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Aquileo Parra.

La Academia Colombiana de Historia me ha comisionado, honrandome, para estar presente en esta fecha y en este sitio, en los cuales conmemoramos el primer centenario del 1 de abril de 1876, en que tomo posesion de la Presidencia de los Estados Unidos de Colombia, Aquileo Parra. Quien nacio en la villa de Barichara el 12 de mayo de 1825, el mismo ano, como el lo anota en sus Memorias, en que vinieron al mundo Rafael Nunez, Miguel Samper y Juan de Dios Restrepo. Como el radicalismo, que, por muchos aspectos, tenia un conjunto de virtudes administrativas y politicas (tal vez mas que ninguna otra fuerza de la historia politica colombiana), se habia atrincherado en el poder, con una peligrosa mezcla de clan escoces y jacobinismo intransigente, el senor Nunez, que habia llegado a la misma edad presidencial, presento su candidatura, con las ominosas alianzas que andaba cultivando para su "regeneracion fundamental", contra la de Parra, que llegaba tambien a los cincuenta anos, rodeado del respeto general, por su recio caracter, su lealtad y su partidismo sin sombras. El sistema general era caotico, y en cada Estado soberano cualquier divergencia de opinion se convertia, contrariada, en una revuelta. La Guardia Colombiana a veces decidia esos conflictos, contra el querer de la Constitucion, que habia dejado casi inerme al Gobierno Federal, y tolerado el armamentismo y el alzamiento de los Estados y de los particulares. Para muchos colombianos Nunez era mas notable, audaz y brillante, y, desde luego, mejor escritor que el campesino de Barichara, que habia dedicado la mayor parte de esa media centuria a trabajar (como se trabajaba entonces), con apenas accidentales participaciones en la politica, como Gobernador de su provincia adoptiva, como miembro de la legislatura del inmenso Estado de Santander o como su Presidente, inmediatamente antes de asumir la Presidencia de la Nacion. Esa existencia ruda, vigorosa, infatigable, casi se conocia mas por su maniatica exploracion de la selva del Carare, en busca de consolidar la via que daria salida a la provincia y facilitaria el comercio, que por sus andanzas en la otra selva politica, llena de insidias, dificultades y riesgos en que Nunez se deslizaba, con sorprendente suceso, como en su medio natural. La derrota de Nunez, impuesta por el Olimpo con una severidad que no retrocedio ante cosa alguna, fue la herida incurable que lo determino a buscar su eleccion por vias hasta entonces vitandas dentro del partido, y, ademas, abrio al conservatismo una esperanza que parecia bien fundada en el movil caracter del Regenerador. Pero, de todas maneras, ese 1 de abril en que se coronaba el proceso electoral con la posesion de Parra hace cien anos y un mes, partio, al decir de los comentadores, en dos, la historia colombiana. Por lo demas, es lo que siempre dicen los historiadores. Empenados en hallar simbolos, en detectar momentos, en inmovilizar el gran rio de las contradicciones inacabables, ven en esa fecha y en Parra mismo, el tiempo y el hombre en que el gran movimiento liberalizador de Colombia dio su primer traspies. Era este, sin duda, el anuncio de que la antitesis de la Colonia culminaba victoriosamente para engendrar la sintesis que llevaba el senor Nunez entre su casaca. El autor del Que sais je?, nadando siempre en un pielago de contradicciones ?no era el mas eficaz instrumento para esa evolucion que habria de producirse diez anos despues, por medio del hierro y de la sangre, cuando cayeron los grandes jefes militares del liberalismo en los pantanos de la Humareda, y el senor Nunez, triunfalista, se asomaria al balcon de San Carlos a saludar, con su voz nasal, una manifestacion conservadora, con la noticia de que la Constitucion de 1863 habia dejado de existir?

Pero si alguien ha debido llegar a la Presidencia de los Estados Unidos de Colombia acompanado por todo su partido, al que jamas, ni por ninguna razon, habia dado la espalda, y sin una sola sombra siquiera de duda sobre la legitimidad de los metodos para la victoria, ese era Parra. Este campesino de Barichara se habia abierto paso, como en su camino del Carare por entre la manigua, por toda la vida publica colombiana, sin una concesion ni una doblez. Ese era el hombre, cuyas barbas fluidas comenzaban a ser de plata y habrian de convertirse, hasta su muerte, en un simbolo del perfecto decoro, de la rectitud, del pacifismo, aun a la orilla, o dentro de los propios campamentos. El partido destrozado en la Humareda lo siguio, sin esperanzas, como debieron seguir a Moises los israelitas por anos enteros, hasta que lo arrojo de la Direccion Liberal el movimiento belicista que encabezaban los jovenes, como Uribe Uribe y el grupo de El Autonomista, porque no queria comprometerse en la aventura del 99, sin armas, sin recursos, sin preparacion, en una guerra civil, la mas cruenta, y la mejor de todas nuestras guerras civiles, porque fue la ultima. Es decir, porque probo sin lugar a alegatos entre pacifistas y "cabezas calientes" de su epoca, que por esa via, aun un partido dividido y un gobierno inepto como el conservador de entonces, habria de ganar siempre. En 1900, antes de ver el alba de una paz que habria saludado como perpetua, en la aldea de Pacho, en Cundinamarca, murio el viejo Parra de 75 anos, edad que entonces se consideraba como la que solo alcanzaban los mas antiguos patriarcas (1).

!Que pais tan pobre, el de hace un siglo, tan insignificante, tan descuidado por la mano torpe de los pocos habitantes, con sus ciudades que eran poco mas que aldeas y sus aldeas que eran, sin embargo, el nudo vital mas importante, despues de las familias campesinas, !el unico punto de contacto y de comercio con la escasisima civilizacion!

En el aislamiento esas tribus montanesas, bravias y hospitalarias, fundaban, sin quererlo, villas como esta de Barichara, en los sitios mas amenos y suaves del paisaje endemoniado. Las haciendas circunstantes se conducian a mano fuerte por los herederos de los soldados espanoles que el paso hacia la capital del Reino iba dejando regados, como al capricho. Al principio estas aldeas eran apenas un cruce de caminos, y luego caserios dispersos que solo los arrieros unian con sus mulas indomitas, en un tejido burdo y sin aparente proposito. La inmensa mayoria de los colombianos descendemos por eso, si de algo, de arrieros, y no solo los antioquenos que tanto se precian de tal abolengo. Los arrieros, si acaso no construyeron estas villas, las hicieron posibles y habitables. El pequenisimo comercio entre los montaneses y el casi nulo hacia el exterior, iba por estos caminos de arrieria, desde los altisimos y helados paramos hasta el gran Rio de la Magdalena, y desde alli, hasta la costa, de donde podian traerse al interior pobre, resignado y curioso, articulos que implicaban lujo, como todo lo que no eran en la Nueva Granada, en ese tiempo, cosas de comer, pero de comer frugalmente, raices y plantas domesticas, buey muy de tarde en tarde, y algun paujil, perdiz o torcaza, o un rarisimo venado o tal vez armadillo. Los labradores, como entonces se llamaban, eran tan toscos como las ropas recias con que cubrian sus desnudeces, y sus casas, cabanas. Nada de valor producian o en cantidades minimas lo que fuera, y eso era lo que los Parra, Aquileo y sus hermanos, iban transportando por las sierras, los caminos abominables, las selvas sin rutas, hasta llegar a Magangue, que parecia una ciudad de milagro por su riqueza y movimiento, siempre medio inundada, siempre afiebrada por el paludismo, siempre a oscuras desde la oracion de la tarde hasta la del alba, pero inmensa a los ojos de los comerciantes en bocadillos velenos. Que tal fue el articulo en que comenzo a edificar su precaria fortuna el futuro Presidente de Colombia.

Si la mercancia era pobre y los provechos mezquinos, los riesgos en cambio resultaban letales. Dos de los Parra murieron en esas aventuras, por entre los rios salvajes, en guerra siempre abierta con los indios de la selva del Carare, y, desde luego, quemados por las fiebres, acosados por el hambre, por la inclemencia de las lluvias y tormentas, y en la mas repugnante convivencia con blasfemos y fetidos bogas de las balsas y bongos en que se transportaban las cajas de velenos, la tagua, la quina, y bolsitas pequenas de cafe. Don Aquileo sonaba, empero, con el camino del Carare que seria seguro, por entre la enramada soledad, con pequenos puertos bien atendidos, y el cafe, al fin, sembrado en toda vertiente, convirtiendose en un producto importante de exportacion. Y asi, conversando con los politicos de Velez, los interesaba en esa via, que seria su obsesion, hasta la muerte. Y seguia aventurandose en su trafico insignificante, pero adivinando una prosperidad para su region, su negocio y su patria que los antioquenos, al otro lado del rio, comenzaban a realizar, mientras los orientales no hacian sino proyectos de acuerdos, ordenanzas, leyes, intrigas, sin llegar a nada.

En el bellisimo libro del poeta Carl Sandburg sobre Lincoln describe al gigantesco labrador del Medio Oeste salvaje, en circunstancias muy similares, cuando iba aprendiendo en el menguado tiempo que le dejaba su trabajo de mercero, en plena pradera, los rudimentos del lenguaje y las primeras reglas de la legislacion, para convertirse, como se podia entonces, en abogado y litigante. Como Lincoln, Parra debio aprender los principios de la navegacion en los grandes rios, el sentido de las corrientes, los sitios para vadearlos, la pericia del remero de oficio. Y toda la infinita ciencia de adivinar los pensamientos de ese pueblo silencioso de campesinos letargicos y desconfiados, que no dejaban asomar al rostro, ni menos llegar a la lengua, la complejidad de sus pensamientos cautelosos. Buena escuela fue para Lincoln ese trabajo, en contacto inmediato con la naturaleza y con los mas bravios ejemplares de la especie humana. A Parra debio, tambien, educarlo. Sobre todo porque muy pronto este ciudadano pacifico y pacifista, que creia que la paz era la unica posibilidad de alcanzar la civilizacion, se vio ante la primera grande amenaza para el liberalismo, apenas a pocos anos de haber triunfado con Lopez, y cuando para muchos de sus copartidarios la gloria llegaba, tardia pero merecida, sobre la cabeza del justo, el perseguido Obando. Despues del golpe militar del 17 de abril de 1854 las gentes, y los liberales en primer termino, se arremolinaron en la plaza de Velez a deliberar y a prepararse para defender el orden constitucional que se escapaba de las manos inertes del viejo Presidente. Muy aprisa se dieron cuenta de que todo dependia de la energia y rapidez del liberalismo para reaccionar contra el atropello y someter las milicias de Melo, el caudillo militar chaparruno, empresa que no parecia imposible, ni aun contra ese veterano de Junin. Los conservadores, desde luego, veian en todos los pueblos claramente que esta era su oportunidad y por eso el constitucionalismo crecio en ambos partidos como la espuma. La experiencia de Parra en malos caminos y en trajines de arrieria lo senala para ayudar a las tropas colecticias que ya se estaban organizando, con ellas emprende la marcha hacia el norte. Asi, al fin, un dia se encuentra con las de Mosquera. Y conoce al caudillo. Esta en visperas del encuentro de Petaquero. El antiguo Presidente de Colombia, el aristocrata de Popayan, el companero y secretario del Libertador, esta alli, aterido bajo la lluvia, apenas cubierto con un paraguas comico, sentado sobre un baul, esperando el momento de actuar. En frente de el hay unas tropas de Melo, comandadas por el Sargento Mayor Jose de Jesus Gutierrez. El viejo carraquea de frio, empapado, sobre su baul, donde seguramente estan los planes estrategicos de la campana. Y de repente le dice a Parra:

"--Si manana derrotamos a Jose de Jesus Gutierrez, venceremos a un Sargento Mayor. !Si el llega a derrotarnos, triunfara sobre tres generales de la Independencia!".

Eran Mosquera,Tomas Herrera, el vencido de Zipaquira, y Vicente Gonzalez. Pero no ocurre asi. Y a los pocos dias, cuando Mosquera sigue adelante, hacia la capital de Colombia, a encontrarse con los expresidentes Lopez y Pedro Alcantara Herran en la Plaza de Bolivar, encarga a Parra de la Gobernacion de Velez. Y desde entonces, unas veces cediendo al deber, otras a la amistad, la vida politica saltuaria de Parra sigue su curso, casi manso, entre el gran torbellino de la epoca. Ahora esta pensando en explotar caucho en las montanas de Muzo.

No vamos a seguir esa vida paso a paso, porque vosotros, historiadores, y vosotros, coterraneos de Barichara, la conoceis minuciosamente. Limitemonos a observar aqui algunas peculiaridades de la politica de la epoca que el propio Parra pone de presente, explicita o tacitamente. Ante todo, el valor que tiene la provincia colombiana de hace un siglo. Lo ha tenido desde la Colonia, en el Virreinato, que es apenas un inmenso tejido de pequenas provincias, apretadas y conscientes de su personalidad, la unica cosa que no es totalmente del dominio del rey ultramarino, ni de los reinosos de Santafe. Se forma la provincia alrededor de un centro semiurbano, como lo fue Socorro, y alli el funcionarismo no puede menos de venir desde el centro, pero aun asi vigoriza a la provincia. Alli estan los escasisimos focos de cultura--apenas escuelas de primeras letras--, alli se van formando los jefecillos que acontecimientos como la revuelta comunera o la Independencia pondran subitamente de relieve.

En este ultimo cuarto del siglo XIX, cuando va a asumir la Presidencia Parra--quien se ha ido identificando mas con Velez que con su propia tierra nativa--, las provincias han tenido reconocimiento formal, desde 1853, pero comienzan otra vez a naufragar bajo el nuevo centralismo: el de los flamantes y fachendosos estados soberanos de la Republica. Pero hay una sociedad importante, culta y amable en todas las pequenas ciudades y villas provincianas. Es cierto que estas gentes comienzan a emigrar a Bogota, hartas de la pobreza general, de la falta de esperanzas para los hidalgos de escasas tierras y muchos hijos, de la importancia industrial, de la mezquindad del comercio que hizo partir a los Parra hacia otras plazas menos duras y peladas. Tambien las alarma un poco la rudeza de las costumbres. Parra cuenta como oyo de labios de su madre que uno de sus ancestros, don Ignacio Rueda, realista irreductible, tuvo rivalidades con don Gonzalo Carrizosa y lanzo sobre Barichara a sus arrendatarios. Carrizosa no tuvo mas remedio que emigrar a Santa Fe, donde habria de fincar su apellido entre los mas ilustres de la ciudad. ?Era este Rueda el mismo que tambien cuenta Parra que caso con la hija de un cacique de Guane, por donde entro a su casta una gota de sangre nativa, ciertamente invisible en su estampa castellana?

Pero esa vertiente constante hacia el centro desde todas estas tierras, supertrabajadas por siglos, ha ido dejando los pueblos a la orilla de los caminos, medio vacios y cada vez mas pobres, y se va secando el uberrimo semillero de politicos, de heroes, de capitanes de la guerra y la paz, que fueron los amos verdaderos de la Nueva Granada desde la salida de los espanoles y de los venezolanos. Las emigraciones van detras de los famosos y humildes productos de exportacion, tan fungibles en la historia economica de la Nacion. Los Parra salieron de Barichara a cultivar anil en una finca a orillas del Suarez. Y Parra ira a buscar la tagua, la quina, el algodon y el cafe. Son esas especies una manera de entretener la imaginacion, como el petroleo de nuestros dias. Pero de repente se extingue su comercio, y la region vuelve a su tremenda, desolada, frustrada pobreza. Y no recibe ningun estimulo del presupuesto nacional, porque todo se queda en otra parte: entre el pesado funcionarismo, que crece como la mala hierba, y las divisiones politicas mayores de Estados o Departamentos, que no dejan filtrar hacia la sedienta provincia cosa alguna. ?Que mucho que ella se niegue, al fin, a producir hombres, grandes hombres para la Nacion, para el Continente, para todas las empresas humanas, y tambien de tiempo en tiempo, para las divinas?

Esos hombres, que no volaban sobre el territorio de su villa, hacia la capital y al capitolio unicamente, sino que conocian hasta los ultimos pliegues de la geografia, los malos caminos, las infames posadas, los cuentos de los viajantes de altura, habian tenido tiempo de leer en sus horas tediosas de la calma provinciana mas de un clasico, cuando menos su Plutarco, o sus tratados de legislacion, o sus codigos, esos hombres, digo, eran bien diferentes de los profesionales de la politica contemporanea, que van atropelladamente de eleccion en eleccion, rodeados de todo el ruido, y, a veces, del boato de una civilizacion detestable, voraz y vana.

Pero Parra "no se siente inclinado a la carrera publica" aunque esta dispuesto a prestar sus servicios cuando puedan ser utiles y oportunos, y se retrae, desde el principio. Tiene una curiosa teoria: "El politico, dice, debe serlo de profesion, como lo fue, entre otros de nuestros compatriotas, el doctor Manuel Murillo, quien vivio para la politica y de la politica. El buen exito, aun para las naturalezas mejor dotadas, ha dicho un pensador contemporaneo--agrega Parra--, solo es posible circunscribiendose a una especialidad". Esto lo decia Parra en sus Memorias, iniciadas mas o menos el ano de 1893, cuando la mayor parte de su vida publica ya habia transcurrido, habia sido Presidente de Colombia, muchas veces senador plenipotenciario, como se calificaban en el regimen federal, y jefe de su partido. Pero la verdad es que no era un profesional de la politica. En estos anos, rehecha a pulso su fortuna, habia comprado una finca en tierras de la Sabana de Bogota, en una colina que baja del camino a Tunja hacia el rio, en jurisdiccion de Sesquile y Suesca, y alli veia pastar sus ganados, vigilaba las innumerables tareas campesinas, sembraba cereales. Y explotaba las minas de carbon de San Vicente. Y, por lo demas, seguia, ilustrandose, como lo hizo siempre, con humildad, desde que salio del Colegio de San Gil, que se cerro por la guerra de los Supremos, sin que hubiera podido avanzar en sus estudios. Sus Memorias las entrego a alguien para que las corrigiera, porque temia por su gramatica. Con ella, sin embargo, se habian escrito buenas proclamas e informes en tiempos dificiles y habia servido para hacer modificaciones a los proyectos de la Constitucion de Rionegro.

Pues bien: Parra no fue un profesional de la politica, para su bien, y no para su mal, como el lo pensaba. Tomar la politica como una profesion de nuestro tiempo, exclusiva, cerrada, con objetivos cada vez mas reducidos, para que se logren cada vez mas facilmente--como un subgrupo o familia de las relaciones publicas--, no es cosa buena, con perdon de don Aquileo. A donde ha llegado este profesionalismo a su perfeccion es en los Estados Unidos. Ahora, cuando las gentes vuelven a mirar a sus proceres de la Independencia, que vivieron hace doscientos y mas anos, se recuerda que todos ellos eran hombres de carne y hueso, con negocios, trabajos heterogeneos, intereses e inclinaciones de las cuales la politica era apenas una rama accidental, que se tomaba como un servicio de emergencia, obligatorio, duro y fugaz. Eran, es cierto, la clase rica de las Colonias, los plantadores, los duenos de esclavos, como los griegos de la democracia de Pericles, y el agora era apenas una de sus facetas, la menos productiva y la mas exigente, y como decia nuestro jefe, el viejo Lopez, la mas hermosa y viril de las ocupaciones humanas. Hoy se disputan alli la presidencia que ocuparon Washington y Jefferson, los nuevos especialistas, con dedicacion exclusiva a la politica desde hace veinte o treinta anos, de eleccion en eleccion, cada dos, cada cuatro anos, y entre ellos y los grandes problemas de la nacion esta un bosque, que no los deja ver cosa alguna, el bosque tumultuoso de los electores insaciables, de las inmensas clientelas que no les perdonan una sola palabra que no satisfaga sus innumerables intereses. Por eso andan, ansiosos, espiando los ojos de esas muchedumbres, no menos ansiosas que ellos, adivinando sus deseos, diciendoles todo lo que creen que las seduce y acomodandose a su voluble voluntad. En cambio Jefferson, segun nos lo recuerda un columnista recientemente, dedicaba sus tardes de Monticello a tocar el violin, a mirar las estrellas, a leer los filosofos, siempre tratando de indagar las grandes razones que mueven a los gobernantes o debieran moverlos para acertar en sus designios, mas alla de lo pasajero y cambiante. Que es mejor, se preguntan ahora sus descendientes, a conciencia de que ese profesionalismo esta llenando la copa de la democracia con jugos amargos. Esta de hoy es una clase urbana, que no ha visto ni quiere ver el campo, ni ha conversado con un labriego, ni le interesa porque sabe que cada dia hay menos campesinos, y que en los barrios, en los suburbios de las grandes ciudades, en los tugurios de la inmigracion, hay mas votos, y eso es lo que cuenta. Don Aquileo creia que Murillo Toro era mejor por ser un profesional, pero tal vez no es cierto ello. Murillo era mejor, porque era suave, ductil, inteligentisimo, manso con las gentes y duro, como una roca, con los principios. Pero don Aquileo, visto a traves de los anos, con las manos en alto, entre los apasionados combatientes, del siglo XIX, gritando: paz, paz, paz, no es menos grande ni menos importante. Era duro, tambien, inflexible, tenaz en todo lo que fuera el honor, o la virtud civil, o la libertad ajena y la propia. No cedio ante nadie cuando creia estar en lo cierto. Pero pasada la guerra, que dirigio bajo sus ordenes la pleyade de generales del radicalismo, Santos Acosta, Trujillo, Camargo, no hizo sino curar heridas y echar balsamo a las de los suyos y de sus enemigos, estas ultimas apenas cubiertas por los "detentes" de la guerra religiosa (2). Y despues, cuantos anos de peregrinar por el desierto, mientras veia al nunismo victorioso, coronada la defeccion de todo lo que creian los radicales, sin que desmayara su alma de bronce. Nadie pudo jamas difamarlo o herirlo, con razon o sin ella, y la Nacion se acostumbro a ver esa estampa de profeta judio --recia y suave--como una esperanza de mejores dias, aun en los mas horrendos. Era, como se llamo entonces, un caracter. Y entre la casta profesional de nuestro tiempo no hay muchos. Como no abundan en todas esas profesiones de dar gusto a los demas, de exhibirse, de decir cosas amables y falsas, de vivir mendigando prestigio y renombre, como sustituto de la gloria que no llega sino al final de una vida cuajada de sacrificios, merecimientos y entregas sin remuneracion alguna. Pero tal vez esta civilizacion de nuestros dias es asi, sin remedio, y don Aquileo Parra en la sociedad de consumo hubiera sido un pobre y desatentado mercachifle viajero, y sus guerras, sus luchas, sus prisiones, sus grillos, su pobreza, su entereza y su honradez no le hubieran destacado jamas para los cargos que se conquistan en nuestro tiempo con la regularidad de ascensos en el escalafon castrense o en la lista civil, mas o menos aprisa, pero implacablemente. Le faltaba, por fortuna para su fama, profesionalismo. Le faltaba "oficio", dedicacion exclusiva, ferocidad fria con los amigos y los adversarios, y estar a toda hora en pantalla. Dios tuvo piedad de el al cerrar sus ojos penetrantes de labriego apenas se abria este siglo en donde se han realizado, ciertamente, muchas de sus ilusiones, pero que le habria producido pavor, frustracion y, tambien, asco.

Pero un siglo despues de que lo corono el Olimpo radical, a nombre del pueblo, con la Presidencia de los Estados Unidos de Colombia, los liberales de hoy, y los de siempre, y no solo ellos, sino los conservadores y en general, los democratas, tributan su admiracion, con salvedades o sin ellas, a la gran figura patriarcal que recorrio la Nacion buscando fortuna, pero, sobre todo, en la guerra y en la paz, un destino mejor para la Republica y un proposito nacional para las empresas colectivas de sus compatriotas.

El viejo de la barba florida fue, sin embargo, hombre practico. Perseguia sus ilusiones con la tenacidad del cazador, como le ocurrio con su camino del Carare en donde detras de sus pisadas crecia otra vez la selva impenetrable. Fue la antitesis de Nunez, pero habia sin duda mas poesia, mas lirica en esta alma robusta y candida que en la prosaica versificacion del esceptico y calculador cartagenero. Para mi gusto, yo prefiero las gentes a lo Parra y no a lo Nunez, aunque me abstenga de comparar sus dimensiones humanas. He aqui un varon recto que estuvo con sus gentes, con su partido, con sus ideas desde que abrio los ojos a la politica hasta que los cerro, con dolor, despues de infinitos padecimientos, por su causa. Los colombianos han vivido absortos ante la malicia picaresca del que tenia una explicacion para todo, y buscaba su ruta clara, entre las tinieblas. Yo me inclino, a titulo personal, ante la figura colombianisima, que nacio en Barichara cuando el tormentoso siglo XIX tenia un cuarto de recorrido y murio en la Ferreria de Pacho al iniciarse la vigesima centuria. Pero, claro, es una cuestion de gustos, de sentimientos, de afectos, que se atan mas por las condiciones del caracter de los hombres que por su inteligencia. Que la Providencia nos vuelva a dar algunos hombres como Aquileo Parra, y tal vez que nos preserve de los caminos tortuosos de otras regeneraciones. Esos serian mis mas intimos votos para el porvenir de Colombia.

Alberto Lleras Camargo, Disertacion en Barichara, 2 de mayo de 1976, tomada de Lleras, A. Escritos selectos, Bogota, Colcultura, 1976, pp. 279-291. Sugerencia de citacion: Lleras C., A. "Aquileo Parra", Revista de Economia Institucional 16, 30, 2013, pp. 321-330.

(1) Vease el libro de Rodriguez Pineres, sobre las luchas de Parra contra los belicistas, encabezados por Uribe Uribe, titulado Diez anos de politica liberal.

(2) Sobre la guerra del 76 y su caracter religioso, vale la pena leer a Tomas Carrasquilla, en Luterito, y los trabajos del Padre Casafus contra la demagogia cristera (Obras completas de Tomas Carrasquilla).
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Title Annotation:NOTAS Y DISCUSIONES
Author:Lleras Camargo, Alberto
Publication:Revista de Economia Institucional
Date:Mar 22, 2014
Words:4803
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