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El pan nuestro, la mascarada jibara y los jibaros de Ramon Frade y de Miguel Melendez Munoz.

El lienzo original de El pan nuestro de Ramon Frade es de 1905. Hay varias replicas en oleo y en acuarela, pero sobresale, por su fecha emblematica, el oleo de 1936 junto a las reproducciones que se sucedieron entre 1948 y 1950. Casi diriase que el bosquejo y el oleo original, ambos de 1905, ya no importan por su cronologia, y que, en cambio, el jibaro de la generacion del treinta y el jibaro del Partido Popular de las decadas del cuarenta y del cincuenta empanaron el testimonio espontaneo de aquel primer paisaje azul para los platanos del dia; del sesgo de aquella mirada, casi hurana, casi triste, de aquel campesino descalzo en el monte.

Por suerte, el testimonio contemporaneo de otro cayeyano que tambien reconocio al jibaro de esa sierra en 1905--Miguel Melendez Munoz--, nos aclara el paisaje y el marco interpretativo. Toda lo obra literaria, sociologica y testimonial de Melendez Munoz trata del jibaro puertorriqueno que el reconocio tipicamente en el de Cayey. (1) Su resena al cuadro de Frade ese mismo ano marca una afinidad tematica por la que ambos sobresalieron e inaugura un compromiso estetico con aquella realidad campesina que se adelantaba en la alborada del nuevo siglo, camino al olvido, con los pasos del jibaro del cuadro. Recuerdo, a manera de compas para ese transito al olvido, la melodia de Louis Moreau Gottshalk, la Marche des Gibaros, opus 31, de su Souvenir de Porto Rico: los jibaros de camino, hacia el final de la pieza musical, ("Si me dan pasteles ...," dice todavia la letra), dolente y semplice, alejandose hacia un final de pasos sueltos en la partitura y en la musica cuando los jibaros se fueron. (2)

Este desfile de estampas y de testimonios, que nos vienen desde el siglo XVIII, y que ahora resumo con la evocacion de los jibaros de Gottshalk, ha sido parodiado y transformado recientemente en una mascarada jibara: el jibaro de los viejos testimonios disfraza una estampa del lujo campesino con la que, supuestamente, los letrados de los siglos XIX y XX figuraron anoranzas campesinas desde el enclave elitista y racista de la llamada ciudad letrada.

Entre 1905 y 1936 transcurre el llamado segundo ciclo jibaro, cuando elprimer ciclo corresponderia, segun el repaso historico de Pedreira, al del primo Goyo el de Utuao del periodo constitucional de 1820 y al del primo Tanislao, tambien de Utuado, que Manuel Alonso reunio en la decada del 1840 con el Gibaro de Caguas. (3) Por eso, en la elevacion del Monumento al Jibaro que se asoma en el tramo de altura de la ruta 52, entre Cayey y Salinas, tendriamos que extender su relieve a la redonda en el paisaje historico, desde la sierra de Cayey al barrio Cedro de Melendez Munoz, llegando hasta la Cordillera Central en angulo hacia los cerros del barrio de la Cuchilla del Peyo Merce de Abelardo Dias Alfaro, en el norte de la Isla. En la distancia historica tendriamos que reconocerlo a la redonda desde antes: desde los primeros testimonios en el siglo XVI. (4) Los testimonios de la filologia tambien lo avalan en el siglo XVIII, a pesar de toda la neblina interpretativa que se ha subido hasta el monumento de la sierra de Cayey a partir de un ambiguo documento de mascaras y de disfraces de ese siglo. Me refiero a la Relacion veridica de 1747 que Coll y Toste publico en el Boletin historico y que Francisco Scarano ha alzado como el estandarte de una llamada mascarada jibara, sin suficiente evidencia documental que justifique el desfile de interpretaciones que lo suscriben. La mascarada viene desde algunos testimonios del siglo XVIII, pero que, en realidad --anado--: solo se reducen a la magra estrofa de un mote burlesco; apenas unas lineas sobre la "hidalguia montanesa," al estilo cortesano del lienzo de Paret y Alcazar, recogidas en la Relacion veridica. Se trata de la llamada "[N] oticia cierta de las fiestas" correspondiente al mes de mayo de 1747 recogida en la Relacion veridica. Corresponde, ademas, al septimo dia de las celebraciones, caracterizado por las mascaras de diablitos y de vejigantes. Entre otras figuras, como la de Dulcinea y un Gigante, desfilaba un personaje disfrazado ridiculamente de "montanes hidalgo" con la siguiente estrofa colgada a su espalda: "Mi hidalguia nontanesa / oy en aquesta palestra / su afecto mayo demuestra / efectos de su nobleza / y aora diga con presteza / a todo el mundo llamando / [...] / que viva el rey D. Fernando." (Relacion 162-93) Scarano (1416-17) considera, sin citarlo, que este testimonio de burla marcaria el paso de una tendencia que perduraria hasta los siglos XIX y XX. Sin embargo, no veo rastro jibaro alguno en esta referencia. Se sabe que el arquetipo del labrador ridiculo y montanes hidalgo desfilo y se represento durante siglos en la tradicion espanola; antes y despues de Lope de Vega. (5)

En cambio, la Gran Alborada Gibaresca de 1858, aducida con acierto por Scarano en otro reciente estudio (2009: 44-6), exhibe, en efecto, las mascaras del habla jibara en las que se disfrazan alardes patrioticos y monarquicos. (6)

El otro testimonio que se aduce, mas magro todavia, solo remite al Viaje a la isla de Puerto Rico de Pierre Ledru de 1797. (7) Tampoco en este pasaje hay rastro de jibaro alguno, sino que se trata --verbatim-- de: "petimetres disfrazados de mendigos." (Viaje 44-45) Ambos textos carecen, decididamente, de un substrato filologico que avale tanto desfile hermeneutico. En ninguno hay referencia a xibaro o gibaro alguno, cuando esta designacion ya estaba generalizada en la Isla.

Desde que Jose Luis Gonzalez cuestiono la relevancia cultural del Gibaro de Manuel Alonso y del costumbrismo jibarista de la literatura y del folclore puertorriqueno, todo el paisaje de la "altura" de la sierra de Frade y de Melendez Munoz se ha llenado de neblinas.8 Sin embargo, este cuestionamiento inaugural de Jose Luis Gonzalez tendria que calibrarse de relieve con el bello relato de transicion entre la "altura" de montana y la "bajura," Balada de otro tiempo, con el que el tambien reviso la figura periclitada del jibaro, a la que ya antes se habia aproximado en sus Cinco cuentos de sangre, temprano en 1945. (9) Aun asi, no hay piso de barro georgico ni terrazo telurico en Elpais de cuatro pisos: Jose Luis Gonzalez postulo alli que, sobre el terreno afro-antillano en el que se levanta la cultura puertorriquena, ni Alonso ni las elites blancas que han mitificado al jibaro representan la realidad sobre la que se sostienen las expresiones mas tipicas del Pais. A partir de esta interpretacion, el jibaro de la historia y de la literatura se ha convertido en una figuracion racista y elitista de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera del XX; los jibaros de Zeno Gandia son hiponimos del los de Llorens Torres; y en la historiografia mas reciente se desagradece la investigacion historica sobre La actualidad del jibaro de Pedreira y se desconocen las aclaraciones de Melendez Munoz a esa misma iniciativa en la decada del treinta,l[degrees] Sorprende que ni Jose Luis Gonzalez ni sus epigonos remiten a los testimonios de Melendez Munoz de la primera mitad de siglo ni a la obra testimonial de Abelardo Diaz Alfaro entre las decadas del cuarenta y del sesenta. Ambos autores subrayaron como tema en sus obras un substrato sociologico evidente que asento sus pilares descriptivos en el piso de barro del entorno descalzo del campo y no en el batey letrado del Beatus ille.

Temprano en enero de 1930, en el editorial del numero 10 de la revista [ndice, dedicado al Jibaro, ya se advertia:
   Sin mas haberes en su economia domestica que el jornal de 30 a 80
   centavos que paga el patrono durante las epocas de siembra, cultivo
   y recoleccion [...]; sin un giron de tierra propia [...]
   desnutrido, cubierto de andrajos, descalzo el pie, macilento el
   rostro, fatigado el cuerpo prematuramente [...] sintiendo
   desmoronarse la vida en el aislamiento de la montana [...]. (11)


Ni este ni otro testimonio alguno emerge como contrapeso para calibrar el llamado mito del jibaro que Tomas Blanco ya rebatio en la decada del cincuenta, y que Lopez Cantos (2001: 159-201) ha reforzado recientemente con testimonios incontrovertibles. Sin embargo, el desfile de la mascarada jibara los ignora, mientras se le incorpora el revisionismo de la tesis de la llamada ciudad letrada a pesar de que el rol del letrado todavia no ha sido cabalmente demostrado en la historia cultural puertorriquena; particularmente, el solapado rol de los olvidados origenes de la literatura puertorriquena entre las decadas del 1830 y de 1840.12 La ciudad letrada es una hipotesis lucida y facil, pero muy dificil de conciliar en nuestro marco colonial del siglo XIX; particularmente a partir del 1840, cuando se inauguraba la literatura en el Pais. El prologo al El bardo de Guarnani de Alejandro Tapia y Rivera publicado en 1862, y en el que se consignaban las primicias de aquella inauguracion, delatan de entrada cuan desacertado seria este marco interpretativo si se compara con los parametros hispanoamericanos en los que se sostiene aquella hipotesis. De acuerdo con la version puertorriquena de la ciudad letrada, nuestros escritores se confundirian en solidaridad de clase con los hacendados venidos a menos en la primera mitad del siglo XX, quienes, a caballo entre ambos siglos, reunian sus resentimientos y sus nostalgias campesinas en el Partido Union Puertorriquena en 1905, justamente en el ano emblematico de El pan nuestro de Frade.

Para disipar todas estas nubes tendriamos que abrir un debate documentado que todavia --no se por que-- permanece en estado de paralisis y de pasmo; tendriamos que esbozar algun libro; quizas uno parecido a la desconocida obra postuma de Melendez Munoz redactada a partir de 1939 y titulada El jibaro en el siglo XIX: ensayo minimo sobre una realidad maxima, con el que completaba un ensayo corto que ya habia publicado en 1937 --titulado significativamente "La realidad del jibaro"-- en respuesta al que Pedreira habia lanzado sobre el tema en 1935, pero que Melendez Munoz tambien ya venia trazando en una serie de escritos sobre la pobreza campesina en el Almanaque Puertorriquena y en El Puerta Rico Ilustrada a partir de 1915. Esta primera serie culmino en 1916 en el libro premiado: Estado social del campesino puertorriqueno. La otra serie corresponde a los cuentos del barrio Cedro y de la Carretera Central y al desconocido libro postumo de la decada del treinta al que ya me he referido.

Volvemos, entonces, a la cronologia de los cuadros de Frade, entre 1905 y 1936. En su resena al oleo de Frade de 1905 Melendez Munoz escribe:
   Se destaca en el lienzo, en primer termino, un anciano (jibaro)
   llevando en sus manos un racimo de malangos, la comida insipida y
   obligada de los campesinos nativos. Sombrero de paja, de anchas
   alas, cubre la cabeza del jibaro. Completan su indumentaria una
   camiseta, un pantalon de dril amarillo y un machete pequeno. La
   figura toda, de la cabeza a los pies [...] parece avanzar, como si
   fuera estrecho limite para su grandeza pictorica el marco que la
   encierra. (13)


Este jibaro es muy distinto del que pinto Luis Paret y Alcazar en 1776, y que era su autorretrato de exilado en la Isla en la epoca de Carlos III; muy diferente, ademas, del efebo en ropaje jibaro del grabado que Manuel de la Cruz adopto poco despues (1777). En efecto, el cuadro y el grabado exhiben una gracia y una elegancia dieciochesca y cortesana. Si bien todos --tambien Frade-- representan la figura descalza, de primer plano, el sombrero de paja, el mocho o el machete, los platanos y la facha holgada del vestido ..., las imagenes dieciochescas, en cambio, comparten su mentira campesina con el montanes de la Relacion veridica de 1747 en la que se parodiaba su "hidalguia" y su "nobleza" en una celebracion carnavalesca insular de la monarquia de Fernando VI. Lo unico que estos jibaros dieciochescos comparten con los verdaderos es su referencia a la montana (sobre todo el del grabado de Manuel de la Cruz), con la que tambien se corrobora la etimologia indigena de la designacion: [xiba < siba] > [*jibaro < xibaro] para piedra, penon, pena y montana, de donde tambien deriva sibanco, es decir, montanes. A estas se le anaden las toponimias de la loma del fibara en Cuba y la del Cibao de Santo Domingo, ademas de voces antillanas como seboruco (siboruco). La montana es el componente semantico que se registra en todas las descripciones etimologicas y en todos los testimonios; la mayor parte de ellos, justamente, del siglo XVIII. (14)

Los jibaros de la montana puertorriquena fueron una realidad borrado y distinta de la que se reproducia para la corte dieciochesca: en los montes se aislaban mulatos, pardos, blancos, los llamados "palidos de la montana," los cimarrones de todo tipo: indigenas, africanos, polizontes europeos, soldados que se refugiaban en los montes o en la cordillera, emigrantes de todas partes que se internaban en la Isla, hacendados o estancieros desposeidos, agregados, jornaleros de libreta, amortizados, y, finalmente, como advierte Fernando Pico (2003: 100-1) cuando acota su reparo a la hipotesis emica que habian propuesto Jose Luis Gonzalez y Angel Quintero Rivera sobre El pais de cuatro pisos y sobre la cimarroneria: habria que consultar todo el panorama cronologico de censos, de libros parroquiales, de desplazamientos regionales y de emigraciones antes de trazar un perfil variopinto y una etopeya definitiva del campesino puertorriqueno. Esta tendria que cotejarse con las anteriores: Alonso, Brau, del Valle Atiles, Pedreira, Melendez Munoz, Diaz Alfaro, entre tantos, en los que prima el aislamiento de los montes, a veces interrumpido por las costumbres festivas y sus manifestaciones tipicas. Es decir: la historia cuantitativa tendria que calibrarse con otros testimonios. Tendria que demostrarse la proporcion continua de ese aislamiento con los testimonios del legado africano o europeo y su correlacion con las expresiones tradicionales del lenguaje y del folclore de la montana. (15)

Aun asi, e independientemente de su trazo continuo, todos los jibaros de todos los ciclos que desgloso Pedreira (16-32) podrian revestir el ropaje del alarde y de la antonomasia nacional: desde El Gibaro Paciente del Diario economico de 1814 con el que el intendente Alejandro Ramirez encaraba la administracion de los recaudos del Pais, los jibaros del periodo constitucional del 1820 que tambien nos descubrio Pedreira, hasta el Manuel Alonso y Pacheco que se referia a si mismo como El Gibaro de Caguas.

Escribia Pedreira:
   Lo que ayer era un mote despectivo hoy es un titulo, blasonado de
   criolla estirpe, que todos quisieramos tener. Tanto ha ganado en
   gloria y en prestigio que un gobernador norteamericano --Teodoro
   Roosvelt-- se ufanaba llamandose "El Jibaro de la Fortaleza." Los
   que antes lo repudiaban hoy se disfrazan con el y lo exhiben como
   banderin de pretensiones. (22)


No olvidemos que Munoz Rivera era el "Jibaro de Barranquitas" y Llorens Torres el de Coyores. Todavia nos aupamos en el pedestal de la toponimia con el bombo de identidad nacional, y Pedreira y Melendez Munoz fueron los primeros en reconocer estos fiascos y disfraces. Ya escribia Melendez Munoz que "el jibaro se nos fue a Llorens." Por eso y, quizas, con razon, Arcadio Diaz Quinones y sus discipulos han marcado a Llorens y a sus decimas como un paradigma de "reminiscencias edenicas" y de felicidad campesina sin que haya un fundamento historico para tanto ensueno; un "lujo campesino," escribe Otero Garabis; "una construccion artificial, laboriosamente armada por la elite cultural," escribe Anibal Gonzalez, mientras que Noel Luna "asegura que Llorens le imprimio a la idea aristocratizante de superioridad hispanoamericana un cariz criollo y populista." (16)

A todo esto ya escribia Melendez Munoz con un dejo de ironia: "El jibaro se nos fue a Llorens [...]. Se nos fue ... [tambien] por las rutas maritimas, por los caminos del aire, en aviones inseguros y deteriorados ... Ya no existen campos ni pueblos en nuestra Isla: toda ella es una gran ciudad [...]. Ahora el jibaro de la decima de Llorens no "duerme en la hamaca un sueno" --. "El jibaro borinqueno / --continua la decima-- quiere vivir en la sierra / dormir en la hamaca un sueno, / [...] jugarlo todo a su gallo, / robarse la hembra a caballo/," etcetera. Pero anade Melendez Munoz --al comentar la decima-- que el jibaro ahora "la rapta en automovil, que es mas rapido [...]," y concluye que: "Esta semblanza que trazara Llorens de nuestro jibaro, hace anos, solo es valida hoy como lograda etopeya poetica." (2: 730-31)

Me sospecho, por eso, que esta concesion poetica concurriria con la de Nemesio Canales en su momento --es decir, en 1922. Decia entonces a proposito del famoso Blue Book con el que se pretendia fomentar una estampa de propaganda puertorriquena en el extranjero que: "No me siento con fuerza para trazar de un modo romantico y acaramelado la tragica silueta del jibaro." (235) Sin embargo, las colaboraciones de ese volumen, incluida la de Melendez Munoz sobre los censos de 1910 y de 1920, no plantearon idilios criollos ni utopias jibaras, sino datos concretos sobre la realidad laboral y campesina del Pais. (17)

Insisto: el desconocimiento de la nueva critica y de la nueva historia sobre la obra de Melendez Munoz me desconcierta, aun cuando me asomo a los contextos antillanistas en los que estas nuevas perspectivas se montan. A este solo se le reconoce, a veces, como el autor de los Cuentos del Cedro y de los Cuentos de la Carretera Central. Pero se desconoce al autor de los siguientes titulos: "La vivienda campesina," "La tristeza campesina," "Dentro del bohio," "La alimentacion del campesino," "La miseria y el caracter de nuestro pueblo," "Estado social del campesino puertorriqueno," "La realidad del jibaro," publicados entre 1915 y 1937. (18)

Melendez Munoz le dedica Los cuentos del Cedro de 1936 "Al Jibaro." Escribe:
   Lo has perdido todo, tu que tuviste siempre tan poco que perder. La
   tierra se te fue debajo de los pies. Tu vives como las aguilas, en
   nidos inverosimiles, colgantes de las faldas de nuestras montanas
   [...] Y tu nido es ... una fragil imagen poetica, y la realidad lo
   convierte en lo que es: en una infecta madriguera, donde el hambre,
   la miseria y las enfermedades se perpetuan en tu prole como una
   interminable vision de pesadilla. (1:642-3)


La imagen del nido colgando en los montes es recurrente. En su celebre "Carta a Roosvelt," de 1929, le senala al gobernador:
   [Usted es] legatario de un misero y triste caudal de calamidades,
   de desaciertos, de ensayos de colonizacion fracasada [...].
   [M]agnificas carreteras, grandes y suntuosos edificios para las
   escuelas, oficinas, Cortes de Distrito, hospitales y manicomios,
   carceles, alcaldias, (City Hall), etc. etc. [...] para recreo de
   los viajeros que nos visitan [...]. Pero en el interior de nuestra
   isla el labriego nativo vive en chozas, que parecen nidos de
   pajaros y gana 60 centavos diarios para mantener una familia de 8 a
   10 personas. (1:28)


Habia escrito en "La tristeza campesina" de 1916: "Hoy, en las estribaciones de esos montes pelados, o sobre sus mismas cumbres, se alza el bohio del campesino con toda la romantica tristeza de un nido abandonado." (1: 665-6) Tambien hemos visto esos bohios, como nidos, en los lienzos y en los dibujos de Ramon Frade.

Anos despues, en el breve relato titulado "Un dia de campo," incluido en los Cuentos del Cedro de 1936, se desdobla la perspectiva de un amigo letrado de ciudad que idealizaba el campo y que tambien fantaseaba sobre los nidos:
   Las casitas de ustedes, amigo campesino, tejidas con pajas y ramas
   de la selva, como nido de pajarillos cantarines [...] --Jum-- dijo
   el jibaro, como si acabase de escuchar a un loco--, muy bonito,
   pero cuando yueve tenemos que amontonalnos en un rincon del bohio,
   juyendole a las goteras. Y cuando jase buen tiempo, no le juimos a
   las sabandijas, polque son como de la familia. (1:787-8)


Melendez Munoz se referia al jibaro como "el hermano olvidado." (3:157-8) Asi encabezaba un segmento de su respuesta a Pedreira. Este preguntaba la razon de aquella busqueda filologica en la decada del treinta. Escribia:
   ?No obedecera esa insistencia en estudiar al jibaro a la borrosa
   conviccion de que va desapareciendo? [...] Tanto las personas como
   las cosas recobran su mayor valor y encanto cuando tenemos la
   desgracia de perderlas, o la cuestionable seguridad de que las
   vamos a perder. Si acaso es tarde para impedir la fuga, surge
   entonces la evocacion [...] haciendo que viva lo perdido dentro de
   una nueva formula : la poetica. Hay una realidad literaria que
   existe siempre al canto del recuerdo.

   [...] Y el jibaro de Alonso, el de Ramon Mendez Quinones, el que
   paseo su pantalon de dril, panuelo al cuello, por todas las fiestas
   de reyes [...] el que solo caia en las ciudades para las grandes
   solemnidades religiosas, aquel jibaro autentico del siglo XIX
   ?existe ahora? ... De todos modos, hay que tener presente que los
   gruesos canos del jibarismo antiguo estan obliterados." (23-4)


A su vez, Melendez Munoz respondia: "El hermano olvidado comienza a hacerse recordar [...], miramos hacia adentro y contemplamos al hermano olvidado que no se entera de lo que pretendemos conseguir, mas para nosotros que para el." (3: 158) "Que no se entera," dice, y anade que, aun asi, lo reconocemos en nuestro interior, como si su realidad solo se diera como un concepto y, quizas, por eso, "mas para nosotros que para el."

En efecto, quizas siempre lo hemos desconocido a pesar del folclore y de la poesia. Por eso no estoy de acuerdo con Melendez Munoz cuando afirma que: "[L]a realidad del jibaro esta en nosotros mismos [...]. Y en esa realidad todos somos pueblo, y todos somos unidades afines del totum que enraiza en nuestra jibaridad." (3: 161).

Esta proposicion solo tendria validez si se aceptara que la realidad desconocida, la olvidada o la ignorada, es la actualidad y la realidad del jibaro sobre la que escribieron el y Pedreira; la del hermano olvidado, y que ahora lo es mucho mas cuando aquel desconocimiento viene reforzado por los revisionismos sin piso y por la ignorancia de la nueva historiografia. Esta realidad del desconocimiento y del olvido no tiene que ver nada con una entelequia de jibaridad alguna, sino que tambien esto es un invento: su invencion solo cabria en el marco interior de nuestras fantasias y de nuestras nostalgias campesinas.

Como si anticipara esta objecion, Melendez Munoz continuaba: "Ahora bien, desde otro punto de vista que todos coincidimos, debe fijarse, debe acunarse en nuestra literatura la personalidad del jibaro que se va." (3:161) En efecto: la personalidad del jibaro que se desconoce y se olvida, pero que, definitivamente, ya hace tiempo que se fue. Solo queda el jibaro de las decimas de Llorens y los alardes imperecederos de antonomasia y de identidad nacional.

[ILUSTRACION OMITIR]

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Eduardo Forastieri Braschi

Academia Puertorriquena de la Lengua Espanola

Notas

(1) Este arquetipo cayeyano tendria que cotejarse con las referencias demograficas a partir de la movilizacion hacia las "alturas" en la decada del 1830 y con los procesos concomitantes de la peonizacion del jibaro (los desposeidos y los desacomodados) que apunta Pico 2007: 48-50 y 60-66. Esta tendencia tambien tendria que cotejarse con los testimonios que Melendez Munoz destaco en sus ensayos sociologicos sobre este mismo proceso en el campo de Cayey en el siglo XX.

(2) Vease Quintero Rivera 2009: 242-46 para una instalacion de esta pieza musical en el contexto de las tradiciones jibaras en las que, supuestamente, el factor mulato y africano las define en la Isla. Esta interpretacion concurre con la de Jose Luis Gonzalez, a la que me referire mas adelante.

(3) Vease la Introduccion de Forastieri-Braschi a Alonso xl-l.

(4) Lopez Cantos 159-201 documenta a partir del siglo XVI unos valiosos testimonios que trazan un perfil definido de un tipo regional que desde entonces ya era designado como xibarol gibaro. Para otros testimonios del siglo XVIII con esta misma designacion vease la Introduccion de Forastieri-Braschi a Alonso li-lii.

(5) Vease Hendrix, Salomon.

(6) Sobre este mismo testimonio vease, ademas, la Introduccion de Forastieri-Braschi a Alonso xxiv. Esta se apoya en que toda representacion, tropo, mascara o disfraz, se ve obligada a referir a las cualidades iconicas de esa representacion (es decir, en su acepcion semiotica y linguistica): que se trata de una representacion que no podria darse si un sustrato de realidad no fundara el giro de sus transformaciones y de sus figuras; que el jibaro no fue un invento sin fundamento, sino un suelo de realidad sobre el que se levantaron testimonios, ademas de mitos y de falsificaciones.

(7) Vease Guerra 59-61.

(8) Me refiero, en particular, a la vertiente de la "nueva historia" representada por Quintero Rivera, Scarano, Guerra, Diaz, Ortiz Rodriguez, Diaz Quinones, Otero Garabis, Torres-Robles, Janer. Suscriben esta vertiente interpretativa para los textos jibaristas puertorriquenos y para el testimonio inaugural de Alonso.

(9) Le debo esta aclaracion a Juan Gelpi.

(10) No me explico este revisionismo ni el desconocimiento sobre el que se monta, a no ser que responda al repudio generalizado de la nueva historia a los precursores de las decadas del 1930 y de 1950 que, en efecto, alentaron un renacimiento filologico a pesar de la inopia y de la ignorancia que hasta entonces opacaba la historia literaria puertorriquena. "La actualidad del jibaro" (1935) de Pedreira, y "La realidad del jibaro" (1937) de Melendez Munoz --junto a su libro postumo, El jibaro en el siglo XIX: ensayo minimo sobre una realidad maxima (entre 1937 y 1939)--, denotan, entre tantos otros indices de aquella decada, cual era el entusiasmo de la "vieja historia" por rescatar los textos jibaristas del siglo XIX. El rescate filologico se inicio en el primer seminario de literatura puertorriquena que Lidio Cruz Monclova dicto en 1933-1934.

(11) Cito e conformidad con el "Prefacio" de Josefina Lube Droz a Miguel Melendez Munoz 1: 72-3.

(12) Remito, en particular, al Boletin Instructivo y Mercantil a partir de 1839 y a la olvidada figura inaugural de Francisco Vassallo, El Buen Viejjo. Vease la Introduccion de Forastieri --Braschi a Alonso xxvii-xxxv.

(13) Cito de conformidad con una referencia de Osiris Delgado 71.

(14) Vease la Introduccion de Forastieri-Braschi a Alonso li-lvii en la que se cotejan distintas propuestas etimologicas, entre las que, segun una hipotesis que Alvarez Nazario recoge de otros investigadores, tambien cabria la voz cimarron. No obstante, tendria que trazarse su vinculo diacronico y sistemico con xiba<siba, muy distante del simaran que ha sido propuesto. Tendrian que ensamblarse *xibaron<*siba[ron] <*simaran junto a otras articulaciones diacronicas sugeridas muy improbables, como marrano y guajiro, Aun asi, la analogia de la articulacion bilabial /b/-/m/ para sib+a / sim+a permitiria esta hipotesis con tal que se retenga el lema semantico de la "montana." Comparese con Quintero Rivera 2003: 36-42.

(15) La documentacion exhaustiva de Alvarez Nazario (1974 y 1991) sobre la influencia africana y su deslinde del habla campesina establece unos fundamentos filologicos que ya aclaran, en gran medida, los extremos de esta proporcion. El aislamiento seria la media proporcional que correlacionaria con la cuantificacion demografica y los testimonios folcloricos, es decir: con los otros dos terminos de una proporcion continua.

(16) Cito esta referencias de conformidad con Otero Garabis 33-4.

(17) Tengo que reconocer el buen juicio de Otero Garabis 30-1, cuando concede la otra dimension de Llorens Torres en la que los textos de la pobreza jibara ("Hambre de millones" de 1916 y, justamente, "El pan nuestro," de 1942, modifican, por contraste, su jibarismo poetico. Esta concesion tendria que matizar el paradigma interpretativo que inicio Arcadio Diaz Quinones en 1974, tambien en su edicion de Llorens Torres 1986. Esta tendria que ponerse en balanza con la dimension estetica jibarista que ya antes habian senalado Pedreira y Melendez Munoz, a las que remito mas adelante; ponderar que pesa mas en la historia

cultural: el elitismo del letrado o la expresion literaria. El alcance de esta balanza aplicaria universalmente a todo tipo de literatura georgica y pastoril.

(18) Vease Babin 109.
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Title Annotation:Estudios y confluencias
Author:Forastieri Braschi, Eduardo
Publication:Confluencia: Revista Hispanica de Cultura y Literatura
Date:Mar 22, 2011
Words:5885
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