inusitada rapidez. No tardo aquello en convertirse en una marabunta que se desplazaba al grito de "!Viva la Virgen de Guadalupe, mueran los gachupines!". La vista comenzaba a ser aterradora: "... una chusma de indios y gente del campo, con piedras, con palos, con malas lanzas, sin organizacion de ninguna clase ... La hordas desnudas y hambrientas venian mezcladas con un sinnumero de mujeres cubiertas de harapos ... eran familias enteras ... como si se tratara de las antiguas emigraciones aztecas." (Jose Maria Luis Mora)

Diego Garcia Conde, intendente de Michoacan, cayo prisionero de los insurrectos en una de las primeras trifulcas; por lo mismo se vio obligado a acompanar a las huestes de Hidalgo por un par de meses. En su testimonio al virrey cuenta:

"Segun el desorden en que marchaba siempre y la gran cola que hacia, esta operacion era de muchas horas, pues los indios iban cargando a sus hijos, carneros y cuartos de res, y es de advertir que de los saqueos que hacian, se llevaban las puertas, mesas, sillas y hasta las vigas sobre sus hombros".

Una vez que la muchedumbre insurrecta entro a San Miguel el Grande, el cura Hidalgo les grito desde un balcon: "!Cojan, hijos, que todo es suyo...!".

!Y vaya que se lo tomaron a pecho! Al paso del agitado enjambre los no involucrados, al grito de !Salvese quien pueda!, corrian a sus casas a poner el ropero de la abuela tras la puerta, dejando asi el camino libre y sin oposicion al ejercito "libertador", que en su primera etapa comenzo a apoderarse de ciudades y pueblos sin el menor problema, lo que le hizo creer facilmente que la victoria estaba segura.

La exaltacion del numero y del pillaje, aunado al fervor religioso, eran los motores principales que movian a toda aquella gente. Su modus operandi era el mismo en todas las poblaciones: saqueo impulsivo, arresto y atropellamiento del europeo, confiscacion de bienes, y de ahi un sistematico destrozo de todo lo que no les servia, o pudieran llevar en su marcha. De ahi todos se movian siguiendo coloridas banderas y/o estandartes con la imagen de la Virgen, formando asi una gigantesca y lenta oruga, en tanto pelotones "satelites", denominados companias y dirigidos por un jefe con autonomia plena, avanzaban a sus lados. Las armas de fuego era escasas y las que habia pertenecian a la milicia reglamentada, que marchaba practicamente perdida entre aquella multitud, mientras el grueso del bando estaba armado con un machete, un cuchillo, garrotes, trinches y hasta la vieja resortera matalagartijas, bien valida para el caso. Para cuando tomaron Guanajuato los insurrectos sumaban mas de catorce mil almas; el sentimiento de terror y caos que se vivia se puede percibir en la siguiente carta de Juan Antonio de Riano, intendente de Guanajuato, dirigida a Calleja pidiendole simplemente auxilio:

"Los pueblos se entregan voluntariamente a los insurgentes: hicieronlo ya en Dolores, San Miguel, Celaya, Salamanca e Irapuato: Silao esta pronto a verificarlo. Aqui cunde la seduccion, falto la seguridad, falto la confianza. Yo me he fortificado en el paraje de la ciudad mas idoneo (la Alhondiga de Granaditas), y peleare hasta morir si no me dejan con los 500 hombres que tendre a mi lado. Tengo poca polvora porque no la hay absolutamente, y la caballeria mal montada y armada sin otra cosa que espadas de vidrio, y la infanteria con fusiles remendados; no siento imposible el que estas tropas sean seducidas. Tengo a los insurgentes sobre mi cabeza: los viveres estan impedidos, los correos interceptados. El Sr. Abarca trabaja con toda actividad, y V. S. y el de acuerdo, vuelen a mi socorro porque temo ser atacado de un instante a otro. No soy mas largo porque desde el 17 no descanso ni me desnudo, y hace tres dias que no duermo una hora seguida. (Guanajuato, 26 de septiembre de 1810)."

Calleja no llego al rescate de Riano, quien quedo a su suerte amurallado el 28 de septiembre en la conocida Alhondiga de Granaditas, en un evento que bien podria ser nuestra "pequena toma de la Bastilla". Riano, hombre estimado tanto por realistas como por insurgentes --ademas amigo y protector de Hidalgo--, fue de las primeras victimas que cobro aquel cruento enfrentamiento, cuando un certero disparo le entro por el ojo izquierdo matandolo al instante. La plaza no tardo en caer en manos de los insurgentes, y a continuacion se dio la primera y una de las mas sangrientas matanzas en la historia independista, de la que varios cabecillas insurgentes no estuvieron de acuerdo:

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"(...) la multitud acabo por acobardar a cuantos estaban adentro (de la alhondiga), abrazandose unos de los sacerdotes y otros poniendose de rodillas; pero muy lejos de apiadarse comenzaron a matar a cuantos encontraban, desnudandolos a tirones y echandoles con las hondas lazos al pescuezo y a las partes, y mientras estiraban unos, otros les daban lanzadas acabando en medio de los mas lastimosos clamores (...)" (Hernandez y Davalos)

De esta carniceria Calleja no se olvido. Cuando retomo la ciudad a fines de diciembre, se vengo con gran y encarnizado placer en nombre de los suyos).

Poco a poco el cura de Dolores se fue convirtiendo en un mal imitador de Atila. Uno de los problemas que resulto de este multitudinario desplazamiento fue que al marchar juntos militares de oficio y gavilla, el ejercito se fue convirtiendo poco a poco en horda y no al reves. Esta falta la tuvo Allende, quien siendo militar experimentado no debio permitir que se juntaran las dos facciones:

"(...) su estricto deber era separarse del cura Hidalgo antes que consentir en que su regimiento lo convirtieran en plebe, perdiendo asi la revolucion toda esperanza racional de triunfo. No aparece en la historia huella de que hecho tan funesto haya precedido del cura Hidalgo y si asi hubiera sido, la responsabilidad siempre corresponderia a Allende." (Bulnes)

Para cuando Hidalgo entro en Valladolid el 17 de octubre, la pandilla insurrecta se calculaba en cuarenta mil almas. Ahi los insurgentes tuvieron la suerte de que se les unieran a la causa dos importantes regimientos realistas, convenientemente armados. Hidalgo ingreso triunfante a la catedral de aquella ciudad tan querida por el. Este gesto se vio como una humillacion publica para el cabildo de la ciudad, tomando en cuenta que el jefe insurgente estaba excomulgado y, segun la Iglesia, con un pie en el infierno.

Una vez que Hidalgo hizo sus rezos, pasaron los insurrectos a zarandear los bolsillos clericales, obteniendo de ellos cuatrocientos mil pesos. Pese a que la suerte le sonreia, Hidalgo seguia sin tener un plan o una idea clara de a donde iba todo aquel ardor revolucionario. Sus huestes seguian en aumento, pero asi como se juntaban se desbandaban, y aunque no les podia proporcionar armamento para pelear como Marte manda, el ex cura de Dolores no queria mandarlos a sus pueblos de regreso. Esto costaba mucho dinero a las arcas insurgentes, pero sobre todo significaba muchos alborotos, entre ellos algunos fatidicos, como el que sucedio justamente en Valladolid, pues:

"(...) acostumbrados por su pobreza a una vida abstinente y de alimentos sencillos, se atiborraron en los dias de la ocupacion de todo tipo de golosinas, excediendose en las bebidas embriagantes; tal glotoneria produjo entre ellos enfermedades agudas de las cuales perecieron muchos en pocas horas". (Jose Maria Luis Mora).

Este incidente provoco el fuerte rumor de que las bebidas habian sido envenenadas a proposito: !Traicion!, gritaron a coro. Acto seguido: amotinamiento y descontrol. Los rumores llegaron rapidamente a Guanajuato, donde Allende, temiendo que pasara lo mismo que en Valladolid, trato de convencer a los amotinados de que aquello era un simple chisme, y para demostrarles se bebio un nutrido vaso de la bebida que se suponia envenenada. Infortunadamente nadie le hizo caso y el motin se acrecento de manera peligrosa, hasta el punto de que un artillero entro en panico y comenzo a disparar su pieza hacia la multitud: pocas veces se habia visto volar tantos sombreros a la vez.

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Author:Australia, Gerardo
Publication:Contenido
Date:Sep 1, 2010
Words:1490
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