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El asesinato.

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En esta pensione milanesa del Corso Venezia las habitaciones de los hombres son ocho: ocho cajones de muy delgada y apolillada madera gris de tres metros de ancho y tres de alto que no alcanzan hasta el techo, de modo que nos oimos roncar y musitar y--en el caso de Haruki, el japones--a veces gritar en las noches. El precio de estos precarios habitaculos, incluidos los tres alimentos, es muy economico, pero los propietarios, la familia Casavecchia, compuesta de padre y madre y dos bambini, cuentan con otros ingresos.

En realidad, es posible que los Casavecchia no sean propietarios sino solo encargados de este peculiar negocio.

En el mismo primer piso que nosotros, pero del otro lado del patio interior, se encuentran el comedor de la pension, un recibidor grande y triste que utilizan tanto los huespedes como los Casavecchia, y la cocina y las habitaciones de estos en forma de ele. Directamente arriba, en una ele un poco mas larga, habita otra fuente de ingresos de esta familia un poco brusca y bruta, sin duda, pero tambien simpatica y hasta carinosa. Se trata de La Signora, una madrota de gran cabellera negra--tal vez tenida--, grandes pechos, grandes ojos y gran desplante, y sus pupilas, que son siete, seis nativas y una espanola, Pilarica, que me adopto como su protegido desde el principio, gracias a mi carita de adolescente guapillo y a que compartimos el idioma.

Para el desayuno y la cena, las Signorine se presentan individualmente (cuando se presentan) y sin sentarse juntas todas. La hora de la comida es otra cosa: acuden todas sin falta a la gran mesa principal y comen, con todas las alegrias y complicidades y envidias de un clan, con la rotunda Signora en la cabecera, desde donde eleva la plegaria ritual para agradecer los alimentos y la salud de cada dia. Por otra parte, el delgado y pequeno Haruki, dos agrios agentes viajeros--Gli Taciturni--, un viejo senor al que todos, en broma y en serio, llaman Commendatore y tiene aspecto de burocrata viudo y jubilado, Luigi el milusos y yo nos desperdigamos o reunimos en las mesas aledanas y observamos con discrecion el espectaculo de La Signora, severa o afectuosa, furibunda o tierna, generosa o despota, dama y madama, matriarca: una verdadera Hera.

La madama conocida como La Signora exige y obtiene tanto la obediencia de sus pupilas como el respeto de los pensionados (solo hombres solos) y, ante todo, de los casi serviles Casavecchia, cuya hija de seis e hijo de ocho anos la tratan como una zia, una tia, importante y reputada. Ella, la gran puta, les regala chocolatines, estampas de santos, calcetas de lana y juguetitos de plastico que en Europa--tan cerca aun de la guerra y tan lejana de Estados Unidos--todavia son novedades insolitas. Si se entera de que han hecho algo malo, los regana solemnemente, ante la satisfaccion de la madre, signora Caetana, que para tal efecto los denuncia.

La Signora, por lo demas, no solo se viste con buena ropa sino que exige de sus pupilas, especies de sobrinas, que se vistan bien (por hondos que sean sus escotes), que conversen sin vulgaridades (todos somos gente decente) y que eviten los dialectos regionales (Italia es una sola). Asimismo, la madama siempre porta en el tobillo izquierdo--arriba del huesito--una cadenita fina de oro de la cual pende alguna piedra semipreciosa que cambia a menudo. Ese adorno, en ella, no es vulgar. Cuando se sienta en el sofa del recibidor y pasa una gran pierna sobre la otra con fabuloso siseo de las medias, ese fetiche la hace ver como una soberana de algun reino de los que acaban en tan: Kazajistan, Uzbekistan, Pakistan, etcetera.

Italia es un pais donde las cosas inanimadas tienen una belleza prodigiosa y las mujeres y los hombres son tambien mas hermosos que en casi todas partes. Y todo es real --sumamente real, como las piedras y los espaguetis--en Italia, desde que eran etruscos y aun antes, pero la vida es como irreal, como una charada que oculta lo que realmente ocurre. Yo supongo que solo unos cuantos cardenales, cuatro o cinco industriales, seis o siete politicos y tres capi de la mafia saben lo que sucede, pero no el presidente ni el papa ni la gente.

A La Signora, por cierto, yo no le agrado. No dire que me detesta, porque seria darme aires, pero si que le soy antipatico, un mosquito que aparece por el comedor y la sala en pleno noviembre milanes. Il ragazzo comunista, me tilda. Y nunca se digna mirarme. Yo tambien finjo ignorarla, como si un animal de su soberbia especie no me resultara completamente fantastico.

Primero por ignorancia y luego con afan de molestar, no espero a que La Signora de gracias a Dios por los alimentos. Es pueril de mi parte, pero el hecho es que me da gusto desafiar a la representante del orden y la autoridad. Yo soy joven y extranjero, les digo en silencio. Yo no tengo que acatar sus reglas.

Tambien la hace arrabbiarsi un tanto la displicente coqueteria que a veces me dedica la mas jovencita de sus empleadas y educandas, Giulia, extranamente apodada La Fidanzata, es decir La Novia.

--Lei e comunista?--me pregunto cierto dia Haruki, que entre sus extranezas orientales cuenta la de pertenecer a una de esas familias convertidas hace siglos al catolicismo por los misioneros espanoles y novohispanos.

Le asegure que no lo soy. Y menos ahora que estoy esperando, desde hace ya tres semanas, mi visa para entrar a los dominios del tal Francisco Franco, Caudillo de Espana por la Gracia de Dios--nada menos--, pais con el que Mexico no tiene relaciones diplomaticas. Deseo radicar en Madrid y conocer los usos y costumbres de esas gentes que les pegaron tan grande susto a mis antepasados.

Cada dia o cada tercer dia me apersono en el consulado y cada dia o tercer dia el viceconsul Urdapilleta se sonrie y me saluda con una especie de entusiasmo:

--!Vaya, el ateo mejicano!

--?Ya llego mi visa, caballero?

--No, senor mio, su visado no ha llegado--declara rimando con gusto.

Urdapilleta es muy feliz cada vez que me dice que aun no reciben autorizacion de Exteriores para que me pongan un sello azulado en el pasaporte. Sus tres asistentes, que por su edad no deberian ser tan calvos, tambien se sonrien.

El dia mismo que llegue a Milan, caia la primera nevada del ano--todavia ligera--y de la pension me apresure al Consulado, donde me entregaron un largo cuestionario que llene concienzudamente bajo la mirada del insipido y abominable Generalisimo Franco en su retrato oficial.

--!No, senor!--exclamo Urdapilleta--. !No se puede poner que no tiene religion! !Todo mundo tiene una religion!

--Yo, no.

--!Anda! Usted es mejicano y por consiguiente catolico. No me diga que no lo han bautizado.

--Si, pero.

--!Pues escriba "catolico" y ya!

Y escribi "catolico", porque la dictadura de Portugal es aun peor y los ibericos son los unicos paises en los que se puede vivir con muy poco dinero.

Ademas, estoy en Italia, donde ser catolico es como ser humano en otras partes y los curas andan por las calles casi en el mismo numero que las motonetas Vespa. En el ultralaico Mexico nunca ves a un sacerdote con su uniforme de empleado de Dios. Aqui caminan para alla y para aca de dia y de noche, generalmente con prisa y vestidos de negro. !Tienen mucho que hacer! !La gente peca y se confiesa y peca y se confiesa!

Y tambien se ven frailes vestidos de blanco, de marron, de negro. Y entrando y saliendo del Duomo--la catedral--se observan mujeres y mas mujeres y mas mujeres vestidas de negro, como si una buena parte de los italianos se hubiera muerto en los ultimos meses y dias.

La Iglesia, el senor cura, el obispo, el arzobispo, el cardenal, su santidad, la religion. Escucho esas palabras a todas horas en las conversaciones ajenas y las leo en los periodicos y revistas. ?Realmente estamos en 1963?

Italia es un pais poco espiritual y muy terrenal, pero no por ello es, perdon por repetirme, menos irreal. El idioma engana, ademas. Uno cree mas o menos entenderlo, pero se trata de un espejismo vil. Incluso pareceria que el latin del que proviene el italiano no es el mismo latin que el progenitor del espanol y el portugues.

A dos pequenas cuadras del celebre Duomo, las putas estan ordenaditas y muertas de frio en los lugares que les tocan, con sus abrigos, sus bufandas, sus panuelos y panoletas, uno o dos sombreros. Al iniciar la jornada de trabajo, se persignan.

Al cobrar sus primeras liras del dia, se persignan.

Al volver a casa, se persignan.

En los pasillos del elegante pasaje Vittorio Emanuele II, entre las tiendas de antiguedades, los sastres, las galerias de pintura, los restaurantes y heladerias y cafes finos, a veces vislumbro a mujeres guapas y elegantes inmoviles o semi-inmoviles, pero es posible que no sean prostitutas y esten esperando a sus amigos, parientes o esposos. Se ven extranas, fuera de orden, en una sociedad donde las mujeres en la calle siempre parecen andar con otras mujeres o con sus hijos, sobrinos o nietos.

Aqui todo es famiglia, famiglia, famiglia. Si usted cree que la pegajosa familia mexicana es asfixiante, vayase a Italia a morir de sobredosis de monoxido de carbono familiar.

En la pension, La Signora es la mama de todos nosotros, empezando por mi, el muchachito malcriado. Si no le besamos el anillo al saludarla es solo porque no es obispa o marquesa. Es casi incomprensible que esta sociedad hiperbolica no haya urdido aun un bonito titulo, como Excelentisima Senora Putanesca, para honrarla.

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Los Carabinieri que una o dos veces por semana traen las cajas de carton y de madera del contrabando de cigarrillos y licores (la tercera fuente de ingresos de los Casavecchia) deben de ser aun un poco rusticos, porque miran a La Signora con pasmo, como se mira a las damas de las grandes familias de antano y de siempre.

Mientras descargan los Philip Morris, Chesterfield, Lucky Strike, Camel, Player's y Dunhill, la miran de reojo, mas que a las jovenes que amaestra para que procuren placer y se comporten decentemente. Al cargar las cajas de conac y whisky y champan que vienen sin sellos de aduana, y las de Campari sin sellos de Hacienda, fingen que no se esfuerzan. La Signora sigue cenando como si esos fantasmas no estuvieran vestidos tan lindos ni fueran imagenes de la ley.

Ella vive en un mundo mas elevado.

En un mundo menos elevado, Pilarica y yo a veces nos zampamos un helado o un capuchino y vamos a la funcion vespertina del cine, donde ella suele dormirse en mi hombro derecho mientras yo veo peliculas gringas o francesas y me esfuerzo por entender el italiano al que estan dobladas. Es muy ignorante y me temo que tonta (y ronca un poco), pero es buena chica y podemos estar en silencio sin malestar. Cuando nos tropezamos con la politica, no nos enojamos pero perdemos el gusto de estar juntos y comentar la conducta de los italianos o el aspecto de las cosas o el sabor de las golosinas y bebidas. Como muchacha convencional y conservadora que es, Pilarica defiende a Franco y me recita los horrores que cometieron los republicanos.

--?Para que quieres ir a Espana, dime, si odias al Caudillo y te mofas de lo que ha hecho por la paz?

--Me interesa conocer el pais--respondo.

--?Y por que no estudias? En Paris, por ejemplo, donde la gente es cinica y atea como tu. Lo que tu deberias hacer es estudiar.

--Ya te dije que soy escritor.

--!A buen seguro que los escritores tambien deben cursar estudios, ir a la universidad!

--No es asi, Pilar.

--No me digas que eres escritor. Un escritor es otra cosa, un senor, que se yo, con pipa y barba. Lo que tu eres es un crio que no sabe lo que hace.

--Bueno, me voy, ya es hora de que vayas al trabajo. Pilar hacia sus veinte metros de trottoir siempre en la misma calle, a espaldas de la catedral. No tenia permitido cambiar de sitio. De que se observaran las ordenanzas se encargaban los inspectores municipales y los dos padrotillos de La Signora, que nunca ponian pie en nuestra pension familiar.

--?Ya has ido al consulado?

--Esta manana.

--?Y?

--Nada todavia.

--!El hijo de perra del viceconsul nunca te dara el visado! Estoy segura que hace mucho que ha llegado, pero el te dice que no para burlarse. Estoy segura.

--?Por que? ?Lo conoces?

--Que si le conozco. Es el que me hace vermelas negras cada vez que Sanidad le turna mis papeles. Es un conazo.

Me sorprende su lenguaje, pero me abstengo de hacer algun comentario.

--?Quiere que lo hagas con el?

--Hombre, claro. Y gratis.

--Nada mas falta que te pida carino.

--Eso.

Antier que fuimos al cine, la enorme sala estaba casi desierta, apenas unas seis personas aisladas. De pronto Pilar me abrio la bragueta y quiso sacarme la pinga, pero me negue tan dulcemente como pude. Insistio otras dos veces, al cabo de un rato, pero no se lo permiti. La pobre queria de esta manera agradecerme por llevarle a Madrid a su hermana Genoveva (bautizada asi por la santa de Brabante) una medalla bendecida por el famoso cardenal milanes, como quiera que se llame.

Aparte de esa tentativa agradecida, nunca hemos tenido el menor contacto sensual. Yo no deseo a Pilar excepto en la medida en que deseo a casi todas las mujeres de Milan y el planeta menores de treinta anos. Segun entiendo, estoy en la cima de mi produccion de espermatozoides y erecciones, pero eso no me quita lo precavido. Yo creo que en un cine nunca voy a mojar mi chinchulin, aunque este toda Rita Hayworth en la pantalla. Me da horror ponerme a jadear como perro y echar mecos para todos lados y luego hacer el papelon en la comisaria.

Trate de explicarselo a Pilarica, pero el hecho es que se sintio. Con la mejor fe del mundo, ella queria darme las gracias por llevar la bendita medalla a su hermana menor, que trabaja para una fundacion que apoya a los misioneros en Africa.

Hoy hemos salido Pilar y yo a media manana. Logre convencerla de que soy su amigo aunque defienda mi bragueta en el cine. (En la pension seria impensable que me diera las gracias.)

El aire se siente singular, desacostumbrado, acaso misterioso.

Algo ha pasado o esta pasando. Lo se, lo percibo.

--?No sientes nada extrano?--pregunto--. Llevo tres semanas en esta insipida ciudad, ya creo conocer sus ritmos en el area del Duomo.

--Hay menos coches. Hay menos gente--corrobora Pilarica--. Tal vez se anuncio una tormenta de nieve.

--Por ahora no nieva.

--Quiza ha sucedido algo.

Caminamos otras dos calles y media y el ambiente se ha tornado aun mas extrano, aunque la niebla ha levantado.

--Vayamos al Duomo. Alli sabremos, tal vez--sugiere ella.

Cambiamos nuestro derrotero a la derecha sin decir mas. Algo insolito sucede en la ciudad.

Conforme avanzamos se empieza a percibir un sonido un tanto agudo, humano, quiza femenino.

Si, !son gritos de mujeres!

Son gritos de pena. De afliccion.

Son lamentos del alma.

Apretamos el paso en vez de alejarnos. ?Por que hay mujeres llorando en la calle?

?Por que motivo lloran las mujeres fuera del hogar y del velatorio?

De pronto, negras urracas con sus grandes narices italas gritan a voz en cuello:

--E morto! E morto! E morto!

Alguien de sexo masculino ha muerto. Alguien que era muy importante para estas mujeres.

Pilar y yo entramos tomados del brazo en el seno--mas bien los senos--de la multitud. No tengo idea de que es lo que siento, pero es estremecedor.

?Estoy excitado, tengo miedo?

Busco los ojos de Pilar, que tambien quiere saber que es lo que siento yo. Nos abrazamos, pero casi de inmediato sentimos que debemos separarnos, porque nadie mas se abraza o entrelaza los brazos.

--E morto!--gritan con dolor las mujeres de negro.

--E morto!--claman.

En junio murio Juan XXIII, el "papa bueno", como lo llamaba la gente. ?Habra muerto el nuevo papa?

Seria terrible para los italianos y supongo que para los catolicos en general.

--E morto!--repetir las palabras las proclama de nuevo en toda su primicia, todo su horror--. E morto!

Las mujeres gritan y sollozan y lloran como si se les hubiera muerto un primo o sobrino. Son cientos y cientos o mas bien unos pocos miles de hembras de cuarenta, cincuenta y sesenta anos que gesticulan y se estrujan las manos y claman al cielo, del que se han desvanecido casi todas las brumas de fines de noviembre. El aire esta limpido como un vidrio.

No siendo italiano, el escandaloso desconsuelo me parece grotesco--falto de dignidad--, pero de todas maneras ya me hiela la sangre.

Me parece escuchar la palabra "ucciso!".

?Habran asesinado al papa?

Pilar tiene el rostro desencajado, ?ya sabe quien murio?

Busco su mirada, pero ella mira hacia el Duomo, no se si porque alli reside su dios o porque de alla vienen o deberian venir las voces que nos revelaran lo que ha sucedido, los terribles hechos.

No se cuantos segundos o minutos transcurren en que solo oimos los mismos gritos y sobre todo luchamos, agarrados de la mano, por que no nos separen estas mujeres vestidas de negro. Hay momentos en que nos clavamos las unas para seguir juntos.

A causa del tropel no podemos hablarnos, y ademas no sabriamos que decimos.

El gentio se esta cerrando. Yo me dirigia con mi amiga al consulado espanol a enterarme de "las buenas noticias" que me habian prometido por telefono, que igual solo era que mi solicitud de visa no habia sido rechazada y las autoridades de Madrid la seguian "considerando".

De subito se abre un espacio de unos tres por tres metros en el que una jovencita de mi edad, de cabellera negra y ojos oscuros y bella figura y voz potente, aparece vestida de negro como sus mayores. ?Es una actriz? ?Una aparicion?

--?Por que asesinaron a Kennedy?--grita esa chica que me revela que no soy la unica persona joven en esta creciente muchedumbre.

Pero si soy el unico varon entre todas estas dolientes.

--?Por que asesinaron a Kennedy?, !era un hombre bueno!--clama la bella.

--Il presidente Kennedy e morto!--proclaman otras mujeres.

--Kennedy e stato ucciso!--gritan sucesivas voces.

A mi el personaje de John F. Kennedy me es antipatico, con su peinado de caricatura y su sonrisa de nino rico y su acento de Boston, pero el hecho del asesinato, mas alla de la teatralidad mediterranea, me horroriza.

Pilar esta junto a mi y solloza y solloza sobre mi pecho; yo lagrimeo, no se por que, y la abrazo fuerte. !Cuanto carino le tengo a esta madrilena que me adopto como amigo!

Ha muerto un semidios para estas planideras. Era gringo, catolico y con sex appeal, el muneco.

--!Lo asesinaron por ser catolico!--gime Pilar, acostumbrada quizas a lamentar las muertes violentas de misioneros espanoles en Africa.

En el griterio y el oleaje impredecible de las mujeres gemebundas, un instante despues pierdo de vista a Pilar y siento panico entre todas estas senoras enloquecidas por la muerte de un Amado, un Elegido, casi un Justo.

Sus organismos hipersensibles en estos momentos detectan quienes sienten lo que ellas sienten, quienes realmente padecen como ellas.

No encuentro a Pilar y no voy a encontrarla.

Tengo que salir de aqui, !tengo que salir de aqui!

?Por que carajo gritan y gesticulan tanto? ?No eran impasibles los romanos?

Estas mujeres me asustan, casi me aterran. El dolor las transforma y las hace impredecibles y muy poderosas.

?Por que estan aqui? ?Por que demonios no estan sumisas en sus casas, preparando los alimentos, lavando la ropa, limpiando los pisos, en espera de los hijos y el marido?

?Las convoco algun cura, como Dionisio a las menades que despedazaban no solo a quienes se les oponian, sino tambien a quienes las espiaban, como yo ahora?

Les arrancaban los musculos con la fuerza sobrehumana del fanatismo, les desgarraban los cartilagos, les mordian las carnes.

Quiero correr pero no corro. Seria tanto como decir que soy culpable.

Pero de todas formas soy culpable. Soy testigo del dolor y de las lagrimas y de la furia de estas mujeres.

Huyo--me escabullo--entre la cacofonia de gritos y llantos y sollozos. Abro mucho los ojos, como si estuviera muy alterado.

De hecho lo estoy, evidentemente.

De pronto Giulia, la pupila mas bonita de La Signora, La Fidanzata, se aparece frente a mi, a la vez asustada y furiosa. No entiende que esta pasando, quien es ese muerto que hace gimotear a tantas hembras, presidente de que. Por lo visto, ver llorar a sus mayores es algo intolerable para La Novia, algo que la altera insoportablemente. Me habla muy rapido, lloriquea a su vez, quiere que yo, tan despreciable, la ayude.

Su sensualidad narcisista, aunque erizada de histeria, me tranquiliza un tanto. Siento que estar con una mujer joven quiza me protege de las hembras que gritan y lloran sin cesar, como repeticiones interminables de la actriz Anna Magnani.

Donde hubo muchedumbres masculinas alzando el brazo derecho para saludar a aquel mamarracho de Mussolini, hay hoy una multitud femenina berreando por un politico gringo que trato de invadir Cuba. ?Tal vez hubo o habra una misa en la catedral?

--!Sacame de aqui! !Estas brujas estan locas!

Cojo a La Novia de la mano izquierda y trato de abrirme paso hacia los limites de la multitud, dondequiera que se encuentren, sin mirar a nadie a los ojos.

Las putas no estan en sus puestos de trabajo ... Los varones miran de lejos con ojos asustados y burlones ... Arroyos de mujeres vestidas de negro caminan apresuradas hacia el corazon de la plaza ... El clamor crece, el eco crece, la emocion crece ...

Por fin salimos. Caminamos rapido toda una cuadra antes de metemos en un zaguan abierto para retornar el aliento.

--Pero ?quien es ese presidente Kennedy, me lo vas a explicar?--pregunta furiosa, insolente.

Me le quedo viendo y trato de meterle la lengua entre los labios y ella, furibunda, no se deja. No se que se ha apoderado de mi. El deseo, por supuesto, pero ?por que con esta fuerza loca, o mas bien idiota?

Giulia trata de rasgunarme el cuello (no la cara), pero la cojo de las munecas con una fuerza desconocida.

--E morto, e morto, e morto--entona como cantinela infantil un punado de mujeres que se sigue de largo del zaguan.

Las campanas del Duomo repican violentamente. A mi me suenan como si celebraran la muerte de Il presidente.

Me he alejado de Giulia, que me mira con desprecio o despecho.

--Animale!--me grita.

Me asomo con cautela a la calle y, como veo que se acerca a media cuadra una docena de mujeres embriagadas de dolor, felices de tristeza, echo a correr antes de que La Fidanzata me denuncie.

--E, morto, e morto!--celebran y yo las oigo como si aludieran a mi.

Al correr, el aire helado me quema la garganta y me marea.

Me imagino que Giulia se unira a sus mayores. ?O se quedara sola, escondida, espantada? La he abandonado.

La he agraviado como un imbecil. !No se besa a La Novia en la boca!

Las calles siguen casi desiertas, pero en ciertas esquinas el eco se oye con cierta nitidez:

--E morto, e morro, il poveretto!

A la entrada del edificio, en la planta baja, Luigi y Haruki se felicitan que yo llegue con bien y me dejan recuperar el aire antes de subir conmigo al comedor. Ambos me palmean la espalda.

Luigi me explica con una amable sonrisa que Pilar llego hace rato y manifesto su preocupacion por mi. La Signora dio instrucciones de que le dieran una tisana y guardara cama con una bolsa de agua caliente y la flaquita Luciana como acompanante.

--La Signora esta furiosa y muy preocupada con lo que sucede. Para ella, la ciudad se ha vuelto loca. Dice que las mujeres deberian haberse quedado dentro del Duomo.

Y Haruki en su sucinto italiano:

--Per La Signora, scandalo grave.

Luigi agrega:

--Tambien se queja de que los curas de ahora no sirven para maldita la cosa.

En el comedor, La Signora fuma un Balkan Sobranie y ha decretado asueto para sus pupilas, que se han recogido en sus aposentos del segundo piso. No por duelo, por cierto, sino por logica. ?Quien se iria de putas en un dia como este?

Il signore Casavecchia hoy esta sentado en la cabecera de la mesa principal y me sirve dedo y medio del Remy Martin que trafica. La Signora, los Taciturnos y un nuevo inquilino de gran nariz ya se han tomado su dosis de conac y todo el mundo guarda silencio con solemnidad.

El senor de la casa porta una banda negra en el biceps derecho.

Dentro de una hora o asi nos serviran la comida, pero por ahora la cocina tambien guarda silencio.

Me pregunto si describirles la chilleria que hay alrededor del Duomo. Tal vez la senora de la casa este alla ahora mismo, pegando de gritos, inconsolable y enloquecida. Mejor callo y pongo cara de circunstancia.

La Historia ha escupido sangre y salpicado por todas partes.
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Author:Manjarrez, Hector
Publication:Letras Libres
Article Type:Cuento corto
Date:Mar 1, 2014
Words:4516
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