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El Cacique de Turmeque o los agravios de la memoria.

The Cacique de Turmeque or the Affronts of Memory

Una serie de videos producida recientemente por el Museo Nacional de Colombia, titulada El lado b de la historia (Dir. Diana Rico, 2008), presenta la historia de don Diego de Torres, Cacique de Turmeque, como el origen de la otra historia colombiana. El documental aboga por una historia popular, abierta y volcada hacia el presente. Aunque el documental no profundiza mucho en la historia del cacique, es significativo que comience el trabajo de la memoria a partir de un objeto de la coleccion del Museo Nacional: el baston de mando que el Cacique dejara enterrado en su cercado antes de llevar el conocido Memorial de agravios (1584) a Felipe II protestando por los abusos de los encomenderos y otras ofensas contra los indigenas del Nuevo Reino de Granada. El baston simbolicamente resalta que la memoria es cuestion de justicia.

Los reclamos por los derechos de los indios de don Diego nos remontan a un momento fundacional del orden global, cuando se debatia la legalidad de las guerras de conquista y la soberania imperial que conocemos a traves del famoso debate de Las Casas y Sepulveda en Valladolid y las relectio de Francisco Vitoria hacia mediados del siglo xvi. El caso de don Diego ofrece perspectivas que surgen desde la experiencia colonial misma y que nos aportan nuevas facetas de la historia del naciente discurso de los derechos humanos y la soberania del Estado moderno.

Este articulo complementa un trabajo previo nuestro titulado "Narrating Colonial Interventions: Don Diego de Torres, Cacique of Turmeque in the New Kingdom of Granada" (2002) y es parte de un estudio que llevo a cabo para un CD-Rom que aparecera proximamente con los documentos del Archivo General de la Nacion relacionados con los pleitos de don Diego de Torres y Alonso de Silva por los cacicazgos de Turmeque y Tibasosa, respectivamente, a cargo de Juan Felipe Hoyos y Joanne Rappaport. Ademas de los documentos y sus transcripciones, el CD-Rom incluira estudios criticos de varios autores sobre el mestizaje y la cultura letrada en el periodo colonial, asi como problemas metodologicos en cuanto a la comprension de documentos coloniales.

Don Diego de Torres y Moyachoque

Don Diego nacio en 1549, hijo del conquistador y encomendero Juan de Torres y la cacica muisca Catalina de Moyachoque. Crecio y se educo en Tunja y heredo el cacicazgo de Turmeque, segun la tradicion matrilineal muisca. Sin embargo, su dominio sobre el cacicazgo fue disputado por Pedro de Torres, su hermano medio, quien heredo la encomienda a la muerte del padre conquistador y quien en 1574 le entablo un juicio ante la Audiencia de Santafe para destituirlo del cacicazgo, resaltando su incapacidad para el cargo por ser mestizo y por ser hijo de un matrimonio ilegal, ya que el padre estaba casado con una espanola antes de casarse con Catalina de Moyachoque. La Audiencia fallo a favor de Pedro de Torres en 1575 y esto llevo a don Diego a Espana a apelar por su causa. El Consejo de Indias ratifico la decision de la Audiencia, pero don Diego apelo directamente a Felipe II, quien en 1578 revertio el fallo restaurandole el cacicazgo, y regreso al Nuevo Reino acompanado del visitador Juan Bautista Monzon, cuya alianza le convirtio en blanco de persecuciones politicas que lo llevarian a la carcel, de donde huiria buscando refugio primero en los montes del Nuevo Reino y posteriormente en Espana, donde residio hasta su muerte en 1590, pues la Corona le vedo el regreso a las Indias. En 1584 presento a Felipe II el muy conocido Memorial de agravios, en el que documenta los multiples abusos que sufrian los indigenas de parte de los encomenderos y las autoridades coloniales neogranadinas.

La historia de don Diego de Torres es conocida principalmente por el trabajo del historiador Ulises Rojas, quien, con base en los documentos del Archivo General de Indias en Sevilla, documenta la vida de don Diego y la persecucion que sufrio al verse en medio de los conflictos de los diferentes bandos politicos neogranadinos, especialmente las rivalidades entre el visitador Juan Bautista Monzon, quien lo apoyaba, y la Audiencia (Rojas, 1965). Mas recientemente, Juan Felipe Hoyos y Joanne Rappaport han aportado nuevas perspectivas sobre la vida de don Diego a partir de la documentacion existente en el Archivo General de la Nacion en torno al pleito por el cacicazgo (2007). Esta documentacion nos revela importantes aspectos de la vida de don Diego hasta 1574 que no cubrio Ulises Rojas. En particular, el trabajo de Hoyos y Rappaport resalta el papel central del cacique de Tibasosa, don Alonso de Silva, quien con su conocimiento de la cultura notarial fue quien inicio el proceso legal del reclamo de ambos cacicazgos y guio a don Diego en las artimanas de la cultura letrada (Hoyos y Rappaport, 307). Teniendo esto en cuenta, Hoyos y Rappaport se preguntan ?por que Ulises Rojas dejo de lado la historia de Alonso de Silva para enfocarse en don Diego? No creemos que haya sido una decision arbitraria del historiador tunjano, sino que tiene que ver con como el propio don Diego logro convertir su causa privada en un reclamo colectivo, lo cual no sucedio con el cacique de Tibasosa. Desde el primer viaje a Espana en 1577, don Diego presento un memorial de agravios a Felipe II abogando por el buen trato de todos los indios del Nuevo Reino, no solo los de su cacicazgo. El memorial, fechado el 12 de noviembre de 1578, trataba sobre los servicios personales, la falta de doctrinas, los fraudes en tributos, las irregularidades en la asignacion de encomiendas, los agravios de los indios mitayos, y los abusos de los que eran objeto los bogas en el rio Magdalena (Rojas, 52-59).

Un aspecto que aun nos falta por entender bien es como fue desarrollandose la conciencia politica de don Diego en el transcurso de sus intervenciones legales y politicas. Es decir, se trata de ver como cambia su discurso, desde el pleito por el cacicazgo hacia 1574 hasta sus intervenciones en la corte de Felipe II. Si bien podemos considerarlo como un mestizo altamente hispanizado, suponemos que los diferentes espacios y conflictos que enfrento le llevaron a tomar conciencia de su lugar intersticial en el mundo colonial. La documentacion existente sugiere que su nativismo fue politizandose, a medida que la causa personal por el cacicazgo se fue convirtiendo en la defensa de los derechos colectivos de los indigenas del Nuevo Reino. El posicionarse como indio en el marco legal hispanico no es un acto univoco, sino una compleja interpelacion que confronta los fundamentos de la justicia y la soberania imperiales.

Antes de enfocarnos en como don Diego abordo y confronto el sentido de justicia colonial, es preciso tener en cuenta la imagen contradictoria de este cacique, pues es en ese ambivalente plano discursivo colonial en el cual se posiciona don Diego, quien al inscribirse como "cacique cristiano" buscaba legitimar su dominio tanto por la tradicion muisca como por la tradicion juridica hispanica, y su apelacion al amparo real como indio agraviado y buen cristiano ponia en tela de juicio los principios que legitimaban la soberania imperial.

El bueno, el malo, el indio, el mestizo

En un reciente trabajo sobre don Diego de Torres y don Alonso de Silva (2009), Joanne Rappaport encuentra irreconciliables la imagen de don Diego plasmada en la estatua de la plaza de Turmeque, de un indio musculoso y semidesnudo, con aquel que aparece en el registro legal, la voz indiferenciada del lenguaje notarial (ver figura 1).

[FIGURA 1 OMITIR]

Cientos de documentos coloniales sugieren que aquel Diego de Torres que habilmente intervino en los procesos legales era un mestizo altamente europeizado, parte de la elite colonial, quien probablemente se movia mas comodamente en los salones y las plazas de Tunja y Santafe que en los repartimientos de Turmeque. Pero esta cara del cacique no es desconocida para la gente del Turmeque actual, como lo revela el escudo del pueblo, adoptado en 1998, el cual representa a don Diego como una figura renacentista tipo Cervantes, junto con el icono del conocido Memorial de agravios (ver figura 2).

[FIGURA 2 OMITIR]

El hecho es que al tomar en cuenta el dominio por parte de don Diego del codigo legal occidental, Rappaport considera erroneo tratar de ver a este cacique como a un Inca Garcilaso o buscar un discurso indigena en sus intervenciones. A nuestro modo de ver, si hay un discurso nativista en don Diego, el cual hay que ver, como sugiere Rappaport, sin desatender las diferentes apropiaciones del discurso letrado de la America indigena (Rappaport, 2002, 2009). Lo uno no cancela lo otro, mas no es un proceso de integracion armonica y univoca de dos mundos.

Lo cierto es que desde el siglo xvi ha surgido una gama de imagenes bastante contradictorias de este sujeto historico, las cuales van desde un mestizo revoltoso hasta un noble salvaje, como lo resaltamos en nuestro trabajo previo (2002). Alli mostramos que el propio cacique participo en este proceso, camaleon-camente presentandose ora como indio, ora como cristiano, o como un indio cristiano, y resaltamos el caracter performativo del sujeto colonial. Nuevamente abordamos este tema con algunas consideraciones adicionales a lo propuesto anteriormente.

Entremeses del sujeto colonial

El caso de don Diego nos revela el caracter performativo de toda identidad social. Es un proceso semiotico abierto a interpretaciones a veces contradictorias. En este aspecto es ilustrativa una intervencion que realizo don Diego en Sogamoso en su regreso al Nuevo Reino tras su primer viaje a Espana. Alli, el senor arcediano de la iglesia catedral de Santa Fe, el licenciado Lope Clavijo, le pidio a don Diego, que

[...] les hiciese una platica de reprension al Cacique y a los indios de aquella ciudad a quienes habian hecho reunir en la plaza, para que dejasen ciertos idolos que alli tenian y que les dijese la intencion de S. M., y que asi lo hizo y por mas recatarse, con saber bien su lengua, no quiso hacer el dicho parlamento sino por interprete hablando el en castellano y declarandolo en el idioma de los indios Pedro de Sanabria, delante del senor Arcediano y de muchos otros espanoles que estaban presentes y que mucho se holgaron de oirlo. (Rojas, 111)

?Por que don Diego no les hablo directamente en muisca a los indios? Dice el que fue "por mas recatarse". Esta expresion es bastante significativa. Segun el diccionario de Covarrubias (1611), recatarse significa "Andar con aviso y cuydado de alguna cosa que le puede suceder [...] no se fiando de todos" (898). Don Diego se encontraba ante dos auditorios y parece que quiso complacer a las autoridades coloniales y a los espanoles, al resaltar que estos "se holgaron" de escucharlo. Es decir, solo resalto la respuesta del auditorio espanol. ?Pero que podemos decir de su auditorio indigena? ?Como lo veian, como un cacique, un mestizo o un espanol? ?Como interpretaron esa intervencion mediada por un traductor espanol (Pedro de Sanabria)? Quizas nunca sepamos eso. El hecho es que don Diego estaba presentandose como un "buen indio" para los espanoles, y el uso del traductor podria ser un guino al auditorio indigena para que recibiera la reprension publica en forma ironica. Pero este gesto tambien afirmaba una realidad que sin duda era clara para las comunidades muiscas: don Diego era parte de una elite colonial y su buen manejo del castellano y cercania a las autoridades coloniales lo validaba como tal. Desde esta perspectiva, se presentaba como un "verdadero espanol y buen vasallo". Entonces, este breve vestigio documental nos revela que la cuestion no es discernir una imagen "verdadera" de don Diego sino la de considerar la dimension performativa de la identidad, de doble complejidad en contextos coloniales.

El mestizo y la ley

El mestizaje es un tema que ha recibido amplia atencion critica a nivel latinoamericano y en el Nuevo Reino, aunque el caso de don Diego en si ha recibido muy poca atencion (Palacios Preciado, 1991, Villa Chiappe, 2007, Rappaport, 2009). Este caso aporta nuevas consideraciones respecto a la fundacion del Estado moderno. Como es sabido, don Diego fue acusado de propiciar una rebelion en el Nuevo Reino. Las autoridades coloniales consideraron especialmente peligrosos a los mestizos, por su supuesta mala inclinacion. Por esto, las autoridades de Tunja mandaron vigilar y desarmar a todos los mestizos de la provincia.

En nuestro trabajo previo resaltamos que en estos rumores sobre la rebelion orquestada por don Diego se concebia a los muiscas como un problema de orden social, donde la inscripcion documental sugiere que es necesaria la intervencion del Estado. En los estudios subalternos se ha identificado este tipo de documentacion como una prosa antiinsurgente, cuya logica es la intervencion represiva del Estado (Guha). Consecuentemente, la conciencia historica de los grupos subalternos queda por fuera del registro documental.

Ahora bien, desde la problematica del Estado moderno, la figura del mestizo pone de relieve los limites arbitrarios entre lo biologico y lo social que demarca el sujeto politico. El mestizo como sujeto colonial es visto como una fuerza incapaz de una verdadera conciencia: su voluntad es deficiente debido a las inclinaciones de una sangre supuestamente corrupta. De este modo, reemplaza a la figura del canibal que acompanara la implantacion del orden imperial, al presentarlo como una aberracion que le rinde como sujeto sin dominio. La exclusion de los mestizos como sujetos politicos es clave para la perpetuacion del orden establecido con la Conquista. En este sentido, es preciso entender la insistencia de don Diego de afirmarse como cacique cristiano, en cuanto asi se inscribe como sujeto politico.

Cacique cristiano

En su defensa del cacicazgo, don Diego afirmo que su encomendero (y hermano medio) "se habia mucho de holgar y regocijar pues de ser yo cacique cristiano" (AGN Caciques e Indios, 37, f. 369). Esta afirmacion representa un estrategico posicionamiento en el intersticio entre la tradicion muisca y la cultura legal hispanica. Los diferentes tramites legales emprendidos por don Diego, asi como los argumentos propuestos en sus propias peticiones legales, apoyan este estrategico posicionamiento. Don Diego logro conseguir testimonios de indios de su repartimiento que afirmaban su derecho al cacicazgo segun la tradicion muisca. Tambien lo presentaban como un "buen" cacique que trataba bien a los vasallos, prohibia juegos, hurtos, recogia los indios huidos, visitaba los enfermos, los acompanaba y les hablaba "bueno en su lengua" (AGN Caciques e Indios, 37, "Proceso contra el cacicazgo de Diego de Torres", ff. 310-14).

Don Diego argumentaria que no podia ser despojado de su "quieta y pacifica posesion" del cacicazgo, al ser este un derecho que no provenia de la tradicion legal hispanica, sino de la muisca, y en la cual nada afectaba ser o no mestizo (AGN Caciques e Indios, 37, "Proceso contra el cacicazgo de Diego de Torres", f. 369). Y presentandose como buen gobernante cristiano, don Diego se alineaba con la politica imperial posterior a las Leyes Nuevas (1542), en las que el dominio espanol sobre las Indias Occidentales se basaba en la proteccion y la conversion de los indios. Al respecto, Don Diego afirmo que el pretendia "darles a entender lo mucho que les ynporta la saluacion de su animas y apartar y estirpar sus rritos y ceremonias diavolicas en que viuen con tanto engano que esto es la yntencion de dios nuestro senor y de vuestra alteza" (f. 369). La posicion de cacique cristiano representa de este modo un reconocimiento de la Corona como garante de justicia, aunque resalta que el marco legal hispanico no se impone completamente sobre la tradicion muisca y no logra subsumir completamente el sentido de justicia.

Compasion cristiana y derechos humanos

En los reclamos de don Diego encontramos un sujeto doble, la voz moral que denuncia los abusos coloniales y la voz de la victima. Por ejemplo, en un primer memorial de agravios que presentara a Felipe II el 12 de noviembre de 1578, don Diego se presentaba como indigena: "[...] padecemos gravisimas molestias y vejaciones de todo, especialmente los que habitamos en el Nuevo Reino de Granada en donde yo soy cacique de los pueblos de Turmeque" (Rojas, 53). Pero, al mismo tiempo, se excluia del grupo nativo y se referia a los indigenas en tercera persona como "miserables naturales" y "pobres indios" (Rojas, 53, 59). Aunque don Diego afianzara su politica pro defensa de los indios, esta ambivalencia discursiva tambien la encontramos en el memorial de 1584.

Mas que una falla individual se trata de un problema estructural de la compasion cristiana que pervivira en el discurso secular de los derechos humanos. En Regarding the Pain of Others, Susan Sontag resalta que la expresion de compasion ante el sufrimiento de los otros es insuficiente e inadecuada en tanto tiende a excluir al espectador de las circunstancias historicas que causan el sufrimiento (102). El problema fundamental, como bien lo ha senalado Alain Badiou en Ethics, es que el discurso de los derechos humanos presupone un universalismo que borra las particularidades historicas y opera con una concepcion a priori y supuestamente evidente de lo que es el mal. El sentido de lo humano queda por lo tanto escindido entre el sujeto que sufre y aquel que identifica el sufrimiento y es eticamente obligado a intervenir (Badiou, 8). El imperialismo iberico constituiria una etapa fundamental en la universalizacion de esta vision fisurada y asimetrica del sujeto moderno y lo encontramos reveladoramente en los textos de don Diego. De este modo, la experiencia colonial muestra las contradicciones de la razon imperial que funda el orden global.

Ante la destruccion colonial

Un apartado del memorial de 1584 es supremamente revelador de la traumatica experiencia colonial. Se trata del noveno reclamo, "De como han inventado mil generos de servicios personales los encomenderos en que consumen y acaban los indios y cuenta el Cacique sobre esto lo que sucedio en el primer viaje que hizo a estos Reinos" (Rojas, 427-30). Lo significativo aqui es que hay una expresion ante la perdida que no se queda en un lamento melancolico, sino que lleva a una intervencion, un llamado a dar testimonio del sufrimiento, como aquel llamado a atestiguar que declaran los sobrevivientes de genocidios (Felman y Laub). En este aspecto, el propio texto de don Diego supera las visiones melancolicas que conciben la America indigena como algo del pasado o incapaz de responder a las nuevas circunstancias historicas.

En su viaje a Espana, don Diego se detuvo en Cuba y Santo Domingo, en donde vio pueblos vacios tras la desaparicion de los indios (Rojas, 428-29). Aqui vemos como surge en el discurso una sensibilidad etica por la destruccion causada por los espanoles. Dice que aunque habia un millon ochocientos mil indigenas al tiempo de la Conquista, "Me quede admirado, en entender que en tan breve tiempo se hubiesen acabado tanta infinidad de naturales y considerando en este terrible espectaculo, me dio gran lastima pensar que lo mismo habia de venir en mi patria" (Rojas, 429). Esa expresion de dolor es un importante registro del trauma que genera la violencia colonial. Es conciencia de una ausencia y testimonio de una perdida. Esta misma expresion de duelo por la perdida de la poblacion indigena la encontramos en los mapas de Tunja y Santa Fe que don Diego adjunto al memorial de 1584. Al margen del mapa de la provincia de Santa Fe, afirma: "En este rio habia infinidad de Indios todos los han consumido en las faenas que de mas de cincuenta mil indios no han quedado ninguno". Los mapas nombran una multitud de pueblos de indios (Tota, Suta, Sogamoso, Somondoco, Sunuba, Turmeque, Lengauzaque, Chiquinquira, Cocui, Chita, Tequia, Oicavita, Soata, Onzaga, Chichamocha y otros mas) que visualmente opacan la representacion de las ciudades espanolas y resaltan la gran perdida que representaria no atender a los reclamos del memorial. En sin esis, los memoriales y los mapas adjuntos son la expresion de un duelo ante la violencia colonial. Mas su accion no se detiene en el sufrimiento (la compasion cristiana) o en el lamento melancolico por un mundo desaparecido (como lo encontramos en la historia de Ulises Rojas), sino que representa una conciencia de la necesidad de intervenir ante las injusticias y los danos causados por la co onizacion espanola. El dolor por los indigenas del pasado caribeno informa la intervencion a favor de los indigenas del presente del Nuevo Reino y un rechazo del uso de la violencia por las autoridades coloniales. Por ejemplo, en el memorial de 1584 se denuncia que a los indios les dieron "tormento de garrocha y de cuerda por los genitales y otra forma de tormentos ignominioso, que muchos dellos murieron muerte natural" (436).

El baston enterrado

Regresemos a la historia de la vara de justicia y mando que don Diego dejo enterrado en su cercado antes de llevar a Felipe II el memorial de 1584. Es un gesto significativo que pone de relieve los limites de la ley imperial. El baston pone en evidencia una tradicion que queda por fuera de la justicia hispanica, y desde esta perspectiva representa un suplemento a la justicia imperial, al resaltar lo incompleto o insuficiente de la justicia real. Esta insuficiencia de la justicia real es tambien resaltada en el memorial mismo. El hecho es que don Diego senala que en anto la justicia real no logre amparar efectivamente a los indigenas, es ilegitima.

A V.M. le cabe en esta causa su parte, como les cabe a aquellos miserables, porque esto se ve por experiencia con los jaeces que V.M. ha enviado para remediar aquella tierra, nunca hallan otro culpado y delincuente sino a V.M. porque todo se hace a costa y gasto de vuestras reales rentas y no averiguan ni remedian cosa alguna y vienen a cargar por otra parte sobre el segundo paciente que son los miserables naturales... (Rojas, 429-30)

El incumplimiento del pacto social que fundamenta el dominio hispanico sobre las Indias deja a la Corona por fuera de la ley, como "delincuente". Al no cumplir este pacto don Diego sentencia que "Jamas V.M tendra hacienda ni justicia, ni vuestros vasallos viviran en orden ni gobierno" (Rojas, 430). El argumento es muy similar al que plantearia posteriormente Guaman Poma en cuanto al mal gobierno de las Indias. Por los abusos, el Estado colonial carece de legitimidad y puede ser considerado un Estado tirano.

El memorial de 1584 es en este sentido un llamado al orden al monarca por el incumplimiento de la razon del Estado colonial. El primer punto son las doctrinas, "que es el fin principal que V.M. pretende se cumpla y guarde" (Rojas, 417). Basado en la llamada bula de donacion ("Inter Caetera"), este es el titulo legal que fundamenta la conquista hispanica. El memorial tambien aborda los siguientes puntos: irregularidad en los cobros de tributos (2); la expropiacion de tierras (3); particular abuso a las encomiendas de la Corona (4); se priva de libertad a los indios, violando las nuevas leyes, las cuales ordenaban que los indios fuesen tratados como "personas libres" (5); fuerzan a las indias a amamantar a los hijos de espanoles (6); tratan a los indios como esclavos, no compensandolos como es mandado por la Corona (7); los indios son sacados de su provincia y llevados en cadenas a trabajar en otras provincias (8); los obligan a trabajar en cargas, trapiches y otros servicios personales (9); abuso de los bogas en el rio Magdalena (10); la necesidad de un protector general de los indios (11); represalias por quejarse ante la justicia (12); prision injusta de los caciques (13); asignacion de encomiendas a personas no benemeritas (14); torturan a los indios en campana de extirpacion de idolatrias, la cual fue por codicia del oro y las joyas de los indios (15); impuesto a los indios para tener caballos (16); abusan de los indios en los contratos de alquiler (17); represalias contra el visitador y todos aquellos que se quejen ante las autoridades (18); advierte al rey sobre dos enganos (19), los cuales son tratados en los siguientes dos puntos (20 y 21), esto es, que los encomenderos enganan a los indios para que no denuncien irregularidades al visitador o incrementan con enganos los numeros de indios tributarios. El ultimo punto es manifestar el desagravio de la conciencia del cacique al presentar este pliego de peticiones (22).

En resumen, el memorial resalta que para los indios no hay Estado de derecho, y por lo tanto no hay justicia. Ahora bien, la apelacion a la justicia real ha sido interpretada como una medida reformista mas que una confrontacion a la razon del Estado colonial. Por ejemplo, Jorge Palacios Preciado senala los limites de los reclamos de don Diego y don Alonso de Silva:

Es evidente que estos caciques mestizos no pretendieron cambiar el orden social en formacion, ni soliviantaron a los aborigenes, ni llamaron a la rebelion, ni desconocieron a las autoridades, de todo lo cual fueron acusados. Buscaban basicamente ciertos principios de justicia social dentro de las formalidades de la justicia oficial. Exigian el cumplimiento de las leyes, especialmente de las Nuevas Leyes, el buen tratamiento y la conservacion de los naturales, la administracion imparcial de la justicia, la eliminacion de los servicios personales y las formas de servidumbre a que eran sometidos los indigenas, la cesacion de los abusos y excesos. (Palacios Preciado, "Dos caciques")

Si bien es cierto que las apelaciones a la justicia real por parte de don Diego pueden ser vistas como una aceptacion incondicional del marco legal hispanico, tambien podemos considerar que al resaltar las insuficiencias de la justicia real, sus memoriales cuestionaban implicitamente la soberania imperial. Esta radicalizacion de la figura historica del siglo xvi podria ser mas productiva para la aun incompleta labor de la descolonizacion de la memoria, comenzando por la propia historia de don Diego.

Desagravios de la memoria

La historia y la literatura nos han dejado una imagen comoda de don Diego que es preciso revisar. Se ha hecho de su vida una historia tragica que nos permite identificarnos con su heroe y expiar nuestra culpa ante la violencia colonial. El imperialismo iberico queda igualmente eximido de culpa al expresar admiracion por el monarca que recibiera al cacique, Felipe II. La memoria y la conciencia historica se reservan para los intelectuales criollos, no para mestizos como don Diego. Estas son algunas de las traiciones a la memoria de esta compleja figura del siglo xvi, como lo mostrare a continuacion.

En el siglo XVII, el historiador criollo Juan Rodriguez Freyle incluyo la historia de don Diego en El carnero (capitulos XIII y XIV). En esta cronica, don Diego es una figura marginal en una historia de adulterios y corrupcion. La denuncia de los amores ilicitos del fiscal Orozco escalaria al enfrentamiento entre el visitador Juan Bautista Monzon y la Audiencia. Don Diego termina involucrado en estas rivalidades del bando del visitador. En este contexto, Rodriguez Freyle narra que se le acusa de un "finjido alzamiento o ruido inventado" (259) que "ni aun por el pensamiento le paso" a Diego de Torres (269). Rodriguez Freyle narra la prision y sentencia a muerte de don Diego y su posterior huida a Espana. Para el autor de El carnero, el adulterio del fiscal Orozco es sintomatico de la corrupcion del Reino: "La casa donde solo la voluntad es senora, no esta segura la razon, ni se puede tomar punto fijo. Esto fue el origen y principio de los disgustos de este Reino, y perdida de haciendas, y el ir y venir de los visitadores y jueces, polilla de esta tierra y menoscabo de ella" (259). Como Ivette Hernandez ha senalado, El carnero presenta el Nuevo Reino como un lugar abundante de riquezas, venido a menos por la corrupcion de sus autoridades.

Las demandas de justicia de don Diego no tienen lugar en esta historia colonial, ni tampoco su disputa por el cacicazgo se encuentra en El carnero, pues Rodriguez Freyle comienza la narracion del cacique tras la llegada del visitador Monzon. Es decir, se salta el primer viaje de don Diego a Espana. La critica ha senalado que Rodriguez Freyle era un gran conocedor de los pleitos juridicos en la Audiencia, y El carnero es testimonio de ello al narrar numerosos casos de corrupcion (Achury Valenzuela, Gonzalez Echeverria, Rodriguez Arenas). Por eso consideramos importante resaltar los silencios respecto a la otra historia de don Diego. Como criollo terrateniente, a Rodriguez Freyle no parece interesarle mucho resaltar las querellas que levantara don Diego por el maltrato de los indios ni el reclamo de los mestizos a los cacicazgos, aunque probablemente si tendria informacion de los pleitos de don Diego y Alonso de Silva. Lo que encontramos, en cambio, en la cronica de Rodriguez Freyle son recuerdos encubridores, los cuales prestan atencion a aspectos secundarios. Por ejemplo, se narra con gran detalle como escapo de la prision don Diego de Torres. Ve al cacique como "un mestizo, hombre rico y gran jinete", mas nunca lo reconoce como letrado. En El carnero, la conciencia moral del Nuevo Reino es funcion reservada para los criollos, no para los mestizos ni para los indigenas.

Dos siglos mas tarde, la historia de Rodriguez Freyle inspiraria a la escritora cubana Gertrudis Gomez de Avellaneda para escribir la novela corta El cacique de Turmeque: leyenda americana (1871). Nacida en Cuba en 1814, Gomez de Avellaneda viajo a Espana en 1836, donde logro reconocimiento como escritora. Entre sus obras estan Sab (1841), una novela abolicionista sobre un mulato que se sacrifica por la hija de sus amos, y Guatimozin, ultimo emperador de Mexico (1846), la cual idealiza el pasado prehispanico. El cacique de Turmeque de Avellaneda se enfoca en los amores ilicitos de una atractiva mujer, entre cuyos amantes esta don Diego. Inicialmente considere esta obra como un romance fundacional, siguiendo los aportes de Doris Sommer (Restrepo, 2002). Pense que el amor de una mujer espanola con un indigena representaba el deseo decimononico de superar las diferencias sociales que impedian la unidad de las nacientes republicas hispanoamericanas. Pero los aportes de Fernando Unzueta nos hacen revaluar esta historia de amor. Es evidente que para Gomez de Avellaneda la historia de don Diego no es un romance feliz, sino una tragedia como Guatemozin (Unzueta). El problema central no es la diferencia colonial, sino la justicia imperial y divina. Desde el punto de vista de la critica poscolonial, El cacique de Turmeque es una narracion bastante conservadora, escrita en Cuba hacia 1860, aun bajo dominio espanol.

La historia de El cacique de Turmeque sigue casi paso a paso el relato de El carnero. Estrella, la esposa de un capitan, es amante del fiscal Orozco. La esposa del fiscal se queja ante el visitador Monzon de los malos pasos de su esposo y logra que lo aparten de la amante enviandolo lejos, a Turmeque. Alli, Estrella tiene un nuevo amante, don Diego. El fiscal descubre a los amantes y se enfrenta con don Diego. Siguiendo a Rodriguez Freyle, don Diego se convierte en carne de canon en las rivalidades politicas neogranadinas y en este contexto es acusado de rebelion y sentenciado a muerte. Posteriormente, logra escapar a Espana donde residiria hasta su muerte.

La novela, como bien ha senalado Carolina Alzate, toma distancia critica ante la misoginia de la cronica colonial. La mujer para Rodriguez Freyle era la causa de todos los males acaecidos. Avellaneda defiende hasta cierto punto los amorios de Estrella por la ausencia de una educacion adecuada y tambien por la falta de atencion de parte del marido. La novela nos presenta una vision idealizada de don Diego y del mestizaje:
   Pero mas aun que por su origen augusto, era notable por su figura,
   que ostentaba la singular belleza producida comunmente por el
   cruzamiento de razas. Con dificultad se podria encontrar otro
   hombre en quien se amalgamasen tan armonicamente los mas nobles
   rasgos de los hijos de la Europa meridional, con los
   caracteristicos de las castas superiores americanas;
   constituyendose un tipo magnifico, que no vacilamos en calificar
   como el bello ideal de los mestizos. (250)


Aqui vemos como la imagen del mestizo belicoso e inmoral del discurso colonial ha sido remplazada por una idealizacion romantica. Don Diego es un galan que admiran las mujeres al verlo pasear por las calles de Santa Fe: "!Que hermoso es ese hombre a caballo! !Que admirable monta!"(250). Para los historiadores, la trama ficticia puede ser una clara traicion a la historia. Pero no por esto puede descalificarse completamente la novela. Es preciso tener en cuenta que la literatura ofrece la posibilidad de recrear el pasado en terminos eticos. Desde este punto de vista, la novela es valiosa por el reconocimiento de un sector social rechazado en la Colonia, el de los mestizos. No obstante, su idealizacion es problematica, pues basicamente lo que hace es "blanquearlo", y mas problematico aun es borrar la discriminacion (y la Avellaneda hace lo mismo con la misoginia de Rodriguez Freyle). Sin embargo, la novela tiene como culminacion la justicia, la cual presenta como la restauracion del orden publico y el privado (la honra del capitan): se apresaron los oidores que hostigaron al visitador Monzon, murio Estrella desangrada misteriosamente, enloquecio el fiscal y se exilio a don Diego. El "joven principe indiano" quedo "reducido a adiestrar los caballos del rey por el salario de una peseta al dia" (272).

La novela es una tragedia en cuanto los personajes no son, maniqueamente, buenos o malos, sino seres que labran su propia miseria, pero no lo es desde la perspectiva del Estado. Es una obra que afirma en ultima instancia el orden imperial. Esto esta claro desde el comienzo de la novela, en la cual se presenta al visitador Monzon como "hombre recto y de gran firmeza de caracter", escogido por Felipe II, para detener "los desordenes y abusos" que amenazaban "hacer para siempre odiosa la administracion de la madre patria en sus ricos dominios del vasto continente americano" (247).

Aunque sea una afirmacion de la razon imperial, hay un aspecto notable en la novela desde un plano etico. Se trata de la condena de la tortura. Al personaje Roldan lo apresan por ayudar a escapar a don Diego de la prision. Bajo tormento lo obligan a declarar en contra del visitador Monzon. Avellaneda rechaza la tortura: "De todas las barbaries de aquel tiempo que la civilizacion ha ido poco a poco desterrando, ninguna nos ha parecido nunca tan brutal y repugnante como la llamada cuestion del tormento" (264). Mientras que en El carnero se narra sin ninguna distancia critica la tortura de Roldan, en la novela de Avellaneda hay una conciencia de la representacion de la violencia: "No intentamos afectar el animo del lector describiendole aqui, con sus horribles detalles, la tortura atroz de la garrucha, que tuvo que sufrir nuestro pobre Roldan" (264). En la novela Guatemozin tambien se expresa una conciencia critica ante la representacion de la violencia, como lo senalo Unzueta (200).

En el siglo xx, un texto clave en la difusion de la historia de don Diego es sin duda El cacique de Turmeque y su epoca (1965), del historiador Ulises Rojas. El autor se vale de una cuantiosa documentacion colonial proveniente del Archivo General de Indias y trata de captar toda una epoca a traves de los infortunios de don Diego. Las numerosas paginas del estudio de Rojas nos narran los pormenores de las rivalidades politicas neogranadinas, pero tambien nos van esbozando a don Diego como una figura heroica que inauguraria una conciencia protonacional. Para comenzar, es preciso tener en cuenta que los trabajos historiograficos de Rojas no son propiamente indigenistas, sino que resaltan el legado hispanico en America. Esto lo vemos, por ejemplo, en Escudos de armas e inscripciones antiguas en la ciudad de Tunja (1939), El beneficiado don Juan de Castellanos (1958) y Corregidores y justicias mayores de Tunja (1963). El trabajo con el pasado colonial termina confrontando al historiador con un legado incomodo, la violencia de la Conquista. En este aspecto son reveladores los comentarios de Rojas al final del libro sobre don Diego: "Al escribir este libro solamente hemos querido que el sea un justo desagravio a la raza aborigen y a los perseguidos por la justicia, porque en el se contiene la voz de los vencidos!"(515). Pese a resaltar la intervencion de don Diego, hay una mirada melancolica que imagina a la America indigena como algo del pasado: "Al llegar a este punto, las vidas de los descendientes de don Diego de Torres desaparecen de la escena historica para cubrirse, como toda su desventurada raza, con el piadoso manto del anonimato" (515). Don Diego es una figura del pasado que le permite al historiador asumir distancia ante la violencia que funda la nacion. Rojas termina declarando legitima la violencia de la Conquista, "cuando hasta cierto punto eran excusables por tratarse de una guerra de conquista" (348). Al presentar a Felipe II como el ultimo garante de justicia, el historiador afirma la razon imperial:
   No faltaron entre los espanoles pechos cristianos y compasivos que
   denunciaran estas crueldades, pero ante todos, el que con mayor
   franqueza y tenacidad llevo por entonces su quejas hasta las gradas
   del trono fue don Diego de Torres, el valiente, sufrido y noble
   cacique de Turmeque, que por su misma condicion humilde, desperto
   el interes mAGNanimo de un Monarca que en su largo reinado no
   aspiro a otra cosa que al bienestar y felicidad de los vasallos de
   sus extensos dominios de la America meridional. (348)


Esta alineacion de don Diego con el poder imperial es probablemente un aspecto que le permitio a Rojas concebir un indigenismo compatible con su marcado hispanismo. El hecho es que Rojas presenta a don Diego como una figura protonacionalista, un nacionalismo que se distancia de la violencia colonial y al alinearse con la America indigena, se imagina mas justo que el pasado hispanico. Pero el indigena es en ultimas la victima desaparecida, una memoria mas comoda para el historiador colombiano.

El ultimo texto que retoma la figura de don Diego es la novela historica La segunda sangre (1996), de Gilberto Abril Rojas. La novela se basa en la documentacion ofrecida por Rojas e inserta varios documentos coloniales, como el memorial de 1584, cedulas reales y otros documentos relacionados con la historia de don Diego. El texto ofrece una erudita vision de la colonia neogranadina, y de Tunja en particular, asi como del mundo de Felipe II. En esencia, Abril Rojas resalta la entrega de don Diego a la defensa de los indios y la buena voluntad de Felipe II por gobernar justamente. Llamandolo "El Rey Prudente", la novela elogia al monarca, aunque lo presenta como una figura melancolica y enferma al final de sus dias, lamentando las injusticias hechas en su nombre: "Al Rey le apenaba recordar los agravios y desafueros cometidos por sus vasallos al otro lado del oceano" (72). El cuerpo enfermizo parece ser una alegoria del fracaso del proyecto imperial. El relato de Abril Rojas ironicamente expresa una desilusion bastante barroca.

La novela exalta la importancia de don Diego y lo equipara con Felipe II. Esto se refleja en el encuentro entre los dos personajes: "El rey se habia dignado en recibir a un subdito que vino a la Corte en busqueda de justicia despues de ser testigo de innumerables agravios y de ser despojado de lo que por derecho le correspondia heredar" (116). En la audiencia, el monarca permitio que don Diego se sentara, sin tener que permanecer arrodillado como era costumbre. Sentados al mismo nivel, el rey escucho pacientemente los reclamos de don Diego. De este modo, la novela resalta la importancia del cacique neogranadino.

El texto tambien resalta el linaje muisca de don Diego, llamandolo el Rurmequeteba --su nombre muisca, segun Ulises Rojas--y el Senor de las Honduras de Turmeque. Sin embargo, como en el caso de Ulises Rojas, Abril Rojas trata de conciliar el indigenismo y el hispanismo, y para esto sirve bien el imperialismo paternalista que personifica Felipe II. Es decir, el rey es una figura menos ambivalente y permite anclar la historia en un marco claramente hispanista. Sin embargo, no logra subsumir completamente lo que excede el marco hispanico. Un fragmento que revela esto es la confesion de don Diego con fray Alberto Pedrero. Don Diego se confiesa en muisca (siguiendo el catecismo de Ezequiel Uricoechea) y el fraile le responde en castellano (123). No queda claro si se trata de afirmar la identidad nativa o el catolicismo del cacique.

Formalmente, la novela experimenta buscando dar forma y sentido al pasado, interpolando eventos y siguiendo un orden no cronologico. La voz de un narrador omnisciente va acompanada de dialogos que dan cierta vida a los personajes, aunque no hay mucho desarrollo del mundo interior de estos. La excepcion son algunos monologos, como el de Felipe II recordando a su esposa dona Ana (256) y el del padre de don Diego en el lecho de muerte acompanado de Catalina de Moyachoque (223).

La creacion literaria se detiene servilmente ante la documentacion colonial que incluye. Los documentos coloniales parecen autosuficientes e inamovibles, venerados objetos de un pasado perdido. De este modo, los documentos coloniales transcritos en la novela fetichizan y osifican el pasado, mas que abrirlo. En este sentido, el relato se acerca al pasado en forma opuesta a como lo propone Rico en El lado b de la historia, en la cual el baston del cacique no es un objeto del pasado, sino un elemento que "activa la memoria", una memoria que reclama justicia hoy y esta orientada hacia el futuro. Esta perspectiva del pasado la encontramos en los propios textos de don Diego, como lo senalamos arriba, cuya vision del traumatico pasado colonial no se ahogaba en la melancolia y superaba el sentido tragico de la historia para luchar por un futuro para la America indigena.

Obras citadas

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* Profesor Titular de Espanol, Estudios Latinoamericanos y Literatura Comparada en la Universidad de Arkansas, USA. Egresado de Filosofia y Letras de la Universidad Bolivariana en Medellin. Realizo estudios de maestria (1992) y doctorado (1996) en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Maryland. Sus areas de investigacion son la literatura colonial, la literatura y los derechos humanos, y los estudios culturales. Ha publicado Un nuevo reino imaginado: las Elegias de varones ilustres de Indias (1999), Antologia critica de Juan de Castellanos (2004) y mas de treinta articulos y capitulos en revistas y publicaciones academicas. Ha sido Profesor Visitante en la Pontificia Universidad Javeriana como becario Fulbright y tambien ha ensenado en la Maestria de Literatura Colombiana de la Universidad de Antioquia. Correo electronico: lrestr@uark.edu

** Este articulo hace parte de un proyecto sobre la apropiacion de la memoria muisca en la literatura.
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Title Annotation:I. Nueva Granada: memoria, practicas poeticas y afirmacion locales
Author:Restrepo, Luis Fernando
Publication:Revista Cuadernos de Literatura
Article Type:Report
Date:Jul 1, 2010
Words:8152
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