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Angeles del desierto.

"La historia de los viajeros"

Los visitantes venian de lejos: de la capital, o de mas alla del mar, de lugares miticos de los que quizas se habia oido hablar. Llegaron sudorosos en una gran camioneta verde, con sus ropas compradas en almacenes modernos, con camara fotografica y cuadernos de apuntes, y preguntas que no acababan nunca.

Llegaron a las tierras aridas y encontraron paisajes calcinados por el viento, arboles iluminados, buche y cardon, y una bebida llena de espiritu, que convoca las sombras transparentes del deseo, que no calma la sed pero magnifica y reproduce eventos excepcionales.

Llegaron y conocieron a los habitantes: angeles recios, con arrugas profundas y preciosos corazones para la sabiduria y la hospitalidad. Y comprobaron que la realidad es mas magica que cualquier literatura, cuando se penetra suavemente en el tiempo del desierto.

Los visitantes somos nosotros, que partimos hace dos anos, hace ocho anos, hace veinte anos, hacia un proyecto desconocido que termino redirigiendose a si mismo y dandonos a luz. Nosotros somos los visitantes agradecidos, los que cruzamos crepusculos y soledades acompanadas, los que traemos la memoria marcada por destellos y la cadencia musical de las palabras y las historias.

"Los suenos de Dona Ruperta"

Ruperta Rodriguez (Guadalupe, Quibor)

Hay un momento en que la extension de cujies se convierte en sombras negras que agitan sus ramas horizontalmente en el viento. Sobre las montanas alla a lo lejos, el borde del cielo aun esta iluminado de naranja y oro, y el lucero del atardecer brilla encima del cuji mas grande. Es el momento en que, a veces, se ven fuegos fatuos bailando en la lejania, y dicen en el pueblo que son las animas en pena de los difuntos, que vuelven a visitar este mundo: los llaman los forasteros.

Frente al cuji mas alto, frente al desierto que se apaga, esta el ranchito minusculo de Dona Ruperta, escondido tras un cuji que desparrama hacia los lados sus ramas extendidas sobre once horquetas. Una sola habitacion sin ventanas, con un corredor por delante que mira hacia el barranco, hacia el desierto; y pegada a un lado, su cocina de puro jacho. En el corredor, bajo el techo de cinc, hay un largo tronco contra la pared, asentado sobre dos horquetas, bueno para descansar y para perderse la mirada en la lejania. Sobre esa misma pared, al lado de la puerta, se lee, escrito sobre la costra reseca y agrietada del barro: El Reventon.

Entre la casa y el desierto hay una corta explanada de tierra dura, un patio pelado bordeado de tunas y cactos. Este cardoncito de alli, a la izquierda, lo sembro ella, y ya esta mas alto que yo. Alrededor del cardon hay una alfombra de un cacto rastrero, con un monton de capullos en forma de globitos conicos, de color blanco cremoso, la punta erguida. Cuando se abren, son estrellas de cinco puntas alargadas, cuyo centro rojizo atrae a las moscas polinizadoras con su olor a carne podrida.

Justo delante de la puerta esta sentada ella, como cada dia, en su sillita torcida, con las manos en el regazo, los dedos entrelazados, oyendo el viento que sopla, incesante, insistente, a veces con mas fuerza, de pronto amainando un poco, volviendo luego con mas violencia. Sobre esta loma vive solita: aqui levanta su saquito de huesos del catre minusculo y en la cocina se prepara su arepa y su cafe. Sola. No tiene animales, solo tuvo una gata que se murio de vieja. Sola busca y corta los palos para el fogon y lava sus trapitos. Cada dia viene alguna nieta, pasa entre los dos arboles de vera majestuosos, cargados de mas de doscientos anos, todos cubiertos de tina; sube la lomita, pasa el yabo y el cuji con sus once horquetas, viene y le deja una cantimplora de agua, y a veces se queda a hacerle compania. Del resto dona Ruperta esta sola, y se queda todo el dia aqui, sin salir mas que para ir al medico alguna vez.

Antes, cuando el dia estaba clarito, estuvo caminando por alli mismo, buscando lena; y cuando le corrio prisa para atender una necesidad del cuerpo se escondio bien escondida, no fuera a ser que le vieran sus verguenzas, porque ella porfia que la miran. Sera que se levanta del campo de cebollas alguna sombra y se sacude la tierra y los trozos de ceramica antigua y olicores, sorprendida de que del cementerio indigena no queden mas que migajas de los collares de piedras verdes, confundidas con la tierra reseca y dura.

El viento sopla, incesante, lo limpia todo, lo pela todo, no deja ni un hilito de trapo. De pronto un trozo de rama, con hojas sorprendentemente verdes, pasa rodando por el suelo. Un pajarito chiquitico llega y se para en una de las ramas mas altas del cuji. Las montanas se van fundiendo con la oscuridad.

Dona Ruperta recoge su mirada del desierto y se levanta trabajosamente de la silla en la que ha estado sentada toda la tarde, mirando en la distancia, mirando lejos, lejos. La silla se queda haciendo guardia delante de la casa, bien amarrada a uno de los tronco que sostienen el corredor, para no derrumbarse completamente de lado. Dona Ruperta se alisa el vestido con las manos nudosas, deformadas por la artritis y resecas. Sus alpargatas se arrastran hasta la puerta de la cocina: un paso, dos, tres, cuatro.

Se esta varios minutos concentrada, desatando con las manos lentas el complicado desorden de nuditos con que cierra la puerta cada vez. Por fin logra soltar los variados cabos de mecate, y abre hacia fuera, poco a poco, la puerta de tablas de cardon. Se va yendo hacia el fogon, se apoya en la empalizada que ya cede al peso de la ceniza y las brasas viejas de anos y anos. Sirve un pocilio de cafe, con mano temblorosa, y entierra bien la brasa bajo la ceniza, con mucho cuidado, para poder descubrirla por la manana, porque prefiere no usar fosforos. Sale sorteando el monton de botellas de plastico vacias que se acumulan en una esquina, se apoya un momento en la piedra de machucar el alino que se sostiene sobre una horqueta, suelta un suspiro minimo, como un aleteo, y empuja la puerta. Ahi pasa otros diez minutos volviendo a amarrar los varios trozos de cabuyas y cordoncitos deshilachados, para que quede la puerta bien cerrada. Poco a poco.

Un paso, dos, tres, cuatro, y entra a la casa. Adentro, enciende una vela que pone en el suelo. La llama tambaleante forma un halo de luz calida que excava mas profundamente las arrugas de su rostro: su cabeza parece estar tallada en madera. Su voz tambien tiene una cualidad vegetal, o quizas mas bien terrosa. Las palabras ruedan lentas, pastosas, como rotas, como si vinieran de muy lejos. Hace pausas largas, de pronto desleida en sus recuerdos. Las frases se entremezclan con un orden peculiar, siguiendo los movimientos de marea de su memoria. Habla de sus dolores, de un pasado viejo de cien anos, de sus perdidas.

Ay Dios, hija. Cuando uno no tiene mama ni taita y ni hijos a quien esperar, ?como sera ese pensamiento? Estoy pensando en distintas cosas. Y llorando, y rezando. Cuando no estoy llorando, estoy rezando. Uno tiene mucho, muchas cosas que pensar, despues que se me murieron todos, en monton, que se me murieron cuatro solamente en una noche. Eso es una cosa grande.

Cada noche que no puede dormir, se queda no mas esperando que se la lleven tambien, pidiendole a Dios que se la lleve, ?sera que Dios no quiere llevarsela? Recita de un tiron los nombres de sus hijos, como si desgranara las cuentas de un rosario. Todos se le han muerto.

No me case, no me quise casar, porque despues de vieja, Pablo queria casarse, pero yo ya no me quise casar. Tuve cuatro hijos, y un aborto. Se llaman: Jose Nicomedes, Maria Narcisa, Maria Rosan y Maria Guillermina Ramon, que era la que me quedaba ella; y yo vivia con ellos, pero esos se me murieron chiquitos.

Respira quedo. Se le va la mirada de los ojos chiquiticos, oscuros como semillas de parapara. Se pierde en su desierto personal, poblado de ausencias. El hilo de su tiempo es quebradizo, se fractura y se recompone desordenadamente. Alguna vez se rie un poquito, y las arrugas se le amununan y los ojitos se le esconden en las cuencas profundas, como cuando cuenta que Heriberto, uno de sus tataranietos, (que estaba como ... mas chiquito que ahora), dormia en su cama y se caia dormido al suelo: no estaba acostumbrado a dormir en cama.

Yo me gustaba mucho tener mucho coroto, pero ahorita. ahorita no tengo, ni puedo trabajar, ni tengo taita ni mama ni hijos ni na. Puro nieto y bisnieto. Y tataranieto. Aqui de Guillermita nomas tengo ... este ... como que son diecinueve tataranietos. Y diez bisnietos. Eso es como medio mundo. Hasta Baltasar tengo quince tataranietos. Y por ahi tengo mas muchos. En Acarigua tengo como ... como ... seis. En Quibor tengo una parte. Dondequiera tengo familia. Esos que estan alla ahorita vienen, por ahi me traen comida, leche, me traen galletas, y me dan plata tambien. La familia me dan, pero estan muy lejos.

Un ultimo rastro de luz llega de lejos, parece acariciar el suelo de tierra apisonada. Las paredes de barro estan tan agrietadas como el rostro de Ruperta; a medida que las sombras se hacen mas densas, carne y tierra parecen confundirse entre si. Toma un sorbo de cafe colado y se queda otra vez callada, como esperando que las palabras la alcancen. A la luz de la llama se notan los cientos de remiendos de su vestido, remiendos que a su vez han sido remendados varias veces. Los botones son minusculas perlas de plastico. La tela, estampada con pequenos corazones rosa, esta tan gastada y transparente como su voz. Con la mano grande y nudosa se saca el panuelo que le cubre la cabeza: su cabello fino y blanco esta recogido sobre las orejas en dos apretados monitos. A pesar de sus anos que son casi cientos, parece una nina pequena y fragil. Se toca la cabeza, desconcertada por las protuberancias que la edad le ha sembrado alli. Mira como tengo la cabeza.... Yo no era asi ... La cabeza mia era sin un poporito por ninguna parte. Y no era fea yo.

Inclina hacia adelante el cuerpo encogido, armado con los puros huesos; remueve solo un poco, con cuidado, las extremidades delgadisimas, hinchadas en las coyunturas como nudos de arbol, la espalda encorvada intenta encontrar un acomodo en la postura. Lanza sobre la tierra un escupitajo de chimo, con una violencia que sobresalta a las sombras. Escupe hacia cualquier lado, sin importar donde caiga, y recoge el aliento para proseguir sin una pausa. Su voz finita transcurre como un rio interminable, entre los dientes renegridos y gastados por la pasta de tabaco.

Yo antes trabajaba tejiendo cogollos y haciendo sombreros, sacando vena de las canas, y despues me jui p'abajo a coger algodon, caraota, a doblar maiz, a sembrar maiz.

Y el agua la cargaba de la quebrada en una tinaja, todos los dias. Esa era una corriente de toda la vida. Despues que vinieron los musius que vinieron a hacer el agua, uno puede agarrar el agua sin ir a la corriente. ?Tu no la conociste? Esa era una corriente de agua que uno no pasaba calor, porque cuando tenia calor se banaba en aquel agua.

Cuando yo trabajaba, si era algodon, pagaban la arroba a veces a tres reales, a veces a dos bolivares, a veces a tres bolivares; y si era una aljaba de maiz, por dos bolivitas.

De antes ganaba un hombre era un bolivar, trabajando de sol a sol, y mantenia a la familia. Que era barato. Y ahorita, ?que va a hacer uno con un bolivar? ?Ni que va a hacer uno con diez bolivares? Eso es que era bueno antes. Ni puedes comprar sal, porque la sal vale doscientos. Ni puedes comprar queso. Uno antes se iba a la pulperia y te daban por una locha de queso, un pedazo asi de grande! En cambio ahorita. Yo antes me compraba una locha de dulce para hacer cafe, y hacia cafe dos veces, tranquilamente. Y eso no vuelve a venir mas. Y compraba un papelon por tres lochas. Era todo barato. Pero ahora. ahorita no se acostumbra uno. La plata de ahora no vale, !y se acaba la plata! !Puro papel! A yo me trajeron, un dia, vuelto: cien bolivares, y yo les dije: yo no quiero esa vaina! Yo no comprende eso, que voy a saber yo que es eso. Ni sabe uno leer. Yo sabia leer en libros, pero ahorita no.

En la penumbra se adivinan las canas amarradas entre si con fibra de cocuy, porque en aquel entonces no tenian alambre; entre los palos horizontales, la masa de barro y paja se ha solidificado formando paredes desnudas, sin encalar siquiera. Solo por fuera el bahareque esta pintado con una capa de barro, ya descascarado. Arquitectura sabia de pueblo: la paja y el barro son buenos aislantes para el calor. Cuando se puede, se pintan las paredes con cal, y eso mantiene alejados a los bichos. Porque las canas que dejan la noche afuera sirven tambien para albergar infinitos nidos de comejen, tuqueques, cucarachas y escolopendras.

El calor se disipa y el frio nocturno busca una rendija para colarse. La lamina de cinc que nos separa del cielo temblequea zarandeada por el viento, el mismo viento que ahi afuera sigue arrancado, mordisco a mordisco, el barro de la pared que se le enfrenta, dejando al desnudo el esqueleto de cana y cardones. Ya no es tiempo de salir. Afueran se quedan el desierto y sus desconocidos merodeadores; tal vez alguno se acerque a la cocina en la que Ruperta prepara el cafe y las arepas cada manana, queriendo inutilmente acurrucarse en los rescoldos tibios del fogon de lena.

Esta casa ha de tener mas de cuarenta anos. Y esta casa era de jacho, pero los jachos no servian para nada, porque eran casi puros jachos de guama y se pudrieron. Yo aqui he vivido solita toda la vida. Ahorita que me echa mucha vaina la gente, vienen y me llaman, y me hacen ruidos. Y no duermo de noche, tengo mucho tiempo que yo no duermo de noche. Ahorita estoy embrome. Me pare ahora con mucho miedo, que no me atrevo a salir pa'alli, y entonces me sente en la silla, y no me pude estar sentada, es que yo tengo quebrado todo. Estoy manca por dondequiera. El doctor dijo que si me volvia a caer, que era la ultima vez. Pero los pobres son muy duros.

Y escucho muy recio, Ave Maria, escucho un ventarron, Maria Santisima, y escucho una muchacha con una griteria, todas las noches. Me tapo las orejas, pero siempre escucho. Y yo me digo, ahi va un forastero.

El tiempo esta detenido en casa de dona Ruperta, presencias fantasmales parecen aguardar en las esquinas que se han quedado oscuras, tan fieles y resignadas como un perro flaco. Nada sucede, y sin embargo todo esta tan lleno de sentido: el palo que le sirve de baston para espantar a las bestias, igual de seco que sus brazos, apoyado sobre la pared; el trozo de queso de cabra sobre el platico de barro; el clavo con su bolsita de plastico colgada, haciendo las veces de despensa y de nevera; el catre pequeno, de nino, en el que Ruperta se echa cada noche a no poder dormir; incluso las grietas en la tierra de las paredes parecen querer decirnos algo que no alcanzamos a comprender. La casa respira con la respiracion pausada y profunda de un durmiente; quizas este sonando por dona Ruperta, sonando los suenos que ella ha olvidado.

El viento del desierto se queda afuera, silbando escandalosamente entre los cardones. Pronto saldran las aves nocturnas a cazar y oiremos su grito triste.

"Lo que saben las piedras"

Diego Crespo (Sicua)

El hombre camina con cuidado por la extension interminable de cantos rodados que parecen grandes huevos irregulares. Sabe que este lecho pedregoso fue alguna vez lamido por el agua: las rocas llegaron a la redondez dando vueltas en la boca del rio como si fueran caramelos. El hombre avanza por la quebrada seca trastabillando sobre los bultos redondeados, con alpargatas experimentadas y su sombrero para protegerlo del cielo. Con todo, el sol se le derrite encima y hace vibrar las piedras.

Diego recuerda: hace unos meses todavia quedaban pozas de agua fresca y ligeramente verdosa, un silencio poblado de pececillos. Su baston toquetea, entre precavido y familiar, como el hocico de un perro; las alpargatas reconocen las curvas asperas.

Sus ojos conocen las piedras y las acarician desde hace anos. Cuando salia con el geologo musiu, volvia con una maleta llena de piedras, cada dia. !No iba a estar cansado! Pero ahora no lleva en las manos mas que el baston para alejar la reverberacion del mediodia sobre el paisaje entero.

Su rostro no tiene expresion alguna cuando se agacha a recoger la primera: podria ser una mascara de arcilla endurecida, o un palo en el que un machetazo hubiese abierto un tajo para callar. Los dedos acarician la rugosidad convexa, aprecian las vetas minerales, sonrien brevemente a una semejanza o a un atisbo de dibujo. La mano sopesa la piedra, pacta con su dureza agradecida y la lleva al nido del bolsillo. Diego retoma su andar, encuentra otra y otra. Las hay grandes, de rojo encendido, con ornamentos amarillos como brocados; las hay pesadas y prehistoricas como huevos craquelados; las hay simplemente hermosas en su sencillez. Las redonditas son perfectas para la tira-tira: a los setenta anos no le tiembla el pulso para acertarle a las culebras, y no puede evitar que se le encrespe una esquina de sonrisa, de puro orgullo, cuando recuerda como el disparo les llega limpiamente a la cabeza.

Con los bolsillos retumbantes de botin vuelve a cruzar la quebrada silenciosa, vuelve a la casa adonde ya no esta Maria. Su figura derechisima atraviesa el corredor de suelo de cemento pulido y largas paredes vacias, del mismo color de arcilla de su piel. Arriba, unas telaranas muy finas ondean en la brisa, como velos rasgados. ?Cuantos anos tendra ya esta casa? Las paredes mas antiguas las hizo mezclando el barro con lana de ovejo, para darles mas solidez. Eso debe haber sido en 1957, el mismo ano que estuvo trabajando con el geologo, registrando en busca de petroleo. Eso fue antes: Maria todavia estaba en casa y los hijos iban retonando uno tras otro, hasta llegar a trece.

Diego se mete las manos en los bolsillos y va sacando sus hallazgos en orden. Unas piedras van a dar a la oscuridad de su pieza pequena y desnuda, otras, sobre todo si estan adornadas de un agujero, son ensartadas y colgadas de las ramas, o dejadas entre las estacas de las cercas, como esperando una mirada que las despierte. Por ejemplo esa, que tanto le gusta y que tan pocos ven, colgada justo encima del umbral: una piedrita alargada, con un estrechamiento en medio, como un ocho acostado.

Nunca habla de las piedras que va dejando por aqui y por alla, acurrucadas en lugares inesperados, insertadas en la salvaje naturaleza domesticada como secretos para si mismo o para quien los descubra o para las mismas piedras. Quizas es algo que no puede explicarse. El se fija y las encuentra, y el que no, no. Como un juego.

No todas son recogidas por el: sus hijos han heredado la aficion sin una palabra, con un entendimiento secreto, un guino que se hace de uno a otro sin decir nada. Segundo y Cruz y Andres Ernesto, que le salio pintor ... ?De donde le habra salido este pintor? Sera como Macario Colombo, que tambien es familiar, el artesano que pinta paisajes en Carora. Pero Andres Ernesto ya no pinta, solo queda un cuadrito suyo colgado a la entrada de su habitacion. Lastima. Tenia buena mano el muchacho.

Los hijos tienen su propia coleccion de piedras y curiosidades. Cruz dice que a veces se les queda mirando, buscandoles formas ... Sobre las paredes puede verse alguna: la que tiene forma de corazon, colgada de un alambre; una que lleva una letra dibujada por vetas blancas, y otra que tiene una marca que parece un rostro con boina, en el reborde de una pared, bajo los jicos de las hamacas. Las demas estan guardadas en un pote de vidrio o en una cajita o en una bolsa de plastico: una piedra muy pequena con un dibujo de rombos concentricos cuya textura se revela al dedo. Otra blanca, como un busto, en la que se han encontrado formas vagamente femeninas, que se resaltan a lapiz. Asi al menos hay una mujer en casa.

?Cuantos anos son ya? Setenta y ocho anos cumplidos tiene, va para setenta y nueve. Su mama duro ciento diecisiete. Antes duraba la gente, porque toda la comida era natural, sin quimica. Leche, yuca, sin veneno y sin abono ... Ahora a toda la comida le echan veneno pa que crezca, pa que no le caiga plaga; y es venenoso. ?Y el sol? El sol es mas bravo ahora que antes, porque antes habia mas atmosfera. Antes cuando el era muchacho por esta epoca llovia.

Mientras se lava para cambiarse, Diego le pasa la mano a los recuerdos, sin querer: para hacer jabon de tierra se usa graso de chivo o de res mezclado con lejia de ceniza de yabo; se quema pero en menguante, eso en creciente no sirve. Eso si, con agua dulce. Se acuerda: lo aprendio de Maria. El hombre pasa los brazos por las mangas de la camisa blanca, se abotona con precision, severo el rostro, serenos los ojos. Los ojos que eran capaces de una chispa de humor cuando hacia sus comentarios mordaces pero inofensivos, con una mueca que era una sonrisa en los labios finos como un tajo de machete: Cuando uno se mete en camisa de once varas hay que saberla medir, que en veces falta trapo pa la camisa. Maria se deshacia en sonrisas para agasajar a los invitados, como una paraulata, y los hijos callaban desde el patio, con respeto y plenitud de familia colmada.

En una esquina, desde el rectangulo que se abre hacia la cocina de paredes tenidas, la luz entra de lleno. Todo esta muy limpio y muy solo, las paredes vestidas solo con su color de barro, el cemento reluciente. Diego coge su sombrero de ala ancha y se apoya en su garrote bueno, el de palo de vera. Orgulloso el porte, impasible el rostro, como si una herida interior hubiera dejado templada la fachada, a salvo de peores desastres: pulcramente vestido de domingo, sale como cada tarde, para visitar a su mujer.

No mira hacia la cocina de paredes tenidas: Cruz no esta y el fogon esta apagado. Atras se desperdigan las latas vacias: de sardinas sobre todo, alguna de atun, dos de chimo; siempre pueden servir para alguna cosa. Cruz es el onceavo, el que lo llama "vale Crespo". Tiene mirada de agua clara, ojos mansos y profundos que no se parecen a los del padre. Lo atiende y se encarga de preparar las comidas. Nunca se ha querido ir de aqui, porque uno tiene que ver por los viejos hasta el final. Lo sabe bien el hijo: <<Uno sin mujer es nada, esta mas atrancao: no surge, porque en vez de irse a trabajar tiene que quedarse atendiendo>>.

Tampoco mira Diego hacia la amplitud del patio cercado, donde se han quedado tantas cosas por hacer. Entre dos arbolitos protegidos por su propio cuadrado de cerca, filas y filas de tejas se amontonan disciplinadamente, esperando por una reparacion que nunca se hara, criando desde hace anos liquenes y musgos. En el cobertizo de mas alla se acumula una enorme variedad de repuestos, toda clase de palitos, piezas de maquinaria oxidada y objetos varios sin fin preciso. La tierra apisonada, las tejas, la empalizada, los corotos oxidados: todo esta uniformado en una armonia de marrones.

Al fondo esta el taller techado con tablas y palos, donde todavia hace las escobillas de cocuiza y los barrilitos buenos para anejar el cocuy. ?Cuando fue que comenzo a trabajar la madera? Eso fue por 1954, en antes hacia mesas y sillas. Los artesanos tenemos que vivir donde no hay ruido, porque se nos echa a perder la memoria. Sobre la mesa de trabajo, hecha con una buena tabla de madera usada, hay un montoncito de piedras redondas: las que sirven para el tira-tira. En el techo, metidos entre las rendijas de los palos, estan escondidos trozos de manguera con tapones por ambos lados, y alli se guardan algunos clavos largos, antiguos y oxidados. Diego no mira: ya sabe que todo esta en su sitio.

Empuja la puerta de la empalizada y sale al exterior, sin fijarse apenas en el arbolito medio seco, no mas un par de ramas: una sostiene un trozo de bejuco ondulado, y de la otra cuelga una cinta de trapo que ensarta por el agujero una piedra redonda.

Se dirige al caserio Carita, pasando la iglesia donde una vez llego un cura italiano jovencito, que al final fue admitido por su congregacion, ?en que ano seria que paso aquello? Y luego llego el obispo avisando que el parroco se cambiaria y Diego recogio firmas por todo el pueblo para que se quedara.

Enfrente de la capilla esta la plaza Serapio de Jesus Crespo, otro familiar, toda cercada y vacia como siempre, y alli un chivito huerfano que dejaron encerrado bala tristemente, demasiado agotado para moverse, demasiado triste para seguir llorando.

Las alpargatas han llevado a Diego de su casa a la casa de su hija, donde Maria lo espera, como cada tarde, con su batica de flores y sus trencitas grises, en vilo el corazon, palmoteando desde que por fin le ve la silueta erguida y pausada. Diego se acerca y le toma una mano suave y enjuta, y Maria besa la suya seca y nudosa, cerrados los ojos llorosos, feliz de verlo de nuevo: !Ay ay ay, ayayayay, aaay!

Su Maria. Hay que ver lo alegre que era, y como se desvivia por atender a los visitantes, cuando estaba buena, y la vida que habia en casa ... Ahora le queda una sola voz para todo, asombro, queja, jubilo y desesperanza. Aaaay, ayayay, aaay, aaaaay. Desprovista de palabras, la profundidad de lo sentido se le sale por el anhelo de los ojos, por la risa blanda y por la desesperacion con que se aferra a su mano. Hace ocho anos que le pego el ataque que se la dejo asi, sin excusas, sin explicaciones: ocho anos de esperar a Diego en su silla de ruedas, rodeada de hijos y nietos solicitos, para cada tarde recuperar la vida con su visita. Aaaayayayayay, ayaay ayay.

Maria impresionable como una nina, sin mas remedio ya que la dulzura, contenta en presente, olvidada, en cuanto lo tiene cerca, la preocupacion de los dias en que Diego estuvo hospitalizado y no pudo ir a verla, y Maria se entristecia sin entender, silenciosa y marchita: !Ayayayayay, aaaay, ayayay!

Diego se esta a su lado sin una queja, sin una mencion a estos ocho anos desvalidos, derechito como un palo, serisimo, las facciones terrosas. Con la ultima dolencia algo se le ha roto dentro, se le ha amansado la chispa mordaz, se le ha resquebrajado la invulnerabilidad de piedra.

-- Nos vemos manana, si Dios quiere--, se despide la hija que cuida de Maria.

-- Si Dios quiere y estamos alentaos--, contesta Diego.

*/ Extractos de Dona Maria und ihre Traume (Frederking & Thaler, Alemania, 2006)

ELISABETTA BALASSO

La autora obtuvo un Master en Gestion Cultural por la Universidad de Barcelona, ano 2001. Dicta las materias <<Historia del Arte de Venezuela>> y <<Cultura Visual>>, adscritas a la Direccion de Cultura de nuestra Casa de Estudio. Se encarga de la programacion de Cinefreak en la Galeria Carmen Araujo Arte. Dirigio el Departamento de Educacion de la Galeria de Arte Nacional durante tres anos.

Sus obras publicadas: Rojo (Editorial ExLibris, 1999), texto divulgativo que acompano la exposicion del mismo nombre en la Galeria de Arte Nacional; Las Ruinas (Editorial Arte, 2000), primer premio de poesia en la Bienal Francisco Lazo Marti; y Dona Maria und ihre Traume (Frederking & Thaler, Alemania, 2006), narrativa sobre la vida de los habitantes de los desiertos larenses.

Ademas de la palabra escrita y lo visual, le interesan el tejido y los jardines.
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Author:Balasso, Elisabetta
Publication:Cuadernos Unimetanos
Article Type:Cuento corto
Date:Jul 1, 2011
Words:5120
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