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Del solio a la selva: lo indigena en cinco novelas de Felipe Perez.

Resumen: Felipe Perez (1836-1891), autor de las novelas de tema indigena Huayna Capac (1856), Atahuallpa (1856), Los Pizarros (1857), Jilma (1858) y Los jigantes (1875), es el escritor colombiano mas prolifico en este subgeneto en el siglo XIX. Este articulo explora las fuentes que nutrieron dichas obras asi como algunas circunstancias de epoca, y establece la transicion que habria, en este corpus, entre dos modalidades de personaje indigena.

Descriptores: Perez, Felipe; novela sobre el indio; novela historica; siglo XIX; incas; Conquista; Independencia.

Abstract: Perez, Felipe (1836-1891) author of the native thematic novels Huayna Capac (1856), Atahuallpa (1856), Los Pizarros (1857), Jilma (1858) and Los jigantes (1875), is the most prolific Colombian writer in this subgenre in the nineteenth century. This article explores the sources that nourished those works as well as some contemporary circumstances; it also establishes the transition that existed, in this corpus, between two categories of native characters.

Keywords: Perez, Felipe; novel about natives; historic novel; nineteenth century; Incas; Conquest; Independence.

Introduccion

En la decada que siguio a aquella en que surgio la primera novela sobre indios colombianos --Yngermina o la hija de Calamar (1844) de Juan Jose Nieto--, el abogado boyacense Felipe Perez publico una saga de cuatro novelas ambientadas en los ultimos dias del Tawantinsuyu y en la primera decada de la campana conquistadora librada por los espanoles en Peru: Huayna Capac (1856), Atahuallpa (1856), Los Pizarros (1857) y Jilma (1858). (1) Algunos anos despues, en 1864, se conocio la novela El ultimo rei de los muiscas de Jesus S. Rozo, cuya publicacion fue casi simultanea a la de la brevisima novela historica Anacoana (1865) de Temistocles Avella Mendoza. En la siguiente decada, Jose Joaquin Borda publico por entregas Koralia: leyenda de los llanos del Orinoco (1871) y Felipe Perez volvio sobre el tema aborigen al publicar Los jigantes (1875), una novela historica interesada en el Grito de Independencia de 1810 y cuyas acciones involucran a descendientes de los muiscas y a indios de varias parcialidades de los Llanos Orientales colombianos. El ultimo cuarto del siglo conocio, en el genero narrativo, relatos de corta extension como Un asilo en la Goajira (1879) de Priscilla Herrera de Nunez, La novia del Zipa (1881) de Emilio A. Escobar, Cecilia o la guerra de los Yaraguies (1884) de A. Caicedo D'Elhuyar y La ciudad de Rutila (1895) de Florentino Paz Delgado.

En su mayor parte se trata de una literatura que, ya sea por el aparato dramatico propio del neoclasicismo o por el exotismo ligado a perspectivas mas romanticas, presenta imagenes deformadas de los indios y de sus culturas, atravesadas de prejuicios y descontextualizaciones que, a ojos del lector contemporaneo, las hacen parecer inverosimiles. Esta situacion encuentra buena representacion en las novelas de Felipe Perez, de lejos el autor mas prolifico del siglo XlX en lo que respecta a este tipo de ficciones. En la mencionada saga inca, Perez ofrece el dibujo, muy afectado, de los soberanos y guerras libradas en el Tawantinsuyu, replicando la exuberancia que es caracteristica en Atala (1801) del vizconde de Chateaubriand, los parlamentos aparatosos plasmados por Nieto en Yngermina o la hija de Calamar y las sugestiones de alta moralidad propias, en general, de la literatura neoclasica. Aunque algo de eso hay en Los jigantes, en ella es visible que la imagen del indio ha ganado en realismo: los nuevos personajes, habitantes de llanos y selvas casi contemporaneos del autor, son descritos con arreglo a datos etnograficos. Puede pensarse, entonces, que las novelas de tema indio de Perez corresponden a dos momentos de una literatura en progresion hacia el realismo.

Nota biografica de Felipe Perez

Felipe Perez Manosalbas, nacido el 8 de septiembre de 1836 en Sotaquira (Boyaca), se doctoro en derecho a los dieciseis anos de edad. Entre 1852 y 1853 se desempeno como secretario de la legacion de la Nueva Granada que visito Ecuador, Peru, Bolivia y Chile. Luego fue gobernador de Zipaquira, Secretario de Guerra y Marina, y en el segundo lustro de la decada publico sus novelas sobre la historia inca y la conquista de Peru; la ultima de ellas, Jilma, se relaciona estrechamente con el drama Gonzalo Pizarro, estrenado por el autor en 1859. Entonces comenzaron los dias en que Perez habria de destacarse como historiador y geografo: en el mismo 1859 llevo a la imprenta los manuscritos de El Carnero de Juan Rodriguez Freyle, y luego, en 1862, publico la Historia de la revolucion de 1860; preparo entre 1862 y 1863 los dos tomos de la voluminosa Jeografia fisica i politica de los Estados Unidos de Colombia y fue comisionado por el gobierno colombiano para componer e imprimir en Paris la Jeografia jeneral de los Estados Unidos de Colombia. De esa experiencia se sirvio para escribir su unica memoria de viaje, Episodios de un viaje (1881). Fue presidente del Estado de Boyaca en 1869, cargo del que fue depuesto en 1871 pero que supo recuperar rapidamente. Por la misma epoca, y como producto de su activo desempeno en las toldas del liberalismo radical, fue elegido como senador y nombrado general por el Congreso, e incluso en 1879 fue nombrado primer designado para ejercer la Presidencia de la Republica (el mismo ano en que dio a luz un extenso ensayo de historia y politica, El doctrinarismo i la autoridad). Ya en 1877 habia fundado el periodico El Relator --asi como, veinte anos atras, la Biblioteca de senoritas--, y pudo dedicarse activamente al periodismo despues del derrumbe liberal de los tiempos de la Regeneracion. Dedicado especialmente a la escritura literaria durante los ultimos lustros de su vida, publico Los jigantes (1875), Imina (1881), Carlota Corday (1881), Sara (1883) y El caballero de Rauzan (1887)--acaso la mas conocida de sus producciones--, sin contar numerosos folletines y obras cortas que divulgo en las paginas periodicas que estuvieron bajo su direccion. Murio en Bogota el 26 de febrero de 1891.

La saga inca

Antes de la publicacion de Huayna Capac --y con excepcion de las tempranas notas de Francisco Jose de Caldas sobre el hallazgo, cerca de Quito, de vestigios de antiguas construcciones incas-- las alusiones mas significativas al imperio del Tawantinsuyu en la literatura colombiana corresponden a poemas de Jose Fernandez Madrid (Elegias nacionales peruanas [1825]), Jose Eusebio Caro ("En boca del ultimo inca" [1835]) y Emilio Macias Escobar ("Apoteosis dramatica del Libertador" [1853]) que reivindican lo americano contra Espana; piezas sin duda imbuidas del espiritu de obras tan canonicas como la Carta de Jamaica (1815) de Simon Bolivar y la Victoria de dunin: canto a Bolivar (1825) de Jose Joaquin Olmedo, aunadas en presentar la causa patriota como una venganza en nombre de los subyugados imperios indios de America. Pero, si no con mucha difusion, otra modalidad de la tematica inca se desarrollo en las letras colombianas: la que, al influjo de la exuberante dramaturgia europea del siglo XVIII, produjo el monologo La virgen del Sol o la sacerdotisa peruana (1830) de Juan Francisco Ortiz Rojas. De esa linea, concentrada en los dias de la Conquista, se desprenden las novelas de Felipe Perez.

En Huayna Capac se narran hechos de la vida prehispanica en el Tawantinsuyu a traves de las figuras de Huayna Capac y sus hijos Huascar y Atahualpa, comprometidos en una disputa mas o menos velada por la herencia del imperio. En Atahuallpa se narra el triunfo de Atahualpa en esa puja politica, y el casi simultaneo drama de la Conquista, con la llegada de las huestes de Pizarro y la ejecucion del reinante principe de Quito. A partir de Los Pizarros, la narracion tiene como foco la avanzada espanola de Francisco Pizarro y Diego de Almagro. La descripcion de las cosas indigenas aparece solo en los margenes de la historia, pues la primera parte describe la exploracion de Pizarro entre Panama y Tumbes, la segunda se ocupa de la gestion pizarrista ante la Corona con el fin de legitimar su empresa y la tercera, distraida con dramaticos lances entre los protagonistas europeos, narra una conquista de Casco en que las apariciones indigenas son precarias. Finalmente, Jilma se interesa en describir las guerras civiles promovidas por los conquistadores en Peru, y por la sucesion de muchos personajes de protagonismo apenas relativo --Jilma, heroina mestiza que simbolizaria la sumision indigena a favor de Espana, apenas aparece con intermitencia-- bien podria decirse que se trata mas de una cronica novelada que de una novela propiamente dicha.

Roberto Cortazar (2003, 91) sugiere que el escritor se sumio en un profundo estudio de lo peruano a traves del clasico trabajo sobre el tema de William H. Prescott, History of the Conquest of Peru (1847, traducido al espanol en 1851). Antonio Curcio Altamar (1975, 75 y ss.) establece que el principal apoyo provino de la citada obra de Prescott y de los Comentarios reales de Inca Garcilaso de la Vega, sin que pueda descartarse la posibilidad de que gravitara en el ambiente la influencia de la extensa obra escrita de Fray Bartolome de las Casas y la novela historica Les incas, ou la destruction de L 'empire du Perou (1777) de Jean-Francois Marmontel. Carmen Elisa Acosta Penaloza (2002, 76) ratifica la importancia de Prescott y Garcilaso, materializada la influencia del primero en las frecuentes citas de su obra contenidas en la saga y la del segundo en la parecida disposicion tematica de las cuatro novelas y las dos partes de los Comentarios reales; asimismo, sugiere los complementos de las cronicas de Francisco Lopez de Gomara y Fernando de Montesinos. Mas recientemente, Carl Henrik Langebaek (2007, 51-52) se ha referido a la admiracion de Perez por las obras de Garcilaso y Prescott.

No obstante el amplio y erudito panorama, los estudiosos de la obra de Perez quiza han supuesto en el demasiadas lecturas. La mas significativa reserva tiene que ver con el poco contacto que Perez tuvo con el primer volumen de historia peruana publicado por Garcilaso, esto es, los nueve libros de los Comentarios reales publicados en 1609 y que finalizan con el informe de la devastacion propiciada por Atahualpa contra la nobleza cusquena. En Atahuallpa, con motivo del triunfo militar de Atahualpa sobre su hermano Huascar, el omnisciente narrador se refiere a la exageracion con que los historiadores han descrito los estragos del combate, llevando el cronista cusqueno la peor parte: "entre los cuales descuella Garsilaso de la Vega, en nuestro humildisimo concepto, el mas visionario i el menos imparcial de todos los cronistas del Nuevo Mundo" (Perez, 1856, 100). Perez replica con exactitud las ideas que contra Garcilaso expresa Prescott, quien, aunque reconoce al cusqueno su autoridad filologica de hablante del quechua y la rica morosidad de sus descripciones, objeta el modo como en los Comentarios reales sesga sus juicios a favor de los peruanos, acude a un "tono de exagerado panegirico" y convierte la realidad del Tawantinsuyu en "las deslumbradoras ilusiones de un cuento de hadas". El historiador norteamericano ve en la condicion mestiza de Garcilaso la base de su desden, convencido de que el transito del peruano entre dos cosmovisiones le impidio una justa comprension de la realidad: "No hay credulidad comparable a la del recien convertido al cristianismo. En las tinieblas del paganismo se han debilitado sus ojos, y cuando los abre a la luz de la verdad no tienen suficiente fuerza para calcular las exactas proporciones de los objetos, ni para distinguir lo verdadero de lo imaginario" (Prescott, 1986, 202).

La saga inca de Felipe Perez es, esencialmente, una reescritura de Prescott. Desde Huayna Capac Perez reconoce ser su eco, y sin titubeos lo cita cuando las necesidades de la narracion lo llevan a dibujar el Coricancha que hacia las veces de templo del Sol, tratando al norteamericano como "el historiador" por antonomasia, sin aportar su nombre de pila. En Atahuallpa, el mismo "historiador" es invocado nuevamente para referir la llegada de Pizarro a los Andes, y el boyacense lo llama "cronista" cuando se vale de una expresion suya para describir el modo raudo y fantasmal como Hernando de Soto cumplio la comision de alcanzar el campamento de Atahualpa: los incas lo vieron llegar "como una terrible aparicion en alas del viento" (Perez, 1856, 118; Prescott, 1986, 256). En Los Pizarros, Perez renuncia al escudo de la antonomasia y divulga sin ambages el nombre de su fuente en el significativo titulo del capitulo XVI, "Donde el autor deja a Prescott el cuidado de hablar por el" (Perez, 1857, 88). Al termino de serie, en las paginas finales de Jilma, Perez rinde tributo al historiador otorgandole la cualidad que en sus novelas ha atribuido a sus aguerridos personajes conquistadores: lo llama "el valiente historiador norteamericano" (1858a, 200).

La idea de un escritor consultando un sinnumero de documentos originales es en gran parte una ilusion de la critica: cuando Perez se refiere en plural a los "historiadores" que tratan algun hecho del pasado peruano, su fuente no son multiples obras sino los comentarios bibliograficos de Prescott. Asi ocurre, por ejemplo, con el informe de los muertos en la refriega en que fue atrapado Atahualpa, se lee en la novela homonima: "Aseguran los historiadores que el numero de muertos en aquella tarde funesta paso de cinco mil" (1856, 126), lo cual obedece claramente a un calculo aritmetico sugerido por las constataciones de Prescott; en la Historia de la conquista del Peru se lee: "Del numero de muertos se habla como es costumbre con gran discrepancia. El secretario de Pizarro dice que murieron dos mil indios.

Un descendiente de los Incas, autoridad mas segura que la de Garcilasso, calcula el numero de los muertos en diez mil. La verdad se encuentra generalmente entre los extremos" (Prescott, 1986, 271-272). Carmen Elisa Acosta Penaloza supone que Perez "extrajo" de Montesinos la noticia del legendario auxilio prestado a los espanoles por el arcangel San Miguel en Puna, en el segundo encuentro de estos con gente del Tawantinsuyu, luego del viaje de Pizarro a la peninsula; sin embargo, la informacion procede de una nota al pie en que Prescott cita las correspondientes lineas de los Annales de Montesinos (Acosta Penaloza, 2002, 84; Prescott, 1986, 221-222, n. 26).

Con menor importancia, otras obras --de caracter mas literario-- nutrieron la pluma del novelista. Siguiendo otros indicios servidos entre los parrafos de Perez puede rehacerse el camino que conduce a fuentes apenas intuidas o en ningun sentido percibidas por los criticos y biografos del escritor boyacense, como es el caso de los trabajos de Jean-Francois Marmontel y Manuel Jose Quintana. En el primer caso, un dato aparentemente banal senala con significativa nitidez el conocimiento directo que habria tenido Perez de Les incas, ou la destruction de L'empire du Perou. En Atahuallpa, Felipillo --antiguo servidor del principe heredero de Quito-- sugiere a los espanoles acabar con presteza con la vida del prisionero Atahualpa, a quien hace ver como taimado organizador de una ofensiva contra los invasores; asi, el indio transfuga satisface un apetito vengativo nacido tiempo atras y por una razon para nada militar: haberse prendado de Cora, mujer del Inca. El hecho es referido por Prescott, pero en ningun momento el o alguna de sus numerosas fuentes aporta el nombre de la mujer en cuestion. Solo en la novela de Marmontel se ofrece ese dato: alli se habla de Cora, a quien se adjudica el papel de ser la enamorada de Alonso de Molina, el soldado enviado como avanzada de Pizarro en la costa de Tumbes y quien, a su vez, es reconocido por Prescott (1986, 189) como "seducido" por las lugarenas. En Atahuallpa, entonces, se ensayaria una fundida reescritura de las trayectorias de Felipillo y Molina, ya cruzadas en las fuentes historicas por su adscripcion a Tumbes y su estrecha relacion con mujeres del Tawantinsuyu que de uno u otro modo les estan vedadas. La similitud entre el rol adjudicado a Molina en la novela de Marmontel y a Felipillo en Atahuallpa se manifiesta con fuerza si se tiene en cuenta que, en ambas obras, la muchacha ha sido sacada furtivamente del templo del Sol, donde se encontraba en calidad de doncella escogida.

De parecido tenor son las alusiones de Perez al escritor espanol Manuel Jose Quintana, autor de la semblanza "Francisco Pizarro", incluida en el segundo tomo de las Vidas de espanoles celebres (1830). Los Pizarros aporta las mejores pruebas del interes del boyacense por la obra de Quintana: en situacion de referir acontecimientos previos a la fase definitiva de la conquista peruana por parte de los hermanos Pizarro, el narrador recurre al verso "!Virjen del mundo, America inocente!", linea inaugural del poema mas americanista de Quintana, "A la expedicion espanola" (1806), que celebra la importacion de la vacuna de Edward Jenner para poner fin a la peste de viruela en America (Perez, 1857, 304; Quintana, 1944, 24-30). Pero es mas significativo un dato ligado a la obra del Quintana historiador, en concreto a su semblanza del conquistador de Peru. El documentado recuento parece haber sido el origen de un personaje de Los Pizarros que, a juzgar por su ausencia en las paginas de Prescott, Garcilaso y Marmontel y por los hechos desaforados que Perez imagina para el, podria tomarse como una entidad ficticia: el maese Gines, tabernero y acompanante de Pizarro en su expedicion por el Mar del Sur y en el posterior viaje a Espana. Pero el personaje se origina, probablemente, en el trabajo de Quintana: alli se lee que, en Tumbes, "Alonso de Molina y un marinero llamado Gines pidieron licencia para quedarse", hecho que se vincula con aquel pasaje de la novela colombiana en que Molina, Gines y otros allegados a Pizarro descartan volver a Panama y prefieren seguir adelante en el conocimiento de las cosas peruanas (Perez, 1857, 135; Quintana, 1882, 227).

No es dificil imaginar entonces los rasgos, condicion y escenario de los personajes indigenas de la saga novelistica, nacida al influjo de unas fuentes desdenosas respecto de versiones nativas de la historia --o plenas de heroismo hispanizante-- que sirven como documento para reconstruir los movimientos de los conquistadores y otras que, parcialmente ligadas con el aparataje dramatico, sirven como estimulo para imaginar la vida india. Felipe Perez esta lejos de conmoverse ante el notable proyecto social y politico del Tawantinsuyu, y acomoda los incas en un estado intermedio de cultura: le parece que sus logros intelectuales son notables en unos campos y precarios en otros, y reconoce apenas intuidas algunas nociones que tanto el como Prescott entienden fundamentales para conceder el mayor estatus de civilizacion. En el discurso de ambos autores se establece que los incas, aunque interesados por los asuntos naturales, confian algunas metas a supersticiosos procedimientos magicos; o que, participes de una idea de lo divino, no reconocen a Dios, y, en fin, que han construido un orden social garante de un buen grado de pacifismo y de prosperidad economica pero inevitablemente tiranico.

Sin embargo, a Perez no le interesa el perfil politico de los soberanos incas. A pesar de su condicion de liberal radical no ve con buenos ojos la causa de quien, como Atahualpa, estaba en situacion de sacudirse legitimamente de un yugo opresor y reivindicar la perdida autonomia regional, y no tiene problemas en construir una imagen benigna de Huayna Capac, artifice de la subyugacion de Quito. Posteriormente dibujara a Francisco Pizarro no como el verdugo de un caudillo natural sino como un caballeroso conquistador condolido por la suerte de su prisionero. Entre los pocos lances protagonizados por indigenas en Los Pizarros, el mas significativo es el liderazgo de Manco en el sitio de Cusco --cuando esta ciudad habia caido en poder de los hermanos Pizarro--: pero alli el principe inca, lejos de aparecer como un digno vindicador de su pueblo, es retratado como un combatiente pusilanime y falto de honor guerrero.

En Huayna Capac y Atahuallpa, sobre todo, se evidencia que al novelista lo gana la fascinacion por una plasmacion dramatica muy conforme con el moralismo del teatro frances del siglo XVIII. A Perez parece bastarle el drama humano soportado sobre el buen hijo y el perfido, la amante desleal --Scyri Paccha, esposa quitena de Huayna Capac que ha azuzado la rebelion de Atahualpa-- y la incondicional --Cora--, y el padre escindido por una pasion desigual por sus hijos. En las novelas irrumpen situaciones de un intenso patetismo: Atahualpa puesto por Quizquiz en la encrucijada de honrar a su madre atacando Cusco o celebrar a su padre no haciendolo, o Huascar y un amauta consejero desgarrandose las vestiduras ante el cadaver del justo Huayna Capac. Parecidos climax de dramatismo recorren las otras obras de la saga: en Los Pizarros, la esposa de Manco se debate entre la fidelidad y la violenta pasion que le inspira Gonzalo Pizarro, mientras que, en Jilma, la hija nacida del conquistador y una princesa india debe pasar por la prueba de convertir su incorrecto extravio por el padre en el debido afecto filial.

Una apretada relacion de datos geograficos, ecologicos y etnologicos abre las paginas de Huayna Capac, y salvo la descripcion puntual de eventos necesarios para el desarrollo argumental --el huaraco o fiesta iniciatica en que miden fuerzas Huascar y Atahualpa, tomada en su radiografia etnografica de las paginas de Prescott (1986, 47)--, las estrategias de ambientacion historica dejan paso a extensos dialogos y monologos en que apenas tercia el narrador para ofrecer pequenas aclaraciones didascalicas sobre gestos y actitudes de los personajes. Los vacios de la contextualizacion inca se ven cubiertos por artificiosos escenarios y motivos que, usando las mismas palabras de Perez, habria que caracterizar como "romancescos" (Perez, 1856, 52), y que consisten en alusiones a castillos, palacios, cortes, pajes, jardines con estanques, ventanas con cortinaje desde las que se escuchan trovadores, salones con lamparas, suenos con angeles y, en fin, todo un imaginario medieval que busca subrayar el sentido caballeresco de las acciones de los personajes. Ademas del interes personal de Felipe Perez por los romances espanoles, el mismo Prescott (1986, 47) sugiere parcialmente esos decorados al anotar, respecto del huaraco, que es licito "figurarnos que estamos tratando de una ceremonia caballeresca de la Edad Media". Pero mucho va, como ya se mostro, en el espiritu neoclasico de unas novelas en las que su autor busca poner en escena selectas pugnas entre el bien y el mal que sepan representar las vicisitudes del alma humana. Tanto es asi que, en buena parte de lo narrado --acaso hasta la llegada de los espanoles a Puna--, poco importa que se trate del mundo inca: las intrigas mantendrian un mismo cuerpo y traducirian un mismo efecto si tuvieran lugar en otra ambientacion cultural. Perez, en parte, esta interesado en remplazar los entornos americanos por topicos del mundo clasico --y viceversa--, y en Los Pizarros y Jilma el panorama sera el mismo.

No cabe duda de que, a lo largo de la saga, la figura de la mujer indigena es el vortice de la falsificacion descriptiva. Desde Cora hasta Jilma, una inverosimilitud de guinol o de romance apabulla las representaciones de la feminidad inca: la amante de Atahualpa padece un sonambulismo que le permite el uso de todas sus facultades, excepto la de advertir, a lo largo de cinco noches, que su violador no es su senor; Florazul, la cacica india que se prenda de Pizarro a su paso por el puerto de Santa Cruz, vive entre las tiendas suntuosas, la servidumbre personal y los incensarios y balsamos de una reina de Saba; Azucena, cuyo nombre a la usanza espanola rine con su condicion de esposa india de Manco, viste un traje de joyas y babuchas de oro, y se enamora de Gonzalo Pizarro al primer golpe de vista para luego recibirlo en una camara adornada con cortinajes y tapizada de petalos; finalmente, Jilma, quien a pesar de sus quince anos y su presunta cosmovision peruana improvisa extensos poemas --por lo demas de una perfecta preceptiva--, conoce casi en el mismo altar que el novio es su propio padre y termina, en su ultimo episodio, suicidandose para proteger su honra. El extranamiento ante la mujer hecha objeto literario --en un siglo XIX caracterizado por la drastica verticalidad de la relacion entre generos--, con la adicion de la condicion indigena del personaje, no conduce a otra cosa que a formulaciones novelescas extremas.

Felipe Perez no abona esfuerzos a favor de una verosimilitud narrativa que logre incorporar lo inca dentro de la historia. En el primer capitulo de Huayna Capac anota, solo en apariencia casualmente, que el Tawantinsuyu es "un raro pais, sin ejemplo en las historias" (Perez, s. f.). Anos despues, en su tratado El doctrinarismo i la autoridad Compilaciones historicas i observaciones politicas, al emprender una ambiciosa resena historica de los regimenes ligados a la libertad o a la opresion en el mundo, hace un significativo silencio al respecto de la ilustrativa especie inca. Las paginas de dicho ensayo no incluyen ninguna manifestacion cultural americana en las descripciones de la politica en los estados de la antiguedad, y apenas apareceran referencias a Peru y otros paises suramericanos en los escuetos comentarios que le merece la organizacion social de las jovenes republicas del siglo XIX. Felipe Perez ve el valor de America en su destino ineluctable de tierra para republicas modernas.

Los jigantes

Una Colombia que en su fundacion como republica asigna al indio del siglo XIX nada mas que los margenes de su territorio es lo que se vislumbra en Los jigantes, novela sobre la Independencia de Colombia en que participan personajes de ascendiente muisca y nativos de los Llanos Orientales. Ya en la Biblioteca de Senoritas Felipe Perez (1858b, 61) habia escrito que los grandes temas americanos eran la vida precolombina, la Conquista y la Independencia, de modo que la transicion entre los temas novelados entre 1856 y 1858 y el bosquejado en 1875 seria, solo aparentemente, una ruptura.

En Los jigantes, el criollo Juan Munoz conspira contra el orden colonial a traves de una cofradia clandestina, la "Santa Obra", cuyas acciones financia en buena parte Sagipa, un indio de ascendiente muisca que esta en poder del antiguo tesoro del Cacique de Guatavita. Don Juan viaja a colaborar con Francisco de Miranda en el desembarco venezolano de 1806 contra la dominacion colonial y Sagipa, junto con su padre, queda al cuidado de la hija del criollo, Luz. La muchacha es raptada por los espanoles y Sagipa abandona el virreinato creyendola muerta. El exodo lo lleva a los Llanos Orientales, donde conoce la vida de los pueblos indigenas --sobre todo guahibos y salivas-- y donde recluta al nativo Ruqui como companero hasta Venezuela; alli encuentran a Munoz y, junto con el, desaparecen en el extenso y complejo mapa de la lucha por la Independencia. Mientras tanto, Luz ha sido acogida en el palacio santafereno de Amar y Borbon, y desde alli, con anonimos, aconseja las decisiones de la Santa Obra y presencia con regocijo los hechos del 20 de julio de 1810. Juan y Sagipa, ignorantes de la supervivencia de Luz, mueren anos despues en el Pantano de Vargas, mientras que Ruqui vuelve a la vida llanera.

El nombre del protagonista indio, Sagipa, delata el uso de una de las fuentes mas autorizadas sobre la historia prehispanica y de la Conquista en Colombia, el Compendio historico del descubrimiento y colonizacion de la Nueva Granada en el siglo decimo sexto (1848) de Joaquin Acosta: alli se refieren episodios que incluyen al homonimo Sagipa --Zipa sucesor de Thisquezuza--, como una guerra inicial contra los espanoles, la alianza con Quesada y, finalmente, la ejecucion del lider indio por orden del conquistador. Acosta habla del Zipa como "un valiente guerrero" y relaciona su ejecucion con el martirio de Atahualpa, pues con la prision de Sagipa tambien se perseguia la entrega de un botin metalico cuyo recaudo habia sido prometido por el reo a cambio de su libertad; escribe el militar historiador: "Esta promesa dio lugar a que los espanoles ya se creyesen duenos de tanto caudal como el que se trajo a Pizarro para el rescate del Inca". Ademas, insinua que Sagipa ocupaba ilegitimamente el titulo de Zipa, en lo que se identificaria aun mas con Atahualpa (Acosta, 1942, 320 y ss.). (2) La situacion de este Sagipa historico tendria por que interesar a Felipe Perez, y es diciente que su equivalente personaje decimononico este precisamente en posesion de un tesoro cuantioso. Por lo demas, el origen de dicho tesoro debe algo a la leyenda del tesoro de Guatavita referida por Juan Rodriguez Freyle en el capitulo vil de El Carnero, obra impresa por primera vez en 1859 por iniciativa del mismo Felipe Perez.

Otras fuentes alimentan significativos contenidos de la novela. Lejos de las formas pomposas y romancescas adoptadas por los personajes incas de veinte anos atras, las estampas de la vida indigena llanera son de un evidente realismo --acaso inedito en las paginas literarias colombianas--: en el libro cuarto de Los jigantes, titulado "El desierto", la narracion se detiene en morosos informes etnograficos sobre las costumbres y contexto de la vida de numerosas poblaciones Ilaneras: enclaves guahibos, salivas, cabres, amarizados, guaipunabis, coreguajes, entre otras etnias. Se documentan usos y rasgos de variada indole: patron de asentamiento, modos de la organizacion social y politica, atuendo cotidiano y ornamentacion con pintura corporal, utensilios de uso diario, caza de serpientes y caimanes y recoleccion de huevos de tortuga terecay, pesca con barbasco, relaciones interetnicas, practicas funerarias y, finalmente, algunos detalles de indole linguistico.

La notable aparicion de un indio literario creible en un siglo que aun no acaba de descubrirlo --como no sea en las estampas campesinas indigenas plasmadas por Eugenio Diaz en "Maria Ticince o los pescadores del Funza" (1860) o El rejo de enlazar (1873, postuma)--, se explica en la trascripcion casi literal de los informes ineditos que Agustin Codazzi produjera en el contexto de la Comision Corografica (1850-1859); escritos que, una vez muerto el geografo en febrero de 1859 a causa de una fiebre maligna, Perez habia compilado por pedido especial de Tomas Cipriano de Mosquera. Los dos gruesos volumenes de la Jeografia fisica i politica de los Estados Unidos de Colombia, redactados por el abogado boyacense, incluyeron largas citas del geografo italiano, y particularmente en los pasajes referidos a la vida indigena del territorio de Caqueta y el Estado de Cundinamarca: en ese entonces las entidades politico-administrativas que contenian los enclaves indios abordados en la novela de 1875. Perez, que no ha tenido una experiencia selvatica, procede con los informes de Codazzi, que tan intimamente conoce, como antes lo hizo con la obra de Prescott a proposito de los incas y como lo hara en sus publicaciones sobre literatura espanola en los Anales de la instruccion publica de Colombia, en que copia a la letra resenas de Carlos Ochoa (Perez, 1883 y 1884). Pero en la actitud de trascripcion de 1875 hay algo nuevo: ahora el novelista cree en los documentos sobre el indio, y se interesa por un saber antropologico que antes desdeno, cuando tomo de Prescott los detalles de la aventura espanola dejando a un lado --para apenas figurarselos-- los datos de la vida prehispanica.

Con todo y que se trata de una indiscriminada copia de informacion por parte de Perez, es de todos modos significativa su asuncion de que la diversidad de los pueblos indigenas es casi inabarcable y que hay en su manifestacion una particularidad irreducible que, en buena medida, se opone a la aplicacion de esquemas universalistas --los que la epoca prefirio para homogeneizar, con claro ademan despectivo, lo que entendio como manifestaciones salvajes de la condicion humana--. Mucho de eso, por ejemplo, respira este comentario consignado en la novela sobre la situacion etnica de los Llanos:

Verdadero mosaico humano, estos pueblos aunque al parecer hermanos, no tienen entre si conexion. Brotados en medio del desierto como plantas distintas, sin orijen averiguable, sin mision definida, i sin otro caracter que el de una letra cualquiera del gran libro de la naturaleza; nacidos i muertos alli como un punado de aves sedentarias, sin mas conciencia de su ser que la que puede tener una roca, i sin otros instintos que los puramente animales, viven para la holgazaneria i el placer

(Perez, 1875, 209).

De todos modos, bien se ve que la diversidad admitida es la de un mosaico de especies naturales, y no la cultural que se reconoceria en un complejo de sociedades humanas. Perez desconfia de que entre aquellas hordas animales se encuentren los rudimentos minimos de la cultura: "Son hombres, o son manadas? [...] ?Hasta donde pueden ser responsables por sus acciones como seres morales, una vez que carecen de ensenanzas, de tradiciones, de escuelas i de revelacion?" (209). La negacion de la existencia de tradiciones culturales propiamente dichas casi anula las descripciones mismas de Codazzi, y hace pensar que el novelista ha recurrido a ellas solo por dar algun contenido --quiza intercambiable-- a las paginas de ambientacion llanera a que le obligaba su argumento. Tambien puede ensayarse la hipotesis de que, habiendo conocido, en los manuscritos de Codazzi, la vida indigena con un grado de realismo del que carecian incluso las paginas de Prescott, el novelista decidio establecer la marginacion de la cultura indigena del proyecto civilizatorio americano, al saberla debil gracias a un diagnostico autorizado; o, por lo menos, la minimiza hasta donde le es posible: Sagipa sera aceptado como representacion del esplendor cuasi imperial de los antiguos muiscas, y su tesoro puesto a favor de la revolucion sera el vaso comunicante entre ese pasado esplendoroso y la causa republicana. Mientras tanto --y es lo que consigna la ultima pagina de la novela-- Ruqui acepta volver a su vida en el "desierto [...] unica mansion del salvaje" (354), a pesar de que ya la Independencia es un botin alcanzado, en teoria, para todos los nacidos en America.

Puede pensarse que el descredito de la figura indigena se debe tambien a la correspondiente devaluacion de su otra mitad discursiva, lo espanol. En efecto, la presencia de Espana en la novela se ve menguada tanto por la supresion de las fuentes peninsulares --importantes en el proyecto novelistico inca-- como por el ataque furibundo del prosista contra las cosas de la ex metropoli, situacion de todos modos previsible dada la naturaleza del tema novelado. Los denuestos menudean en las paginas de Los jigantes contra la sangrienta gesta conquistadora del pasado, la torpeza politica espanola, la mezquindad eclesial, la ignorancia e inequidad en que fue sumida la masa criolla y las reacciones cruentas de la Corona contra las ideas liberales y acciones publicas a favor de la emancipacion de las colonias. La posicion de Perez no puede ser mas clara: "En estos tres siglos el europeo dio al americano, en cambio de su salvaje tranquilidad, de su oro, de su honor, de su dignidad i de sus bellezas, la abyeccion por patrimonio i el latigo por gobierno" (13-14).

Las lecturas francesas se habian acrecentado para entonces en Felipe Perez, quien, incluso, habia pasado por Paris hacia 1865 en cumplimiento de la comision como geografo confiada por el Gobierno colombiano. La experiencia fue consignada en Episodios de un viaje, donde el boyacense alude varias veces al vizconde de Chateaubriand y a Alphonse de Lamartine, autor, este ultimo, que le desperto un acendrado fervor: al llegar a Paris, Perez redacto una carta para el historiador y poeta en que se confiesa "satisfecho con habitar bajo el mismo aire y respirar el mismo aire" (1946, 182). De Histoire des girondans (1847) de Lamartine --obra que Perez saluda en la referida carta anotando que esta "contada a los siglos que vendran, con la gracia con que habla un angel a otro" (183)-- procederia parte de la semblanza de Francisco de Miranda presentada en el libro tercero de Los jigantes, y por supuesto, algo del entusiasmo republicano que, apenas retorico en sus jornadas como literato veinte anos atras, Perez maduro en la activa vida politica que tuvo al lado de sus copartidarios del liberalismo radical (algunos de ellos presidentes de la Republica, como Manuel Murillo Toro y Santiago Perez Manosalbas, su hermano). Miranda, afrancesado, puede ocupar el lugar del heroismo que, en la nueva epoca en que el novelista examina la historia, ya no pertenece ni a los incas ni a Pizarro, quien, junto con todos los conquistadores del siglo XVI, es otra entre las "aves de rapina de plumaje de acero" (Perez, 1875, 13). Involuntariamente, un casual anticipo modernista parece materializarse en la plasmacion de Felipe Perez: el nuevo heroe venezolano, en tanto criollo universal, representaria al americano que se ha forjado en el crisol de razas, y a un lado, vencidos como idolos anacronicos, quedarian los tipos pristinos de esa miscegenacion cultural: el indio y el espanol.

A modo de conclusion

Es indudable que Felipe Perez depara, para los personajes indigenas de sus cinco novelas, un destino de negacion y exclusion, evidente ya sea en los incas difuminados en el oropel de un pasado remoto --y de heroismo hispano-- o en los indios llaneros cuya ruda existencia les impide participar en la construccion de la nacion moderna. No obstante, es asimismo evidente que entre la escritura de Jilma y Los jigantes se verifica un proceso de definicion de la figura literaria del indio que apunta decididamente hacia el realismo. Si, como supusimos al principio de estas lineas, la ultima novela extensa del siglo XIX sobre el tema indigena es la de Perez, sus etnograficos indios del oriente colombiano tendran su siguiente version literaria medio siglo despues, en La Voragine (1924) de Jose Eustasio Rivera, quien toma los nativos donde el boyacense los ha dejado y lleva su registro realista hasta el naturalismo esceptico con que su epoca, posconradiana, habria de codificar la selva.

Lo que proponemos es que entre el 1844 de Yngermina o la hija de Calamar y el 1875 de Los jigantes se habria verificado un primer ciclo de la novela colombiana de asunto indigena: uno que lleva al personaje aborigen desde el universo retorico del dramatismo neoclasico hasta la prosa atravesada por el influjo de la investigacion cientifica; en sentido figurado: la traslacion del indio entre el solio de los lances romancescos y el escenario inhospito, verosimil, de la selva tropical; y, atendiendo al corpus aqui considerado, es muy significativo que dicho transito sea visible en obras escritas por la misma pluma. En esto tiene mucho que ver que, cerca de la mitad del intervalo, se hayan difundido los trabajos de la Comision Corografica, primera empresa republicana que pretendio explorar con sistema el territorio, enclaves culturales y recursos naturales de Colombia (de hecho, una de las primeras novelas escritas luego del fin de las exploraciones, El ultimo rei de los muiscas, ya deja ver significativos cambios en los modos de descripcion del paisaje [Orrego Arismendi, 2002]).

Con todo, este presunto primer ciclo de novelas de tema indio dista de ser un periodo o movimiento uniforme o de sincronica transformacion hacia un modelo realista o protorrealista representado por Los jigantes. Los temas, contextos y perspectivas son diversos, abarcando tanto la Conquista como la exploracion decimononica de los "desiertos" de la nacion; refiriendose a enclaves culturales como la costa atlantica, la montana andina y la selva amazonica y, asimismo, usando tanto el tono legendarizante de la novela historica como --asi sea en trazas-- el reivindicativo del indigenismo. No obstante, tal complejidad no impide ver lo que ocurre en terminos generales con un tipo de personaje del que, dado el caracter equivoco de su estatus ante las aspiraciones sociales del pais letrado, importa conocer las circunstancias --y los porques-- de su transito hacia el realismo. En el caso estudiado, es evidente que un temprano trabajo de registro etnografico --mas que, propiamente, una antropologia-- aclaro los contornos de la figura indigena, si bien su asimilacion se hizo casi en el contexto de las especies de la fauna y la flora.

La tension implicita en tales representaciones se evidencia, tambien, cuando se piensa en las transformaciones del mapa literario en que se ubica al indio: fastuoso rey de la montana en las novelas de los tiempos idos --o de unos que, casi miticos, no pertenecen a la historia--, acaba por ser un barbaro paria cuando se le dibuja como contemporaneo. Se trata de la misma negacion en distintos codigos, amen de la cercania cientifica de la segunda pintura. Aun asi, una nueva oportunidad de redimir al personaje indio tendra lugar en la primera mitad del siglo XX, cuando las novelas del subgenero materialicen un nuevo proceso: el que lleva al indio triste, condenado geneticamente, a su comprension como sujeto de la cultura.

Recibido: 12 de septiembre de 2009. Aprobado: 22 de octubre de 2009 (Eds.)

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(1) No nos es posible explicar la alusion del biografo Enrique Perez a una quinta novela inca, Tupac Amaru. Enrique Perez habla con minuciosidad de la actividad diplomatica de Felipe Perez, de su desempeno como politico y militar, y con mas precariedad se refiere a su trabajo como geografo y novelista; sin embargo, dicho trabajo ha sido la base de posteriores biografias, que en buena parte la han parafraseado, replicandose sin otros indicios la mencion de la novela Tupac Amaru (Enrique Perez, 1911; Dominguez, 1991; asimismo vease la introduccion a Perez, 1946). Hasta hoy no conocemos ninguna prueba material de la existencia de dicha obra.

(2) Aparte de la plausible conciencia del autor de los roles historicos de Atahualpa y Sagipa, apenas detalles minimos conectan Los jigantes con las novelas incaicas publicadas entre 1856 y 1858: alusiones generales a los tesoros peruanos, la declaracion de que los americanos son hijos de Atahualpa, la descripcion de unas andas como las que usaron los reyes incas, la aparicion en la retorica independentista del "Sol de los incas", la noticia de un "chasqui" despachado con un mensaje hacia Venezuela y la evocacion poetica de las ruinas de Casco (Perez, 1875, 9, 57, 62, 98, 102, 109, 120).

Juan Carlos Orrego Arismendi *

Universidad de Antioquia

* Profesor del Departamento de Antropologia de la Universidad de Antioquia (languidamente@gmail.com), estudiante del Doctorado en Literatura de la Facultad de Comunicaciones. Este articulo es producto de la investigacion "Presencia inca en la novela colombiana".
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Author:Orrego Arismendi, Juan Carlos
Publication:Estudios de Literatura Colombiana
Date:Jul 1, 2009
Words:8002
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