Printer Friendly

Abaroa: el arte de las ruinas.

[ILUSTRACION OMITIR]

Desde los inicios quedo muy claro que la relacion del arte moderno con el pasado seria, ademas de crucial, especialmente violenta. Y no en un sentido figurado: el arte antiguo quedaria, ni bien entrado el siglo XX, hecho anicos (y hasta nombre se le pondria a eso que quedo: cubismo). No podia ser de otro modo: los llamados a descartar las convenciones, a erradicar los valores obsoletos, a romper con la tradicion, se venian oyendo desde los tiempos de David, el ferreo pintor neoclasico cuyos hereticos discipulos -los barbudos, como se les llego a conocer- declaraban a voz en cuello que lo mejor que podia pasarle al arte era que el Louvre fuera quemado -con todo y los cuadros de su maestro: "!ese Rococo!" Clamor que mas tarde secundaria desde el impresionismo Camille Pissarro, haciendo publico su deseo de "derribar todas las necropolis del arte". "!No habremos arrasado con todo a menos que derruyamos incluso las ruinas! Y, ni hablar, entonces no nos quedara de otra que construir unos buenos edificios", anadiria Alfred Jarry por esos mismos anos -anos de cambio de siglo-. Lis ruinas como posibilidad de recomienzo; o, mejor, las ruinas como ruinas, que la destruccion tenga, finalmente, cabida en el arte. No se equivocaba entonces Joris-Karl Huysmans cuando anunciaba la llegada del dia en que todos nos dariamos cuenta de que el artista esencial de nuestro tiempo no es en realidad ninguno otro sino el fuego.

Eso si, cada quien su pira. En tiempos de Courbet, era la columna Vendome -"monumento carente de todo valor artistico que solo sirve para perpetuar las ideas de guerra y conquista de la dinastia imperial", segun el pintor- la que se buscaba abatir. ?Que podria querer arrasar un artista hoy? ?El Caballito? ?Los enclaves del muralismo? El Museo Nacional de Antropologia es por lo pronto la propuesta de Eduardo Abaroa, quien presenta estos dias en la galeria Kurimanzutto su plan para echar abajo el edificio y sus colecciones; plan que no por ser imaginario resulta menos inquietante. No se trataria de simplemente hacer estallar el museo; como puede verse en los planos que acompanan la exposicion, lo que se busco, con el apoyo de una compania especializada en demoliciones mecanicas, fue reproducir la manera mas realista posible de desaparecer el recinto por etapas -hasta llegar al terreno baldio-. Uno pensaria que para destruir un edificio basta con poner dinamita aqui y alla; en la realidad, el camino es mucho mas lento y laborioso que eso. Se trata mas bien de un desmantelamiento razonado -o, por usar una palabra mas en boga: de una deconstruccion-. Antes de que entren las gruas y excavadoras, es necesario, por ejemplo, quitar todo lo que puede ser reutilizado: vidrios, cables, escaleras, pisos, rejas, hierros y demas. Despues se desprenden los techos, muros menores y columnas (que, estas si, se perforan y rellenan con cemento expansivo; metodo que permitiria, en este caso, despedazar el famoso "Paraguas" de los hermanos Chavez Morado) y, mas adelante, los muros de carga (fragmentandolos para poder sacar el escombro en camiones). Asi se va desbaratando poco a poco la estructura y, por ultimo, se limpia el sitio en donde entonces habria, como pensaba Jarry, que construir algo nuevo. De ahi que, ademas de los dibujos que describen el proceso de demolicion a detalle, el artista presente una serie de esculturas directamente salida de esos escombros.

No es acabar por acabar con el museo lo que entusiasma a Abaroa, sino la posibilidad de trabajar con los restos que pudieran llegar a producirse despues del derrumbe. Son estos los que lo inspiran para realizar el grupo de piezas que funcionan como evidencias de que estamos en un "despues del Museo de Antropologia": un vidrio con rastros de los glifos decorativos tipicos del recinto; la celosia de Manuel Felguerez reducida a un lingote de aluminio; unos retazos de la celosia de madera de Ramirez Vazquez, visiblemente quemados; una montana de escombros, de la que sobresalen los restos del disco solar del dios de la muerte teotihuacano; unos trozos de columna. Mas que usar los residuos -como se ha hecho tantas veces en el arte contemporaneo-, la idea es crearlos; generar la situacion -imaginaria o no- de la que podrian desprenderse, ya no los desechos como remanente sino como manifestaciones espontaneas, digamos, del hecho escultorico.

No es la primera vez que Abaroa parte de una nocion casi podriamos decir mimetica de la escultura, que anhela no solo confundirse con el entorno sino, sobre todo, partir de el. Ya en la obra de 1991 Obelisco roto portatil para mercados ambulantes (una replica del Obelisco roto de Barnett Newman, hecha con los materiales que comunmente se usan para levantar los puestos de los mercados moviles: metal y plastico rosa), podia verse como la escultura buscaba asimilarse a la estructura del mercado y volverse congruente con el. Aqui, no obstante, la concordancia llega a los niveles de la ilusion: para que las obras funcionen debe parecer que se trata de una recuperacion de los restos autenticos de lo que fue el Museo de Antropologia; tenemos que sentir que verdaderamente el edificio ya no existe. Para tal efecto, la exposicion es acompanada de un video, extremadamente realista, en el que el Tlaloc de Reforma vuela en mil pedazos. Si con el Obelisco roto exploro la idea de una escultura colapsable (el sueno de todo escultor: la escultura de bolsillo), aqui el artista se adentra en la escultura a partir del colapso. Tambien, desde luego, el de las instituciones (el sueno de todo artista: cimbrar los espacios de la ideologia). No puede dejar de observarse, pues, que lo que se quiere derrumbar es un museo especialmente cargado en terminos ideologicos. Para el artista es claro que se trata de un caso de preservacion que tambien es uno de dominacion: el esplendor arquitectonico del museo, dice Abaroa, "a la vez exalta y disfraza la desesperada situacion de diversas etnias que a pesar de grandes esfuerzos sobreviven los embates de los procesos geopoliticos. La majestuosidad de la institucion contrasta con la precariedad y el descuido de las practicas culturales que el Estado dice defender". Mucho me temo que aqui entramos en arenas movedizas porque, de entrada, la idea de que los individuos que en su momento llevaron a cabo las piezas que decoran el museo son los mismos que hoy se encuentran al margen del desarrollo del pais, no se sostiene. Mucho mas relevante, en terminos tanto escultoricos como politicos, resulta el cuestionamiento de la modalidad particular de experiencia publica propuesta por un museo que, si bien fue construido en la decada de los sesenta, pareceria ideado en el siglo XIX. Cuando se le pregunto a Lopez Mateos que que esperaba de un museo nacional de antropologia, el respondio: "quisiera que fuera tan atractivo, que los mexicanos al salir de el se sientan orgullosos de serlo". A los museos con finalidades magico-terapeuticas, en efecto, dan ganas de prenderles fuego. Y lo interesante aqui es como los signos escultoricos surgidos de la posible masacre del museo no solo denuncian esa perspectiva sino que le encuentran una salida plastica.
COPYRIGHT 2012 Editorial Vuelta, S.A. de C.V.
No portion of this article can be reproduced without the express written permission from the copyright holder.
Copyright 2012 Gale, Cengage Learning. All rights reserved.

Article Details
Printer friendly Cite/link Email Feedback
Author:Minera, Maria
Publication:Letras Libres
Date:Apr 1, 2012
Words:1305
Previous Article:Un discreto encanto: Joaquin Gutierrez Heras (1927-2012).
Next Article:Una biblioteca personal.
Topics:

Terms of use | Privacy policy | Copyright © 2019 Farlex, Inc. | Feedback | For webmasters