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DEL REGISTRO DOCUMENTAL AL TERRITORIO COLONIAL: DISCURSOS, PRACTICAS Y RELACIONES DE PODER EN EL LAGO TITICACA (1570-1630).

FROM DOCUMENTARY RECORD TO COLONIAL TERRITORY: DISCOURSES, PRACTICES AND POWER RELATIONS IN TITICACA LAKE (1570-1630)

Pensar los mecanismos de reproduccion de un sistema de dominacion colonial implica considerar que las relaciones sociales (de produccion, de poder, interetnicas, de genero) presentan correlatos materiales e inmateriales en el espacio. En tanto tecnologias del poder, estos espacios construidos objetivan practicas sociales que, a su vez, generan efectos de dominio politico aunque tambien de resistencias (Criado Boado 1991; Thomas 1993). En efecto, los diferentes sistemas de dominacion establecen sus respectivas formas de organizacion espacial, proceso pasible de ser historizado en tanto resultante del conflicto social (Acuto 1999; Soja 1989). Enmarcados por estas consideraciones teoricas generales, en este articulo nos interrogamos por las formas en que un grupo de caciques principales de los pueblos de reduccion emplazados sobre el lago Titicaca negociaron y disputaron (entre si y con las autoridades coloniales) percepciones y representaciones sobre los distintos espacios que habitaron entre las decadas finales del siglo XVI y las primeras del siglo XVII. Este objetivo forma parte de una pesquisa de mas largo aliento, que indaga los impactos de las transformaciones territoriales operadas por el dominio colonial en la redefinicion de los criterios de legitimidad de los lideres etnicos del altiplano lacustre (Morrone 2011).

Entendida como el conjunto de estrategias practicas por las cuales un colectivo humano busca controlar (y, en ese mismo acto, construir) determinado espacio que deviene (por efecto de ese control) en territorio, materializando y visibilizando asi las relaciones de poder (Sack 1983; Santos 2000 [1996]), la territorialidad jugo un rol clave en las identificaciones y en la validacion de los criterios de legitimidad interna de las autoridades nativas. Derivado de una practica concreta y activa, el territorio se configuro como resultado de luchas por el control de ciertos recursos, personas, relaciones, simbolos; en el contexto colonial, esas luchas condicionaron el acceso a zonas de produccion claves para el sustento de las unidades domesticas que conformaban los ayllu (agrupaciones parentales de base) de cada pueblo de reduccion. Pero el territorio tambien se definio por aspectos menos tangibles, mas abstractos, ya que constituyo una plataforma para la identificacion etnica, politica y social. Estas conceptualizaciones resultan sugerentes cuando pensamos la ocupacion hispanica de los territorios etnicos y su impacto en el sostenimiento de la legitimidad de los jefes nativos en el escenario colonial, tal como se produjo en otras regiones del sur andino (Abercrombie 1998:282-291; del Rio 2005:84-93; Platt et al. 2006:502-515).

En tanto palimpsestos construidos por relaciones de poder, las configuraciones territoriales de epocas previas pudieron permanecer en epocas posteriores, cobrando nuevos significados, nuevas lecturas, apropiaciones y usos por parte de los actores sociales implicados (Bender 1993:9; Santos 2000 [1996]:37-38). El establecimiento del dominio colonial requirio, pues, de la puesta en marcha de nuevas expresiones territoriales. En este sentido, los elementos fijos y los flujos (Santos 2000 [1996]:5355) que conformaban las territorialidades nativas se vieron alterados por la fundacion de ciudades, la fragmentacion de los colectivos indigenas entre los vecinos encomenderos y el inicio de la explotacion minera de los cerros de Porco y Potosi, nuevos ejes vertebradores del "espacio peruano" en general y de la region surandina en particular (Assadourian 1983). Para la decada de 1570, la reacomodacion forzada de los grupos nativos, reducidos a pueblos de indios como efecto de la visita ordenada por el virrey don Francisco de Toledo (1569-1581), conllevo a la puesta en disponibilidad y apropiacion en manos espanolas de gran cantidad de tierras, que progresivamente fueron organizadas en torno a emprendimientos agricolas y ganaderos con destino a los diversificados mercados surandinos (Glave 1989; Jurado 2004).

Estos cambios impactaron en gran medida en el panorama socio-etnico de la region circunlacustre, toda vez que el nuevo sistema tributario obligaba a los grupos nativos a rearticular sus pautas de movilidad en torno a los pueblos de reduccion, en un claro intento de establecer una territorialidad fija que redujera los flujos de desplazamiento interecologico. A partir de finales de la decada de 1580 y hasta bien entrado el siglo XVII asistiremos a una pronunciada caida demografica, causada por el efecto combinado de una serie de epidemias y malas cosechas y del ausentismo indigena, "tactica anti-fiscal" desplegada para desligarse de las obligaciones coloniales (Saignes 1987).

Tanto la progresiva mercantilizacion de la tierra, que puso en riesgo el acceso de los grupos nativos a los recursos agroganaderos necesarios para su reproduccion, como el reacomodamiento demografico fueron los procesos que caracterizan el contexto sociohistorico en el que transcurrieron los episodios abordados en este trabajo. En cada uno, haremos enfasis en las siguientes variables: (1) los discursos de los caciques de los pueblos involucrados en los pleitos; (2) los argumentos de las autoridades coloniales; (3) el testimonio de los respectivos testigos; y (4) las referencias a la materialidad visibilizadas en la documentacion. En suma, nos interrogamos por los modos en que los distintos actores sociales del escenario circunlacustre se pronunciaron discursivamente al respecto de los espacios habitados y/o disputados (Quiroga 2015; Scott 2009; Sluyter 2001). Para sondear estos interrogantes y contribuir al analisis de los procesos de territorializacion de las relaciones de poder, presentamos tres pleitos por tierras incoados por los caciques de varios pueblos emplazados en las riberas del lago Titicaca ante la Audiencia de Charcas, maximo tribunal regional (Figura 1) (1).

Tierras y Control del Espacio: los Caciques de Conima Contra los de Guaycho (1582-1586)

El primer caso de analisis vincula a los caciques del pueblo de Conima (corregimiento de Paucarcolla) contra sus pares del pueblo de Guaycho (corregimiento de Omasuyos) en un pleito por las tierras de Cacata, Capaquini y Cocavi (2). Ubicadas a la vera del lago entre ambos pueblos, las chacras estaban destinadas al cultivo de papas para la elaboracion del chunu, al pastoreo de ganado y a la produccion de pescado seco (Figura 2). La presencia de casas, cimientos y parcelas destinadas al cultivo denotaba una antigua ocupacion y utilizacion productiva de los parajes disputados.

En septiembre de 1582, los caciques de Conima solicitaron a la Audiencia el deslinde y amojonamiento de las tierras que usufructuaban "en la antigua y quieta y pacifica posegion" desde la visita toledana, dado que los caciques de Guaycho ya las habian ocupado sin autorizacion y contra derecho. En respuesta a la peticion, la Audiencia emitio una provision amparando a los caciques de Conima en la posesion de las tierras, ordenando nuevos amojonamientos. Dos anos despues, en agosto de 1584, don Diego Jule y don Gaspar Capaquiqui, caciques de Conima, presentaron la provision ante Antonio Torres de Mendoza, corregidor de Paucarcolla, solicitando su cumplimiento. Seria recien en abril de 1585 cuando el corregidor tomo cartas en el asunto, gestionando una concertacion entre los caciques de ambos pueblos con la intervencion de dos mediadores (don Pedro Condori, cacique principal de Moho y "governador desta provincia de Omasuyos", y don Hernando Pilco Guanca, cacique principal de Carabuco, es decir, un referente politico de cada corregimiento). Agotadas las instancias de negociacion, Torres de Mendoza autorizo la presentacion de cuatro testigos por cada parte y otros tantos de oficio (convocados ad hoc para garantizar relativos margenes de imparcialidad), no sin antes prohibir la explotacion de las tierras hasta el cierre de la causa.

El analisis del testimonio de los testigos permite indagar los argumentos barajados por los caciques de cada pueblo, enfrentados en los estrados judiciales para reclamar sus derechos. Los testigos hicieron referencia a los mojones incaicos con el objetivo de determinar la legitima pertenencia de las tierras en disputa (3). El debate giro en torno a dos ejes: la asignacion incaica (y luego toledana) de parcelas para cada pueblo y los eventuales desplazamientos de poblacion en funcion de la necesidad de tierras. Los testigos de ambas partes plantearon que las parcelas se encontraban cercanas al pueblo por cuyos caciques testificaban. Estas lecturas diferenciales sobre las operaciones incaicas y coloniales sobre el espacio conformarian el nucleo central del pleito.

En efecto, la clave de los testimonios consistio en determinar los lugares "originales" de poblamiento y sus distancias a los parajes en cuestion. El argumento de los caciques de Conima se habia sostenido en la lejania del asentamiento "inicial" de los indios de Guaycho, cerca de Escoma, entre seis y siete leguas al sudeste del asiento de Cacata (33,439 km) (4). No obstante tener alli tierras suficientes, pretendian acceder a otras en terminos de Conima, tras haberse establecido en Guaycho (y a pesar de no haberseles senalado durante la visita toledana, aunque si en Escoma). Por su parte, don Gaspar Hilaco y don Martin Pacoricona, caciques de Guaycho, adujeron ante el capitan Juan Gutierrez de Ulloa, corregidor de La Paz, que mientras ellos vivian en Escoma, las tierras de Cacata ("las quales teniamos y poseyamos del tiempo del Ynga y muncho antes") habian quedado alejadas, motivo por el cual las habian arrendado a los indios de Conima. Pero tras ser reducidos al pueblo de Guaycho (a legua y media de Cacata [8,3 km]), efectivamente precisaron mas tierras, estallando asi el enfrentamiento (5). En respuesta, los caciques de Conima contradijeron toda la informacion presentada por sus rivales, acusandolos de falsear la verdad. Evaluados los dichos de los testigos, en octubre de 1585 el corregidor Torres de Mendoza establecio la division por mitades de las tierras de Cacata entre ambos pueblos; en mayo de 1586, la Audiencia se pronuncio avalando el parecer del corregidor.

Volvamos a los testimonios en busca de referencias a la materialidad. Los testigos enumeraron la disposicion de los mojones incaicos, alineados en sentido sudoeste-noreste desde las orillas del lago, atravesando la puna hasta el pueblo de Omanata (emplazado en la cordillera oriental), y desde alli descendiendo hacia el pueblo valluno de Charazani (corregimiento de Larecaja). Sin embargo, se evidencio una discrepancia con respecto a la ubicacion del primer mojon a partir de donde se establecian los deslindes. Tanto en el interrogatorio de los caciques de Conima como en los testimonios de sus testigos y de tres de los testigos de oficio se mencionan tres mojones puestos por el Inca "entre la laguna y Omanata": Yquicoli, Pullata y Quinajani (6). A partir de estos linderos, las tierras disputadas quedarian en terminos del pueblo de Conima. El primer testigo de oficio, Pedro de Olazarraga, describio el emplazamiento de los mojones:
   Yquecoli el questa junto a la laguna y el otro
   se llama Hullata y otro Quinajani que cae a
   las espaldas del pueblo de Guaycho que es
   entre el dicho pueblo y la laguna este testigo
   antes quel dicho senor corregidor lenviase
   a ver las dichas tierras le avian ynformado
   los yndios de Conima que era su jurisdigion
   y termino hasta los dichos mojones aqui
   declarados (...) (7).


Estas indicaciones fueron confirmadas por el cuarto testigo de oficio, don Sancho Yangamalco, anciano cacique de Moho, quien ademas aporto informacion adicional sobre la intervencion del poder incaico en la zona:
   el mismo Ynga dio a los yndios de Conima
   por ser sus cumbicamayos un tajo y echo
   unas hoyas questan al longo de la laguna
   para los dichos yndios de Conima. Y los
   mojones se llaman Yquicoli Pullata y
   Quinajani. Y dentro destos mojones caen
   las chacras que se llaman Cadquini y Cocabi
   Grande y otro Coabi Pequeno y Cacata
   las quales dichas tierras son y siempre
   las an pastado los yndios de Conima y
   senbrado en ellas sus gimenteras porque en
   el tiempo del Ynga eran un ayllo los yndios
   de Conima y los de Moho tenian termino
   hasta Guaicho (...) (8).


Al afirmar que el inka otorgo "un tajo y echo unas hoyas questan al longo de la laguna", el testigo remitia tanto a la delimitacion del espacio de trabajo de los tejedores especializados ("un tajo") como a la marcacion de hondonadas en la tierra ("hoyas") a lo largo ("al longo") de la ribera del lago. Diferente fue el panorama presentado por los caciques de Guaycho. En su interrogatorio, solicitaban a los testigos clarificar
   si saven que los mojones y saibas questan
   puestos en Patalaire ban atravesando por
   gerros y punas mas de una legua grande
   hasta que entran en la laguna que dizen
   de Chucuito y por la otra parte van por
   las punas que atrabiesan hazia Umanata y
   Charagana y dividen los terminos destos
   dichos pueblos de Charagana Omanata y
   Guaichu (...) (9).


Asimismo, buscaron aclarar que "el Ynga tenia de costumbre poner los dichos mojones para quitar de diferengias y vatallas a los dichos yndios y asi estan puestos en todas las tierras del Piru y se cumplen y guardan los dichos mojones" (10). De ser valida la asociacion entre el mojon "Patalaire" (o "Patacalli" en otros testimonios) y el paraje actualmente denominado Patascachi, el deslinde entre las tierras dependientes de Guaycho habria corrido por senderos diferentes a los esgrimidos por los caciques de Conima. Asi lo corroboraron dos testigos presentados por los caciques de Guaycho: don Diego Capaquiqui afirmo que "los mojones devidian los terminos entre los pueblos de Charagane Omanata y Guaicho (...) para que cada uno conociese lo que era suyo", mientras que don Juan Uri sostuvo "que los dichos mojones no servian de leguas sino de partilles los terminos a los yndios de Conima y Guaicho" (11).

?Que roles desempenaron los espanoles involucrados en el pleito? ?Que lecturas del espacio podemos avistar en el registro documental? El unico testigo no indigena, Pedro de Olazarraga, aclaro que los mojones "van ahilados a la laguna e a oydo dezir que son leguas y no mojones". La referencia de este testigo de oficio sugiere que los mojones estaban dispuestos de manera sucesiva sobre el camino ("ahilados"), a manera de postas ("leguas"), sin cumplir funciones de deslinde. Esta apreciacion contradecia las consideraciones de los testigos favorables a los caciques de Guaycho, quienes asignaban a los mojones un rol claramente demarcatorio. Asimismo, Olazarraga sostuvo que tras recorrer esos parajes, advirtio que don Martin Pacoricona, cacique de Guaycho, no se opuso al reclamo de los caciques de Conima sobre las tierras; mas aun, el testigo agrego "que los dichos yndios de Guaycho senbraron las dichas chacras con ligengia de los yndios de Conima", sugiriendo acaso que la preeminencia de los segundos era una practica tolerada e incluso naturalizada por los primeros (12).

Por su parte, y en tanto oficiales de justicia en primera instancia del territorio bajo su control, los corregidores jugaron sus respectivas cartas. Tanto Antonio Torres de Mendoza, corregidor de Paucarcolla, como don Gregorio de Maranon, corregidor de Omasuyos, solicitaron a los caciques explicitar los nombres y los lugares de emplazamiento de los mojones para resolver el conflicto. Acaso en busca de una instancia superior para la defensa de su causa, los caciques de Guaycho recurrieron al capitan Gutierrez de Ulloa, corregidor de La Paz. Una vez presentados los testigos, los corregidores remitieron el pleito a la Audiencia, cuyos fiscales oportunamente emitieron la sentencia definitiva, dividiendo las tierras en cuestion. Observamos, pues, en este ultimo eslabon procesal las operaciones del poder colonial sobre los territorios etnicos: la sentencia de la Audiencia convalido el status "fronterizo" del espacio contenido entre ambos pueblos.

Fronteras, Centros y Mojones: los Caciques de Guancane Contra los Olleros de Milliraya (1583-1611)

El segundo escenario se ubica en la ribera norte del lago Titicaca, en la confluencia de los rios Ramis y Huancane, en el valle de Milliraya (departamento de Puno, Peru). A mediados de 1583, don Felipe Caquia y don Pedro Hilapay, caciques principales del pueblo de Guancane (corregimiento de Paucarcolla), se presentaron a la Audiencia solicitando la restitucion de unas tierras destinadas al cultivo y a la cria de ganado que, segun sostuvieron, el inka Wayna Capac habia establecido en Milliraya para el sustento de una colonia permanente de mil cumbicamayoq (especialistas en el trabajo de la lana de vicuna) y cien olleros, junto a otros artesanos especializados (plumajeros y tejedores), en compensacion por su desarraigo (Figura 3) (13).

Tras la conquista espanola, el desgranamiento del poder incaico y el reordenamiento toledano, los pocos descendientes de aquellos olleros trasplantados pretendian mantener la ocupacion de las tierras. Los caciques de Guancane, por su parte, aducian la rebeldia y el ejercicio de practicas idolatricas de los actuales pobladores de Milliraya, al tiempo que arguian la necesidad de las tierras para el sostenimiento de su poblacion. En respuesta a la peticion, el alto tribunal comisiono a Antonio Torres de Mendoza, corregidor de Paucarcolla, como juez para que recibiera los reclamos de los caciques de Guancane y llevara adelante un nuevo amojonamiento y deslinde de las tierras, luego de citar a los olleros de Milliraya para que dieran su testimonio.

Siguiendo el procedimiento usual, Torres de Mendoza recibio los testimonios de los tres testigos presentados por los caciques de Guancane; dos de ellos eran ancianos principales (autoridades menores) de los pueblos aledanos de Chupa y Azangaro (corregimiento de Azangaro y Asillo), quienes avalaron el reclamo de restitucion. Del mismo modo actuaron los dos testigos de oficio, don Pedro Condori y don Sancho Yangamalco, caciques del pueblo de Moho (14). El primero sostuvo que, a la llegada de Francisco Pizarro al Cuzco, el mallku lupaqa Cari exhorto a los mitmaqkuna asentados en Milliraya para que abandonaran el asentamiento (15). Asimismo, planteo que las tierras disputadas se extendian hasta un rio y "que llega hasta la calzada donde hay una punta de un puquio" (16). De los recien llegados, Condori aclaro que, en respuesta a sus solicitudes, el visitador toledano les habia senalado solares y cuadras para que viviesen y construyeran sus casas, y que "tienen los olleros un moyo senalado redondo que esta bien e claro" (17). Por su parte, don Sancho Yangamalco sostuvo que "toda la tierra de Millerea y aun mas, hasta el rio y donde esta una puente que parte de termino con Taraco, ques mas alla de Chacamarca, es deste pueblo de Guancane". Ambos testigos afirmaron que las tierras de Milliraya estaban asociadas a "la calzada que llaman Mallcuhuma" y a "la calzada hacia Guancane", lo cual sugiere un alto grado de integracion espacial del establecimiento artesanal con la red caminera incaica.

Para recusar estos testimonios, los caciques de la antigua "provincia de Chiquicache" (cuyo territorio habia quedado englobado desde 1565 en el corregimiento de Azangaro y Asillo) aportaron el testimonio de cuatro testigos, tres de los cuales eran ancianos lideres de los pueblos de Lampa, Juliaca y Hatuncolla (corregimiento de Cavana y Cavanilla). Esta presentacion buscaba sustentar los derechos de los descendientes de los olleros de Milliraya al acceso a las tierras senaladas por el Inka, para lo cual era fundamental ubicar en el espacio los antiguos mojones. No resulta casual, en efecto, que dos de los testigos se hayan identificado como hijos de funcionarios incaicos a cargo de la administracion del taller alfarero (18).

Los testimonios presentados por los caciques de Chiquicache coincidieron en senalar que los seis mojones incaicos estaban alineados en sentido sudoeste-noreste, y que las tierras emplazadas hacia el noroeste habian sido desvinculadas de Guancane y asignadas al nuevo emplazamiento estatal. Siguiendo el mismo procedimiento empleado en los valles maiceros de Cochabamba, las tierras fueron distribuidas en funcion del origen de los colonos: siete "partes" correspondieron a los siete "pueblos de Chiquicache", mientras que otras tres correspondieron a los tres "pueblos de Omasuyos" (Spurling 1992:193; Wachtel 1981).

Pero tras la visita toledana, en 1578-1579, tuvo lugar otro amojonamiento, realizado por don Alonso Chambi, alcalde de Guancane (miembro del cabildo de indios), por orden de Gabriel de Encinas, corregidor de Paucarcolla (y reconfirmado por el capitan Alonso de Vera, corregidor de La Paz). Como resultado, los nuevos mojones recortaron considerablemente la extension de tierra destinada a los descendientes de los olleros incaicos (de siete "partes", les fue asignada solo una). Los caciques de Guancane, por su parte, contradijeron la presentacion de los olleros, afirmando que el senalamiento incaico solo habia contemplado el establecimiento del centro de produccion alfarera con mano de obra permanente, sin involucrar derechos de posesion sobre las tierras.

Los testimonios evidencian diferentes lecturas sobre el espacio. A partir de las descripciones sobre el emplazamiento de los mojones incaicos, corroboramos lo que probablemente haya sido una politica territorial a escala imperial: la instalacion de asentamientos estatales plurifuncionales en espacios fronterizos, en zonas de transicion (buffer zones) configuradas entre centros de poder adyacentes con el fin de reorientar espacialmente (reterritorializar) las relaciones de poder (Acuto 1999; Spurling 1992:210-212). Esta forma de organizar el espacio, con mojones "ahilados" entre dos extremos, contrastaba con las practicas espanolas: el deslinde sancionado en 1583 por el Torres de Mendoza definio un contorno perimetral casi circular en torno a Milliraya (Spurling 1992:167).

En segundo lugar, las condiciones topograficas (e incluso medioambientales) de Milliraya tambien fueron sesgadamente descritas por los testigos segun sus intereses. Mientras que Torres de Mendoza consideraba que las tierras eran poco productivas, dados "los grandes gastos y lo poco que valen todas las dichas tierras por ser la mayor parte dellas cienagas y cerros muy altos", los litigantes nativos (aunque tambien Suero de Cangas y Quinones, corregidor de Azangaro y Asillo y rival de Torres de Mendoza) destacaron la calidad y productividad agroganadera de las tierras en disputa (19).

No solo se cruzaron argumentos en torno a la legitima posesion y usufructo de las tierras de Milliraya. Como anticipamos mas arriba, los caciques de Guancane acusaron a los habitantes de ese paraje de no asistir a misa, "sino que sestan en sus vicios y borracheras". La acusacion remarcaba el apartamiento de los olleros de Milliraya de las costumbres cristianas y de la correcta vida "en pulicia". Al tiempo que repudiaban ese escenario de practicas prohibidas, fuera del control de las autoridades (laicas y eclesiasticas), se presentaban a si mismos frente a las autoridades coloniales como ejemplos del "buen cacique cristiano". Detras del argumento de los caciques de Guancane podemos apreciar un tenso "juego territorial" entre el pueblo de reduccion toledano (espacio cristiano y ordenado) y el antiguo asentamiento incaico (espacio idolatrico y caotico). De hecho, en un documento de 1665, consta como el Licenciado Pedro Palomino Carrillo de Soto, cura del vecino pueblo de Chupa, instalo una cruz junto a uno de los mojones que fungia como lindero entre ese pueblo y Guancane "en senal de posecion de la juridicion de su dotrina por estar en lo penultimo della" (20).

El pleito por las tierras de Milliraya presento ribetes de alta conflictividad. Don Juan Arapa, jilaqata principal de los olleros, denuncio que don Felipe Caquia, cacique de Guancane, "enbio un yndio que derribasen los mojones y asi los an derribado y echado por tierra y a mi me an amenazado sus yndios que me an de matar" (21). Para 1608, los indios de Guancane saquearian la capilla, el tambo y la zona de produccion alfarera, al tiempo que un nuevo juez ordenaria la reduccion de los habitantes de Milliraya en Guancane, bajo la amenaza de quemar sus casas (22).

Al evaluar el proceso en perspectiva historica, podemos apreciar las transformaciones espaciales y las reconfiguraciones territoriales operadas por los distintos sistemas de dominacion sobre las tierras de Milliraya y sus habitantes. En tiempos preincaicos, el valle de Milliraya constituia un espacio fronterizo entre dos entidades politicas con relativa autonomia (la "provincia de Chiquicache" al oeste, la entidad "Colla-Umasuyo-La Paz" al este), que a partir la invasion cuzquena cobraria una nueva centralidad en tanto sede de un asentamiento artesanal alfarero que abasteceria un amplio territorio (llegando incluso a las tierras bajas orientales). Tras la caida del Tawantinsuyu, la desarticulacion de su sistema de autoridades, la fundacion de ciudades espanolas, la fragmentacion de los colectivos etnicos en encomiendas y la posterior compactacion poblacional en los pueblos de reduccion, las tierras de Milliraya sufrieron nuevos deslindes en funcion de las tensiones y diferentes correlaciones de fuerzas entre sus habitantes (antiguos y recientes) y los caciques del pueblo de Guancane. Unos y otros esgrimieron distintos argumentos ante las justicias coloniales para hacer valer sus derechos; por su parte, las autoridades espanolas tambien desplegaron sus practicas sobre el territorio, buscando disenar nuevas espacialidades definidas por sus respectivos marcos normativos.

Nuevos Conflictos Jurisdiccionales: el Pleito por la Estancia de Cantapa (1585-1630)

El ultimo conflicto analizado transcurrio al sur del lago Titicaca, mas precisamente en torno a la estancia agroganadera de Cantapa, emplazada sobre el faldeo norte del cerro Quimsachata (a unos 56 km de la ciudad de La Paz, Bolivia, Figura 4). Ese paraje habria sido el punto de convergencia de un sistema radial de mojones y linderos implantado por el Tawantinsuyu entre los asentamientos de los grupos pakaxa de Caquiaviri, Machaca, Guaqui, Tiwanaku, Laja y Viacha (Parssinen 2005:237-239). Ya en tiempos coloniales, los contingentes mitayos de los pueblos de reduccion se concentraban en Cantapa para, desde alli, partir hasta Potosi a traves de caminos y espacios resignificados por el dominio hispano (Morrone 2015). En efecto, creemos que tanto la relevancia simbolica y ceremonial de Cantapa como su potencial productivo (cultivo de papa, oca y quinua, cria de ganado europeo y nativo) constituyeron factores detonantes de la disputa desplegada entre los caciques de Laja (corregimiento de Omasuyos) y Guaqui (corregimiento de Pacajes) por su posesion.

En 1628, don Baltasar Guamani, cacique principal de Guaqui, solicito ante la Audiencia la expulsion de los pastores de Laja instalados en la estancia, aduciendo que esas tierras les habian sido asignadas por el Inka y luego reconfirmadas por la visita toledana (23). El cacique denuncio que la intromision databa de 1585, fecha en que el cabildo de La Paz habia revalidado el senalamiento toledano de la estancia en terminos de Guaqui. Ademas, tanto el cacique como sus testigos afirmaron que los pastores de Cantapa eran doctrinados por uno de los dos curas del pueblo, ya que los Laja no podian hacerlo por hallarse alejados, "y en el camino ay rios e pasos peligrosos en tiempo de aguas donde aunque quisiesen no podrian acudir" (24). Para sustentar este argumento, los testigos remitieron a un episodio transcurrido en 1600, cuando el padre Miguel Merino, cura de Laja, quiso entrometerse para doctrinar a los pastores de Cantapa, forzandolos incluso a asentarse en Laja, contraviniendo los mandamientos emitidos en 1584 por los visitadores enviados por el obispo de La Plata.

Por su parte, don Fernando Quino y don Juan Bautista Vilca Laura, caciques principales de Laja, alegaron en su defensa que la estancia de Cantapa pertenecia al pueblo
   de mas de noventa anos desde el tiempo
   del ynga (...) de ynmemorial tiempo a esta
   parte demas de que desde el tiempo del
   ynga fueron divididas e repartidas las dichas
   tierras de Cantapa por ser en la juridigion
   de nuestro pueblo porque desde la estancia
   dicha no ay mas de dos leguas y desde alli al
   pueblo de Guaqui ay siete (25).


Para sustentar su posicion, los caciques presentaron al gobernador don Antonio Mogollon de Rivera, corregidor de La Paz, documentacion del periodo toledano donde constaba la intrusion en Cantapa de pastores de Guaqui que huian del tributo y de la doctrina. Tambien informaron que, a pesar de haber sido expulsados por el corregidor de Omasuyos, en 1608 los pastores de Guaqui se habian reasentado en la estancia.

En septiembre de 1628, el Licenciado don Gabriel Gomez de Sanabria, oidor y visitador general de la Audiencia, emitio un decreto en La Paz reconociendo los derechos del pueblo de Guaqui sobre Cantapa, lo cual habilito al corregidor Mogollon de Rivera a tomar decisiones en claro beneficio de los caciques del pueblo: notificaciones exclusivas, aceptacion de nuevos y mejor asesorados testigos e incluso la emision de un auto de conclusion de la causa en junio de 1629. Llegado este punto, los caciques de Laja exigiran la remision de todo lo actuado a la Audiencia, instancia en la cual el oidor Sanabria impulsaria una sentencia en favor de los caciques de Guaqui. En respuesta, los caciques de Laja apelarian esa sentencia, justificando su incomparecencia por haber estado abocados al entero de la mita. Afirmarian, asimismo, que lo actuado por el corregidor de La Paz era contra derecho por ser amigo personal del general don Antonio de Barrasa y Cardenas, encomendero de Guaqui y notable vecino paceno (26). Desestimada esta denuncia por el Licenciado don Juan Duran de Mendoza, fiscal defensor de los caciques de Guaqui, en octubre de 1629 la causa volvio a la Audiencia, cuyos magistrados otorgaron un plazo de tres meses para citar a las partes. Finalmente, entre diciembre de ese ano y enero de 1630, los caciques de Laja presentaron sus testigos, cerrandose el expediente con la solicitud don Fernando Quino, cacique de Laja, ante don Luis Jacinto de Contreras, corregidor de Omasuyos, de una copia de los autos para volver a concurrir a la Audiencia. No consta en el expediente la sentencia definitiva del tribunal.

A partir de los testimonios presentados por las partes litigantes y del propio procedimiento administrativo que curso el pleito, podemos deducir una serie de elementos que permiten dar cuenta de la configuracion de ciertas redes politicas y de los discursos en torno al espacio altiplanico donde se emplazaba la estancia de Cantapa. En primer lugar, los caciques de ambos pueblos contaron con el asesoramiento de procuradores de causas de la ciudad de La Paz (Francisco Pacheco Cerquera para Guaqui, Diego de Escobar para Laja) y del protector general de naturales (Domingo de Avendano). Estos funcionarios no solo se encargaron, respectivamente, de representar a los caciques frente a las justicias coloniales y de defender sus derechos, sino que muy probablemente tambien actuaron en la confeccion de los testimonios brindados por los testigos. En segundo lugar, la intromision del corregidor de La Paz en un pleito entre caciques de pueblos englobados en los corregimientos de Pacajes (Guaqui) y Omasuyos (Laja) obedecio a que la estancia de Cantapa caia dentro de las diez leguas (unos 56 km) que correspondian al termino rural de la jurisdiccion pacena. A pesar de haber acudido al corregidor de la ciudad, los caciques de Laja recusaron luego esta superposicion jurisdiccional, aduciendo una supuesta amistad con el encomendero de Guaqui, a traves de cuya intermediacion los caciques de ese pueblo resultaron consecuentemente beneficiados.

El conflicto entre corregidores no constituyo simplemente un recurso discursivo: segun Francisco de Salinas, anciano morador del pueblo de Pucacani, hacia 1600 ya se habia producido un enfrentamiento entre don Felipe de Lescano, corregidor de Omasuyos, y dos espanoles y un alcalde nativo comisionados por el corregidor de Pacajes. Desconociendo sus pretensiones, Lescano
   les quito las baras a los dichos espanoles y al
   alcalde y las hizo pedagos y al dicho alcalde
   de indios lo quiso agotar y les mando salir de su
   jurisdicion y entonces haciendo traer papel y
   tinta escrivir con su escrivano fulano de Espinosa
   y escrivio al dicho corregidor de los Pacaxes en
   razon de las dichas tierras diziendo que como
   embiava a su jurisdicion aquellos hombres con
   varas y al dicho yndio alcalde y otras cosas en
   esta razon no siendo su jurisdicion (...) (27).


Del mismo modo, la "jurisdiccion espiritual" bajo la cual se encontraba la estancia tambien habia motivado la intervencion de las autoridades diocesanas (28). Finalmente, caciques y testigos de ambas partes manifestaron percepciones marcadamente diferenciadas en torno a la propia ubicacion de la estancia de Cantapa y las condiciones topograficas del area cercana. Asi, mientras los caciques y testigos de Guaqui afirmaron que Cantapa se encontraba entre tres y cinco leguas del pueblo (16,7-27,8 km) y entre tres y cuatro leguas de Laja (16,7-22,3 km), los caciques y testigos de este pueblo sugirieron distancias mas pronunciadas: entre seis y ocho leguas de Guaqui (33,4-44,6 km) y apenas entre dos y tres leguas de Laja (11,1-16,7 km). Apreciamos pues una clara intencion de los caciques de Laja por ubicar a Cantapa mas cerca de su pueblo que de Guaqui; los caciques de Guaqui, por su parte, refirieron una ubicacion mas equidistante, aunque agregaron que los rios que corrian entre Laja y Cantapa dificultaba el traslado de personas, llamas y bienes. En definitiva, estas apreciaciones diferenciales del espacio obedecieron al juego politico que los caciques de ambos pueblos (pero tambien las autoridades espanolas, laicas y eclesiasticas) pretendieron jugar en torno a un espacio que claramente revestia un caracter liminal.

?A que obedecia esa condicion liminal de la estancia? En su alegato a favor de los caciques de Guaqui, el procurador Pacheco Cerquera establecio que la estancia de Cantapa lindaba con tierras de los vecinos pueblos de Viacha (al sudeste) y Tiwanaku (al noroeste), ambos englobados en el corregimiento de Pacajes; en la misma direccion se pronuncio el testigo don Diego Laymi Tarqui, natural del ayllu Titicollana de Jesus de Machaca: "sin que las tierras de Laxa lleguen a las dichas con mas distancia de media legua por ser de la provincia de Omasuyo". Por su parte, dos testigos de los caciques de Laja (Francisco Carrillo Savaleta, morador de Guarina, y don Pablo Acho, natural del ayllu Tarquioca de Pucarani hanansaya) afirmaron que la estancia lindaba con tierras de Guarina (al noreste) y de Caquiaviri (al sudoeste) (29). ?Estaba Cantapa emplazada en el limite de los corregimientos de Pacajes y Omasuyos? ?Habra recuperado la administracion colonial alguna pauta territorial prehispanica, o acaso preincaica (tal como el dualismo urqo-uma de la cosmovision aymara)? ?Conformaba, pues, la estancia de Cantapa un "palimpsesto territorial"?

Si bien desconocemos la resolucion el pleito, los dichos de dos testigos, por un lado, y documentacion posterior, por el otro, orientan la lectura hacia una "solucion de compromiso". Testificando a favor de los caciques de Guaqui, los principales don Martin Calle (ayllu Achaca) y don Pablo Condori (ayllu Guaraya) de Tiwanaku hurinsaya coincidieron en afirmar
   que los yndios laxas en el sitio de Cantapa
   no tienen tierras ningunas sino cosa de
   media legua de espanol de alli y que las
   que tienen por aver visto las unas y las otras
   este testigo son las que llaman Cantapa la
   Chica distante la dicha media legua de las de
   Cantapa la Grande que son las de Guaqui (30).


Habia, pues, dos estancias homonimas a tan solo media legua de distancia entre ellas (2,8 km), una en terminos de cada pueblo. Asimismo, una escritura notarial de noviembre de 1630 indica que don Agustin de Espinosa y Cespedes, encomendero de Laja, dono al Licenciado Nicolas Calderon, cura del pueblo, "un citio destangia para ganado de Castilla que tengo y poseo en terminos deste pueblo que a de fundar media legua delante de la que tengo por merced del gobierno llamada Cantapa en la parte y lugar que quisiere en contorno de la dicha mi estancia de Cantapa" (31). En diciembre, donaria la propia estancia de Cantapa (y sus corralones) a su hija, dona Maria de Torres y Cespedes (32). Don Agustin venia explotando la estancia por lo menos desde 1605, cuando fundo una compania con Francisco de Rivadeneyra para instalar y criar durante cuatro anos 4000 ovejas que comprarian por mitades a 2000 pesos corrientes (33). Finalmente, la visita ordenada por el virrey don Pedro de Toledo y Leyva, marques de Mancera (1645), registro una estancia Cantapa en terminos de Laja, propiedad de Juan de Vaca (34). Por otro lado, en la visita general del virrey duque de La Palata (1684) consta una estancia Cantapa, pero dependiente de Guaqui hanansaya, sobre la que Francisco Ortiz Coloma, escribano de Chucuito, tenia fundada una capellania (35). ?Habria asignado la Audiencia una estancia a cada pueblo (Cantapa la Grande para Guaqui y Cantapa la Chica para Laja), o se trato de un arreglo extrajudicial?

Consideraciones Finales

En este trabajo buscamos reconstruir las percepciones, apreciaciones y descripciones sobre el espacio que las autoridades etnicas (aunque tambien las espanolas) de los pueblos de reduccion de la cuenca del lago Titicaca dejaron asentadas en la documentacion colonial del periodo postoledano, entre finales del siglo XVI y las primeras decadas del siglo XVII. Si bien los pleitos resenados presentaron particularidades propias, que obedecian a la conformacion sociodemografica de cada pueblo, a la proyeccion politica de sus respectivos caciques y a la interaccion con las autoridades coloniales, entre otros factores, quisieramos recuperar aqui algunas caracteristicas compartidas, en pos de vislumbrar procesos de corte regional.

En primer lugar, tanto la asignacion de tierras y otras practicas de demarcacion territorial del periodo incaico como la visita y la reduccion toledanas constituyeron hitos en la memoria argumentativa de los caciques y sus testigos, puestos en juego ante los estrados judiciales para la defensa de sus derechos (antiguos algunos, nuevos otros) a las parcelas agroganaderas en disputa. De este modo, el senalamiento de nuevas divisiones politico-administrativas del gobierno colonial (pueblo de reduccion, doctrina, corregimiento) y su eventual utilizacion por parte de los caciques en los pleitos permiten conceptualizar la institucionalizacion del territorio no ya como un cristalizado dispositivo de enmarcamiento, sino como un proceso contingente de consolidacion del dominio colonial que reclama su historizacion (Paasi 2003).

En segundo lugar, visualizamos un repertorio comun de practicas argumentativas, verdaderos "discursos cacicales" (de factura propia y/o inducida por asesores letrados) que incluian el senalamiento de las distancias entre las tierras disputadas y los respectivos pueblos, la delacion de supuestos cultos idolatricos para desacreditar a los caciques rivales, y la convocatoria a ancianos lideres de pueblos cercanos cuya "memoria autorizada" fortalecia los alegatos. Del mismo modo, la apelacion al corregidor de La Paz como instancia intermedia entre los corregidores de indios y la Audiencia complejizo aun mas la dinamica sociopolitica local. Ahora bien, en el conflicto de los caciques de Guaycho contra los de Conima, el alto tribunal resolvio dividir por mitades las tierras disputadas, mientras que para el pleito entre los caciques de Laja contra los de Guaqui, la ausencia de sentencia podria sugerir un entendimiento extrajudicial de partes, evidenciado en el registro de dos estancias nombradas Cantapa en documentacion posterior.

Finalmente, nos preguntamos a que factores pudo haber obedecido el llamativo hecho de que los tres casos se desataran en torno a parcelas emplazadas en espacios fronterizos, es decir, en los limites de dos corregimientos: entre Paucarcolla y Omasuyos (primer caso), entre Azangaro-Asillo y Paucarcolla (segundo caso) y entre Omasuyos y Pacajes (tercer caso). Entendemos que los conflictos aqui abordados no remitian solo a disputas por zonas de produccion agroganadera. La proximidad a espacios liminales que pudieran coincidir con antiguos marcadores territoriales probablemente haya impulsado a los caciques a pleitear con mayor enfasis, toda vez que el control sobre esos espacios les aportaba altos niveles de capital politico y simbolico tanto frente al poder colonial como a frente a las autoridades menores de los ayllu y al conjunto de los tributarios de sus respectivos pueblos.

De particular interes resulta la coincidencia del toponimo Cocavi como mojon incaico, como lindero entre Guaycho y Conima, como limite entre los corregimientos de Omausyos y Paucarcolla y como hito del limite internacional entre Bolivia y Peru, lo cual nos lleva a reparar en la multifuncionalidad y la resignificacion de territorialidades preexistentes. Asi, la puesta en marcha de la variable temporal y de los distintos planos de la discontinuidad nos permite interpelar estos "palimpsestos territoriales" cuyos componentes trascendieron su configuracion inicial y fueron parcialmente re-semantizados en contextos posteriores (Santos 2000 [1996]:37-43).

Entendemos que estos elementos aportan coordenadas analiticas claves para el estudio de la redefinicion de los criterios de legitimidad de los caciques andinos. Si el poder etnico implicaba recordar los linderos y activar la memoria colectiva en contextos ritualizados, los estrados coloniales resultaron nuevas instancias para la validacion de la autoridad nativa. Ya no bastaba con recordar: litigar, protocolizar y escriturar los linderos en soporte escrito constituyeron mecanismos para el reaseguro de esa "memoria territorializada" sobre nuevos mapas politicamente concertados. Las poblaciones que habitaron (y habitan) el altiplano circunlacustre precisaron instalar marcas en el espacio, "signos en la tierra" que, simultaneamente, establecieran los limites socio-espaciales de los colectivos a distintos niveles de segmentacion y otorgaran nuevos criterios de pertenencia y cohesion social.

Agradecimientos: Este trabajo fue realizado en el marco de los Proyectos UBACyT 724 y PIPCONICET112-201101-00259 (2014-2017), dirigidos por Ana Maria Presta (UBA-CONICET). Agradezco los comentarios que Eduardo Goes Neves (Universidade de Sao Paulo) me hiciera en ocasion del VIII TAAS, como asi tambien los aportes de los evaluadores del articulo.

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Notas

(1) El corpus documental se delimito a partir de un criterio triple: analitico, espacial y cronologico Se trata, en efecto, de pleitos por tierras trabados entre caciques de pueblos lacustres durante el periodo postoledano, resguardados en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (ABNB).

(2) ABNB, Expedientes Coloniales (EC) 1586-3. Cf. Spurling 1992:50-54. Al presente, no hemos podido determinar la ubicacion precisa de las estancias disputadas. La unica referencia toponimica disponible es la bahia de Cocahui (foneticamente proximo a "Cocavi"), donde actualmente se halla emplazado el primer hito del limite internacional entre Bolivia y Peru, segun lo establecido en el Protocolo de la Demarcacion de la Segunda Seccion de la Frontera PeruanoBoliviana (tambien llamado "Protocolo Gutierrez-Concha"), firmado en La Paz el 15 de enero de 1932 (Botelho Gozalves 1964).

(3) En tanto soportes materiales del dominio incaico sobre los territorios sometidos, los mojones fungieron como marcadores claves en la escenificacion del poder (un poder escenificado), recuperando en muchos casos elementos topograficos (cerros, ojos de agua, vertientes, afloramientos rocosos) o construcciones preexistentes (chullpa, apacheta) o instaurando nuevos patrones demarcatorios (Sanhueza Toha 2004). Imbuidos de gran carga simbolica por constituir tambien espacios sacralizados, los mojones se asociaban, por operacion metonimica, a figuras ancestrales corporizadas en las mallqui (momias), lo cual es relevante dado que el culto a los antepasados conformaba un circuito reciprocitario por el cual estos garantizaban la fecundidad de la tierra y la prosperidad reproductiva (Duviols 1967; Ramirez 2005).

(4) Para la equivalencia de la legua castellana al sistema metrico decimal, seguimos la sugerencia de John Hemming (1982:641 [1972]), quien indica que se trataba de la "medida de lo que se anda en una hora". Asi, una legua equivaldria a 5,57 km aproximadamente.

(5) Los datos de la tasa establecida tras la visita toledana revelan un total de 222 tributarios en Conima, mientras que en Guaycho esa cifra ascendia a 575 (Cook 1975:7476; Levillier 1925;IX:147). Esta diferencia en el caudal tributario podria explicar la necesidad de tierras por parte de los caciques de Guaycho.

(6) El cerro Pullata (4.260 msm) se encuentra a menos de dos kilometros al sudoeste del pueblo de Guaycho. Por otro lado, en la visita general ordenada por el virrey don Melchor de Navarra y Rocafull, duque de La Palata (1684), la estancia de Quenasani figura adscripta al ayllu Hilata de la parcialidad hanansaya de Guaycho (ayllu proveedor de las autoridades). Archivo General de la Nacion (AGN), Sala XIII, Legajo 17-2-3. Visita al pueblo de Guaycho, 24 de enero de 1684, a cargo del general don Melchor Antonio de Vivar y Avendano, corregidor de Omasuyos, f. 23v.

(7) ABNB EC 1586-3, ff. 33r-33v.

(8) ABNB EC 1586-3, ff. 37v-38r.

(9) ABNB EC 1586-3, ff. 23v-24r. "Sayhuatha, chucatha, quellincatha queyllatha: mojonar las chacaras con montones de piedras, o terrones. Sayhuattatha, queluncatatha, chutattatha, levantar una pared de piedra a secas, o muchos terrones, poniendo sobre ellos alguna cosa para espantajo de los carneros, o zorras. Sahyhua quellinca, chuta: el termino de las tierras o el espantajo al modo dicho" (Bertonio 1984 [1612]II:314; Sanhueza Toha 2004).

(10) ABNB EC 1586-3, f. 24r.

(11) ABNB EC 1586-3, ff. 25r-28v.

(12) ABNB EC 1586-3, ff. 33r-34r.

(13) ABNB EC 1611-2. Cf. Alconini 2013, 2014; D'Altroy et al. 1994; Espinoza Soriano 1987; Murra 1978; Pease G. Y. 1992:71-88; Portugal Loayza 2011; Spurling 1992. Entre los cambios derivados de la conquista incaica sobre el espacio surandino, el traslado de poblaciones extraregionales (mitmaqkuna) para su posterior implantacion con diversos fines (productivos, defensivos, religiosos, politicos) fue uno de los mecanismos de los que se valio el Tawantinsuyu para ajustar los nudos del poder local (Parssinen 2003:141-156 [1992]; Wachtel 1981). En tanto estrategia imperial de dominacion, el establecimiento de estos enclaves implico el redireccionamiento de las relaciones politicas, imponiendo nuevas pautas de organizacion territorial sobre las poblaciones sometidas y alterando la configuracion etnico-politica en zonas de alta conflictividad, como lo fuera la ribera oriental del lago, para disuadir focos de rebelion.

(14) Se trata de los mismos caciques de Moho que, dos anos despues, participarian en el pleito resenado anteriormente, en calidad de mediador y de testigo de oficio, respectivamente. La recurrente convocatoria de los caciques de Moho para conflictos por linderos refuerza la hipotesis de Geoffrey Spurling (1992:90) sobre la preeminencia politica de Moho como cabecera de una entidad politica preincaica que serviria, en tiempos coloniales, como base para la organizacion de la capitania de mita Colla umasuyu dependiente de la ciudad de La Paz (Bouysse-Cassagne 1978).

(15) Sus palabras, segun el anciano testigo, habrian sido claras: "hermanos ya no es tiempo del ynga agora y os podeis volver a vuestra tierra cada uno". ABNB EC 1611-2, f. 34r.

(16) ABNB EC 1611-2, f. 34v. "Phukhu: manantial de agua. Phukhu phukhu: tierra de muchos manantiales" (Bertonio 1984 [1612]II:280).

(17) ABNB EC 1611-2, f. 35v Para Spurling (1992:167), el termino "moyo" es un sinonimo de "mojon", aunque tambien es posible que se trate de una derivacion castellanizada de la voz aymara "molloko", que remite a la cualidad de "redondo como una bola o tabla, o pano rebuelto (...) Remolino de los rios" (Bertonio 1984 [1612]II:225).

(18) Don Juan Pari Apasa, anciano principal del pueblo de Lampa, decia ser hijo del mayordomo (capataz) a cargo de los tejedores en Milliraya, mientras que don Martin Chuca, jilaqata de Juliaca, se identifico como hijo del khipucamayoq de los artesanos. ABNB EC 1611-2, ff. 49r-53v.

(19) ABNB EC 1611-2, f. 16r. Cf. Spurling 1992:180-181.

(20) ABNB EC 1665-12, f. 16v. Cf. Spurling 1992:160-170.

(21) ABNB EC 1611-2, f. 46r. Cf. Spurling 1992:210.

(22) ABNB EC 1611-2, ff. 3v-4v. Cf. Spurling 1992:209-210.

(23) ABNB EC 1630-2, ff. 5r-6r.

(24) ABNB EC 1630-2, f. 9v. Se trata de los rios Pallina, Catari y Guaquira, que corren en sentido sudeste-noroeste hasta desembocar en el lago Titicaca (Figura 4).

(25) ABNB EC 1630-2, ff. 30r-30v.

(26) ABNB EC 1630-2, f. 151v. Sobre el general don Antonio de Barrasa y Cardenas, cf. Morrone 2012.

(27) ABNB EC 1630-2, ff. 187r-187v.

(28) El pleito incluye varios mandamientos de provisores y visitadores del obispado de La Plata dirigidos a los curas de Laja entre 1584 y 1603, exhortandolos a no entrometerse en la jurisdiccion doctrinal del cura de Guaqui (ABNB EC 16302, ff. 8v-14r). Por otro lado, los testigos presentados por los caciques de Laja aseguraron que los pastores de Cantapa tenian fundada una capilla bajo la advocacion de San Pedro y que las fiestas patronales eran auspiciadas por los curas de ese pueblo, mas no por los de Guaqui (ABNB EC 1630-2, ff. 182r-192r).

(29) ABNB EC 1630-2, ff. 54v-56r, 111r-114v y 169v-174r.

(30) ABNB EC 1630-2, f. 92v.

(31) Archivo de La Paz (ALP), Registro de Escrituras (RE), Caja 20, Legajo 33, ff. 656r-656v. Pedro de Manzaneda.

(32) ALP RE C21 L34, ff. 584r-586v. Juan Lopez Mexia.

(33) ALP RE C7 L11, sf. Gaspar de Chaves.

(34) AGN IX, 17-1-4. Visita al pueblo de Laja, 20 de agosto de 1645, a cargo del Bachiller don Diego Gonzalez de Vargas, cura del pueblo, cuadernillo 1, f. 4v. Muy probablemente se tratara de don Juan Vaca Davila, esposo de dona Elvira de Pisa y Cespedes, quien fuera hija de Isidro de Pisa Saavedra y de dona Maria de Cespedes y Torres, hija de Agustin de Espinosa y Cespedes (Garcia Guzman 2000:139-146; Morrone 2012).

(35) AGN XIII, 18-1-2. Visita al pueblo de Guaqui, 24 de mayo de 1684, a cargo del capitan Juan Francisco de Inda Vidaurre, corregidor de Pacajes. "Padron de los indios que dicen ser yanaconas de Su Magestad", sf. 2v-3r. Cf. Choque 2003:330. La fundacion de una capellania remite a la adscripcion de un conjunto de bienes (muebles e inmuebles) a una institucion eclesiastica con el objetivo de garantizar el cumplimiento de misas y otras obligaciones por parte del oficiante (capellan) en beneficio del otorgante.

Ariel J. Morrone [2]

[1] Una primera version de este trabajo fue presentada en lal VIII Reunion de Teoria Arqueologica de America del Sur (TAAS), en el Simposio "Paisajes en Conflicto", co-organizado junto a Eduardo Herrera Malatesta, realizado en La Paz, Bolivia, del 23 al 27 de mayo de 2016. Este manuscrito fue evaluado por pares externos y editado por el Comite Editorial de Chungara y Dante Angelo en su calidad de editor invitado.

[2] Consejo Nacional de Investigaciones Cientificas y Tecnicas (CONICET)--Programa de Historia de America Latina (PROHAL), Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani", Facultad de Filosofia y Letras, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Direccion postal 25 de Mayo 221 Segundo Piso, Codigo Postal 1002. arielmorri@yahoo.com.ar

Recibido: marzo 2017. Aceptado: enero 2018.

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562018005000204.

Publicado en linea: 21-febrero-2018.

Leyenda: Figura 1. Conflictos por tierras abordados en el texto. Elaboracion propia a partir de Thomson 2006:21. Conflicts over lands addressed in the text. Author's elaboration based on Thomson 2006:21.

Leyenda: Figura 2. Ubicacion aproximada de las tierras de Cacata, Capaquini y Cocavi disputadas entre los caciques de Conima y Guaycho. Elaboracion personal.

Leyenda: Figura 3. Deslindes de tierras incaico y colonial para los olleros de Milliraya. Intervencion del autor a partir de Spurling 1992:155, 161. Inka and colonial land markings for the potters of Milliraya. Author's intervention from Spurling 1992:155, 161.

Leyenda: Figura 4. Ubicacion de la estancia Cantapa disputada entre los caciques de Laja y Guaqui. Elaboracion personal. Location of estancia Cantapa, disputed among the caciques of Laja and Guaqui. Author's elaboration.
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Author:Morrone, Ariel J.
Publication:Revista Chungara. Revista de Antropologia Chilena
Date:Apr 1, 2018
Words:9932
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